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“CAPTUS”— JOSÉ TRENOR.

Captus es la visión de Pablo Amargo y mía, con fotografías de Alejandro Braña y Jaime F. Pola, de la obra de José Trenor, que murió en Figueras el 2 de marzo de este año. 26 de las 90 fotografías han sido expuestas ya en el Museo Evaristo Valle de Gijón, uno de los más prestigiosos de España, y en la casa de Cultura de Figueras, Asturias. Esperamos que la exposición siga viajando por España, e incluso por el mundo, y el catálogo, realmente espléndido, es el libro que siempre soñé. En él queda la memoria gráfica de la obra de Trenor, Arte con mayúscula, Arte de vanguardia, inclasificable, de una rabiosa originalidad. Y, sobre todo, humilde, porque Trenor nunca trabajó con deseo de trascendencia, y es un misterio si fue consciente de la dimensión de lo que hizo.
Todos los que hemos colaborado para que Captus sea lo que es nos sentimos muy orgullosos.
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Prólogo de José Trenor para el catálogo.

Muchas colecciones de plantas son verdaderas joyas. Allí las ves, encima de unas mesas, en sus macetitas negras con su cartelito diciendo quienes son, cómo se llaman…
Bueno, a mí me recuerdan mucho a un regimiento; mil hombres, todos juntos forman una gran masa y se sabe que en el fondo hay mil almas, pero parece que están esperando, allí agazapados, a que alguien les dirija la palabra, que les dé un saludo, un cariño.

Mis plantas son diferentes. Mis plantas son plantas de aldea, donde todos nos conocemos y más o menos nos tratamos, donde nos vemos a diario y nos hacemos favores.
Es la combinación de la naturaleza y de mis manos pecadoras, que metidas en la tierra han ayudado a que la naturaleza hiciese sus efectos y que mis plantas creciesen.
Muchas veces, con la vanidad que todos llevamos dentro, pienso que estas plantas las he creado yo, sin darme cuenta de que yo no he hecho más que poner juntos, unos a otros, los factores que hacen que ellos vivan.

Yo sé que las plantas estas un día desaparecerán como desapareceré yo, y de ellas no quedará nada más que estas fotografías en un almacén de libros viejos.

José Trenor

CATÁLOGO Y EXPOSICIÓN

Interesados en el catálogo o en la exposición, pueden establecer contacto conmigo a través del correo electrónico.

Crónica aparecida en La Nueva España de Oviedo, escrita por Jorge Jardón:

Cactus para la eternidad

Figueras acoge una exposición fotográfica de 24 piezas singulares entre las 10.000 plantas reunidas a lo largo de su vida por José Trenor

Sabiendo que, a su muerte, su colección de cactus se perdería en el olvido, sus familiares quisieron inmortalizar su obra de toda la vida. Lástima que la ilusión de José Trenor se hubiese visto interrumpida por su muerte, porque estaba viviendo con intensidad los pasos que se iban dando y la elaboración del catálogo. Y la obra no era otra que su colección de cactus. Pero él intuyó el final de sus cactus, al escribir en el prólogo del libro: «ya sé que estas plantas un día desaparecerán como desapareceré yo, y de ellas no quedará nada más que estas fotografías en un almacén de libros viejos».
Así fue cómo su familia se valió de la dirección de Pablo Amargo y de la técnica fotográfica de Alejandro Braña para ela-borar una exposición y un catálogo que recogiese lo más singular de sus cactus. El trabajo resultó laborioso y complicado porque había que sacar una selección difícil de elegir. Pero más complicado debió de resultar devolver los cactus a su anterior emplazamiento, puesto que Trenor, a base de dedicarles tantas horas, tantos cuidados y tanta ternura, sabía exactamente donde se encontraba cada uno de sus diez mil cactus.
Gran éxito en Gijón
Los trabajos prosiguieron aún después de su muerte y el resultado a la vista está. Una espléndida colección fotográfica de cactus que ya se ha mostrado en el Evaristo Valle de Gijón y donde, después de dos meses, hubo de ser prorrogada.
Desde hace pocos días, la exposición se muestra en la casa del Reloj, de Figueras, constituida por 24 piezas que ponen en evidencia la particular personalidad de Trenor y su afición a la botánica.
Por eso resulta sorprendente y en la fotografías, impecablemente hechas, se aprecia, tal mejor que al natural, la fantasía desbordante de Trenor para cultivar un cactus en el soporte más impensado. Así es como hasta una tarjeta de crédito, una bombilla rota, la rueda de una bicicleta o la funda de un puro han servido de sostén a sus cactus. En estos artilugios han nacido, se han desarrollado y tal vez un día se mueran, ya que no tienen con ellos la mano que hizo posible el milagro.
Porque no hay que olvidar que Trenor pasaba ocho horas diarias desde hacía muchos años en el patio de armas de las torres de Donlebún, entre cuyas paredes y enredaderas cultivaba su afición, creando un espacio cargado de magia y de misterio, un verdadero museo de plantas, formas, y espinas que le dan un aire inquietante, hasta el extremo de que uno tenía la inquietante sensación de sentirse atrapado por ellas.

