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ANA MARÍA MACHADO: UNA CONFERENCIA PARA ENTENDER LA LIJ

No es frecuente que un autor de literatura infantil y juvenil tenga un discurso tan o más importante en su actividad como conferenciante que en su propia obra. Ana María Machado, brasileña, premio Andersen en 2000, autora de más de 100 maravillosos libros, sobre todo para niños, es uno de esos casos.
El pasado mes de octubre, asistí a su conferencia inaugural del congreso de Edelvives en Baeza: Leer-Placer. La pronunció codo con codo con Antonio Rodríguez Almodóvar: es decir, un lujo de apertura, para un congreso que resultó más que interesante: apasionante en muchos momentos. Pero entre esos momentos, qué le voy a hacer, me quedo con las palabras de la Machado. Me sentí en perfecta sintonía con todo lo que ella decía, y reconozco que muchas veces he querido decir lo mismo, sin conseguirlo.
Por eso, os ofrezco aquí el texto completo. Van por delante estos dos o tres párrafos, para que cada uno se haga una idea, y dentro de comentarios, a falta de lo que invente el administrador de la web, os ofrezco el texto completo. Merece la pena.

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Antes de leer: anamariamchado.com es su sitio oficial, por todo lo que queráis saber de tan gran escritora. Y ahora sí, ese fragmento de la conferencia de Baeza:

“Nadie se alimenta solamente de goma de mascar por más dulce que sea y por más que se muevan las mandíbulas, dando la impresión de que se está comiendo alguna cosa sabrosa. Para el ser humano sostener el cuerpo y poder desarrollarse con salud, hay que tener una alimentación en efecto nutritiva. Para sostener el espíritu, crecer intelectualmente y fortificarse mentalmente, es necesario incorporar la arte y cultura. Y eso supone el contacto con la literautra, arte de la palabra.

Tal contacto no es cosa que se adquiera de un momento a otro, como si ocurriera por obra de magia, sino que una habilidad que se construye poco a poco. Del mismo modo que un bebé, un día, no se alza de la cuna y sale caminando de repente, pero antes tiene que pasar por otros estadios motores (sentarse, arrastrarse, andar de gatas, agarrarse a los muebles para quedarse de pie etc.), el camino más común sugiere que los individuos se aproximan a la lectura de literatura poco a poco − por el contacto repetido y placentero con la literatura oral o con la posibilidad de abordar textos literarios más sencillos en casa o en la escuela. Pero es fundamental que esos textos, aunque aparentemente simples, tengan cualidad literaria – es decir, que permitan interpretaciones distintas, posean significados variados para lectores diferentes o circunstancias diversas. En fin, que permitan a lo que los especialistas a veces llaman reapropiaciones múltiples. O sea, que cada lector pueda apropiarse de ellos de una manera distinta. Quiere decir, hacerlos también su propiedad, hacerlos suyos – como legítimos propietarios, herederos de ese legado.

Para que un texto consiga presentar ese fenómeno, aun siendo sencillo, necesita tener una complejidad significativa que sólo el arte logra alcanzar. No hay fórmulas ni recetas para eso, no es fácil de definir, todo el proceso forma parte del misterio de la experiencia artística. Pero es algo nítido. Quizás, incluso, porque forma parte de la misma esencia del arte y sólo éste busca eso, a diferencia del lenguaje periodístico, que se considere factual, o del lenguaje científico, por ejemplo, que, para funcionar, necesita ser objetivo y unívoco, con sólo un significado para cada signo.

El niño, por lo tanto, merece entrar en contacto también con la literatura – sea por las narrativas, sea por la poesía. Necesita condiciones de estar en posesión de su parte en esa herencia. Es derecho suyo. La educación cumple con su deber correspondiente: sentirse en la obligación de capacitar al alumno para que pueda un día acercarse a cualquier obra, y hacerla suya. Incluyendo las obras literarias, aquellas que guardan sentidos múltiples, que no se arraigan a una única interpretación, que permiten el increíble fenómeno de dar la impresión de que tienen significados diversos cada nuevo encuentro. En un lenguaje más popular, obras que tengan el poder de decir cosas diferentes a cada uno, de tomar recados nuevos y diversos para cada lector, en cada época, en cada sociedad, en cada cultura distinta. O hasta para el mismo lector en distintos momentos de su vida.”

Si quieres leer la conferencia completa, abre la pestaña de comentarios. Y si quieres opinar, también.

  • eldeyar

    Y aquí, el texto completo:

    DERECHO DE ELLOS Y DEBER NUESTRO
    (LITERATURA INFANTIL : ¿PARA QUÉ?)

    Ana María Machado

    Leer no es natural. Además, aun hablar y conversar no son actos naturales sino culturales. Por lo tanto, nadie nace sabiendo hablar, conversar, leer, escribir. Ni aprende solo. Son habilidades y conocimientos que necesitan transmitírselos y enseñárselos. El lenguaje articulado no es un fenómeno de la naturaleza sino de la cultura. Viene del grupo social. Principalmente el lenguaje simbólico, que va más allá de la mera indicación concreta y trabaja con abstracciones. Pura cultura. Si nadie enseña, nadie aprende.

