Noticias

A LA MUERTE, SIN RENCOR

Ayer por la noche murió en Zaragoza mi primo hermano Jaime. Fue como mi hermano en unos años en los que, cuando estaba estudiando en Valencia, vivió en nuestra casa. Jaime era padre de Fernando, uno de los mejores amigos que la vida me ha concedido. Jaime era un hombre bueno y no podrá cumplir su deseo de vivir la jubilación aquí en Figueras, cuando ya lo tenía en las yemas de sus dedos; fue también uno de los primeros mitos de mi infancia, cuando montaba a caballo como un vaquero de carne y hueso en los caballos de mi tío José. Tenía las piernas arqueadas, y caminaba como los cowboys de las películas de Hollywood. Y se ganaba aquellas cabalgadas que yo envidiaba tanto ayudando al tío José sacando patatas de la tierra. En aquellos días lejanos de patatas y caballos, acompañaba a Jaime mi hermano Yago, mi hermano mayor. Este ha sido un año duro, muy duro. En él han muerto Jaime, Yago, y mi tío José. Y otra prima hermana, María, hija de José, de quien de niño estuve enamorado.
Cada uno a su manera pobló mis primeros sueños, y ahora son eso, sueños, memoria. Pero la memoria es la semilla del olvido.
Si Jaime fue mito físico de caballos y verdes prados, Yago fue mito espiritual, porque quería ser escritor primero, y después director de cine. Con él leí mis primeros libros serios, y con él aprendí a ver cine, en aquel impagable Cineclub que emitía la 2. Juntos vimos a Griffith, a Murnau, a Fritz lang, a Einsestein, y luego a Billy Wilder y Raoul Walsh, a John Ford, a Fellini y Passolini, a Truffaut y a Resnais, a Berlanga y a Bardem; a todos los pioneros del cine. De noche escribía a luz de un flexo mientras yo dormía, y muchas veces he sentido que lo que escribo ahora es una prolongación de lo que él hacía. Por la mañana me leía sus cuentos de bosques y duendes, y mi memoria conserva una exaltación rumorosa de misterios y sombras en la que se mezclan mis ensueños y su voz.
La niñez es un mundo, y en aquel mundo que recuerdo con tanta viveza, el rey era mi tío José. Tenía dos castillos, perros temibles como Heinkel y perros vitales como Tojo y perros tranquilos como Pirulo y caballos tan simpáticos que uno se llamaba Taburete. Cultivaba grandes terrenos al borde del mar, y encima de su tractor era John Wayne; hablaba poco y fumaba mucho, liando sus cigarrillos, seña de identidad. Había sido aviador y había estado a punto de morir primero de un balazo y luego fusilado, pero vivía y lo llenaba todo de humanidad distante y próxima, difícil de entender. Cuando estuve en la cárcel el año 71, cruzó España en la peor nevada del siglo, olvidando ideologías, para estar con mis padres y procurar, inútilmente, mi libertad. Le gustaba hacer cosas inútiles, y llenó el patio de armas de uno de sus castillos de “captus” engarzados en objetos de vertedero a los que daba una segunda oportunidad de vida, mucho más inútil, y por eso más útil: la vida del Arte. Él es el Santos de mi novelita “El Movimiento Continuo”, el Sancho Pardo de “Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake”, y el Patricio Mayo de la novela que nacerá en abril: “La Puerta de Mayo”. Pero es el protagonista de mi mejor obra: “Captus”, hecho al alimón con Pablo Amargo, Alejandro Braña y Tina Blanco, tomando sus obras efímeras como objeto de un libro de fotografías tan potentes que suspenden el aliento. José quiso morir cuando supo que su hija María iba a morir también. Y así fue, en ese orden. María, lo que significó para mí, queda para mis adentros, mis entrañas doloridas.
Yago, el tío José, María, ahora Jaime. Demasiadas y demasiado desordenadas muertes para tan corto tiempo: once meses. Ha querido el azar que esta mañana leyera uno de los últimos capítulos del libro del colombiano Héctor Abad Faciolince sobre el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez: “El olvido que seremos”, de un poema de José Luis Borges que el propio asesinado llevaba en su bolsillo cuando los sicarios del poder llegaron a por él.

“Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.”

Héctor Abad sabía que los paramilitares lo tenían en una lista negra, en los tiempos en los que Medellín era un campo de muerte abonado por el estado. Lo mataron cuando acudía al velatorio del Presidente del Gremio de Maestros de Medellín, también asesinado. Había escrito, muy poco antes de que le llegara el turno:

“Decía Montaigne que la filosofía era útil, porque enseñaba a morir. Para mí, que en ese proceso de nacimiento-muerte que llamamos vida estoy más cercano a la última etapa que a la primera, el tema de la muerte se va haciendo cada vez más simple, más natural y aún diría que más deseable. Y no es porque esté desengañado de nada ni de nadie. Tal vez todo lo contrario. Porque creo que he vivido plenamente, intensamente, suficientemente.”

Estas ideas, siendo ciertas, no nos dan un mapa para entender la muerte. Estos días he estado escribiendo un cuento en el que se unen muchas cosas de las que ahora hago balance: será parte de un libro colectivo para ayudar a la financiación del Taller de Letras de Medellín, una ciudad que despierta a la vida gracias a los libros. Y es un cuento centrado también en la muerte, entre ellas la de Yago, pero también la de una niña llena de misterio a la que iba a conocer, pero que nunca conocí. O sí. Un cuento sembrado de preguntas: las de la niña, las de un viejo, las mías propias, tratando de comprender lo incomprensible, o lo inasumible: que somos el olvido que seremos.
Todas esas muertes se unen a un rosario cada vez más largo y poblado. Decía el tío José que vives pendiente de una raya, y en un momento te das cuenta de que hay más seres queridos a aquel lado de la raya, el oscuro, que a este, el de la vida con vida. Y añadía que a partir de ese momento empiezas a acariciar la idea de atravesar también el río en la barca de Caronte. Pero los que seguimos aquí, los que aún queremos sentir amor y amistad, sembrar belleza y verdad, ¿cómo podemos entenderlo? Tal vez así: amando y queriendo, pero extendiendo nuestro amor y nuestro cariño a ambos lados de la raya, en las dos orillas del río de la vida y el mar de la muerte. Mirando a esta a los ojos, sin bajar la vista, sin rencor.