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MEDELLÍN, BOGOTÁ: COLOMBIA

p1010111-copia.JPGVengo de otro mundo. De una ciudad que sale del infierno y que ha decidido valientemente que el esqueleto de la nueva ciudad sean las bibliotecas y su sangre las letras de los libros, las palabras. Vengo con la piel respingada, con el alma en sístole y diástole, con el aliento contenido para no acabar de expulsar todo lo que he vivido, lo que he aprendido, lo que he crecido.

Hace algunos meses me escribió Jordi Sierra i Fabra, el inefable, para proponerme viajar hasta Medellín. Allí participaría en el Juego Literario, de la mano del Taller de Letras, de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. Lo haría junto a buenos amigos: Carlo Frabetti, Ricardo Gómez, Alfredo Gómez Cerdá, Andreu Martín. Antes iría Antonio García Teijeiro, el enorme poeta gallego, tan cercano a mi corazón y a mis afectos. Acepté, claro. Me apasiona la América Latina, siento en ella una vibración cada vez más armónica hacia el futuro. Y por todo lo que me une con los demás compañeros, con el propio Jordi.
Apenas sabía nada de la Fundación, salvo que se ubicaba en Medellín. Y de Medellín, todos los tópicos: los sicarios, los secuestros y asesinatos, Escobar, La Vendedora de Rosas, María llena eres de gracia. Un Taller de Letras en medio de tanto caos me parecía una apuesta valiente, pero un tanto desesperada. ¿Serviría de algo, pueden crecer las flores en el asfalto? Pronto llegó la respuesta: sí, y no pueden: crecen, ya están creciendo.
Imagina una ciudad, tan caótica, en la que una gran parte aún vive en “tugurios”, poco más que chabolas, en la que el aguardiente se compra por gruesas y se bebe sin tino. Una ciudad con aroma de pólvora que aún no se ha posado, que no se ha llevado el río. Pero una ciudad con un alcalde valiente que decidió hace tres años dedicar la mayor parte del presupuesto a la educación y las bibliotecas: nada menos que el 60%. Las nuevas bibliotecas, alguna recién estrenada, son fantásticos edificios, amplios, bellos, modernos. Pero no son pirámides vacías: están repletas de personal cariñoso y solícito, se están convirtiendo en la sala de estar de chicos y grandes. Tengo en el corazón a Christian Colina, Christian Colina y Anderson, tres muchachitos a los que encontré en una sala, y que con una sonrisa inmensa me dijeron que sentían orgullo por la biblioteca, por Medellín, por su apuesta por la educación y la cultura. Más, cuando un profesor, Alejandro, intervino en un encuentro con escolares en el barrio-pueblo de Copacabana para darme las gracias por hablar con naturalidad de la muerte, porque “todos estos chicos, sin apenas excepción, han sufrido un duelo por herida de bala en su familia o su entorno más inmediato”. Los miré, y todos asintieron.
Vivir Medellín, personalmente, me ha cargado de razón para seguir escribiendo. Para entretener, tal vez, pero sobre todo para emocionar: con la vida, con la lucha, con la verdad, el amor y la belleza. Y la libertad, claro. La libertad que están alcanzando. Y lo hacen con sinergia: el ayuntamiento, los fondos estatales, la fundación, las redes de escritores, actores, cuentacuentos, talleristas. Todos unidos en torno a una misma idea: crecer en la cultura, abrir boquetes para que entre el oxígeno en la ciudad quemada y vuelva a nacer: ya ha nacido. Por eso es aún más importante compartir con ellos, apretar los codos en la fila. La labor de la fundación de Jordi es inmensa, e inmensamente bella. Todos nosotros, sin excepción, hemos quedado conmovidos y comprometidos: seguiremos escribiendo, volveremos. En nuestro corazón, los más cercanos: Juan Pablo, Tatiana, Mayté, Carlos, Viviana, Marcela, Jimena, Mauricio, Vanesa, Marcela Mosquera… Y muchos, muchos más: todos. Y en nuestra mente los nuevos: los que ahora nos leen, y dentro de unos años escribirán: libros, vidas.
Y Bogotá, la “capital de la cultura”. De la mano de una delegación nueva, la de SM, que quiere llevar el libro a todos los rincones. Con una editora como la copa de un pino, Jael Gómez, librera de libros infantiles para más señas y complicidades. Visitamos todo lo visitable, nos encontramos con escolares de colegios buenos y colegios del pueblo, charlamos con gente cercana y deseosa de aprender, y aprendimos, nos entusiasmamos en Fundalectura en una apasionante clase de literatura viva y una catarata de ideas llevadas a la práctica.
Colombia está en efervescencia, y sentía, al volver, que volvía a lo viejo. América emerge, Europa sedimenta. Pero Medellín me ha enseñado que se puede crecer en la peor de las situaciones, incluso en la comodidad y el cansancio.
Se me agolpan las ideas. Nos dijeron: sed embajadores del nuevo Medellín. El viejo está muriendo: sepultado en palabras claras y limpias, en libros, en nuevos libros que apenas se empiezan a escribir. Gracias por tanto recibido. Esto no ha hecho sino empezar.

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