    Si hubiera alguna duda respecto a ésos, ella se desharía cuando examinamos los ejemplos conocidos de seres humanos que han sido abandonados en la infancia y se han criado solos o en la compañía de animales. Los casos de sobrevivencia son raros, pero los hay. Muchos de esos episodios han sido ya aprovechados y narrados en libros y películas – de Mowglí a Kaspar Hauser, pasando por el niño salvaje cuya historia dio origen a la bella película de François Truffaut. En todo ello, se comprobó que las personas en tales condiciones no utilizaban el lenguaje humano. Por el simple hecho de que no habían tenido quienes les enseñasen a hacerlo − ni siqueira que fuera por un mero ejemplo.

    Merece la pena empezar por ese registro para que nos acordemos del papel que desempeña la transmisión cultural en nuestra especie. Otros animales tienen características muy distintas. Muchos de ellos pueden nacer de huevos o larvas, sin que al menos tengan la necesidad de que los padres estén presentes al instante del nacimiento. Otros nacen de un modo y, por la fuerza de la naturaleza, sufren metamorfosis y se transforman en seres muy distintos. Otros aún, como los pájaros, nacen indefensos y necesitan la protección paterna para tener calor y alimento. Algunos mamíferos, apenas salen del vientre materno, son capaces de seguir andando solos, aunque dependen todavía de animales adultos que los alimenten, y los defendan de los predadores. En la naturaleza, los niveles de autonomía varían. La especie humana es de las menos autónomas. Al que conste, es la más dependiente de todas.

    De ese modo, nuestra cría depende de los adultos para todo. Al abandonarse a sí mismos, las oportunidades de sobrevivencia de los bebés son prácticamente nulas. La existencia biológica, natural, no nos basta. Individualmente, no sobrevivimos. Necesitamos también a los demás – de la família, del grupo, de la tribu. De la sociedad. De todas las formas de adaptación e interacción con la naturaleza que, a lo largo del tiempo, vinimos desarrollando para transformar la debilidad de una especie frágil en la fuerza de una humanidad resistente. Hechos que nos permiten vencer el frío y el hambre, combatir a los predadores, resistir la intemperie, transponer distancias, domesticar animales, cultivar plantas, luchar contra las enfermedades. Y algo que posibilitó a cada uno de nosotros, aisladamente, cada vez, fue no tener que reinventar y redescubrir, delante de cada obstáculo, todo lo que nuestros semejantes ya habían hecho, pero que pudieran aprovechar el conocimiento adquirido por los errores y aciertos ajenos y, a partir de ahí, dar un paso adelante. Esa posibilidad de compartir se halla en un artificio sumamente complejo que, siendo tan esencial, se hizo parte intrínseca de los seres humanos, a punto de parecer, incluso, ser sólo un simple integrante más de nuestra naturaleza: el desarrollo de un lenguaje capaz de transmitir las experiencias individuales. Pura cultura. Transmitir experiencias a la generación siguiente es, por lo tanto, una marca y una necesidad inevitable de la especie humana. Nuestra sobrevivencia depende de eso. En las sociedades más sencillas, dicho proceso podría producirse en términos individuales. Los mayores enseñaban a los más jóvenes aleatoriamente. A medida que los grupos sociales se han ido definiendo mejor y sofisticándose, iba surgiendo también una cierta división de trabajo y hasta una especialización. Es evidente que las familias siempre continuaron y continúan enseñando mucha cosa a los críos despreparados. Pero fueron apareciendo también funciones que demandaban instancias más institucionales en ese proceso.
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    La escrita, por ejemplo, con su exigencia de saber especializado, posibilitó que la transmisión de conocimientos se hiciera a quienes estaban distantes, en el espacio, o en una eventual posteridad que aún no existía, muy lejos en el tiempo. La educación, también exigente en términos de preparación específica, trató de seleccionar y sintetizar − en medio de mucho conocimiento acumulado en el desarrollo de la historia − lo que debería ser indispensable, básico y común a los que venían a este mundo, así como procuró desarrollar técnicas eficaces para fijar ese aprendizaje. Y fueron igualmente surgiendo profesiones más especializadas para quienes actuaran en ese área. Escribas, copistas, calígrafos, preceptores, escritores, traductores, revisores, editores, bibliotecarios, periodistas, profesores, pedagogos son solamente algunos de los oficios que la humanidad ha creado para delegarles las funciones capaces de garantizar que ese saber acumulado que viene de lejos, esa herencia, que es patrimonio de toda la especie humana, pudiera propagarse por medio de la transmisión escrita y su lectura. Cada uno de esos profesionales, a lo largo de la historia de la humanidad, ha desempeñado parte de un papel importante y esencial: ser un guardián de la palabra escrita. Con lo cual adquirirían la responsabilidad de cumplir un acto de justicia y hacer que el legado a que todos tenemos derecho pudiera realmente alcanzar a todos nosotros, herederos de las generaciones anteriores.

