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EL COMPROMISO CONTRA EL COMPROMISO EN LA LIJ

Ya hace un década algunos escritores lanzamos un manifiesto contra la invisibilidad de la LIJ. Y conseguimos un apoyo impensable para aquellos tiempos en los que Internet aún balbuceaba: más de quinientas firmas en el estado español y Latinoamérica, y todas de un gran valor. La intención era conseguir orientación para los que luchamos por escribir mejor, y también un cierto reconocimiento social para una literatura que se supone que tiene que ser seminal, creadora de generaciones de lectores. No podíamos sospechar entonces que el manifiesto no encontraría eco donde pensábamos, sino en sectores conservadores que al parecer tratan de emular la paranoica censura norteamericana, que apoyada en jueces de algunos estados logra la prohibición de novelas de Mark Twain, los hermanos Grimm o Maurice Sendak, por razones tan absurdas como pacatas o simplemente reaccionarias.

Aquí se ha abierto la veda contra la literatura comprometida, y si bien nuestro estado de derecho hace imposible las prohibiciones, cada vez son más insistentes las voces que desde alguna cadena de radio y periódicos de la misma ideología tratan de estigmatizar el compromiso, tildándolo de comercial. Todavía resuena la voz de un locutor nocturno que se escandalizaba de que se le dieran premios a “libros que hablan de moros, gitanos y subnormales”, cuando una voz escrita va más lejos para decir que se trata de una campaña de editoriales y escritores buscando la comercialidad. Es curioso, porque coincide prácticamente en el tiempo con un amplio estudio sobre la Literatura Juvenil de un periódico presuntamente progresista, en el que sólo se habla de libros-saga con magos, ejércitos oscuros, criptas embrujadas y brujas encriptadas. Ni una referencia siquiera a ese supuesto “compromiso comercial”. Y es lógico, al fin y al cabo, porque los grandes negocios se hacen hoy desde las editoriales a base de libros que nada tienen que ver con “moros, gitanos y subnormales”, sino más bien con la fantasía más asexuada y menos ideológica, menos capaz de generar verdaderos lectores. Un editor, entrevistado en el citado amplio estudio, se preguntaba, precisamente, si la culpa de que los jóvenes no sigan leyendo después de que en la infancia 8 de cada 10 se confesaran lectores, no la tendrían las lecturas light que no les preparan para discursos más complejos. Era la única voz discordante en medio de un jardín de complacencias.

En el número 79-80 de 2006-2007, la revista Peonza dedicaba sus páginas a analizar el compromiso en la LIJ. Quien quiera profundizar puede pedir el número a la propia revista Peonza en el 942375717, o leerlo en esta dirección: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01350553157795500200680/index.htm. En esta web se puede leer el artículo con el que contribuí a ese monográfico, “Una norma nueva y terrible”. En otro de los artículos, Ricardo Gómez afirmaba que no hay más compromiso que con la literatura, que ese es el verdadero compromiso del escritor. Y tiene razón: lo demás es secundario: fantasía, aventura, acción, misterio, miedo, humor, ciencia-ficción, realismo… Y en ese amplio espectro, ¿quién puede decidir por el escritor, quién puede impedirle que aborde tal o cuál tema? En Estados Unidos es fácil: un juez puede dictar una sentencia que impida que los niños lean un libro determinado. En China también. En todas las dictaduras, tengan el color que tengan. ¿Y aquí? Nadie. Esa es nuestra conquista más preciada, una conquista que exigió décadas de lucha oscura, muertes y torturas, y por fin algo mucho más grande todavía: perdón. Que no significa olvido, ni mucho menos ausencia de memoria. Recordar para no volver a perder la libertad.

 

La misma voz tronante de la radio trató de impedir un día que se publicara una novela histórica en una colección juvenil ¡porque el papel de España en la conquista de América quedaba malparado! “De Isabel y Fernando, el espíritu impera”, decía una vieja canción de la dictadura, y su eco aún no se ha extinguido. La otra voz, la impresa, carga ahora contra algunas editoriales por publicar libros con eso, con “moros, gitanos y subnormales”: es decir, con otras culturas, con ecos críticos de guerras injustas, con la inmigración y la soledad del inmigrante, con la diferencia y la integración, con el corazón del otro. Y lo compara, en un rizo rizado y mareado… ¡con la Formación del Espíritu Nacional de la dictadura! Curioso: el mismo argumento que se usa contra… la Educación para la Ciudadanía.

 

 

Y cuando no pueden, cuando se enfrentan a la literatura, la simple, pura y dura literatura, la del verdadero compromiso, entonces recurren a llamarla pretenciosidad, y cuando se enfrentan a la sensibilidad la llaman sensiblería, y cuando se quedan sin argumentos ante la poesía recurren a la “falsa intención poética”. Y cuando nada queda ya en su argumentario, entonces beben en la vieja táctica del crítico impotente: la ridiculización de las frases sacadas de contexto. Dice una buena amiga que la literatura, sea cual sea el tema y/o el género que aborde, es por encima de todo un arte que no necesita etiquetas, un espacio de libertad que no permite miradas represoras, un lugar común para debatir, una ventana por la que asomarnos al mundo, para encontrarnos dentro y fuera de nosotros mismos. Algunos quieren transformar los libros en objetos de consumo, pero los libros no son objetos inertes de usar y tirar, son fuentes de vida. Y acaba diciendo mi amiga, y yo con ella, que la vida no es un juego.

