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RELATOS PARA ENCONTRARSE

Vengo de Medellín, donde he vivido tanto que aún no me recupero. Pero antes, horas antes de partir, viví otras horas hermosas gracias a Covi y a Jóse Jarne, los rectores de la Asociación de Escritores Noveles, donde caben todos los escritores de raza y corazón. Fue en Gijón. Allí nos reunimos Mayte Guerrero, editora de Letra Clara, Ricardo Méndez Salmón, y yo mismo: jurado del primer premio de la AEN. Se recibieron cientos de originales de todo el mundo, se seleccionaron veinte, entre los que teníamos que decidir. Y fue difícil: al menos cinco eran merecedores del premio, y fue duro, como siempre, descartar cuatro. Y elegimos. Literatura en estado purísimo. Un relato no fácil, pleno de riesgo y sinceridad.
Su autor reside en Italia, donde enseña español. Se llama Carlos Frübeck, y es de Burgos. Había publicado algún libro de poemas y un ensayo. Pero será novelista. Su relato, Dibujos Animados, podría ser semilla de una gran novela.
Animo a los lectores de esta página a escribir para encontrar, para encontrarse. Escribamos, inundemos el mundo de belleza y verdad.
Os ofrezco el relato, y la mano: me arrogo injustamente la invitación a que naveguéis en la red y os acerquéis a la AEN de Covi y Jóse: os merecerá la pena.

DIBUJOS ANIMADOS.

No sé por qué he dejado la autopista del Camino de Santiago por la salida que lleva a Las Retamas, he dado un rodeo de sesenta kilómetros por una carretera de montaña y he llegado aquí. Castrillo lleva ya muchos años deshabitado y nadie quiere volver, ni siquiera los lobos. Bajo del coche, y subo por la cuesta de los Pastores hacia la casa de mis padres. Es Abril y el silencio está lleno de manojos de retamas. Veo los tejados hundidos, las vigas de madera podridas por el suelo y los muros que solo se sostienen para que sobrevivan las plantas trepadoras. Parece que la ausencia haya bombardeado mi infancia y me haya llenado por dentro de escombros. Sólo silencio. Es húmedo y huele a bosque.

Ahora me gustaría escuchar como los tacones que llevaba Érika cuando nos conocimos resuenan contra el pavimento y pisan los tallos de hierba que han crecido entre las piedras. Me gustaría que me agarrara del brazo y me dijera que nos fuéramos, que esta tarde tengo que estar en Santiago para un Congreso de Historia Contemporánea con mi ponencia sobre el juicio de Romasanta, el único caso de licantropía documentado en España; que no sabe por qué he vuelto aquí. Tambièn puede ser que me pase la mano por la cintura, se abrace a mí y me pregunte que cómo me siento, que cuántos recuerdos. O es posible que me diga que nací en un cruce de caminos entre las montañas y que ahora es mejor que cada uno siga el suyo. Con ella he aprendido que estas ruinas han vivido siempre bajo las mareas de los recuerdos.

Érika está ahora en Copenhagen, sentada delante de una mesa de dibujante, y piensa en mi y me dibuja con un rotulador sobre una lámina de acetato. Y pone otra lámina encima y toma un rotulador de color rojo para que mi pierna quede en el aire. Y tarda una hora en hacer que la pierna sea un abanico de colores de veinte láminas y yo dé un paso que coincida con la banda sonora de la película. Después escanea sus dibujos en el ordenador y me sitúa sobre el fondo inmóvil y ruinoso de Castrillo. Me da miedo que Érika se dedique a hacer dibujos animados y que para que yo me mueva tenga que haber escuchado en una grabación lo que estoy diciendo ahora y dé textura y movimiento a las palabras de un fantasma.

Llego hasta la iglesia de San Antonio. Las caras inexpresivas de los apóstoles del pórtico románico tienen encima una mortaja de musgo. Quizá Érika ahora esté escuchando la voz morena de D. Manuel mientras da una homilía y proclama con aires de profeta bíblico nacido en Almería que los lobos no son humanos, que debemos exterminar la plaga que hay en nuestras montañas antes de que devoren todo nuestro ganado y maten a más personas durante el invierno, cuando Castrillo se queda aislado.