    ¿Todos? Esa noción es muy reciente en la historia. Durante casi toda la aventura humana en el planeta, no se pensó en eso. Por muchos siglos, no se trataba más que garantizar el mantenimiento del privilegio de la educación para los bien nacidos. Los libros se preservaban por medio de copias hechas a mano, una a una, por escribas o monjes copistas, al servicio de reyes, papas, monasterios ricos, nobles. Las bibliotecas eran de los poderosos. El dominio de la escrita y de la lectura o el acceso a la educación también. Los demás aprendían lo que podían¸ como podían, colándose por las grietas de una sociedad rígida y estratificada, a trancas y barrancas, informalmente, o en las rarísimas oportunidades ofrecidas por colegios religiosos que se ocuparan de los pobres o por el ejército, en algunos casos. Sólo les restaba la llamada escuela de la vida, tan incompleta, tan llena de lagunas a pesar de toda su riqueza – aunque, al mismo tiempo, tan festejada por quienes se hacen cargo de mantener privilegios para unos pocos, actuando por medio del elogio a la ignorancia, o evitando críticas, para huir del esfuerzo de buscar el desarrollo de sus propios conocimientos.

    Sólo a partir del Iluminismo es cuando se ha ido diseminando la busca de una reflexión más consistente sobre la educación para todos, paralelamente al crecimento de una conciencia democrática que pudiera garantizar igualdad de oportunidades a los ciudadanos de una misma nación.
    Algunos países se dieron cuenta pronto de la importancia de ese igualitarismo y lo priorizaron. Otros han sido más lentos y sólo mucho más tarde han procurado garantizar la escuela para todos. Sin embargo, tanto unos como otros tuvieron que encarar el hecho de que no basta solamente tener currículos básicos o edificios con salas de clase donde quepan todos los niños en edad escolar. Hay que tener también docentes realmente capacitados y poseer los más mínimos recursos para que la enseñanza pueda hacerse satisfactoriamente, para que la llamada educación universal no sea sólo una forma de driblar estadísticas desfavorables y ponerse a exhibir, a sacudir un discurso hueco, como vistosa bandera tremolando al viento, linda y colorada, pero teñida sin fijador, y destinada a desteñirse o perder todos los colores tras la primera lluvia.

    Sin un magisterio a la altura de sus funciones, la enseñanza se vuelve coja. Los cimientos sobre los cuales todo el edificio educacional debe construirse es la valoración de los profesores por medio de una garantía de cualidad en su formación y de una remuneración a la altura de sus merecimientos cuando corresponden a lo que la sociedad tiene el derecho y el deber de exigirles. Dichas formación y remuneración suponen profesores que lean, sean íntimos de la lectura, capaces de buscar en los libros alimento para su espíritu y complemento de la información y de los conocimientos que puedan adquirir por otros medios. Sólo docentes de ese tipo serán capaces de desempeñar muy bien el papel de su función social. Del mismo modo, sólo periodistas y comunicadores que sean lectores tendrán condiciones de profundizar una visión crítica de los hechos de una forma consistente, relacionando el potencial noticiario con su contexto e historia anterior y haciendo su correlación con otros hechos, para que, así, pueda establecer sus propios parámetros críticos que les guían frente a la manipulación de la información o a los distintos intentos de interferencia sobre la noticia, constantemente ejercidos por los diferentes intereses en juego en una sociedad – no todos legítimos, todos parciales.

    Al fin, debería parecer obvio que las nuevas generaciones tienen derecho a su parte en la herencia de ese legado común, que es el patrimonio de conocimientos adquiridos y preservados por sus ancestros. Y que, aun con las nuevas tecnologías, y su fantástica contribución a la transmisión de información, el supuesto indispensable para la educación es que las personas tengan condiciones de leer. Y es inconcebible que quienes ejercen el magisterio imaginen que puedan hacerlo sin dedicarse a la lectura. No sólo a una lectura inmediata de lo que aparezca escrito en la pantalla o en la página impresa, sino también que en esa decodificación de las palabras escritas, sean capaces de atribuir sentido a lo que están leyendo y de relacionar el texto leído com otros más. En ese caso, evidentemente, tanto más grande el acervo de textos leídos, mejores condiciones habrá para que se estabelezcan relaciones fecundas entre ellos gracias a la variedad de visiones en comparación. Y mayor será la oportunidad de una lectura enriquecedora e inventiva, capaz de descubrir nuevas relaciones entre conceptos, crear ideas nuevas, así como detectar prejuicios, ideas viejas y esterotipadas o sugerencias no deseables escondidas bajo roupajes atractivos y modernos.
    O sea, no podemos contentarnos con la hipótesis de que la palabra escrita sirva solamente para transmitir instrucciones de comportamiento o informaciones objetivas. El ser humano necesita mucho más que eso. Necesita también tener contacto con otra parte de nuestro legado ancestral, aquella que no se constituye sólo en informaciones objetivas y cuantificadas : el patrimonio literario. Un patrimonio que no se halla formado sencillamente de obras didácticas o tratados sobre ramas específicas del conocimiento, sino también, y en buena parte de literatura — textos que expresan experiencias individuales tras el uso artístico del lenguaje, capaces de despertar identificaciones emocionales y projecciones psicológicas entre lector y escritor, y con lo cual tengan condiciones de mover los espíritus, inquietarlos, suscitar nuevas preguntas, discordar de aprobaciones pasivas, manifestar emociones de las más diversas, compartir problemas y búsquedas de significado, consolar, hacer crecer, y muchas cosas más.