No: no pronuncian ni escriben sus críticas contra la sensiblería, ni contra la comercialidad, ni contra la falsa intención poética. No; se trata, consciente o inconscientemente, de allanar el camino, de hacer negocio. La literatura infantil y juvenil crece y crece, el número de lectores es más y más importante, y ha llegado al parecer la hora de hacer más fácil el camino a un tipo de literatura. Se deduce a cuál, porque en esas críticas tronantes no hay ni siquiera dudas sobre esa literatura light a la que se refería el editor, a esa que… no hace lectores para mañana. Y que es la que de verdad es comercial, quién se puede engañar.

Personalmente no tengo nada en contra de la literatura fantástica, y es bueno que los niños lean libros enormes. Pero tengo la sospecha de que se trata de preservar el negocio, cada vez más redondo, de aumentar y aumentar cifras de ventas, pero sin crear una generación de seres pensantes que puedan poner en apuros al sistema. No es necesaria siquiera una conspiración, basta con esperar a que voces como las citadas, ellos sabrán por qué intereses o envidias, descalifiquen despiadadamente a quienes sí, quieren que al leer los niños se acostumbren a pensar, a saber que la vida no es ese desaforado maniqueísmo que propone la literatura de buenos y malos, magos blancos y magos negros. A iniciar un verdadero camino lector, a saber que es en las gamas del gris donde se desenvuelve la vida real. Es injusto, por tanto, tratar de intimidar tanto a los escritores como a las editoriales que amparan en sus catálogos libros que hablan de esa vida real, la que late en las calles de un mundo necesitado de reflexión, de alteridad, de cambios profundos.

No, no era esta la crítica que reclamábamos en aquel manifiesto. Y se echan de menos muchas voces autorizadas ante esta resurrección de Torquemada, una resurrección que da miedo: la de los “chupadores de ojos”, los comprometidos contra el compromiso.

Esperamos esas voces y, mientras tanto, opinamos. Libremente. Sin miedo.

 

Gonzalo Moure

 

 

  • Eco

    Cerca de mil millones de personas (y los niños son personas, por si alguien lo ha olvidado) se mueren literalmente de hambre en el mundo. Pero eso no debemos decírselo a nuestros cachorritos, claro. Nada de libros que abran interrogantes y no los cierren con una pócima mágica, nada de mundanos sufrimientos, nada de protagonistas que no sean fantásticos héroes de plástico, nada de atmósferas que no estén envueltas en un arco iris de colores. Nada de literatura que deje en sus mentes ni el más mínimo resquicio para desarrollar un pensamiento crítico ni para construir una visión propia del mundo en el que están inmersos.
    Pero, mal que les pese a algunos, ni nuestros chicos son tontos, ni se dejan manipular tan fácilmente. Por definición son rebeldes y en su rebeldía se hacen preguntas, y no buscan respuestas fáciles, sino reflejos compartidos de sus propias dudas existenciales, espacios abiertos donde poder contemplar el mundo desde todos sus ángulos, realidades cegadas por quienes quieren ver en ellos a un puñado de manipulables consumidores de cualquier producto que se publicite de forma agresiva.
    Cuando un libro se convierte en objeto de consumo, en negocio millonario, en moda, la literatura se transforma en basuratura.
    Un saludo

  • eldeyar

    En un foro del colegio Santa María, de La Coruña, se deslizó una errata que puede ser un anuncio de algo que creo que está por llegar. Con muy buena voluntad, una chica escribió un titular de su crónica hablando de LITERARTURA. Me lo ha recordado la opinión de Eco (espléndido comentario, a mi juicio), al hablar de “basuratura”. Como la comida basura llega a producir hartura (y otros males mayores en el organismo de su consumidor), la literatura basura llegará, antes o después, a producir “literartura” (y otros males en el cerebro de su consumidor). Y llegará una crisis del sector: tiempo al tiempo.

  • Tediré

    El adulto que resulta de un niño lector ―buen lector― posee la lanza del inconformismo y el escudo que reafirma su personalidad ante la vida. Actitudes como las de los editores y críticos mencionados, sin duda, buscan el desarmamiento de las personas. Porque sin esa lanza, sin ese escudo, son manejables. Porque desarmados crean menos problemas, no se quejarán mañana y no se empeñarán en cambiar un mundo que, tal y como está, parece, les viene bien de hombros a (sólo) unos pocos.

  • Uno

    Es curioso cómo se puede usar una página para defenderse, pero sin mencionar un nombre, ni siquiera el propio. Es verdad, hay una creciente corriente crítica contra un tipo de literatura que usa la corrección política de la compasión por el inmigrante, contra el racismo, o contra las guerras, que no lleva a nada, pero que da pingües beneficios a editoriales y… escritores. Dice Gonzalo en la web que lo que se apoya y publicita es la literatura fantástica, pero quienes vivimos en ese ámbito sabemos muy bien que eso es una verdad a medias. Si bien se apoya con márketing la literatura fantástica (que puede ser buena o mala, como siempre lo ha sido), es porque no es una literatura que tenga aceptación entre el profesorado para la prescripción. Las editoriales tienen un ejército de comerciales que se dedican a imponer la lectura de libros falsamente comprometidos, en los que se pueden encontrar temas transversales como los citados. Y es en ese sentido en el que alguien ha dicho, a mi juicio con razón, en el que se puede comparar con la nefasta Formación del Espíritu Nacional, por más que todos estemos de acuerdo en acabar con el hambre, las guerras y la xenofobia.
    Lo que se echa de menos en esos libros, como se puede echar de menos en la Literatura Fantástica, es verdadera literatura. En mi opinión, en efecto, toda esa marea de libros “comprometidos” adolece de calidad, porque se escribe sin pensar demasiado, con un argumento fácil, final feliz, buenos sentimientos y poco más. Basta con que el protagonista sea un saharagüi, un negrito, un niño esclavo haciendo balones de Nike o un mutiladito de guerra, para que el libro sea, aparentemente, un libro comprometido. Y eso no basta. No, no se trata de que nadie quiera impedir que se hable de la injusticia, como dice Eco, sino de que alguien, por fin, quiere impedir, que jugando con los buenos sentimientos de la gente, y de los niños en especial, se dé gato por liebre, literatura falsa por verdadera literatura.
    Uno.

