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PRESENTACIÓN DE “TUVA” EN MADRID.

“Dijo que si una persona comprendiera el alma de un caballo comprendería a todos los caballos que habían existido” (Cormac McCarthy, “Todos los hermosos caballos”)

 

Y, sin embargo, yo no supe comprender ni siquiera el alma de un ser humano al que le debo seguir escribiendo, Alguien (que me ha pedido que quite su nombre), a quien no fui capaz de invitar a estar presente en la presentación de la novela que nunca habría llegado a escribir sin su aliento. Día a día, durante meses, Alguien esperó cada avance en mi camino de escritor, reviviendo los pasos de mi camino como viajero, sugiriendo y valorando para que cada párrafo fuera lo que es. No es un asunto personal, es una lección: para mí, y espero que para alguien más: no escribimos solos, siempre hay alguien que nos ayuda, que nos apoya, y saber reconocerlo hace mejor lo que escribimos. Y al revés. El viaje cansa, el polvo y el barro manchan, y el camino por la vida no es distinto. 

Tampoco estuvieron, por salud y por distancia, Beatriz Coll y Alex Swainn. Beatriz está escribiendo ahora su Gran Novela: su hijo, que desde dentro le recuerda lo difícil que es alumbrar vida. Alex está en Barcelona, donde trabaja y donde sueña con apacentar caballos. Ambos hicieron el viaje conmigo, hace ya casi cinco años, a Tuva. Que sí, existe. Que sí, que he querido en este libro que nos recordara con su existencia que la vida cerca de la naturaleza, hablando con los espíritus de la tierra y el agua, de la nieve y el aire, aún existe, aún tiene la oportunidad de sobrevivir en este mundo de cemento, acero y plástico. Que la tierra virgen está ahí, diciéndole a cada joven que se levante y ande, que sea un incansable curioso, que se lance a los caminos y las estaciones como metáfora de la vida, para saber buscar también en los caminos de la ciencia y del arte. Que viajar es el inicio del Gran Viaje.

Sí que estuvieron muchos que quisieron acompañarnos en esta puesta en sociedad, a disposición de quienes deseen rehacer mi viaje, como yo se lo ofrecí a Marcos, mi otro yo de 18 eternos años, mi viajero interior, sentimental y curioso. No estuvo Alguien por mi estúpido olvido, pero sí estuvo María José Gómez-Navarro, que en cuanto supo de mi viaje quiso editar un día ese libro, que regateó conmigo el número de páginas, deseosa de que el libro llegara al mayor número posible de lectores, y que lo editó primorosamente. Y Agustín, que después de un chico llamado Emilio y de Álex, me ha enseñado lo que sé de caballos, él que es domador plenipotenciario de caballos difíciles. Estuvo también Santos, el incansable viajero de la calle Serrano, que desde su librería De Viaje sabe ofrecer su tiempo y su pasión a quienes tenemos un viaje que contar. Y Pilar Careaga, directora editorial de Edelvives, que nos hizo de vínculo entre todos. Estuvo también José Miguel López, el inefable e inestimable conductor del Discópolis, de Radio 3, en cuya emisión escuché un día a un cantante tuvano diciendo que en su país, Tuva, los pastores domaban a sus caballos cantándoles. De su sabia mano escuchamos algunos temas de Yat-Khá, el grupo que desencadenó esta maravillosa locura. Y sí, también estuvo Fernando Marías, que habló de literatura y caballos, de lo que él calificó de género de libros de caballos. Y me sentí como un impostor, pero deliciosamente, junto a Cormac McCarthy, que también para él es el mejor escritor vivo del mundo. Y, por no citar a profesores, amigos, viajeros anónimos, arqueólogos apasionados, marionetistas, ilustradoras, escritores, editores, citaré a dos poetas de la badía saharaui, Bahía Awa y Limam Boisha, a los que mi relato arrancó un recuerdo dormido: que en su desierto fértil también los pastores cantan a sus camellos, como los tuvanos a los caballos, e incluso les silban, en un shygut de la badía que ahora me atrae, casi me obsesiona, para que pasten mejor, para que desvíen su camino hacia los pastos.

La tarde concluyó con un pase de diapositivas en el que aparecieron los personajes reales, en su carnal mismidad, como Aneyhaak a sus doce años, como Aydemir a lomos de su caballo, como el jinete del pie de goma, como el ejecutor de los televisores, como Hombre Pájaro, como Ondar Ool confesándome que su abuelo aún domaba a sus caballos cantándoles, como el Chamán de chamanes abriendo el cofre del pasado remoto para reconocer que el jomeid  fue un arte chamánico para hablar con la naturaleza a través de los caballos. Estuve precipitado, porque intuía que se hacía tarde, que el misterio del alma de los caballos no podía hacer olvidar a nadie el ritmo del reloj, ni los compromisos adquiridos en un Madrid tan lejano de Tuva como de la Luna. Pero no era así, y por eso agradezco tanto tanto cariño, y tanta pasión.

Así, con errores imperdonables, asomándome a la bruma del mundo y de mí mismo, presenté Tuva. Así me ayudaron algunos a abrir a todos los páginas de lo que Alguien arrancó de mi pereza y mi falta de fe de las entrañas de mí mismo. A todos, a Alguien en especial, gracias.