    Teniendo en cuenta todos esos aspectos, resulta importante discutir el papel desempeñado por los adultos en cuanto al estímulo a la lectura de las nuevas generaciones. A mi juicio, dicha discusión supone, evidentemente, que se parta del principio de que la lectura de literatura debe formar parte de la lectura en general y no puede olvidarse. Sobre todo en la escuela, que es el canal por donde la sociedad privilegia para transmitir el conocimiento. Hay que dar a las lecturas hechas en la escuela dignidad y aprovechar el poco tiempo posible dedicándose a ellas. A fin de cuentas, existen tantos títulos publicados para la infancia que ni siquiera se puede contarlos. El sistema escolar sólo tiene condiciones de ofrecer a los alumnos una parte muy pequeña de ellos. No se puede perder el tiempo con lo superfluo. Hay que presentar oportunidades de lecturas que permitan un posterior desarrollo del lector, que se abran las puertas, que puedan irradiarse en todos los sentidos.

    No basta hacer llegar a las manos de los niños parte de la inmensa producción infantil que el mercado editorial derrama sin cesar en los estantes de las librerías, ni tampouco propiciar a los pequeños el acceso a otras formas de escrita, tales como revistas, tebeos, periódicos, billetes, cartas, publicidad etc. Preocupadas con las cuestiones de la llamada alfabetización, hoy día las escuelas se hallan muy atentas a esa variedad de posibilidades de la escrita. Y tan preocupadas están que, a veces, lloven sobre mojado y se quedan repisando las experiencias hacia las cuales los alumnos ya están ampliamente estimulados fuera de las salas de clase, en lugar de aprovecharlo para ofrecerles la rara oportunidad de hacer contacto con textos que les sería mucho más difícil encontrar sin orientación. Aún recientemente, un artículo de Rubem Barros llamaba la atención para esas distorsiones y citaba el testimonio de Magda Soares, al criticar escuelas que ponían a los niños a escribir rótulos o prospectos de medicinas.

    Es evidente que hay que saber leer esos textos. Sin embargo, es innecesario por completo que el sistema escolar pierda un tiempo precioso para enseñarles tales cosas. En Europa, las cosas pueden ser distintas. Pero en Latinoamérica hay que tener en cuenta que gran parte de los niños vienen de familias en que las generaciones anteriores no fueron a la escuela o, si la frecuentaron sólo lo hicieron durante muy poco tiempo y no desarrollaron costumbres lectoras ni el gusto por la lectura, además de no caracterizarse por la capacidad de crear un ambiente lector para los hijos.

    En la educación de las nuevas generaciones, uno de los medios más poderosos que la humanidad dispone es el ejemplo, sobre todo cuando el modelo presentado se trata de alguien a quien el niño o el joven ama y admira. Padres y profesores desempeñan un papel poderosísimo en la transmisión del gusto por los libros. En países de tradición letrada, se puede permitir a las familias hacerse cargo de gran parte de esa función de estimular la lectura de los más jóvenes. Pero nosostros, que pasamos directamente de una cultura oral a una sociedad en que predomina el audiovisual − sin hacer, al menos, una escala rápida, de una generación, en la galaxia de Gutemberg − necesitamos mucho que el sistema de enseñanza se desdoble para cumplir ese papel. Necesitamos una escuela que pueda ofrecer a los niños las posibilidades de contacto con los libros, ya que tendrán dificultad de cómo encontrarlos, si se las dejamos a la merced de su propia suerte. Y una media que comprenda su función social y ética en la valoración del respeto al legado literario y su compartir con todos, como un derecho del ciudadano. Es una cuestión de justicia que no puede negarse.

    En esa enorme producción de libros infantiles, lo hay de todo – como en todo ejemplo de harto y opulento repertorio. Si imaginamos que estamos interesados en ofrecer a los niños y jóvenes sólo lo que tenga cualidad, desde luego podemos eliminar de nuestros esfuerzos, en pro de la transmisión, lo que, obviamente, no vale ni interesa perpetuar en una sociedad democrática que le encantaría ser más justa: incitaciones a la violencia sin sentido, al consumismo desenfrenado, a comportamientos racistas y de prejuicios (bien a las claras, bien por el refuerzo de estereotipos simplificadores y reductores), así como pseudoconsejos edificantes y conformistas expuestos en lenguaje sensiblero y llenos de abstracciones incomprensibles para el pequeño lector, preocupados solamente en garantizar la obediencia de los más débiles. E inútiles por completo, porque no es de este modo que las cosas funcionan.