  • Gloria

    Lo curioso es que “Uno” se atreva a decir lo que dice, por respetable que sea, detrás de un seudónimo. Gonzalo firma su comentario, valientemente. “Otro” no puede decir lo mismo.

  • Ana T

    Tal vez escribir en un lenguaje cercano, accesible, no se considere verdadera literatura. Tal vez los argumentos sencillos, los finales donde brilla, aunque sea muy a lo lejos o muy tenue, la luz de la esperanza, no se consideren de calidad. Y tal vez los protagonistas de esos libros, niños que merecerían una infancia menos dura, les vengan de perlas a los que buscan vender libros que se escriben deprisa y corriendo, sin apenas pensar, y luego se venden como churros. Qué pena.

    Es un error meterlo todo en el mismo saco, es un error generalizar. No se aporta nada con eso.
    Los libros, para evaluarlos, criticarlos, y hasta para leerlos, mejor de uno en uno. Y a poder ser sin etiquetas, que no son más que prejuicios que llevan colgando y no sirven ni de marcapáginas, sino solo para estorbar.

    Uno: se escribe “saharahui”, no “saharagüi”. Y “negro” y “mutilado” mejor sin diminutivo, que la ironía puede confundirse con burla, aunque sea hacia el escritor.

    Dos libros álbum sin final feliz (dos entre muchísimos:

    “El libro triste”, Michael Rosen/Quentin Blake

    “Juul”, Gregie De Maeyer/Koen Vanmechelen

    Ambos con poco texto, o sea, sospechosamente facilones…

  • León

    ¿Pero esto qué es? ¿Quién puede decir a nadie lo que debe y lo que no debe escribir? ¡Cada cual que escriba lo que quiera y ya juzgaremos los lectores! ¿Es que ahora hay censura? Non es la primera vez que leo algo sobre este tema, y me parece mal que los mismos autores se preocupen por él, es, no sé, como reconocer que les afecta.

  • 17 años

    Si me obligas a leer un libro determinado, si me vas a examinar y tengo que darte cuenta del nombre de los personajes, del vocabulario, de la estructura del libro, de lo que pasó en tal o cual capítulo…Si nunca lees para mí, ni siquiera te veo leer para ti, si no me permites dejar un libro a medias cuando te digo que no me gusta, si me dices que lea en vez de ver la televisión que siempre tienes encendida, si me dices que en los libros está todo, cuando tú no buscas nada en ellos…¿De qué demonios me estás hablando?
    No sé lo que es la buena y la mala literatura, no sé a quién y por qué le interesa que leamos un tipo de libros u otro. Y espero que alguien me lo explique. Porque, maldita sea, me gusta leer.

  • Palma

    Bueno, si abrimos todas las ventanas, tal vez entre un poco de luz. Ojalá los chicos se animen a participar. Ojalá su opinión de jóvenes lectores llegue a oírse. Porque ellos son, sin duda, los mejores críticos de unos y de otros.
    Sigo pensando que para hacer que los niños detesten la lectura, lo mejor es anclarla a los programas escolares como una tarea más en la que hay que sacar un cinco para aprobar ¿Pero, qué estamos haciendo?
    En los colegios, en los institutos, deberíamos hablar de literatura, recomendar libros, pedirles opinión, hacerles protagonistas y no esclavos de la aventura de leer.
    Creo yo, no sé. Me debato en este frente desde hace algún tiempo. Y no estoy segura de cuál es el camino

  • eldeyar

    Personalmente, creo que todo lo que se está diciendo aquí es importante. Intuyo que es la clave. No es casualidad que se abra este debate ahora que los libros, impensadamente, constituyen un sector económico que aguanta la crisis como pocos. Ahora que hasta los supermercados notan el bajón, la venta de libros crece. Nadie lo hubiera esperado unos años antes, tantas veces como se ha anunciado la muerte del libro ante el avance imparable de los entretenimientos electrónicos. Y no es así sencillamente por eso, porque no es un entretenimiento, sino algo mucho más profundo. Un niño leyendo puede creer que está haciendo eso, entretenerse. Pero no es así, ni siquiera con el más inane de los libros: está fijando su relación con el mundo a través de esta metaexperiencia a la que llamamos literatura.
    Por tanto, creo que todos los que estamos opinando aquí tenemos algo de razón, incluso el más crítico, incluso los que desde su radio o su periódico claman contra el compromiso y lo tildan de comercial. En realidad es su reconocimiento de que los libros que ellos llaman comprometidos, y que puede que lo sean, influyen en sus lectores. Y lo que quieren es que no influyan en esa dirección: la del compromiso, la solidaridad. Una idea muy poderosa se está abriendo paso en la humanidad: la revolución pendiente es la de la solidaridad, la de la “compartición” de lo que tenemos en el mundo. Por eso sigo creyendo que este tipo de literatura, que tanto molesta a los conservadores, es más necesaria que nunca, porque creo que a la larga puede obtener sus frutos. Sólo el que no está dispuesto a compartir se puede oponer a libros que hablan de la solidaridad.
    Y en eso Palma tiene toda la razón: no se puede hacer de la lectura materia curricular. Sí de la sintaxis, sí de la historia de la literatura, pero no de la lectura. A menudo encuentro a profesores ny maestros que con la mejor voluntad examinan sobre mis libros. Creo, y lo digo con todo el respeto y sin tratar de imponer nada, que se equivocan. Como dice Palma, lo que deben haces es hablar de libros, leer en voz alta, propiciar debates entre los alumnos, combinar la lectura con experiencias de escritura. Sembrar.
    ¡Sigamos!

