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YO TENGO UN RÍO EN AMÉRICA

Hace apenas dos semanas estaba en Ecuador, invitado por una librería y una feria del libro. Dentro de apenas dos meses estaré en Medellín, invitado a “El juego literario”, a través de la fundación de Jordi Sierra i Fabra, el ayuntamiento de Medellín y la editorial SM. Estaré con Carlo Frabetti, Ricardo Gómez y Alfredo Gómez Cerdá. Nos habrá abierto el camino Antonio García Teijeiro, el poeta gallego, que ha dejado un huella luminosa en aquella tierra caliente. Es una suerte ser amigo de todos ellos, compartir la misma inquietud, la misma sed, la misma rabia, la misma poesía.
Ya tengo una especie de ángel guardián: se llama Alder Vega, y es mi intermediario con los chavales de 12 a 15 años con los que voy a compartir mesa, libros escritos y libros que aún duermen en el misterio del mañana: los suyos, los vuestros, jóvenes de Medellín, de toda América. Me siento emocionado porque intuyo que mis libros son parte ya de un río: han llegado por el afluente de Jordi y de Alder hasta las mesillas de noche de tantos chicos colombianos, y desembocarán algún día en un océano de una América libre y dueña de su destino.
Alder me ha pedido un saludo para los chicos con los que compartiré unos días de trabajo. Esto es lo que les, os he escrito hace un instante, mientras dormían, mientras dormíais:

Hola a todos. Cuando Jordi Sierra me escribió para hablarme de la posibilidad de ir a charlar con vosotros en Medellín no lo dudé un instante: porque en mi mente lejana, e incómoda con la situación de injusticia que reina en toda la América Latina, Medellín era una especie de epicentro de un terremoto que espero. En nuestro imaginario, Colombia es sinónimo de drogas y cárteles, de guerrilla y secuestros. Pero hasta mí habían llegado los ecos de noticias remotas que hablaban de chicos y libros, de bibliotecas contra pistolas, de sueños contra narcóticos. A menudo viajo hasta el desierto del Sáhara, en cuyo infierno central, la “hammada”, un pueblo entero echa un pulso a la historia. Y lo hace con un pie en el estribo de la cultura: un pueblo de refugiados que, sin embargo, ha garantizado lo que ningún otro país de África siquiera ha soñado: escuela gratis, universal, obligatoria y laica. Lucho con otros escritores para llevar hasta allí libros, para que las escuelas desplieguen las velas de los sueños y la imaginación. Por eso, Medellín es en mi mente la isla que se convertirá, un día aún remoto, en continente. Voy para allá dentro de dos meses para charlar con vosotros, para entrar por las rendijas de vuestra rebeldía tranquila, para ser vosotros. Y no voy a deciros que leáis, ni que seáis buenos, para largaros un sermón. Voy a deciros que se puede vivir sin leer, pero que no se puede leer sin aprender a vivir: que los libros son fragmentos de mapas para atravesar el desierto de la vida. Fragmentos, nada más. Hace poco, en un famoso presidio español, un joven condenado por algún delito grave, me preguntaba de quién era la frase “La belleza es verdad y la verdad es belleza, y nada más necesitas saber”. Con aquella pregunta temblaban todos los cimientos de todos los presidios, porque yo no había acudido a su cárcel para ayudarles a hacer boquetes en las paredes, sino en el techo: no les ofrecía la fuga, sino la libertad del pensamiento. Y le contesté que la frase, en realidad los versos de un poeta inglés, no era de John Keats, sino de él mismo, de todos los que estaban en aquella charla.
Da igual que nos reunamos en Medellín, en la “hammada” saharaui o en la prisión del Dueso: la belleza nos acerca a la verdad y la verdad a la belleza, y con ese credo tan simple todos somos libres. Porque no hay belleza sin verdad, ni verdad sin armonía, ni armonía sin justicia, ni justicia sin libertad. En un libro no hay recetas, ni debe haber panfleto alguno. Contemplar la luna llena sobre las colinas azules no es empuñar un fusil ni una bandera, es hacerse uno con todos los seres humanos que en el mismo instante se emocionan con la armonía, con todos los que lo hicieron en el pasado y con los que lo harán en el futuro. Contemplar la luna llena es leer la Odisea, pero también presentir lo que algunos de vosotros escribiréis un día. Cuando leemos vencemos al tiempo y a la muerte, y cuando escribimos derrotamos a los comerciantes de la muerte.
No os ofrezco nada, soy un escritor más, y no de los más brillantes: no estaré en la historia grande, no soy de la misma división de Gabo, ni de Cortázar, ni de Carpentier, ni de Mark Twain, Stevenson o Poe: soy un pequeño escritor de libros pequeños, pero son libros de nuestro tiempo, del que compartimos hoy, del que compartiremos ya pronto. Hablaremos de vida, de la vuestra, de la mía, y por eso hablaremos de siempre, de nuestro suelo y nuestro cielo. Del amor, de los caballos, de la música, de los desiertos que no existen sin un poeta que los cante.
Estoy aprendiendo a amar a vuestra América. Vengo del Ecuador, donde quinientos niños de la enseñanza pública se agolpan en unos pocos metros cuadrados a un kilómetro de distancia de donde otros niños, inocentes también, gozan de fabulosas instalaciones cuidadas por un ejército de jardineros, maestros, albañiles y arquitectos de la desigualdad. Por todo eso, el viaje a Medellín, el viaje hasta vosotros, es para mí el principio. Enseñadme a estrechar las manos adecuadas, y trataré de orientaros en el océano de las letras, de los mapas de los sueños.