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EL DUESO

Vengo del penal del Dueso, donde ya había estado hace unos meses para hablar de libros. Entonces abordamos Maíto Panduro. Panduro estuvo en el Dueso, estaba allí cuando escribí el libro. Maíto Panduro es la historia, real por una parte, imaginada por la otra, de un niño gitano que tiene a su padre en la cárcel. Como Panduro es analfabeto, no le manda cartas escritas desde el Dueso, sino cartas dibujadas. El niño, que lee y escribe, renuncia a esa cultura paya para comunicarse con su padre de la misma forma: dibujando. Panduro le habla a su hijo de sueños de libertad compartida. Maíto de la extraña y tierna maestra paya que no le castiga, ni se empeña en enseñarle una cultura que no es la suya, sino que le acaricia, le baña, caza en su cabeza fieras-piojo.
Cuando llegué al Dueso, Panduro ya no estaba allí, sino en otra cárcel. Hablamos, payos y gitanos, del libro, de la vida. Quedamos en volver a vernos. Un loco que entra en la cárcel por voluntad propia. Estuve preso dos veces en una época mucho peor, en el final de la dictadura: no teníamos cristales, ni calefacción alguna, ni agua corriente: un cubo de agua para cuatro presos (cuatro camaradas, por otra parte, que preferíamos sentarnos en la taza infecta en segundo, tercero o cuarto turno, porque ya no estaba helada).
Es mejor que entonces, mucho mejor, pero es la cárcel. Una metáfora: todos somos presos, lo sepamos (o admitamos) o no. Me contaban esta vez que hay algunos que prefieren la cárcel a la selva de la vida exterior. Monjes del siglo XXI que eligen la regla y el orden, el horario marcado, la comida asegurada, un trabajo manual para comprar tabaco y algún capricho. La mayoría, sin embargo, vive la cárcel con plenitud de dolor y de ausencia: de sí mismo, de la novia, la mujer, las novias: la libertad. Avaros de años, de meses, de días, cuenta atrás.
Hablamos de El Síndrome de Mozart, esta vez. ¿Cómo puede ser una historia tan lejana ser tan cercana, tan ajena y tan propia? Algunos habían hecho trabajos sobre el libro, sobre el síndrome: trabajos sobre la amistad, sobre el amor. Uno de ellos, me reservo el nombre, lo dejo en G, había hecho propio el libro, y había tejido en su mente una interpretación distinta: para quien no ha leído este libro: un neurólogo ambicioso y manipulador quiere demostrar que Mozart padeció el Síndrome de Williams. Para eso maneja a su hija, la obliga a encontrarse con un chico que lo padece: sucede en el campo, donde el chico vive una apacible y bucólica vida de música y vacas, de madre solícita y campanas de aire. Ella vive un romance contradictorio con un chico ucraniano, violista: inteligente, agudo, certero, generoso: demasiado perfecto. Cuando se encuentra con Tomi, todo cambia en su corazón, por fin se abre un camino propio. La tesis de G: los tres padecen el síndrome de Mozart, cada uno a su manera. Y el padre no es un manipulador, sino alguien que sabe que su hija lo padece, que facilita su encuentro con el disgnosticado para que encuentre su camino de música y emociones. Qué lección de humildad: el escritor no pontifica, no hace puentes entre su inteligencia superior y la ignorancia del lector: no: propone. La escritura abierta, tan abierta como la vida, laberinto infinito, cárcel de fuga imposible, pero de millones de caminos y encrucijadas.
Hablamos de muchas cosas, multiplicamos el tiempo. Fuera, los muros tiesos y erizados, dentro el océano. No les puedo llevar una lima ni una azada para que hagan un túnel bajo el muro, pero sí una heramienta para hacer un túnel hacia fuera: la lectura. Y la escritura. Pronto tengo que ir a Colombia, a hablar de eso: leer para buscar, escribir para encontrar. Les propuse un taller de escritura: crea un personaje, lejos de ti: otro lugar, otra época, otra profesión, otro aspecto, otro sexo, otra edad. Pero ahora mírate a ti mismo, ahora tú eres ese personaje: qué fácil es describir al otro, siempre el otro; pero qué difícil describirse a sí mismo. Un abismo de miedo: ¿generoso, egoísta, alegre, melancólico, amistoso, misántropo, místico, materialista, honrado, deshonesto, bueno, malo?
También hablamos del Sí de las manos, contenido en El Síndrome: no es posible decir sí con la manos. Qué orquesta de cámara se encendió en el aula, cada uno con sus manos, con su mirada, con su sonrisa.
Me llevo muchas cosas del Dueso. Tantas. Soy un ladrón, pero la sociedad no me encarcela por eso. Volveré. Sigiloso.

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  • Colegio “”El Pilar Maristas””

    Hola Gonzalo. Somos los niños de quinto”C” del cole de Zaragoza, estamos en la clase de informática, y hemos querido comentar en tu Blog. Esta mañana lo hemos pasado muy bien contigo. Y queremos animar a todos los que lean este comentario a que lean “Maito Panduro”.

    Ha sido uno de los mejores libros que hemos leido, es muy divertido y nos gustaría que siguieras esribiendo para otros cursos.

    Esperamos que vengas el próximo curso, ha sido un placer conocerte, y si quieres vente un día y tomas ideas para tus libros.

    Un beso.

    La clase de 5ºC