Jorge Jardón, La Nueva España (10 de julio de 2007).

LADRONES DE VAINAS

Los Captus de Trenor están suspendidos en el aire. Ninguno toca el suelo. Debajo de un armazón de hierro y plástico penden de pequeños alambres retorcidos. Recuerdo que cuando preparábamos las fotos tuvimos que desenganchar una a una todas las piezas, desplazarlas hasta el estudio que habíamos preparado , colocarlas delante de una pantalla blanca, buscando el mejor ángulo de la pieza, fotografiarlas una y diez veces hasta conseguir una imagen pura, desengancharlas y devolverlas al jardín.

 El primer estudio se encontraba a tan sólo cuatro metros del jardín. Consistía en un pequeño cobertizo lleno de humedad y telarañas en el que situábamos el equipo fotográfico. El segundo estudio estaba más lejos, a varios kilómetros de distancia. En ambos casos, el proceso de trabajo fue similar. Nos guiábamos con plano que yo había dibujado el primer día. Me llevó varias horas hacerlo, tracé todas las variedades de cactus y también donde se encontraban exactamente bajo los hierros. Durante unas horas el jardín de Trenor quedaba incompleto. Nos llevábamos cinco o seis piezas de cada vez. Empezábamos por las familias de bombillas y a ellas le siguieron las botellas, las cucharas, los fluorescentes, las ruedas…

Durante todo ese tiempo Trenor seguía trabajando en sus piezas. Le veía restaurar algunas, añadiendo más tierra o iniciando otras nuevas. Nosotros entrábamos y salíamos del laberinto, como insectos, buscando nuevas piezas que llevarnos. Desde el principio nos propusimos nada de aquel orden debería ser modificado devolviendo lo robado a su lugar exacto como si fuésemos unos ladrones que se habían arrepentido a medio camino de su fechoría. Trenor conocía cada uno de los cactus y su exacta posición mejor que nosotros. Queríamos resultar a sus ojos invisibles incluso después de haber sacado todo aquello del jardín, por primera vez en treinta años, y luego volver a colocarlo en su sitio.

 Al regresar de cada una de las sesiones fotográficas con el grupo de cactus necesitábamos devolverlos a su lugar exacto y en aquel laberinto abigarrado, la tarea no era sencilla. Nos servíamos de dos herramientas; por un lado el plano realizado a lápiz al que nos confiábamos ciegamente y por otro, las pinzas de colores. Así, al descolgar cada una de las obras de la estructura de hierro dejábamos una pinza de color en su lugar, al tiempo que trazábamos una cruz en el cuaderno. Podíamos así localizar a la vuelta el lugar con precisión. Echábamos un vistazo y buscábamos, entre todo aquel extraño paisaje las pinzas de colores vivos que destacaban como luciérnagas en un pantano.

A veces Trenor se levantaba de su silla y se daba una vuelta mirando aquí y allá. Observaba con curiosidad y yo me preguntaba, como si los dueños de la casa violentada hubieran vuelto de improviso, cuando cometeríamos el error de restituir una de las piezas en un lugar equivocado. En una ocasión, ya al atardecer, Trenor deambulaba por los caminos bajo la pérgola. Se quedó mirando una pieza pequeña, que había sido fotografiada el día anterior. Mi cuaderno decía que ese era el lugar exacto, no había equivocación posible. Estaba tapada por cacharros y pasaba muy desapercibida. Entonces Trenor se acercó, levantó el gancho retorcido, le dio una vuelta de 180º, y la volvió a dejar en su lugar.

 En el jardín de Trenor, cada alambre, cada púa, cada trozo de madera o de plástico, llevaba su nombre.