  • Esto se anima. Se discute, y es bueno, pero sería mejor aún hacerlo a rostro abierto y en foros públicos, lugares que trasciendan una página web o un foro privados. Sin generalizaciones y con análisis. Y sin pontificaciones ni prejuicios de valor. Yo ya he manifestado que a mí no me gusta el término de “literatura comprometida” (LC), y di mis razones. Pero no se me puede pedir que escriba sobre unas cosas sí y sobre otras no, porque el mundo es “mío”; quiero decir con ello que el mundo entero es objeto de mi reflexión, de mi análisis o de mi interés… si quiero, y nadie va a poner puertas a mis deseos. Nos venden la globalización en un sentido, pero no en el contrario. Nuestra sociedad tiene todo el permiso para vender en África sin importarnos su cultura ni conocer a sus gentes, pero no puede escribir sobre los africanos incluso conociéndolos al menos en parte. ¡No, de eso no te ocupes! ¡Qué paradoja! (Eso ya nos lo decían hace mucho: “no te metas donde no te llaman”).

    Pero si hablamos (porque “alguien” está interesado en ello) de la LC hay que ponerle nombre a “eso”. ¿Lo era “El lazarillo de Tormes”, cuando nos cuenta una historia que analiza la España de calle del siglo XVI, alejada de palacios y de fastos conventuales? ¿Lo era “El Buscón”? ¿Y “Fray Gerundio de Campazas”? ¿Escribía Larra literatura comprometida? ¿Y la generación del 98? ¿Y la del 27? ¿Y lo es “Las ratas”? ¿Y “Tiempo de silencio”? ¿Y “Nada”…? ¿Y “Viajes por los mares del Sur”? ¿Y “La metamorfosis”?¿Y “Los viajes de Gulliver”? ¿Y “Huckleberry Finn”…? ¿Y “Desgracia”? ¿Y “Expiación”? ¿Qué es realidad la LC? Por definición, la Literatura (sin apellidos, sea adulta o infantil, fantástica o realista) es una mirada distinta del mundo en que vivimos, y a mí me da lo mismo que sea un mundo próximo que lejano. Nadie me puede exigir que escriba exclusivamente sobre “mi” mundo cercano, Ya lo haré cuando quiera. (Otro craso error derivado por cierto de una corriente pedagogista ya superada, en la que los chicos debían conocer el entorno próximo: si eran del medio rural, las gallinas, los conejos y los gusanos de seda; si del mundo urbano, las señales de tráfico, los escaparates de las tiendas y los parquímetros).

    Decir que TODA la LC (¡y dale…!) es mala es lo mismo que decir que es mala toda la novela histórica, o toda la novela de viajes, o toda la literatura epistolar, o todo el género diarístico, o toda la novela fantástica, o policial… Es algo propio de un fanático, o de un maniático, o de ambas cosas a la vez. Por supuesto que en todos los subgéneros (¡manías clasificatorias!) hay obras sublimes, aceptables, regulares, malas o pésimas. No es labor de un crítico que se precie (y ni siquiera de un opinante racional) someter las obras a categorías para luego cargarse la categoría. La literatura no se compadece con categorizaciones. (Por cierto, esta opinión tampoco es original; la mantenía Nabokov, entre otros, y eso que es un escritor al que admiro literariamente tanto como detesto en lo personal… ¿Es que tampoco hay ideas originales entre los críticos?)

    Otro argumento manido es el de las ventas, que siempre salen a colación, como obsesión relacionada con la LC. Se habla de “ejércitos de vendedores” y podemos admitirlo como figura poética, pero ni mucho menos es tal. Son infinitamente más numerosos los ejércitos de editoriales, comerciales, librerías, revistas, críticos, programas de televisión, anuncios en prensa, banners publicitarios… que hablan de la literatura de evasión que de la LC. No nos engañemos: la literatura de evasión, simplista y angelical, es lo que realmente vende y que lo que realmente interesa vender. Y, si no, pregunten a un editor qué prefiere, si un Harrypotter o un Anafrank. O pregunten a quienes manejan los hilos de la economía y la política internacional.

    Lo dicho. Esto se anima y da para mucho. Pero sería bueno ofrecer la posibilidad de debatir a cara descubierta y en ámbitos más públicos. (Pero, claro “los ámbitos públicos también suelen estar reservados a quienes tienen determinada opinión. A los demás, nos quedan estas páginas, honestas pero de difusión limitada). Gracias, al menos, por disponer de estos lugares.

    (Y lo más importante de todo: los lectores, y entre ellos muchísimos jóvenes, son mucho más inteligentes, libres, discriminadores, educados literariamente… de lo que suponemos. Algunos de nosotros tenemos la fortuna de comprobarlo con frecuencia).