    Enseguida, merece la pena que estemos atentos a otros aspectos importantes, para que la oferta de lectura no se limite sólo a aquellas obras que podrían clasificarse como “libritos para niños”. Conviene que se dé un paso más adelante y que se incluya también a lo que llamamos literatura infantil. Mejor dicho, no es suficiente que los libros sean bonitos, en colores y tontitos o neutros – aunque tales obras no hacen daño y pueden formar parte de un menú variado de lecturas (desde que no constituyan una dieta exclusiva). Se necesita mucho más que eso

    Nadie se alimenta solamente de goma de mascar por más dulce que sea y por más que se muevan las mandíbulas, dando la impresión de que se está comiendo alguna cosa sabrosa. Para el ser humano sostener el cuerpo y poder desarrollarse con salud, hay que tener una alimentación en efecto nutritiva. Para sostener el espíritu, crecer intelectualmente y fortificarse mentalmente, es necesario incorporar la arte y cultura. Y eso supone el contacto con la literautra, arte de la palabra.

    Tal contacto no es cosa que se adquiera de un momento a otro, como si ocurriera por obra de magia, sino que una habilidad que se construye poco a poco. Del mismo modo que un bebé, un día, no se alza de la cuna y sale caminando de repente, pero antes tiene que pasar por otros estadios motores (sentarse, arrastrarse, andar de gatas, agarrarse a los muebles para quedarse de pie etc.), el camino más común sugiere que los individuos se aproximan a la lectura de literatura poco a poco − por el contacto repetido y placentero con la literatura oral o con la posibilidad de abordar textos literarios más sencillos en casa o en la escuela. Pero es fundamental que esos textos, aunque aparentemente simples, tengan cualidad literaria – es decir, que permitan interpretaciones distintas, posean significados variados para lectores diferentes o circunstancias diversas. En fin, que permitan a lo que los especialistas a veces llaman reapropiaciones múltiples. O sea, que cada lector pueda apropiarse de ellos de una manera distinta. Quiere decir, hacerlos también su propiedad, hacerlos suyos – como legítimos propietarios, herederos de ese legado.

    Para que un texto consiga presentar ese fenómeno, aun siendo sencillo, necesita tener una complejidad significativa que sólo el arte logra alcanzar. No hay fórmulas ni recetas para eso, no es fácil de definir, todo el proceso forma parte del misterio de la experiencia artística. Pero es algo nítido. Quizás, incluso, porque forma parte de la misma esencia del arte y sólo éste busca eso, a diferencia del lenguaje periodístico, que se considere factual, o del lenguaje científico, por ejemplo, que, para funcionar, necesita ser objetivo y unívoco, con sólo un significado para cada signo.

    El niño, por lo tanto, merece entrar en contacto también con la literatura – sea por las narrativas, sea por la poesía. Necesita condiciones de estar en posesión de su parte en esa herencia. Es derecho suyo. La educación cumple con su deber correspondiente: sentirse en la obligación de capacitar al alumno para que pueda un día acercarse a cualquier obra, y hacerla suya. Incluyendo las obras literarias, aquellas que guardan sentidos múltiples, que no se arraigan a una única interpretación, que permiten el increíble fenómeno de dar la impresión de que tienen significados diversos cada nuevo encuentro. En un lenguaje más popular, obras que tengan el poder de decir cosas diferentes a cada uno, de tomar recados nuevos y diversos para cada lector, en cada época, en cada sociedad, en cada cultura distinta. O hasta para el mismo lector en distintos momentos de su vida.

    Para poder elegir bien esos libros, el profesor tiene que lograr moverse en ese universo, saber buscar las sugerencias más seguras de la crítica, enterarse de las premiaciones, discernir entre los catálogos de las editoriales los autores o colecciones que le parezcan más interesantes. No puede solamente dejarse influenciar por un divulgador eficiente que le entretenga con una conversación seductora. Necesita desarrollar su propia capacidad de juzgar y opinar, para planear un programa de lecturas ordenado. Para eso, tiene que ser lector, estar acostumbrado a leer para sí mismo, por medio de una lectura autónoma y solitaria, que le haga comprender lo necesario que es también para el alumno ese tipo de lectura. Sólo así evitará una trampa profesional muy frecuente: dejar de pensar de por sí e intentar repetir fórmulas o recetas ajenas, muchas veces alterando incluso ideas que deberían ser material para reflexionar sobre un recetario rígido a ser seguido, y poniéndose una camisa de fuerza que le impide la libertad imprescindible en una lectura rica. Siendo lector, el profesor conseguirá elegir buenos textos para ofrecerlos a sus alumnos, sin cualquier dificultad.

    Además del derecho al encuentro con textos de ese tipo, literarios, el niño necesita también el contacto con esas obras para su pleno desarrollo social, en cuanto ciudadano. Para no estar en plan de inferioridad delante de los demás miembros de su grupo social. Para compartir por completo con sus semejantes un único patrimonio cultural. Para no ser obligado a quedarse fuera de la fiesta, escuchando solamente la música que suena allá dentro y viendo sus luces de lejos.