Pablo Amargo

CAPTUS

José Trenor (Valencia 1920-Figueras 2007) pasó casi la mitad de su vida creando sus Captus: la captura de objetos de desecho por cactus vivos. El objeto de su actividad fue, y ahora ya lo es definitivamente, un misterio, salvo por su escueta afirmación, arrancada casi a la fuerza: “Lo que hago es dar vida a objetos muertos”.
Casi todos los Captus de José Trenor nacieron en el Patio de Armas de las Torres de Donlebún, edificio del siglo XV de su propiedad, y que por aquellas fechas, los años 70, también había dejado de tener su propósito original. El conjunto de los Captus y el mismo Trenor tienen la misma relación con el edificio que cada cactus y su mano con el objeto elegido. De modo que se podía ver cada pieza por separado, y también se podía ver su Patio–Taller en conjunto, como el elemento vivo que daba un nuevo sentido a Las Torres.
El mismo abigarramiento de su obra en el taller, con miles de Captus apiñados debajo de una pérgola de plástico translúcido, hacía que el espectador se sintiera confundido con respecto a lo que veía: ¿jardinería, botánica? No: objetivamente, y hasta puede que al margen de su propia voluntad, arte. Arte que se puede enmarcar en las tendencias más vanguardistas, con una relación entre la naturaleza viva y el objeto tan original y poderosa que hay que buscar paralelismos en auténticos genios como Calder o Barceló. Arte de una radical y asombrosa originalidad, pero no en el vacío: su reflexión sobre la naturaleza y la vida y utilidad de los objetos se convertía en trascendente. Con un añadido casi único: el movimiento continuo, porque cada obra se modificaba bajo su dirección y el capricho de la vida, de modo que el suyo era un arte efímero, casi inaprensible. Algo que su reciente muerte ha acabado de subrayar: ninguno de sus Captus existe ya, una vez que no es su mano la que riega, abona: dirige. Tratar de conservar alguna pieza viva no tiene más sentido que guardar la entrada de un concierto o una exposición: es recuerdo, sugerencia, pero ha perdido ya toda su esencia.

Sólo la mirada nueva de Pablo Amargo ha logrado rescatar de los territorios de la curiosidad o la botánica a los Captus. Hace cinco años, cuando visitó por primera vez Las Torres para tomar apuntes para la ilustración de un libro, se sintió tan fascinado como muchos otros, pero tuvo la lucidez suficiente para sugerir una solución que liberara del caos a los Captus que nadie había visto: aislar cada pieza, elegir uno o varios de cada serie para fotografiarla casi en el vacío, en blanco y negro, sin contexto, con contención absoluta, y sin añadir nada a lo dicho por Trenor con sus manos. En las fotografías, realizadas impecablemente por Alejandro Braña en un estudio neutro, se puede observar cada textura, cada huella de Trenor, casi como pinceladas, pero no hay ni siquiera punto de vista; si acaso, el de la inevitable elección.
Por desgracia, una de las intenciones de esta exposición se ha vuelto imposible: que el espectador pudiera acudir a las Torres de Donlebún para entrar en el Taller con la imagen nítida y desnuda de cada Captus en su memoria y, tal vez, con este catálogo entre las manos. Hubiera contemplado las larguísimas series, las piezas aún conservadas de su primera época, en objetos “adecuados” como recipientes, apenas originales macetas, hasta sus últimos experimentos con objetos convexos como tubos fluorescentes o planos y casi imposibles como las tarjetas de crédito. Hubiera encontrado montañas de libros casi “captusizados”, rastros de su humor e ironía como un letrero en alemán sobre la inutilidad de dar perlas a los cerdos, o el delirante sobre de una carta de Hacienda a un tal “Desconocido Trenor José”, con domicilio en la Calle Trenor, Don José. Huellas de vida, pistas acerca de su pensamiento. Allí pasó miles y miles de horas, con la compañía franciscana de los pájaros y el sonido del canto gregoriano, y muchas veces sonriendo interiormente ante la infinita estupefacción –e incomprensión– de muchos de los visitantes que acertaban a pasar por allí.
Puedo asegurar que la visita a Las Torres era una experiencia única, un viaje por la mente de José Trenor, un artista humilde y secreto, y por eso aún más grande.
Sirvan esta exposición y este catálogo como captura para la memoria de su obra.

Gonzalo Moure

  • Palma

    Magníficas fotos, magnífico catálogo y, sobre todo, magnífico homenaje a un artista original y anónimo. Todo en la exposición sorprende: la calidad de las fotos, la sencillez de los objetos, la belleza de los cactus y la invisible presencia de quien supo hacer de lo efímero Arte. Enhorabuena a todos los que habéis hecho posible esta exposición