  • Uno

    Es curioso. No es difícil adivinar que “ricardo” (con minúsculas) es Ricardo Gómez. Sólo faltan (llegarán) los mensajes de alfredo y jordi para completar el cuarteto. Están dolidos, porque una voz independiente (vincular esa voz a la de la COPE es una manipulación) ha decidido echar a los mercaderes del templo de la literatura. Y no estoy diciendo que los referidos, más Gonzalo, sean los mercaderes, no. Los mercaderes son las editoriales y sus comerciales que nos visitan en colegios e institutos con el mismo espíritu que llegan a las farmacias y clínicas los visitadores médicos. Y nos prescriben los libros de los cuatro. Y sus argumentos son exactamente los que esa voz denuncia: este trata del Sáhara, este de un niño ciego, este de la anorexia, este del autismo, este del inmigrante recién llegado… Lo de menos, por lo que nos dicen, es si el libro es bueno o si contiene un átomo de literatura, lo de más es lo bueno que va a resultar el libro para tratar esos temas en el aula: materia curricular. Esa es la verdad, por más que les cueste reconocerlo a los autores. Si tanto creen en la bondad literaria, ¿por qué no tratan de editarlos fuera de ese circuito comercial? Hay muchas editoriales, independientes y poco poderosas, donde se busca eso: buena literatura. Pero es más cómodo que sean los “visitadores” los que hagan el trabajo por ellos.
    Tampoco quiero decir que los libros en cuestión sean malos. Algunos de ellos no lo son, otros, como dice ricardo, sí lo son: y hasta pésimos, algunos. Pero aquí nadie ha habituado a los maestros y profesores a leer y elegir en función de la literatura, sino más bien al contrario, a aceptar tal o cual libro por su tema transversal, y si acaso con el añadido de traernos al escritor a que haga un encuentro de media hora con los chicos, certifique que los libros se han vendido, les haga un garabatito en el libro y se marche a otro colegio, a seguir vendiendo.
    Por mi parte he recomendado la lectura de libros de los autores citados a mis alumnos (y no prescrito, por favor), porque me parecían buenos libros. Pero a menudo me he preguntado cuántos venderían si no estuvieran apoyados, como productos de laboratorio, por las editoriales comerciales. Alguien decía por aquí por el foro que la literatura fantástica es la que se vende fuera, en libertad. Pues sí, no hay más que darse una vuelta por las ferias del libro para comprobarlo. En ellas no vemos a ningún niño eligiendo uno de esos libros de parafarmacia, sino los que su pasión por la magia y la fantasía les dicta, los que les apetece. Es cierto, fruto del márketing. Pero ese márketing me parece mucho más puro que la prescripción escolar, porque al menos concede libertad al lector.
    Por último, alguien me dice que firme con mi nombre. No tengo por qué, yo no tengo ningún poder frente al que tienen los escritores cubiertos por fuertes editoriales religiosas. Soy eso, Uno, uno más que se alegra de que por fin alguien diga que, muchas veces, el Rey va desnudo.

  • eldeyar

    De momento me abstengo de intervenir. Mi contribución, hoy, es ajena: se trata de un artículo de un especialista en LIJ, Luis Daniel González, extraída con su permiso de su blog, “Bienvenidos a la fiesta”. Ni quita ni da razón, pero creo que es interesante para todos los que lean esta página y participen en este debate. Como es bastante largo lo he incluido en “Artículos” en esta misma web. Gracias a Luis Daniel, y seguimos.

  • Pues sí, era y soy ricardo gómez. Cualquiera que pulsara sobre mi firma accedería a mi página web (donde, por cierto, también escribo mi nombre con minúsculas).
    Debo confesar que me sorprende esa referencia a la Banda de los Cuatro. Tengo buenos amigos y amigas en este mundo de la LIJ, desde autores a ilustradores pasando por profesores, animadores y algunos editores. Entre ellos se encuentran los citados por Uno. Cada cual trabajamos de forma independiente y con estilos y ritmos propios. Hablar de Lo Que Vende La Banda De Los Cuatro es un debate ajeno a la Literatura, que no me interesa. Y muchas cosas que menciona el señor Uno no voy a intentar siquiera rebatirlas, porque también son extraliterarias. Y estimo que parten de un prejuicio y una mala información, pero él verá…
    Hay muchas cosas en la que estoy de acuerdo y lo he manifestado en privado y en foros públicos. Los encuentros deben ser medidos y literariamente estimulantes. Los profesores deben tener una buena formación literaria, leer al menos los libros que recomiendan a sus alumnos, y creer en ellos. Los escritores corremos el riesgo de convertirnos en apéndices de los vendedores. No hay una correlación entre valor literario y ventas (aunque ha ocurrido siempre). Etc, etc, etc.
    Pero hay otras en que no estoy de acuerdo. Tan peligroso es escribir por razones ideológicas como criticar (profesionalmente, digo) por razones morales o con un interés que va más allá de lo literario. Como soy libre e independiente, escribo lo que me viene en gana y en un estilo que trato que sea lo más propio y variado posible. Y reclamo y exijo ese derecho, venda mucho, poco o nada. Y por eso me resisto a las catalogaciones y a los juicios previos. Siempre me ha parecido deleznable que el creador pazca en una cuadra y por eso me asombra que se sugiera que estoy amparado por no sé qué contubernio religioso.
    A mí me interesa escribir y, como asunto marginal porque siempre se aprende algo, pasar agradables veladas con amigos hablando de literatura. Admitiendo la buena fe del señor Uno, creo sencillamente que se equivoca en la valoración, en los métodos y en la diana. Pero él verá…

  • Isabel

    Hola, soy profesora de un colegio que este año se ha emocionado con los libros de Ricardo Gómez (con mayúsculas) como los Siete Cuentos Crudos que ha permitido que l@s chic@s dieran la vuelta al mundo y con Ojo de Nube. No entiendo nada de los argumentos de gente como Uno que pone en duda la calidad literaria de estos libros, pues si algo tienen es calidad. Y lo dicen l@os propi@s chic@s, no lo digo yo, porque cada año hacen su lista de libros preferidos y Ojo de Nube los encabeza, por encima de esos libros de márketing puro que los críticos dejan en paz mientras se ceban en los de escritores comprometidos. Sí, comprometidos, como Ricardo Gómez y el mismo Gonzalo con el que también disfrutamos el año pasado con Palabras de Caramelo y Los Caballos de mi tío. Creo que es verdad lo que se ha dicho en este foro y es que hay una campaña para que en los coles se dejen de leer libros que hacen pensar a l@s chic@s y se consuman libros que hacen gente sin espíritu crítico. Por cierto en mi instituto no hemos hecho un solo examen de los libros que hemos leído, sino que leemos juntos, nos prestamos libros, discutimos, valoramos y hacemos crecer la capacidad de pensar y decidir de nuestr@s alumn@s. Y crece, por lo que no puedo decir más que gracias, Ricardo, con mayúsculas, Gracias.