En los dibujos animados el alma de los personajes también se dibuja. Así los niños no pueden confundir los buenos con los malos. Quizá, para Érika, D. Manuel sea un palillo andaluz con sotana, cara ovalada, nariz enorme y ojos saltones. Alguien así sólo puede publicar un estudio científico en una revista de Teología para refutar las teorías de Goethe para justificar la existencia del hueso intermaxilar tanto en los animales como en las personas.

El palillo llega a la conclusión de que el hombre no forma parte de la naturaleza: Dios se la ha entregado para que la domine. Compara el cráneo de un lobo con una calavera humana y dice que el hecho de que perdamos este hueso mientras estamos en el vientre de la madre es la prueba científica necesaria para demostrar que no somos animales, que tenemos alma, y que Dios ha dejado en nosotros la huella de los instintos de la bestia para probarnos, para que luchemos contra ella. Nuestro enemigo es una cicatriz vertical en la mandíbula.

En el pueblo nadie sabe quién coño es Goethe y el médico rural, la única que persona que sabe lo que es un hueso intermaxilar, vive en Montelobos, a 20 kilómetros. El Obispo ha leído el estudio, se ha preocupado y ha pedido explicaciones a D. Manuel. Quizá en la grabación se puede oir como la voz de mi abuela se mezcla con las ruinas de la iglesia y susurra a mi madre que el nuevo cura ha venido para buscarnos la ruina a todos.

Entro en la Iglesia. Techos bajos y claustrofobia románica. Parte de la bóveda se ha hundido y sobre el suelo el sol corta por la mitad una pilastra volcada. Una vez aquí hubo una talla de S. Antonio, el patrón de los ganaderos. Seguramente ahora esté en manos de un anticuario. Érika debe subirse a un andamio y cerrar con su lapicero el agujero en el tejado. Debe poner la pilastra en su sitio y hacer que se ponga el Sol. Sólo así este paisaje podrá acoger unas pisadas lentas sobre las losas. Después, este sonido tendrá la forma de dos ojos animales que reflejan la luz de una linterna. En la grabación, después hay un grito humano desesperado que pertenece a un sacerdote que acaba de llegar al pueblo esa tarde desde un seminario del sur y que ahora tiene toda su erudición acorralada contra el retablo. Hay también una voz de mujer. Érika se ha ofrecido para grabarla. Sin embargo, la oscuridad es tan densa que su dueña no tiene forma.

Dejo atrás la iglesia y entro en la plaza. Para animar nuestra historia, Érika tendría que haber dibujado antes el storyboard, hacer una serie de cuadros que resuman en un solo dibujo el contenido que después tendrán las diferentes secuencias. Pero es tan difícil resumir algo en pocos dibujos. Quizá dibujaría una jovencita danesa de huesos fuertes y pelo rubio cortado a lo militar que limpia en albornoz la casa de un hombre que ha conocido esa misma noche. A las mujeres les encanta redimir apartamentos de soltero. Pero no puede dibujar que alguien convenció a esta chica cuando era niña de que con los hombres sólo se puede hablar de amor con el cuerpo y que hay que hablar siempre, a grito pelado, aunque después te sientas perdida en un vertedero. Tampoco puede dibujar a un profesor universitario que piensa que acaba de hacer el amor con la juventud que nunca tuvo.

Pero esa imagen sólo está a mitad de la película. Antes hay que hacer un esquema de aristas cortantes y líneas onduladas que representen casas cubiertas por la nieve. Se puede dibujar como Bienvenido Codón y el padre del profesor, Matías Merino, con las escopetas al hombro, sacan de una camioneta dos lobos muertos y los dejan tirados en el centro de la plaza, a la vista de todo el mundo. Érika los representa solo con dos manchas vagamente animales. Mi padre y su amigo eran pequeños y oscuros, pero ella ha dibujado dos gigantes rubios, capaces de abrir la caja de los truenos con el dedo meñique. El cura está en segundo plano, una línea fina y afilada que mira con orgullo los dos cuerpos muertos. Sin embargo, de nuevo tiene el mismo problema. No puede dibujar la curiosidad del hijo de Matías cuando vio las dos bestias que había matado su papá, ni cómo acarició su pellejo, suave y helado. El niño estropearía el dibujo, acabaría con las manos llenas de polvo de grafito y de mayor no podría acariciar a Érika sin ensuciarla.

