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EL COMPROMISO CONTRA EL COMPROMISO EN LA LIJ

Ya hace un década algunos escritores lanzamos un manifiesto contra la invisibilidad de la LIJ. Y conseguimos un apoyo impensable para aquellos tiempos en los que Internet aún balbuceaba: más de quinientas firmas en el estado español y Latinoamérica, y todas de un gran valor. La intención era conseguir orientación para los que luchamos por escribir mejor, y también un cierto reconocimiento social para una literatura que se supone que tiene que ser seminal, creadora de generaciones de lectores. No podíamos sospechar entonces que el manifiesto no encontraría eco donde pensábamos, sino en sectores conservadores que al parecer tratan de emular la paranoica censura norteamericana, que apoyada en jueces de algunos estados logra la prohibición de novelas de Mark Twain, los hermanos Grimm o Maurice Sendak, por razones tan absurdas como pacatas o simplemente reaccionarias.

Aquí se ha abierto la veda contra la literatura comprometida, y si bien nuestro estado de derecho hace imposible las prohibiciones, cada vez son más insistentes las voces que desde alguna cadena de radio y periódicos de la misma ideología tratan de estigmatizar el compromiso, tildándolo de comercial. Todavía resuena la voz de un locutor nocturno que se escandalizaba de que se le dieran premios a “libros que hablan de moros, gitanos y subnormales”, cuando una voz escrita va más lejos para decir que se trata de una campaña de editoriales y escritores buscando la comercialidad. Es curioso, porque coincide prácticamente en el tiempo con un amplio estudio sobre la Literatura Juvenil de un periódico presuntamente progresista, en el que sólo se habla de libros-saga con magos, ejércitos oscuros, criptas embrujadas y brujas encriptadas. Ni una referencia siquiera a ese supuesto “compromiso comercial”. Y es lógico, al fin y al cabo, porque los grandes negocios se hacen hoy desde las editoriales a base de libros que nada tienen que ver con “moros, gitanos y subnormales”, sino más bien con la fantasía más asexuada y menos ideológica, menos capaz de generar verdaderos lectores. Un editor, entrevistado en el citado amplio estudio, se preguntaba, precisamente, si la culpa de que los jóvenes no sigan leyendo después de que en la infancia 8 de cada 10 se confesaran lectores, no la tendrían las lecturas light que no les preparan para discursos más complejos. Era la única voz discordante en medio de un jardín de complacencias.

En el número 79-80 de 2006-2007, la revista Peonza dedicaba sus páginas a analizar el compromiso en la LIJ. Quien quiera profundizar puede pedir el número a la propia revista Peonza en el 942375717, o leerlo en esta dirección: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01350553157795500200680/index.htm. En esta web se puede leer el artículo con el que contribuí a ese monográfico, “Una norma nueva y terrible”. En otro de los artículos, Ricardo Gómez afirmaba que no hay más compromiso que con la literatura, que ese es el verdadero compromiso del escritor. Y tiene razón: lo demás es secundario: fantasía, aventura, acción, misterio, miedo, humor, ciencia-ficción, realismo… Y en ese amplio espectro, ¿quién puede decidir por el escritor, quién puede impedirle que aborde tal o cuál tema? En Estados Unidos es fácil: un juez puede dictar una sentencia que impida que los niños lean un libro determinado. En China también. En todas las dictaduras, tengan el color que tengan. ¿Y aquí? Nadie. Esa es nuestra conquista más preciada, una conquista que exigió décadas de lucha oscura, muertes y torturas, y por fin algo mucho más grande todavía: perdón. Que no significa olvido, ni mucho menos ausencia de memoria. Recordar para no volver a perder la libertad.

 

La misma voz tronante de la radio trató de impedir un día que se publicara una novela histórica en una colección juvenil ¡porque el papel de España en la conquista de América quedaba malparado! “De Isabel y Fernando, el espíritu impera”, decía una vieja canción de la dictadura, y su eco aún no se ha extinguido. La otra voz, la impresa, carga ahora contra algunas editoriales por publicar libros con eso, con “moros, gitanos y subnormales”: es decir, con otras culturas, con ecos críticos de guerras injustas, con la inmigración y la soledad del inmigrante, con la diferencia y la integración, con el corazón del otro. Y lo compara, en un rizo rizado y mareado… ¡con la Formación del Espíritu Nacional de la dictadura! Curioso: el mismo argumento que se usa contra… la Educación para la Ciudadanía.

 

 

Y cuando no pueden, cuando se enfrentan a la literatura, la simple, pura y dura literatura, la del verdadero compromiso, entonces recurren a llamarla pretenciosidad, y cuando se enfrentan a la sensibilidad la llaman sensiblería, y cuando se quedan sin argumentos ante la poesía recurren a la “falsa intención poética”. Y cuando nada queda ya en su argumentario, entonces beben en la vieja táctica del crítico impotente: la ridiculización de las frases sacadas de contexto. Dice una buena amiga que la literatura, sea cual sea el tema y/o el género que aborde, es por encima de todo un arte que no necesita etiquetas, un espacio de libertad que no permite miradas represoras, un lugar común para debatir, una ventana por la que asomarnos al mundo, para encontrarnos dentro y fuera de nosotros mismos. Algunos quieren transformar los libros en objetos de consumo, pero los libros no son objetos inertes de usar y tirar, son fuentes de vida. Y acaba diciendo mi amiga, y yo con ella, que la vida no es un juego.

No: no pronuncian ni escriben sus críticas contra la sensiblería, ni contra la comercialidad, ni contra la falsa intención poética. No; se trata, consciente o inconscientemente, de allanar el camino, de hacer negocio. La literatura infantil y juvenil crece y crece, el número de lectores es más y más importante, y ha llegado al parecer la hora de hacer más fácil el camino a un tipo de literatura. Se deduce a cuál, porque en esas críticas tronantes no hay ni siquiera dudas sobre esa literatura light a la que se refería el editor, a esa que… no hace lectores para mañana. Y que es la que de verdad es comercial, quién se puede engañar.

Personalmente no tengo nada en contra de la literatura fantástica, y es bueno que los niños lean libros enormes. Pero tengo la sospecha de que se trata de preservar el negocio, cada vez más redondo, de aumentar y aumentar cifras de ventas, pero sin crear una generación de seres pensantes que puedan poner en apuros al sistema. No es necesaria siquiera una conspiración, basta con esperar a que voces como las citadas, ellos sabrán por qué intereses o envidias, descalifiquen despiadadamente a quienes sí, quieren que al leer los niños se acostumbren a pensar, a saber que la vida no es ese desaforado maniqueísmo que propone la literatura de buenos y malos, magos blancos y magos negros. A iniciar un verdadero camino lector, a saber que es en las gamas del gris donde se desenvuelve la vida real. Es injusto, por tanto, tratar de intimidar tanto a los escritores como a las editoriales que amparan en sus catálogos libros que hablan de esa vida real, la que late en las calles de un mundo necesitado de reflexión, de alteridad, de cambios profundos.

No, no era esta la crítica que reclamábamos en aquel manifiesto. Y se echan de menos muchas voces autorizadas ante esta resurrección de Torquemada, una resurrección que da miedo: la de los “chupadores de ojos”, los comprometidos contra el compromiso.

Esperamos esas voces y, mientras tanto, opinamos. Libremente. Sin miedo.

 

Gonzalo Moure