  • Viento

    Un escritor emplea muchas horas de su vida en crear, recrear, descubrir,, buscar una historia que emocione, intrigue, seduzca o deje indiferentes a los potenciales lectores que un día la tendrán entre sus manos. Es un trabajo duro en su proceso de ejecución e incierto en su proyección final.
    Un profesor emplea muchas horas de su vida en intentar que esos potenciales lectores se transformen en lectores, pero sobre todo en personas formadas a todos los niveles. Nunca ven su trabajo concluido, ni su esfuerzo valorado.
    Un editor arriesga su dinero apostando por libros que naturalmente tiene que vender, utilizando para ello todas las técnicas de mercado que le sean posibles, puesto que la competencia con otras empresas que intentan llenar el tiempo de los chicos con artilugios de todo tipo es muy dura.
    ¿Y un crítico? ¿En qué emplea sus horas? Obviamente en criticar lo que otros hacen con esfuerzo y con mayor o menor éxito. En rigor, lo que hace el crítico es lo que hacemos todos (escritores, profesores, editores y, sobre todo, lectores) cuando analizamos, debatimos y confrontamos nuestras ideas. Pero con algunas diferencias, claro, que para eso a él le pagan.
    En nuestros debates surgen dudas y nos hacemos preguntas. El crítico parece estar en posesión de la verdad, su mirada percibe con nitidez el bien y el mal y señala con el dedo a los elegidos y a los expulsados. No plantea dudas, no genera diálogo, no deja espacio para la libertad: esto es bueno, esto es malo, dice sin miramientos. ¿Está defendiendo su criterio o el criterio de quien le paga?
    Quien no pone en tela de juicio la opinión de un crítico (buena o mala) pone en tela de juicio su libertad. Porque un crítico trabaja para alguien que le paga por zarandear a una determinada tendencia y ensalzar a otra. Y si el que paga es poderoso, apaga y vámonos.

  • Rosa Piquin

    En esta ola NEOCON en la que parece que una parte del mundo occidental está inmersa no nos debería sorprender que críticos literarios, (más o menos institucionalizados que escriben en revistas , tienen espacios permanentes en tertulias literarias de una cadena de TV del centro peninsular y en la radio de la iglesia, o personas que en un ámbito más domestico ejercen como tales con independencia de llamarse Uno u Otro), cuestionen atrevidamente el importante papel que algunos ESCRITORES están jugando en la vida diaria de cientos de niños y jóvenes que gracias a sus palabras escritas y a menudo a su presencia cercana , tangible o virtual – ya que ahora todo es posible- se aproximan por vez primera a LA LITERATURA..

    La literatura que, como ya dijo Fabretti en un artículo suyo en Abareque hace unos años, “lleva más de cuatro mil años intentando describir la realidad, y ha llegado el momento de que se dedique a transformarla. La literatura tampoco se ha limitado nunca a describir la realidad, sino que por el mero hecho de analizarla y representarla ha contribuido desde el primer momento a su transformación.
    Cuando Bertold Brecht, en sus escritos teóricos e incluso en sus propios poemas, abomina de una estética complaciente y ensimismada, o cuando Gabriel Celaya dice aquello de “maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”, por citar un par de ejemplos bien conocidos, están aludiendo, desde las terribles situaciones sociopolíticas que les tocó vivir, a esta necesidad de que la literatura asuma plenamente su compromiso de denuncia y de transformación de una realidad inaceptable”.

    Es curioso que se hable de la banda de los cuatro después de Medellín, ¿a que se tiene miedo? Parece que es desde ese miedo desde dónde el crítico y el tertuliano les otorgan tanto poder.

    Lástima que nunca les hayan acompañado a uno de los colegios, bibliotecas o poblados de gitanos dónde se pone de manifiesto real su auténtico poder: sus libros permiten a los ciganos, a los sin nada, a los desprotegidos descubrirse a si mismos, hacerse visibles, alzar su voz, les da instrumentos de transformación social y también les permite crecer como personas.

    Y de todo esto soy testigo y daré testimonio de ello donde haga falta.
    Rosa Piquin

  • Pues no pensaba yo terciar en este debate, entre otras cosas porque ya hace tiempo que lo que digan (o escriban) los críticos de literatura infantil y juvenil me importa un bledo (y que conste que no me han tratado mal). La crítica de la LIJ tiene un problema muy serio -y que a muchos nos gustaría que no fuera así-: su escasísima presencia en los medios de comunicación. Son contados los periódicos y revistas donde se habla de LIJ, y eso significa que cuando se publica un comentario sobre un libro, sobre un escritor o sobre cualquiera otra cuestión, ese comentario sea único. No va a salir otro comentario diferente en otros medios, sencillamente porque no hay otros medios. Esto, por supuesto, debería hacer reflexionar a los críticos; pero yo tengo la sensación de que, por el contrario, les envalentona. Eso explica que muchos críticos se transmuten en santones y en vez de analizar esto o aquello, sencillamente pontifiquen. Pero… allá cada cual. No seré yo quien diga lo que tienen que criticar ni cómo deben hacerlo.