Cuando se termina el storyboard, hay que colgar todas las imágenes en una pared para que las vea el director y su equipo. Es entonces cuando toda la vida se resume en uno de esos enormes murales que acompañaban a los ciegos que cantaban romances. Hay que seleccionar las mejores escenas, las que se animarán, cambiar el orden si es necesario, como si se pudieran cancelar o cambiar de sitio los recuerdos para satisfacer el gusto del espectador.

Mientras dejo atrás la plaza y me acerco más a mi casa, el director dice que la escena en que aparezco paseando con Érika junto al Gran Canal en verano es demasiado sentimental y rompe el ritmo de la película. Los tejados de cobre se derrumban sobre el Langebro, el puente que une el centro de la ciudad con el barrio de Islandsbrygge, mientras Érika me dice que está perdiendo el tiempo conmigo, que todos los hombres le damos asco. Yo veo la piscina improvisada que el ayuntamiento ha hecho en el canal con cuatro boyas y las chicas que toman el sol en bikini sobre el césped de un jardín público y pienso que Copenhagen es una ciudad sumergida, que aquí sólo viven los fantasmas de los náufragos del Titanic.

Sin embargo, el director salva la escena en que mi abuela me acuesta y me cuenta una historia. Érika la ha dibujado con los ojos grandes y la nariz muy pequeña, para transmitir dulzura. Quizá al director le gusta que una nevada haya aislado nuestro pueblo y que los trazos de Érika huelan al estiércol de los animales que viven con nosotros.

Cuando proyecten las imágenes detenidas del storyboard mezcladas con la progresiòn voces de los personajes, se escuchará como mi abuela saca de la cama dos botellas de barro llenas de agua caliente de entre las mantas, las coge por el cuello y las abre dando un golpe seco contra la pared. La anciana que posa inmóvil delante de mi infancia me dirá que debo estar en silencio y no moverme de la cama pase lo que pase porque esta noche bajará del monte el pastor de los lobos con su rebaño para apacentarlo por las calles de Castrillo. Nada cambiará en el dibujo cuando se escuchen los ladridos, los gruñidos del rebaño. En la siguiente imagen aparecerá una de las vacas de Bienvenido Codón degollada sobre la nieve. La sangre se ha mezclado con el hielo y le da el aspecto de una piel joven y saludable. Todavía no había llegado D. Manuel al pueblo y los vecinos veían aquello como un sacrificio necesario para poder pasar un invierno tranquilo.

Se me había olvidado, pero yo ya no tengo edad para subir estas cuestas. Mi casa ya está muy cerca. Soy viejo y ya no quedan lobos en Castrillo. Las batidas que mi padre y los otros vecinos organizaron acabaron con los últimos. Sin embargo, me parece que oigo sus pisadas sobre la nieve aunque sea primavera.

Escucho las pisadas de los lobos y me dicen que cuando Érika se vino a vivir conmigo, me dejó de importar que en invierno anocheciera cuando el reloj de Radhusplads daba las tres de la tarde y que la gente pensara un buen suicidio mientras volvía a casa en su civilizada bicicleta. Aquel invierno no nevó y sólo existía Érika.

Ella coleccionaba reproducciones de las pinturas que hizo Monet de las rocas de Port Coton, cuando vivía en Bretaña. Eran tres grandes escollos que en el pueblo llamaban las pirámides y que pintó treinta y nueve veces. Aquella pared parecía la biografía de un día que agoniza entre atrapado entre escollos y colores que no le pertenecen. Así, las rocas vestían un cansancio rojizo al atardecer; en otras, cuando amanecía, parecían carne viva y palpitante; la noche les daba el aspecto de los restos de las murallas de una ciudad deshabitada que, sin embargo, sufre un largo asedio. Érika llenó con ellas una de las paredes de nuestro dormitorio. Y yo me sentí como si volviera a tener veinte años, como si fuera una de aquellas rocas y sobre mí amaneciera por segunda vez. No sabía que Érika las amaba porque esas rocas sólo servían para ocultar el fondo del mar, siempre inmóvil, en el que clavaban las raíces.

