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LA VIDA DE LOS OTROS

Me escribe una amiga, a la que conocí recientemente en un congreso. Dice en su carta:
“Me quedé aterrada cuando en mi consulta, escuché a una madre ecuatoriana, contarnos con lágrimas en los ojos, que su hija de 6 años no quería ir al colegio porque los niños le decían: “vete a tu país, puta emigrante de mierda”
Créeme: sentí vergüenza. Esos niños hablan por lo que oyen en sus casas a sus adultos. ¿Qué está ocurriendo? ¿Nos estamos volviendo locos?, o ¿es que, el hombre, en lugar de avanzar está retrocediendo?”
Vengo estos días del País Vasco, donde he estado “haciendo encuentros” con pequeños y jóvenes lectores y sus maestros. En uno de ellos había una niña saharaui, Galia, que apenas llevaba estos tres meses lectivos en nuestro (su) país. Hablábamos de “Los gigantes de la Luna”, que casualmente se desarrolla en su wilaya, Smara, e incluso en su daira, Farsía. Sus compañeros preguntaban sobre el libro, sus personajes, y sobre el Sáhara, pero Galia, cada vez que levantaba la mano era para hablar, en su lengua castellana aún no consolidada del todo, cosas de su gente, de su vida allí: “En el campamento no hay eso (señalando a los tubos fluorescentes) en la calle, pero hay luna (el gamar). La luz de la luna es buena. Allí miramos las estrellas (el nuyum), y algunas caen. Entonces los hombres salen a buscar la estrella caída, porque vale mucho.” Cosas así. Cada dos preguntas le daba la palabra, y nos seguía llevando a todos a su pequeño mundo en la hammada.
Al acabar, el maestro me dijo que hasta entonces nunca había contado nada de allí: era la primera vez que “hablaba”. Y lo hacía con orgullo, con acento poético.
Al día siguiente hablaba de Medellín a otro público infantil, esta vez en Pamplona. Dije lo que ya he escrito en esta página. Y, de pronto, una niña morena levantó la mano: “Soy de Medellín, del barrio de Santo Domingo”. No fue capaz de decir mucho más, pero mientras escuchaba arrobada lo que yo decía de su barrio, en el que hace dos años no se podía entrar (léase Angosta, de Héctor Abad Faciolince) sin arriesgar la vida, sus compañeras navarras la miraban como si la descubrieran, e incluso como si la admiraran. También era la primera vez que la pequeña “existía” para sus compañeros.
En otro centro, este de Bilbao, fueron los propios niños de un colegio en el que había una sola niña vasca (los demás eran gitanos o procedentes de todos los rincones del mundo), que ella tenía la suerte de poder aprender cómo es el mundo, gracias a ellos.
Pequeñas lecciones. Es verdad lo que dice mi amiga, pero a esa verdad se le puede dar la vuelta con un buen trabajo en la escuela. Opino lo mismo que los niños-ONU de Bilbao: Itxasun está aprendiendo a vivir en el mundo que le espera, un mundo mestizo y plural. Pero sólo lo aprenderá bien si sus maestros y profesores trabajan bien.
Dice en su carta mi amiga: “A los hombres nos asusta crecer, porque no hay crecimiento sin dolor; nos asusta lo que desconocemos; por eso lo rechazamos y lo ponemos etiquetas. Incluso nos asusta el mismo acto de conocer, y nos quedamos inmóviles, protegidos en nuestros pequeños y raquíticos mundos, sin saber que somos parte de un todo, una ínfima parte del universo y que ahí reside nuestra única grandeza.”
Cuánta razón. Los niños leen libros sobre el otro, y hacerlo les gusta, decía más o menos Palma Aparicio, pero cuando el otro se acerca y huele a pobreza se asustan y lo rechazan.
Que huela a estrellas, a luz de luna, a su riqueza que ya no es la nuestra: al cariño, al respeto, al amor. Ese es nuestro papel alumbrando, como luz de luna, el camino del nuevo mundo.
Dice un crítico que quiere ser implacable que abomina de los que llama irónicamente “escritores comprometidos”, que escriben de “chavales que viven en situaciones de riesgo (drogas, anorexia, racismo, violencia de todo tipo) o por minorías discriminadas (inmigrantes, refugiados, minusválidos y oprimidos varios). Yo le invitaría a visitar las mismas escuelas que he visitado esta semana, a conocer a la niña de Medellín, a Galia, a los “maítos” de la margen izquierda de Bilbao. Qué fácil es hablar y criticar desde el confort y la ignorancia.
Bienvenida, Galia: sigue hablándonos del gamar, del nuyum.