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JÓVENES, MOZART Y UNAMUNO

Ayer estuve en León. Fue en el MUSAC, un marco perfecto, con estudiantes de bachillerato, profesores de lengua y filosofía y algún músico. La propuesta partió de Dolores Esteban, del IES Eras de Renueva, hace algunos meses, para charlar con los alumnos acerca de un libro, El Síndrome de Mozart. Sugerí que no leyeran el libro. ¿No se trata, al fin y al cabo, de una “animación a la lectura”? Acostumbramos los autores a ir a colegios e institutos a hablar del libro que han leído, pero lo hacemos bajo ese título equivocado. Si lo han leído, bien podría llamarse “repaso”, “justificaciones y mixtificaciones”, o algo así. No me opongo a esos libro-fórum, pero los encuentro mucho menos interesantes que estos, en los que los posibles lectores no acuden condicionados por nada. Por fortuna, ni siquiera tenemos apenas nombre, y no creo que más de dos o tres chicos, ayer, hubieran leído algo mío con anterioridad. Tal vez, ni siquiera recordaran mi nombre, porque los niños no leen autores: leen libros. Y eso, esa falta de notoriedad, hace que estos encuentros, estas “animaciones a la lectura”, sean aún más interesantes: porque se basan en el interés desnudo del tema que propones.
Ayer comenzó Marta Gómez, una excelente intérprete de piano, tocando una sonata de Mozart. A partir de ahí, palabra y música. Es muy excitante: tengo que proporcionarles todo el proceso mental que me llevó a escribir el libro en su día, y entrar en el terreno más peligroso: ¿les interesará? Bueno, a mí me gustaría leer aquí, en próximos días, opiniones de los propios chicos y de sus profesores, pero si traigo esta reunión a la web, no es por nada que tenga que ver mucho conmigo, sino más bien con ellos. Con los jóvenes, a los que muchos no dan ni siquiera oportunidad de existir críticamente, sólo biológicamente: egoístas, desinformados, descreídos. Etiquetas, tan viejas como el hombre (como el hombre viejo: de corazón, sobre todo). Dice también el lugar común que no tenemos nada de qué hablar, jóvenes y maduros.
Pues bien: ayer, en el MUSAC, rompimos (rompieron) muchas cosas. La primera pregunta, puesto que había hablado en la charla previa de la libertad que doy (o se toman) los personajes de los libros que escribo, fue:
“¿Se rebelan sus personajes en detalles, o al modo de Unamuno?”
Bueno, en ese momento, el MUSAC se había convertido en una especie de cámara inmune al tiempo y al espacio: la misma pregunta, casi idéntica, me la había hecho 11 días antes una chica de 13, tal vez 14 años, de Bogotá, en un colegio popular, en la zona norte de la megaciudad. Pero es que la pregunta la estaba haciendo yo hace 42 años, cuando leí, entre alucinado y excitado, Niebla. Ellos también: León, Bogotá. No importa. Lo mejor: los demás entendían la pregunta. No pretendo que los demás también hubieran leído a Unamuno, pero nininguno de ellos protestó, ni se rió, ni siquiera cambió de postura. Hablamos, remontamos el vuelo, la voz del profesor de filosofía era una voz más, perfectamente engarzada: Unamuno, fuera de programas, fuera de discotecas, fuera de etiquetas.
Y luego, otro muchacho: esta vez, la música. De nuevo todo se rompió, o todo se unificó: las intenciones de Mozart, la capacidad de emoción que causaba en él Beethoven, los dedos de Tomi en el teclado expresando sus amores y sus cabreos, el puente hacia la música pop, hacia las preguntas más trascendentes y difíciles sobre el lugar de la música en la mente del hombre, en su evolución. Y hasta nos fuimos hasta Tuva, de la mano del, chamán que me dijo algo sencillo, pero clave: el caballo es el intermediario entre el hombre y la naturaleza: así, la música no es el mensaje (debatimos), la música es el medio para comunicar lo que las palabras no pueden.
Todo esto pasaba a medio metro de una sociedad que (des)califica a los jóvenes por serlo. O tal vez por ya no serlo (los descalificadores). No hay tiempo, no hay espacio, cantaba Batiatto. De acuerdo, maestro: en el MUSAC, desde luego, no. Ni venta de libros, qué gusto.

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  • Mayte

    Es curioso, no, curioso no, es cierto: “Niebla”. Claro, ¡¡¡Niebla!!! Ahí vinieron las primeras preguntas traumáticas y excitantes para aquellos jóvenes que fuimos. Por primera vez nos sentíamos tratados como seres inteligentes capaces de hacerse preguntas (incluso sobre literatura).
    La cuestión es que de adultos pensamos que ya hemos llegado a alguna parte y damos vueltas sobre la bandera que clavamos en un punto del suelo. Son los jóvenes los que nos hacen recordar que el juego continúa. Se giran, nos miran desde el horizonte y nos dicen “adiós”. Del escozor por lo perdido a la “etiqueta” gratuita sólo hay un paso.

  • eldeyar

    Estos días estoy muy sensible a estos temas, por culpa de un amigo que para no reconocer que el corazón no envejece, está dispuesto a derribar las columnas del templo sobre todo lo que se mueva en el humanísimo sístole-ojos-diástole. Ni ellos están condenados a ser jóvenes y no salirse del guión que les exige todo “eso”, ni nosotros estamos lejos de ellos por ser “mayores”. Estamos en el mismo día, en el mismo estadio de la civilización, en medio de las mismas incógnitas.

  • garufa

    Egoístas, desinformados, descreídos, prepotentes…etc., un género que abunda mucho más entre los ‘adultos’ (al menos así se hacen llamar).
    Los descalificadores son ‘muertos vivientes’ del día a día. Hace mucho que cerraron su mente y perdieron su corazón.
    Diferencias reales: sólo el aspecto físico.
    Quien mantiene contacto con los jóvenes no pierde la esencia para continuar con el corazón y la mente abiertos.
    Un beso desde esta tarde otoñal.
    Garufa.

  • roberto

    Voy a comenzar a leer su libro(el sindrome de mozart) y estoy impaciente por decirle lo que me ha parecido y plantearle las cuestiones que me surjan. Un saludo.