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“QUE LAS PATERAS NO ME SEAN INDIFERENTES”, UNA AUTOBIOGRAFÍA SOLIDARIA DE JUAN ÁLVARO FERNÁNDEZ

 

 

 

2007-04-01_img_2007-03-25_030113__cu009f1.jpgTengo mucha suerte: muchas suertes. Una de ellas es que Juan Álvaro Fernández es mi amigo. Ha escrito dos libros, una novela y este: “Que las pateras no me sean indiferentes”. La autobiografía de un chaval eterno, que se fugó de la España negra de la inmediata postguerra nadando de Fuenterrabía hasta las costas francesas. Una vida apasionante empezando con nada en un mundo que nada le dio. Todo lo que se recauda con la venta del libro va a parar a una misión en Mozambique, un poco de dinero para ayudar a los que tampoco hoy tienen nada y también se lanzan a nado a conquistar el derecho a la vida.Un libro ejemplar, un modelo en el que cualquier escritor aficionado se podrá mirar a sí mismo.Este es un fragmento del primer capítulo, tenso y terrible, hecho de esperanza y muerte. Su vida, nuestro pasado. De la Cuenca Minera asturiana, de las sombras de charol y uniformes verdes a la libertad de vivir.Pido a mis amigos “blogeros” que vinculen este libro en sus páginas, que invirtamos por un día el rumbo de las pateras y que entre todos enviemos a Mozambique este grito de esperanza.Esta es la dirección a la que podéis pedir los libros:

Librería Alfonso Rodriguez- La Caridad
Telf. 985637340
o a través de la siguiente dirección de correo electrónico:
mohices@mohices.com 

Y este, el emocionante fragmento que no es posible dejar de leer. Vida y muerte en las aguas negras y en las luces pálidas de la costa de la libertad.

Primera mella: – ¿Esti neñu nun ye Xuanín, uno de los fíos de Quilo Fanjul?

Probín.

-Hay que ver, ya fai dos años que lu mataron. ¡Como pasa el tiempu!

Segunda mella: -Güeluca dónde está mi pa?

-Está en Oviedo, nenín.

-Mentira, a mi pa matáronlu.

Tercera mella:- ¿Güeluca por qué cacheaben los soldaos la casa y los

armarios buscando a mi ma?

-Calla guapín nun preguntes. Nun son coses pa rapacinos.

El crepúsculo se va extendiendo sin que nos demos cuenta. Hoy ha sido

crepúsculo todo el día. Hay que ir preparándose. Nos quitamos las camisas

para envolverlas en el papel celofán que hemos traído, no sé para qué,

puesto que ya están pingando. Envuelvo en el papel la única documentación

que tengo: un carnet del sindicato de hostelería. Ato todo esto y las

sandalias con la petrina haciendo un bucle y me lo pongo debajo de la

barriga. Rafael también hace su gran equipaje. El cielo está oscuro y hace

un viento desagradable. Las olas empiezan a baldear la playa y la marea al

subir deshace los charcos de lluvia que se fueron formando. Los cangrejos

corren hacia las grietas de las rocas como seres humanos sorprendidos por un

bombardeo. De repente me acuerdo de cuando sonaba la sirena en Laviana y

corríamos al refugio. Mi abuela Rita que era ciega se quedaba en casa con mi

tío Juan. Él era minero y supuestamente estaba harto de estar “refugiado”

diez horas todos los días trabajando en la mina.

La luz del faro ya destaca al barrer la bahía. Llegó el momento. Salimos de

entre las rocas y caminamos deprisa hacia las olas que suben. Estamos

rígidos y temblorosos de ansiedad. Extrañamente el agua se siente más

caliente que nuestros cuerpos tras las horas de espera en la lluvia.

Avanzamos andando por el agua hasta perder pie y empezamos a nadar. A braza,

lentamente. Después de unos diez minutos, superado el cabo de costa que

sobresale del escondrijo donde pasamos el día, a nuestra derecha se ven las

luces de Fuenterrabía. Nos alejamos poco a poco. El mar está picado y nos

separa constantemente. Digo en voz alta:

-Rafael, ¿vas bien?

-Sí. Sigue, sigue, responde.