    Sí, existen pequeños clanes en el mundo de la LIJ. Se perciben con claridad cuando uno está dentro. Pero eso no significa que todos los escritores pertenezcan a alguno. Yo no pertenezco a ninguno, y los que me conocen lo saben de sobra. A mí, en el ambiente literario, siempre me han “acusado” de lo contrario: aislado, al margen, fuera de, francotirador, etc. Insinuar que hay una “Banda de Medellín”, “Los Cuatro”, o como quiera llamarse, me da risa (me contengo las ganas de poner otra palabra más fuerte). Siento defraudarle, señor Uno, pero yo me salgo de la banda, de todas las bandas que pueda haber –lo reconozco- en el mundo de la LIJ. Pero quiero decir también que coincidir con algunos escritores durante diez días en Medellín (y Bogotá) estrechó algunos lazos, más personales e íntimos (que a nadie le importan) que literarios.

    Todas las grandes obras de la historia de la literatura podrían someterse sin problema a una simplificación como la que hace Uno en su comentario. Porque las grandes obras también tratan de niños ciegos, de marginados, de emigrantes, del amor, de borrachos, de acomplejados, etc. (Reléase -o léase- a Dickens, Zola., Tolstoy, Dostoyevski, Poe, Navokov, Mark Twain, Galdós, etc. etc.) Todas las grandes obras de la historia de la literatura posiblemente serían aprovechables para eso que en los colegios llaman temas transversales. ¿No se imaginan cómo podría tratarse el tema del alcoholismo con, por ejemplo, “La taberna”, de Zola? Incluso, de una manera un poco más “perversa”, ¿cómo se podría tratar el tema del amor con “Lolita”, de Navokov? A este último libro hasta se le podría dar una moraleja ejemplarizante para jovencitas de la ESO. ¿También Miguel Delibes, Eduardo Mendoza, José María Merino, Juan José Millás, Luis García Montero y otros escritores contemporáneos, cuyas obras se leen habitualmente en los institutos -y algunos hasta hacen encuentros con los alumnos- escriben pensando en los temas transversales? ¿O es que, de una manera malévola, solo hablamos de estas cuestiones al referirnos a la LIJ? Personalmente, jamás he escrito un libro pensando en temas transversales ni en el posible aprovechamiento de la obra en las aulas. Una de las cosas que más me sorprendió cuando empecé a publicar fue precisamente que me llamaran de algunos colegios (en aquella época sin mediación de los comerciales de las editoriales) para tener un encuentro con los niños.

    Siempre he mantenido una actitud crítica con los encuentros, y lo he manifestado en público en varias ocasiones. No se pueden mercantilizar las visitas de un escritor a un centro escolar. Un encuentro en un colegio, en una biblioteca, o en cualquier otro lugar, puede ser algo realmente inolvidable para todos; pero es cierto que muchas veces se convierte en algo tedioso y sin sentido. ¿Es solo la culpa de esos insensibles comerciales de las editoriales? ¿Es solo la culpa de esos escritores sanguijuelas que solo van a los coles para contar los libros que se han vendido? Los profesores tienen mucho que decir, y de ellos depende en gran medida que una actividad como esta tenga o no sentido.

    El otro día, en un acto público, afirmé lo siguiente: “A finales del siglo XIX y comienzos de XX se discutía mucho sobre si los libros podían transformar a las personas y, por consiguiente, a la sociedad. Parecía un viejo debate. Pero curiosamente a comienzos de este siglo XXI, tan incierto, vuelve a cobrar su interés, porque el libro se está convirtiendo en la única alternativa. La estupidez nos invade y comienza a ser colectiva y crónica, se extiende como una gigantesca mancha de aceite. Una estupidez que no es espontánea ni consustancial al ser humano, sino que parece planificada con premeditación y alevosía. Los nuevos medios y las nuevas tecnologías se quedan la mayoría de las veces en lo superficial, en la anécdota, en el juego… Por eso, el que busque algo más, el que busque aunque sea una brizna de cultura, de sensibilidad, de sentimientos profundos… encontrará un libro. Porque un libro es algo exclusivo, específico, propio, del ser humano. Un libro siempre será un compromiso con el ser humano, de lo contrario no servirá ni como mero entretenimiento.” (El subrayado acabo de ponerlo). A mí, esto me preocupa mucho más que una crítica aparecida en una revista (con la que, por cierto, estoy de acuerdo en muchas cosas) y un debate abierto en un blog.

    ¡Coño, Uno! Creo que se ha salido usted con la suya y me ha hecho participar. No era mi intención. Se lo juraría, si jurase. Mis disculpas por un texto tan largo.

    Alfredo Gómez Cerdá

  • ¡Vaya! Acabo de dejar mi comentario y compruebo que no ha salido el subrayado al que aludo al final. Por cosniguiente, sirva este nuevo comentario para explicar cuáles eran las palabras subrayadas: “Un libro siempre será un compromiso con el ser humano.”

  • Claudia Rodriguez Marroquín

    la verdad “señor uno” lo que menos pensé fue que sintiera la penosa necesidad de expresarle lo que siento y pienso sobre el tema.Incluso el asunto del compromiso de la LIJ, usted lo convirtió en un lamentable tema económico y personal que llevan a creer que usted se encuentra resentido por algún motivo…¿cuál?? solamente usted lo sabrá.
    ahora bien, un verdadero escritor se dedica a hacer lo que más le gusta y no lo que más vende;escribe para uno , para pocos, para unos tantos o para muchos…la verdad eso no importa.Lo que si importa es representar y vivenciar y recrear a través de la palabra todo aquello que nos rodea y que quizá hasta el momento habíamos invisibilizado.