    Si, más tarde, ese niño lector va a transformarse en un lector adulto, ya es otro caso. Lo importante es que él tenga oportunidades para que eso ocurra, si así lo desea. Las personas tienen vocaciones distintas que les invocan a una diversidad de caminos por la vida. Las unas se volverán lectoras voraces, las otras leerán esporádicamente y otras cuantas, de ningún modo echarán de menos los textos literarios. En la imagen de la gran fiesta, habrá siempre quienes tienen horror a ambientes con mucha gente, odian el ruido y prefieren acostarse temprano. Pero, en una sociedad democrática, a cada ciudadano le toca el derecho de tener acceso a las mismas oportunidades. Así, todos merecen entrar en contacto con buenos libros desde la más tierna edad, descubrir el placer de la lectura de literatura y saber cómo llegar a dichos textos cuando quieran – bien por medio de frecuencia a bibliotecas o librerías, bien sabiendo a quien pedirselos prestado, así como por internet, en el caso de obras de dominio público. No se admite que un ciudadano haya frecuentado una escola, piense que recibió educación, pero se sienta siempre expulsado del baile. Un sistema de enseñanza que perpetúa esa situación es un fraude y no puede tolerarse.

    Por otra parte, el acceso de niños y jóvenes a la literatura va mucho más allá de un mero conocimiento de las historias o poemas que eventualmente ellos vengan a leer en dicha ocasión. Constituye también el dominio de una herramienta preciosa para manejar un lenguaje que, muchas veces, podrá parecer algo asustador e intimidante, si no topamos más que con él en la edad adulta frente a situaciones que suelen entonces parecer a enfrentamientos o retos. Se trata de un lenguaje poético. Porque, al fin de cuentas, es de eso que hablamos cuando nos referimos a un texto literario. En el fondo, se trata una vez más de contestar a la vieja pregunta que hizo con mucha claridad el lingüista Roman Jakobson: ¿Qué es lo que hace de un mensaje verbal una obra de arte? Y la respuesta está en el lenguaje. En una función específica suya, la función poética.

    Según Jakobson, el lenguaje tiene seis aspectos básicos, conforme a las orientaciones que privilegie. En general, al hablar, mezclamos aspectos de todos ellos. Sin embargo, para efectos didácticos, de comprensión del fenómeno lingüístico, hay que hacer la distinción entre esas funciones del lenguaje, relacionándolas con el mismo proceso de comunicación:
    1. Puede tener una función emotiva, volcada principalmente a la expresión de la emoción de quien la usa, del remitente del mensaje − como um grito de dolor o una exclamación que manifestamos al coger un susto.
    2. Puede tener una función que él denomina conativa o de llamamiento, totalmente volcada al destinatario del mensaje − al igual que cuando llamamos a alguien que está lejos o le damos órdenes.
    3. Puede tener una función referencial, de apuntar los referentes, aquello de que se habla − como ocurre en la objetividad que se busca en el lenguaje científico o matemático.
    4. Pode tener una función de contacto, denominada fáctica, cuando se pone énfasis al acto de la comunicación en sí – bien diciendo hola al teléfono, para asegurarse de que la llamada se ha completado, bien en los artificios que se usan para garantizar que el lector u oyente sigue atento a lo que se dice, del profesor que a todo momento pregunta “¿me comprendéis?”, .a los modismos de los locutores deportivos o a las interferencias de Machado de Assis cuando llama la atención hacia el amable lector o amable lectora.
    5. Puede tener esa función que estamos ejerciendo ahora, la de metalenguaje, cuando se emplea el lenguaje para hablar del mismo lenguaje y discutir sus características.
    6. O puede desempeñar esa función que es intrínseca del arte literario, el linguaje poético − que no se halla sólo en la poesía y hasta puede encontrarse en nuestro habla cotidiana, pero, en efecto, es lo que constituye la característica fundamental, indispensable e inherente a la obra poética y a la literatura en general. Su esencia intrínseca y única.

    ¿En qué es ella tan distinta?
    Para ejercer todas las demás funciones, nuestro mecanismo es el mismo. Escogemos las palabras con cuidado, prestando atención a un criterio de elección: cuál su sentido, qué significa ella , o qué quiere decir aquel término. Lo fundamental es hacer muy bien esa selección, es ése el criterio. Sin embargo, para la función poética, introdujimos algo que no hace falta en las demás funciones. Damos la misma importancia a la selección y a la combinación, como dos criterios equivalentes.

    En cuanto al uso de la función poética del lenguaje, no se trata solamente de elegir qué palabras o expresiones vamos a usar, de acuerdo con el significado que deseamos transmitir. Pero la forma en que vamos a emplearlas tiene el mismo peso. Puede que sea por graduación silábica, por aliteraciones, por secuencias mensurables, por afinidad de imágenes, por figuras sonoras, por contrastes, por duración y repetición rítmicas, por paralelismos más o menos explícitos, por la estructura de la composición, por la ruptura de las frases hechas y de los clichés, lo que revitaliza la carga semántica de las palabras.