  • Gracias por dirigir nuestras miradas hacia realidades que no debemos dejar de mirar ni leer y a su vez darnos la oportunidad de poner nuestro pequeña aportación, nuestro grano de arena, y a la vez hacerlo con algo, que estoy segura, será aleccionador.
    Me encanta ese lenguaje “asturianin”, en el que hasta las palabras duras, suenan dulces y suaves con lo que se resalta aún más su profundidad y dureza.
    Besos

  • Mayte

    La desidia y la habitual mirada al ombligo está haciendo que este mundo se esté acostumbrando a ver a diario imágenes que nunca deberían producirse. Parece que los medios de comunicación han encontrado una fórmula barata para informar de las noticias sobre “pateras”, que no han logrado sino que el lector-espectador-oyente las asuma como una más y a esperar la siguiente. Es en ese vacío de la inmediatez del día a día cuando la literatura gana la partida. Es con libros como el de Juan donde se dibuja de veras la realidad (ese dibujo al que aspiran los comunicadores con muy poca originalidad, por cierto). Es con relatos como el de Juan con los que podemos despertar del letargo de la comodidad que ya no valoramos.
    No tenemos ni idea de qué es nadar para salvar la vida. No queremos tener ni idea de qué es nadar para salvar la vida o, cuando menos, tener una oportunidad. Ojalá nunca nos veamos en una situación parecida. Pero ¿eso nos exime de la cualidad empática del ser humano que hace que las cosas puedan mejorar? No. Si perdemos eso…

  • Viento

    Las fronteras entre países no existen. Son líneas imaginarias trazadas por razones que poco tienen que ver con la razón. Las pateras, sin embargo, son fronteras físicas, tan reales como dramáticas, que separan, o unen, la vida y la muerte, la libertad y la esclavitud, los sueños y las pesadillas. En ellas se ocultan el miedo y la esperanza. Corazones que palpitan entre la angustia del desarraigo, del destino incierto y el valor que les imprime la posibilidad de alcanzar la tierra prometida. Y si hay suerte, lograrán el título de clandestinos, sin papeles, ilegales. Y si no, cruzarán de nuevo la frontera imaginaria que conduce a la miseria, o dejarán sus anónimas vidas en la arena de una playa.
    Allá a lo lejos, las pateras no me son indiferentes, duele ver su dura silueta en la pantalla del televisor, en las páginas de los periódicos. Pero ¿qué pasaría si quien se traslada adocenado en ellas consiguiera llegar hasta mi puerta?

  • ¡Fascinante! Hablas para todos pero creo que cada uno de nosotros tiene la sensación de que nos estas hablando directamente. Tus mensajes sí que son universales. Todos tenemos estos problemas reales en mente, pero tu con tu habitual sensibilidad, como una espuela, nos despiertas de nuestro sueño entre egoista y desviador de las miradas para decirnos la verdad. Que además de sufrirlo hemos de actuar, hacer algo… aunque sea divulgar las iniciativas que apoyan a los olvidados o colaborar económicamente. Una gota de agua en un océano, pero gota a gota…!

    Tenía razón el niño que queria escribir un libro sobre “el hombre que le enseñó a pensar”

  • eldeyar

    Cuando inauguré la web, alguien opinó (y por ahí sigue su opinión, faltaría más), que lo hacía a mayor gloria de Mimismo. No entendía que esta era una herramienta para lo que vengo repitiendo, para la horizontalidad. Nadie en California o en Barcelona se iba a hacer eco del libro de Juan Álvaro, sencillamente porque no lo conocen. Pero cuando algún “loco” se asoma a esta página desde cualquier rincón del mundo, porque conozca mis libros o por azar, sabe de Juan Álvaro, de tantas y tantas cosas: rompemos el sistema no dejándonos manipular por el sistema, pasando así, de mano a mano, libros y películas, discos y pensamientos, que merecen la pena. Y leer todo lo que decís aquí en un par de días me confirma la idea, me reafirma. Sigamos, pues.

  • Esperanza

    Hay un libro, que leí hace unos años, sobre el tema de las pateras, se titula “Las voces del Estrecho” es de Andrés Sorel. Me gustó, tiene momentos muy buenos.
    ¡Cuánto dolor!
    E.L

  • Claudia

    Una necesaria película que provoca más de una reflexión: 14 kilómetros: la distancia que separa África de Europa por el Estrecho. La película se beneficia de un tono documental tan sobrio como crudo y realista, sin duda gracias a la experiencia del cordobés Olivares.