¿Me dibujará Érika con el pelo negro, delgado, sin lobos en el alma y con toda la vida por delante? No. Estoy seguro de que al director no le interesa que nos despertemos delante de las pinturas de Monet y le diga que esta noche no he soñado con ellos, con los lobos, y no sepa que ella sí que ha soñado las manos de su padre. Que paseemos de la mano por el Ströget y que yo haya pasado por ella de los jerseys negros de cuello alto a las camisas vaqueras, de los zapatos de sacerdote a las playeras blancas. Que ella me vea ridículo. Que me guste que siempre quiera estar perfecta, que nuestra casa tenga que estar perfecta, que el aire tenga velas encendidas en el alfeizar de la ventana. Que nuestra vida tenga que ser perfecta, como en los dibujos animados, donde Mu Lan salva a China con una tormenta de fuegos artificiales. Que deje siempre los platos llenos de comida y su piel se erice como la de un animal cada vez que empiezo a tocarla. Que por las tardes se siente sonre la cama una hora entera y mira las rocas de Monet y yo no le pregunte qué es lo que piensa. Que yo me sienta de nuevo fuerte y joven, porque tengo que proteger a Érika, sin ser capaz de escucharla. Que la vida me parezca como el metro que lleva a Nörrebro, que llega siempre entero a su destino a través de túneles subterráneos y estaciones de metal sin necesidad de tener un conductor.

Al director lo que le interesa es que Érika pinte el fondo marino que las rocas de Monet ocultaban tal y como es: oscuro, monocromo. Allí no se pueden inventar castillos con pinceladas de color que se mezclan en la distancia. Lo que le interesa es que el mar esté lleno de lobos. Si los personajes viven en el fondo del mar, se pueden animar los recuerdos sobre cualquier escenario. No se puede escapar de ellos.

Después de la secuencia con mi abuela, se pasará directamente a otra con Èrika sentada sobre nuestra cama deshecha, con una falda corta plisada. Se agacha para subirse la cremallera de unas botas negras que se ha puesto encima de las medias. Desde que está conmigo, se ha dejado crecer el pelo y ahora le llega casi hasta los hombros. Tengo unas ganas enormes de hacerle el amor cada vez que la veo vestirse. Nadie podría dibujarte así, habría que filmarte y, con la técnica de la rotoscopia, dibujar encima de los fotogramas todo el deseo que siento ahora. No me atrevo a acercarme. Una vez me dijo que le gustaría quedarse a solas para siempre con el mar en una de las rocas del dormitorio.

En el siguiente dibujo, aparecerá sentada con las piernas cruzadas en una terraza de esas que ofrecen mantas a cuadros a los clientes que se sientan al aire libre en el canal de Nyhavn. Un grupo de gaviotas abre grietas en el frío mientras pasa por encima de la cúpula de la Ópera y se dirige hacia los caserones encalados de Christiansavn por la acera del canal. Quieren extraviarse dentro de la ciudad y huyen del mar. Mientras pasa una barcaza de madera llena de turistas chinos que hablan a gritos, ella besa a otro hombre mucho mayor que ella, como yo. Yo los veo y dejo de tener veinte años. Vuelvo a cumplir cincuenta. Feliz cumpleaños. Aunque ella ya no sienta nada, me gustaría ser un lobo y arrancarle las medias a dentelladas. Ahora me doy cuenta de que la única versión de los cuadros de Port Coton que hay entre las palmeras tropicales del invernadero de la Glypthotek es un anochecer de rocas negras.

Las ventanas de la casa y la puerta están cegadas con cemento. Los establos se han derrumbado. Ya no se puede entrar en la casa de mis padres porque afuera es primavera y dentro sé que ha caído una nevada tan grande como para poder enterrar a un hombre. Los últimos lobos están dentro y están hambrientos y caminan en círculos dentro del salón mientras buscan su presa. Mi hermano quiso que así fuera. Sabía que no íbamos a volver nunca más a Castrillo cuando todo el pueblo se paseó delante de los lobos muertos, cuando desapareció en el bosque el hijo pequeño de Bienvenido Codón y nuestros padres decidieron mandarnos a estudiar al seminario de Las Retamas. No había que dejar que ningún vagabundo pudiera entrar dentro del escenario de nuestra fuga.

Es muy fácil animar la escena y Érika tendrá una tarde de trabajo tranquila. Sólo hay que dibujar una bola de luz que se mueve en la oscuridad al ritmo de la voz de un hombre que llama a Miguel una y otra vez. En la escena no se ve, pero cada vez que lo llama alguien se marcha del pueblo. Se escucharán sus pisadas sobre las hojas podridas y la respiración agitada de una mujer que se ha escondido dentro del fundido en negro.