    Los procedimientos utilizados por la literatura en su arte son innumerables y, aquí, no viene al cuento analizar cómo todos esos recursos consiguen funcionar de una manera infinita. Sólo estoy apuntando su existencia, llamando la atención a algo fundamental y necesario a cada uno de nosotros y a la que también tenemos derecho de que se respete. A lo que Freud valoró demasiado llamando arte poético, y que, a su juicio, constituía el secreto más íntimo del autor literario, o sea, la capacidad técnica de sobrepasar las barreras que se yerguen entre emociones fuertísimas de distintos seres humanos, entre cada ego individual y los demás.

    Al igual que el mismo Freud sugiere, esa técnica se construye sobre dos pilares. Por un lado, se hace suave el carácter egoísta de los devaneos individuales por medio de alteraciones y disfraces, imágenes y artificios que permiten que ellos se compartan por los demás. Por otro, con tales recursos, el autor pasa a ofrecer al lector la oportunidad de sentir un placer intenso en la presentación de sus fantasías, gracias a lo que es puramente formal, es decir, estético, y que tiene fuerza suficiente para liberar las tensiones de nuestras mentes. Quizás incluso − añade el padre del psicoanálisis − ese arte poético y el placer de ella resultante nos den condiciones para que podamos preciarlo y fruir de nuestros propios devaneos sin culpas ni autorrecriminaciones . Algo fundamental para a salud mental de los seres humanos.

    Pero con frecuencia, en nuestro tiempo, el lector común tiene dificultades para sentirse a gusto ante esa función poética del lenguaje, exacerbada en el arte literario, y capaz de desempeñar ese papel fundamental de que nos habla Freud. Si no ha tenido contacto con la literatura desde la infancia o en los años de su formación, no estará acostumbrado a leer textos literarios . De una manera constante, en ese caso, además de verse expulsado del baile y fuera de la fiesta, alejado de una evento social, sentirá también individualmente una exclusión, una cierta extrañeza delante de esos textos, que pasan a intimidarlo y a cerrarle las puertas en un primer encuentro. La tendencia es que, por ello, evite nuevas tentativas y, así, se prive de los demás. Es una pérdida lamentable e injusta. Además, puede traer consecuencias graves al tejido social – si es correcta la hipótesis de Roland Barthes cuando se preocupaba con la situación de una sociedad que, cada vez más, niega a sí misma (o a gran parte de sí misma) la satisfacción de leer los textos que le dan placer. En opinión del pensador francés, el rechazo al placer y al deseo de goce (intrínsecos del texto) crea condiciones propicias al desarrollo de la frigidez, y ésta se asocia a la violencia que pasa a caracterizar tales sociedades.

    Por otra parte, la posibilidad de sentir placer con las palabras constituye un rechazo al oscurantismo y una reafirmación de la libertad. Los niños que entran en contacto con literatura infantil tienen, desde lo más temprano en sus existencias, la oportunidad de desarrollar esa intimidad con la función poética del lenguaje. Gracias a ese regalo, conllevarán para siempre, por toda la vida, la capacidad de poder acercarse del universo artístico de la palabra. Por añadidura, guardarán también los buenos recuerdos de esos primeros encuentros con los textos literarios, hechos de placer y afecto guiados por familiares o profesores que le enseñaron libros, le contaron historias, miraron ilustraciones junto a ellos, conversaron respecto a lo que ha sido leído. Gentes que han sido capaces de dedicarles una atención entrãnable, fuerte, símbolo de cariño. Y que tuvieron fe y confianza en su inteligencia, valorando su capacidad intelectual. En esas relaciones se forja una vivencia de intimidad mental enriquecedora para ambas partes. Se teje un cambio fecundo que, con toda la seguridad, garantiza que el adulto capaz de dedicar algunos momentos a abrir tales caminos a los niños también lleve consigo, para siempre, deliciosos recuerdos de esos momentos de afectividad compartida en torno a la palabra escrita.
    Además de eso, los buenos libros también en otros aspectos importantes del desarrollo infantil. Y no sólo porque auxilian en la formación de un repertorio cultural común. Son igualmente fundamentales en la discusión de situaciones de conflicto moral y en la transmisión de valores éticos. Les ayudan a ir buscando o construyendo el sentido de sus experiencias del estar-en-el-mundo. Les auxilian a pensar mejor, a encontrar argumentos poderosos y a saber expresarlos para defender sus puntos de vista. Capacitan a los pequeños en crecer de un modo más crítico en estos nuevos tiempos, en que el descentrar del libro, en calidad de eje cultural único, y el surgimiento de nuevas tecnologías de mantenimiento de la memoria colectiva y de la transmisión de cultura pasaron a exigir mucho más discernimiento del lector. Son cambios que llegaron para permanecer de una forma irreversible. Sin constituir una conciencia analítica, desarrollada por la lectura de buenos textos, y habilitada a comparar y juzgar, dando pesos distintos a un material profuso que surge sin cualquier diferenciación cualitativa, uno se arriesga a ser rehén de intereses que ni al menos se da cuenta, totalmente sometido a todo tipo de influencia o maniobra. Sólo la posibilidad de lectura de literatura, distribuida a la probable gran mayoría de ciudadanos, podrá reforzar la colectividad ante la manipulación del mercado, de los intereses políticos, de los fundamentalismos religiosos, de las ambiciones personales de dictadores.
    Sociedades que ya hace mucho tiempo son letradas tienen anticuerpos intelectuales más desarrollados para enfrentar esos nuevos males. Sociedades poco acostumbradas a la lectura se quedan mucho más vulnerables y muy expuestas. Acercarse a los niños de buenos textos es también un modo de fortalecer defensas y cuidar el futuro Derecho de ellos y deber nuestro. Para el bien de todos y felicidad general de la nación.

