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AHORA QUE YA NO FUMO

AHORA QUE YA NO FUMO

He dejado de fumar hace dos semanas. Me ha ayudado mi mejor amiga, que entendió, cuando le propuse que dejáramos de fumar al mismo tiempo, que le estaba diciendo que sin apoyarme en ella me sería imposible. Posteriormente se unió a nosotros otra amiga. Ya somos tres*. Saber que estamos en el mismo esfuerzo, nos hace más fuertes.
Pero no escribo esta entrada para hacer alarde de nuestra fuerza de voluntad, sino para reivindicar los derechos de los fumadores. Porque dejar de fumar es comprobar que fumar no es un acto voluntario, sino una imposición: veinte, treinta imposiciones al día. Hasta hace dos semanas me justificaba diciendo: me gusta, fumo porque quiero.
No es verdad: fumaba porque otros querían. Querían mi dinero, y de paso se llevaban mi salud y mi libertad. Y peor aún, desde hace algunos años, además de sacarnos el dinero y la libertad, nos ponían en la picota, nos colocaban el capirote, nos sacaban a las aceras, al otro lado de la verja de los colegios, nos exponían a la mofa, a la befa, y al integrismo.
Ricardo Gómez y yo, buenos fumadores (lo seremos siempre, fumemos o no), lo vimos claro desde el primer día: se trataba de una campaña que quería probar la capacidad de manipulación de las masas. Lo que era perfectamente normal hace diez años, lo que había sido culturalmente aceptado por todos desde siglos atrás, podía convertirse en sucio, pecaminoso, perseguible, en apenas un par de años. Y lo consiguieron. Ese era el objetivo, en nuestra teoría: con una buena campaña, se puede convencer al mundo entero de cualquier cosa. Asaber qué será lo siguiente. Curiosamente, Andréu Martín recoge esta hipótesis en un libro que prepara con otro amigo sobre la Teoría de la Conspiración.
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Un contrabandista beduíno (de tabaco) me decía que él compra directamente a los fabricantes, Marlboro especialmente, en Nuadibu, y paga un dinero que escapa a cualquier impuesto. Asegura que el pacto entre los grandes fabricantes y los estados de los países del primer mundo, es el siguiente: hacéis una campaña contra el tabaco tan grande que os permite multiplicar por diez, por veinte, por cien, los impuestos. Y a cambio, dejáis que nosotros vendamos tabaco en el tercer mundo sin pagar impuestos. Y encima os quitáis de encima a unos cientos de miles de candidatos a la emigración ilegal: porque les damos tabaco aún peor, más adictivo y cancerígeno.
Puede ser. De hecho, en gran parte es seguro que es: ayer mismo se nos preparaba en la prensa: a más precio del tabaco (por impuestos, claro), más “éxito” de las campañas. A pagar. Más y más. Pronto la cajetilla se irá a los siete euros, como ya está en Irlanda. Y lo peor es que no disminuye el número de fumadores: al contrario: crece.
Estos días, luchando contra el mono, comprobaba que no fumar no es tan difícil como creía cuando los demás fuman: el cigarrillo social. Es terrible, sin embargo, cuando tratas de escribir, o de hacer el trabajo intelectual que hicieras antes con el apoyo del tabaco. La nicotina facilita las sinapsis, contiene potentes neurotransmisores, que ahora tengo que sustituir con mis recursos químicos interiores. Y cuesta, casi te rindes.
Y aún peor, más difícil, es ver en restaurantes o tiendas el “Prohibido Fumar”. Es ahí donde mi mente se rebela, porque me siento un poco traidor, como si hubiera renunciado a luchar por la libertad. Sé que no es así, pero duele tener que conquistar la libertad de no fumar renunciando a la libertad de fumar sin hacer daño a nadie, como fumaron mis padres, mis abuelos, generaciones y generaciones de fumadores a los que abandono.

Ya está: ya no fumo, y espero no volver a hacerlo nunca. Pero es ahora cuando quiero reclamar los derechos de los fumadores:
-Derecho a fumar donde no haya nadie que se queje.
-Derecho a no ser considerado mal ciudadano por algo legal y sujeto a impuestos.
-Derecho a no tener que exponerse al frío, la lluvia y el viento, y a la mirada reprobatoria general, para hacer algo legal y sujeto a impuestos.
-Derecho a no tener que dar explicaciones a nadie.
-Derecho a no tener que soportar las filípicas no pedidas de nadie.
-Derecho a dejar de fumar sin parecer que cede a una campaña desmedida, exagerada e hipócrita.
-Derecho a dejar de fumar sin haber recibido advertencia médica alguna, por el simple ejercicio de la libertad.

Y especialmente: durante estos dos años de campaña desmedida, exagerada e hipócrita, he visitado cientos de colegios e institutos. En la mayoría de ellos he tenido que dar más de una charla a los alumnos, con un esfuerzo mental que me pedía una recompensa, un descanso mental en forma de nicotina: en todas esas ocasiones, cuando se me ha ofrecido un café, he dicho que gracias, pero que lo que necesitaba era fumar un cigarrillo. Nunca, subrayo: nunca, se me ha dicho: ven a mi despacho, abriremos la ventana, y gracias por tu esfuerzo. No: literalmente: siempre se me ha dicho: a la calle. Solo. Y muchas veces, ante los ojos de los mismos chicos para los que unos minutos antes era un ejemplo como escritor. ¿Hay quien lo entienda? ¿Hay quien defienda tal desproporción? Y es que mi visita, y mi imagen fumando en la calle, es esporádica, pero la del profesor de filosofía, ciencias o matemáticas (o lengua), es diaria. ¿No hay quien se de cuenta de que si se pretende educar a los chicos lejos del tabaco, es una contradicción que vean a sus profesores fumando en la calle, cada día, en cada recreo?
Por tanto: creo que es hora de reivindicar que los centros escolares dispongan de un cuarto cerrado, discreto, a salvo de la mirada de los alumnos y los padres de alumnos, en los que poder fumar sin hacer daño, físico o moral, a nadie.
Contra la hipocresía, contra la desproporción. Y por la propia educación de los chicos.

Me ha costado doce días poder escribir este artículo… sin fumar. En este tiempo no he podido escribir nada creativo, apenas atender la web y responder correos. Creo que mi cerebro empieza a crear sus propios neurotransmisores, y pronto escribiré relatos sin humo. Pero no olvidaré nunca al tabaco, que ha acompañado a miles y miles de escritores durante cientos de años, que acompañó a mi madre hasta el último minuto de su vida, que me ha acompañado a mí en muchos de mis libros.
Y si dejo de fumar, si ya he dejado, es por la amistad, y por la libertad. No por la campaña, no por todos los males apocalípticos que hace diez años no existían. Fue en los primeros días cuando comprendí que no era yo el que deseaba fumar, que mi mente había sido colonizada: que tenía en mi cerebro un alien que decía: fuma, paga, fuma, paga. Que no era yo el que fumaba, que aquel gesto no tenía nada que ver con la libertad. Ahota tengo en un frasco cincuenta euros: al cabo de un año 1200 euros se transformarán en cine hecho por chicos de Medellín, en libros en el Sáhara. Y si suben el tabaco, será aún más: pagaré cada semana, para no olvidar.
Adiós, alien.

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