    Por otra parte, si usted o alguien más considera que aquel cuarteto es la banda de medellín,…pues que gran banda, que alegró y compartió con cientos de corazones (entre ellos el mio).
    Por último quiero decirle con todo el respeto del mundo que éste es un espacio de diálogo, con opiniones diferentes por supuesto; pero eso si le aseguro, que la gran mayoría de quienes hacemos parte de cualquier foro literario creemos en la literatura como una ventana abierta al mundo y como una posibilidad de libertad….no como un campo de batalla en el que se quiere pelear a como de lugar.
    Leer libera…no nos encadena “señor uno”

  • eldeyar

    Agradezco todas y cada una de las intervenciones en este foro improvisado, incluso las de Uno, que al menos se ha manifestado, y parece que con sinceridad. En realidad no sobra ni una sola de las palabras escritas aquí, porque sigo creyendo que este debate era y es necesario. Doy por supuesto que la mejor respuesta a cualquier crítica es seguir escribiendo, y creo que todos estamos de acuerdo. Pero es que aquí no se está tratando de una crítica sobre la calidad de lo que nadie escribe, sino de algo mucho más importante: del intento de amedrentar y de impedir que se escriban libros que no eluden los problemas que conlleva la existencia en un mundo desigual, injusto, en el que millones de personas sufren para que unos pocos miles sean más ricos. Eso es lo que de verdad se debate aquí, y quien quiera ver otra cosa mira el dedo en vez de mirar la luna.
    Hoy, sin ir más lejos, el intelectual orgánico del gobierno para asuntos del Magreb, Bernabé López García, escribe un artículo delirante en El País en el que pretende que la responsabilidad de que una nueva generación de niños saharauis vaya a crecer en los campamentos de la hammada… ¡es del Frente Polisario! Más aún, le endosa la responsabilidad de democratizar Marruecos, nada menos, ¡aceptando una autonomía bajo la bandera marroquí! Para él es un asunto baladí que los saharauis que viven en los territorios ocupados sean reprimidos diaria y brutalmente, y no nos dice qué pasaría con los exiliados si regresaran a su tierra después de ser calificados durante tres décadas de terroristas. Esa es la realidad, esos son los deseos de nuestros gobernantes (todos, desde la llegada de la democracia, y sin excepción). Pues bien, como conozco esa realidad, y con suficiente profundidad, parte de mi compromiso es que cuando escribo una historia que sucede allí, en los campamentos, la verdad sea la verdad, sin disfraz, sin mensaje, sin transversalidad, sin más intención que contar una historia que no traicione a esa verdad. Yo sí que pertenezco a un equipo: al que no miente, al que no adormece: al que escribe con la tinta de la verdad y con la intención de despertar al lector. Es un equipo amplio, sin fichajes de lujo, un equipo que a diario tiene bajas y altas, un equipo que marca goles y que también sufre derrotas. Un equipo en el que ni siquiera nos conocemos todos, aunque a veces sí. Por ejemplo, el de los ocho escritores que viajamos a Medellín este año y que libremente decidimos escribir un libro juntos, porque la realidad que conocimos allí nos conmovió hasta la médula, y porque el compromiso es simplemente eso: comunicar a los demás las emociones vividas. Con un libro colectivo, o con Barro de Medellín, el libro de Alfredo Gómez Cerdá que ha merecido el premio Ala Delta de este año y que, por lo que sé de él, refleja esa emoción con toda su profunda complejidad. No es un gol ajeno, es un gol de mi equipo, conozca o no conozca a Alfredo, como fue un gol de mi equipo que le dieran el Premio Nacional a la dura, hermosa, magnífica novela “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez, a quien jamás conocí. Y ser, o querer ser, de ese equipo, nada tiene que ver con clanes, bandas o contubernios. Lo único que quiero, lo que querría igual si no fuera escritor, es que cada cual pueda escribir con entera libertad, sin censura ni censuras, para poder apasionarme con aquellos libros que toquen con un dedo de plata mi corazón.

  • Julio

    No hay más que ver las últimas directrices europeas, aprobadas con los votos de nuestros europarlamentarios (con honrosas excepciones desoyendo la disciplina de partido), para entender el interés de algunos en cercenar lo que llaman literatura comprometida. Las 65 horas semanales de trabajo, por un lado, y la vergonzosa directiva para internar en auténticos campos de concentración para los inmigrantes ilegales aprobada antes de ayer, hablan por sí solas. Incluso se reconoce en los campos de internamiento la figura del capo, al que en España se llama ahora Chamán. No hay hornos crematorios, es verdad: es mucho más cómodo y cínico enviarlos de vuelta a sus países, de los que salieron sin nada, prefiriendo el riesgo de perecer ahogados que el infierno de vivir en la miseria, cercados por el SIDA, la malaria, el hambre y las guerras tribales. El gran horno crematorio del siglo XXI es África. Europa se ha convertido en la Alemania nazi, sin que la sociedad civil, como ocurrió allí en los años de la preguerra y la guerra mundial, haga nada. Miramos para otro lado, y se trata de educar a los niños arios en la ignorancia de ese mundo horrible, y la literatura que habla de esa injusticia global, la que no elude la realidad sino que la convierte en telón de fondo, es peligrosa. Ahí está la raíz de la campaña, aunque algunos de sus agentes ni siquiera sean conscientes de que ese es el sentido de sus “críticas”.