  • He comenzado a leerlo y me parece interesantísimo, pero es muy largo, quizás lo imprima para leerlo atentamente, se merece lectura con detenimiento.
    Gracias por colgarlo ^^

    un saludo.

  • eldeyar

    Merece la pena, Nerea. Tenemos que armarnos con argumentos como los de Ana María para reivindicar algo tan obvio: literatura en la literatura.

  • Viento

    Esta conferencia de Ana María pone de nuevo el tema de la Literatura de calidad sobre esta virtual mesa de debate ¿Qué es, en realidad, la Literatura de calidad? ¿Dónde está la frontera entre los libros escritos para descubrir, remover, emocionar… y los escritos para complacer, divertir, vender…?
    Si no debatimos, si no entramos de lleno en la conferencia de Ana María, seguiremos dispersos y ciegos.

  • eldeyar

    Estupendo, Viento. Entonces, vamos a ello. Anba María habló, yo colgué su palabra, y tú ahora tomas la iniciativa. Para eso creé esta web: para crecer, para no estar solos en nuestras reflexiones. Así que… ¿quién empieza?

  • Claudia

    Pues… con permiso, una menda, que es un tanto atrevida…
    La lectura del texto de Ana María me lleva a pensar en el importantísimo papel del lenguaje en nuestra vida.
    El lenguaje es el cemento de nuestra vida social, el hilo conductor de nuestra biografía personal, el principal instrumento de trabajo y de ocio. A través del lenguaje podemos decir lo que hay y lo que no hay, lo verdadero y lo falso, lo real y lo imaginario, lo sensato y lo absurdo. El lenguaje es indispensable en cualquier tipo de adoctrinamiento. Por eso, el fundamentalismo es una enfermedad de la palabra.
    Qué hacer para no caer en las trampas que nos tiende el lenguaje? Pues estar vigilantes. Cómo? Consumiendo palabras, comiéndolas, bebiéndolas pero no de una forma pasiva sino incorporándolas a un cierto metabolismo psíquico.
    Las palabras en sí mismas permanecen neutras en tanto no se activan con alguna respuesta subjetiva, con alguna participación emocional. El mundo no es una percepción, sino una interpretación. Toda verdad es interpretación; toda interpretación es construcción.
    La escritura no es sólo expresión sino también una forma de conocimiento, un instrumento para pensar, que permite codificar y decodificar mejor el mundo en que vivimos. El paisaje del mundo y el paisaje mental es como el haz y el envés de una misma moneda: al explorar el mundo, exploramos la mente; al explorar la mente, exploramos el mundo.
    Una escritura comprometida es aquella que conmueve, que conmociona, en la que el autor queda desnudo por voluntad propia, con toda la incomodidad y el dolor que entraña un acto tan gratuito. Personalmente, cuando leo algo así siento que la fortaleza y, de paso, lo único que nos dignifica, reside en el hecho de permanecer expuestos e indefensos ante los otros. En tal estado no existe ardid o astucia que valga. La tentación de mentir y de mentirse queda atrás. Hay que vencer la vergüenza, tener el coraje de confesar lo inconfesable. Porque la autenticidad estriba en todo lo inconfesable, no que pensamos, sino que somos y que jamás comunicamos. Lo vivido por el autor aparece vívido para el lector. Y entonces, lector y autor se hacen cómplices en la desnudez, inerme uno frente al otro.

  • eldeyar

    De atrevida nada: cargada de razón. Claudia dice cosas importantes, y alguna impresionante: el fundamentalismo es una enfermedad de la palabra, por ejemplo.
    Claudia da el alimento a sus niños de la escuela que reclama la Machado. Dice Viento también que la realidad no es la misma aquí que en América, donde el analfabetismo es social, y tiene razón. Pero lo importante está en lo esencial, en la decisión del maestro de dar ese alimento a sus niños, como hacen ambas, Viento y Claudia, y tantas y tantos de quienes puedan leer estas reflexiones desde la escuela. ¿Entonces? Es ese entonces el que nos deja abierto Ana María en su conferencia.
    ¡Sigamos!

  • patricia

    Gracias por este espacio… sólo queria generar una discusión a partir de la siguiente pregunta, ¿cómo la escuela pretende formar lectores si los docentes se niegan a la lectura estética? la consideran una perdida de tiempo. El libro de cuento es prostituido, se le extraen sus jugos generando en los niños un rechazo hacia la literatura.Se lo que es leer un libro y mientras lo recorro sentir la esa sensación de placer, de satisfación al terminar de leer una parte de mi cambia se transforma. Considero que la escuela debe replanterse a que sujeto educar.

  • andres

    no me gusto

    • andres

      si si es bueno