  • eldeyar

    Quien quiera dejarse seducir por José Trenor, que fue toda su vida eso, siendo antes que nada irónico y humilde, un seductor socarrón, tiene que pasar aún por el Evaristo Valle, o venir a Figueras en agosto. Trenor fue un referente de mi vida, desde que era un niño. Y como mi vida es “escrivida”, traté de dejar su huella en tres libros: el primero, El Movimiento Continuo, en el que me transformé en Gregorio (fui gordito y lento), a José le cambié el nombre por Santos, y a los cactus por helechos. El segundo, Yo que maté de melancolía al pirata Francis Drake: lo elegí a él para encarnar a Sancho Pardo, el Almirante, incluidos sus “captus” en el puente de su nave. Y, por fin, La Puerta de Mayo, que saldrá en gallego en invierno, y que escribí con Tina Blanco: ahí está Trenor, “casi” en su totalidad. Y siempre, siempre, me quedará un último libro: ninguno será definitivo, porque fue un hombre-cebolla, hecho de infinitas capas. Y púas, como los “Captus”.
    Gonzalo.

  • eldeyar

    He recibido una carta emocionante de una visitante de Las Torres de Donlebún. Nadie con sensibilidad pasó por allí sin “enamorarse” de José Trenor y sin dejarse fascinar por su obra. Pero esta carta, de Isabel Torío, es para mí una profunda emoción. Gracias, Isabel, y gracias por permitirme pegarla aquí:

    En Semana Santa de 2006 como siempre que el tiempo y la distancia desde mi ciudad me lo permiten, volví a Tapia de Casariego. Desde 1994 una especie de gancho me une con esta zona de Asturias que nunca deja de sorprenderme con sus paisajes, gentes y playas.
    En Tapia me reencontré con Charlie, un amigo de hace años. Le insté a que me propusiera algún nuevo sitio que descubrir en la zona. Charlie, una persona especial y sensible, me dijo: Las Torres de Donlebún; tienen encanto si sabes apreciarlo.
    En la Oficina de Turismo me indicaron cómo llegar hasta allí, también que las torres eran de un particular, una persona ya mayor, y que le pidiéramos con discreción que nos dejara visitarlas. Hasta entonces no sabía qué podía encontrar allí, entre tanto secretismo.

    A las 17 nos dirigimos por esa bonita arboleda hacia las Torres y nos adelantó un coche blanco que a bastante velocidad se dirigía hacia allí. En su interior iba un señor ya de cierta edad.. conduciendo. La intuición me dijo que nos íbamos a volver a encontrar en las Torres. Efectivamente, era él, José Trenor.
    Le saludamos y amablemente nos invitó a entrar. Ante mis ojos apareció un mundo de fábula, que despacito y en compañía de José fuimos descubriendo. Amo la botánica, y me emocionó ver lo que José había construido. Fue maravilloso entrar en ese mundo de fantasía.
    Nos contó muchas anécdotas, con gran humor me decía… “el otro día vino una señora a ver el jardín, me dijo que a su marido le gustaban mucho los cactus, y que está escribiendo un libro sobre ellos, que tenía una gran colección…ya tiene 15!!” y nos reímos. Recuerdo también cómo contaba que le había visitado un investigador especializado en cactus, y no entendió para nada aquel jardín caótico, luego José le devolvió visita y vio “todos sus cactus allí tan colocaditos, con un cartelito debajo….”
    Su amor por aquellas plantas que como él decía “se agarran a la vida aunque no tengan más que un pizca de tierra para sustentarse” fue una experiencia que no olvido.

    Este año en Julio volví a Tapia, en bicicleta fuimos desde Tapia a Figueras y por supuesto a visitar a José. La puerta de las torres cerrada con candado, me dio mala impresión. Después en bici, llegamos a Castropol y en la Oficina de Turismo me dijeron que no sabían nada seguro pero que habían oído que había muerto.
    Así que de vuelta a Valladolid entré en internet y confirmé la noticia, aunque sólo había compartido con Trenor una hora, me dio una pena enorme enterarme de que José y su jardín ya no podían ser visitados.
    Después he sabido de la exposición y encontré tu blog, me ha emocionado leer el prólogo para el catálogo.

  • Jlián

    Te quiero un montón Gonzalo SOI un niño del Colegio ABRENTE llamado Julián eres capaz de dedicarme un libro para Juli´n TORRES del colegio ABRENTE.

  • Carlos Gemelo

    ¿pero dónde estará el Archivo? y ¿dónde la fotos familiares para qie podamos tener algún recuerdo?

  • isidropejines

    No sufra,el mejor recuerdo que puede tener es pensar en las palabras de los que ya no están, piense en ello

  • Gracias, Isidro. No, no sufro, te lo aseguro. O no porque ya no está. Vivió, hizo vivir, dejó una huella en la memoria de muchos, dejó sus Captus. Me conformo.
    Un abrazo.
    Gonzalo.