Pero las cosas no son tan sencillas: para poder hacer bien el resto del trabajo, Érika necesita la guía de otros artistas para empezar a darnos vida. Debe conocer cuáles serán los gestos más comunes de los personajes, cómo se mueven, cómo respiran. Un grupo de dibujantes hará un esquema de los gestos aseados y dulzones que aprendí en el seminario. Allí mi hermano y yo llegamos como miembros de la tribu de salvajes que pastoreaba vestido de chamán el padre Manuel Zambrano, el loco cazador de brujas que acabó en una casa de reposo en Madrid.

El claustro del seminario de Las Retamas tendrá el aire de una leprosería que se dedica a incubar vocaciones de malabaristas del melodrama. Muchos acabarán emigrando con dieciocho años a Dinamarca. Sin embargo, yo no vine a Copenhagen para ensayar libertades entre los muros de la comuna hippy de Christania. Vine huyendo de un pastor al que mi padre había matado su rebaño.

Y es posible que hagan una pequeña estatua de arcilla para que Érika tenga el modelo de si misma. Será la de una mujer que se hubiera dedicado a torturarse con menciones de honor en concursos de belleza si no hubiera tenido talento para el dibujo y para mirar las rocas de Monet. En la estatua deberá quedar reflejado que ella quiere perderse en ellas porque hace mucho tiempo su padre la tocaba en una ciudad en la que siempre anochece demasiado pronto.

No sé por qué he regresado a Castrillo y no me atrevo a acercarme más a mi casa. Quizá porque pensaba que Érika era frágil, que naufragaba dentro de los hombres a los que se ofrecía y necesitaba que yo la protegiera. Pensé que conmigo cambiaría. No sabía que tenía la fragilidad de las plantas trepadoras que echan finas raíces en los huecos de los muros de las casas abandonadas hasta hacerlas caer. Ahora debería estar en Santiago repasando una ponencia. No sé por qué Érika se ha puesto escuchar ahora la cinta que contiene las pisadas de los lobos sobre la nieve, si este no es el escenario, si en Castrillo ya no quedan ni hombres ni lobos, si es primavera y el silencio está lleno de manojos de retamas.
Escucho un gruñido a mi espalda y sé que Érika ha empezado a animar la última escena. Quiere terminar cuanto antes y dibuja a velocidad de vértigo sobre las láminas de acetato. Hay tres lobos que se me acercan lentamente girando a mi alrededor en círculos cada vez más pequeños y me enseñan los colmillos.
Con ellos está Érika. No es la pastora de lobos que aparecerá en la película: depilada, sexy, con una piel de lobo sobre los hombros y ropa interior de cota de malla. La portada perfecta de una revista de cómic para adultos. Está desnuda y cubierta de barro, tiene los pechos caídos y el cuerpo cubierto de cicatrices. Érika es un náufrago que ha vivido toda su vida sobre un escollo y que se ha cansado de gritar a los barcos que pasan que la salven. Camina encorvada porque está acostumbrada a correr a cuatro patas y también ella se prepara para saltar sobre mí. También ella me enseña los dientes. Le dan asco los hombres a los que se ofrece.
No sé por qué he querido regresar a Castrillo, ni lo sabré nunca. Sólo sé que Érika ha nacido para vivir sola en una de sus rocas tormentosas, para encontrar amor entre los lobos.

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  • Claudia

    Bienvenido,Gonzalo!
    Tus primeras palabras suenan tan intensas que despiertan mi deseo de conocer tus vivencias en Medellín y así, con el relato de tu vida, prolongar la nuestra.
    Gracias por la reseña tan recomendable de la AEN y por acercarnos la lectura de “Dibujos animados”.Es refrescante leer una voz propia que se mueve con tanta naturalidad entre lo simbólico y lo real.
    Enhorabuena a todos por tender pasarelas en la búsqueda sincera de la verdad y la belleza!
    Abrazos.

  • ¡Bienvenido de nuevo a Asturias maestro! ¡Bien r4ecibido seas amigo!

    Gracias por tus palabras. La AEN no sería nada… sin la ayuda incondicional de maestros y amigos como tu.

    Un abrazo

  • ¡Felicidades por TUVA! Será excepcional como el resto de tu obra.

    Otro abrazo

  • eldeyar

    Dudaba cuando emprendí esta pequeña aventura en la web. Pero leyendo todo lo que se va volcando aquí y allá, me siento seguro de que no he hecho más que añadir un eslabón más a una gran cadena. Gracias, José. Y que todos disfruten del magnífico relato de Carlos, y de iniciativas como la vuestra.