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ENTRE OCÉANOS, SELVAS Y VOLCANES. COSTA RICA

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Vengo de Centroamérica. De Costa Rica. De la que sabía poco: que era el único país grande sin ejército, que dedicaba lo que tendría que dedicar a tanques y cañones a escuelas y bibliotecas. Que es un destino turístico. Que sus habitantes se dicen ticos.

Y que había una Feria del Libro, claro. A la que me habían invitado para hablar de Literatura Infantil y Juvenil. El Ministerio de Cultura organizaba el viaje, bajo la batuta de Rogelio Blanco, y con el trabajo incansable de Xose Areses, de Teresa, de Gloria, de Isabel, de Pepa, de Amaya. Y le hicieron un hueco a la LIJ entre gente con tanto nombre como Luis Landero, Moncho Alpuente, Juan Bonilla, Carmina Labrador, Ignacio Martínez de Pisón, Ramón Irigoyen, Luis del Val, Ramón Pernas, Miguel Anxo Fernán-Vello y, sobre todo, sobre todos nosotros, Marcos Ana.

Leí por primera vez los poemas carcelarios de Marcos Ana en la cárcel de Carabanchel, en el año 1971. Estábamos en pleno estado de excepción y en Burgos sonaban clarines de muerte. La poesía de Marcos Ana era un mito para los presos políticos, porque había salido de su pluma clandestina en papel de fumar, en insólitos camuflajes, precisamente desde Burgos, una y dos décadas antes. Dos veces condenado a muerte, salió en 1961 de la cárcel gracias a la presión internacional. Desde entonces fue un embajador de la otra España, la silenciada y encarcelada, por todo el mundo. Se resistía a escribir sus memorias, hasta que hace poco se decidió. Y lo hizo magníficamente: “Decidme cómo es un árbol”, es su título.

 

Decidme cómo es un árbol,

decidme el canto del río

cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar, habladme

del olor ancho del campo,

de las estrellas, del aire.

Recitadme un horizonte

sin cerradura y sin llaves,

como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso

de una mujer. Dadme el nombre

del amor, no lo recuerdo…

 

Unas memorias llenas de frío y de rejas, de muerte pero también de vida. Unas memorias sin odio, sin revancha, engarzadas con ternura y humildad, casi perplejidad. Las memorias de un preso que entró en la cárcel casi niño y salió joven eterno.

Y San José de Costa Rica acudió a su reclamo, asombrada por tanta vida vivida pese al mordisco de 23 años que le dio la cárcel. Seguramente el punto más alto, el volcán de la feria internacional del libro de Costa Rica, en la que si España era el país invitado, Marcos Ana fue el mejor ejemplo de que España es otra ya. Ahora sólo queda esperar la película que Pedro Almodóvar comenzará a rodar a finales de este año, basada en sus memorias, en las nuestras, en la Memoria Histórica.

 

Costa Rica late. Es verdad que su latido no puede ser tan fuerte como el de Colombia, la torturada, la convulsionada. Su evolución es más dulce y constante, pero reluce en Centroamérica, y no sólo por sus volcanes. Sus cifras de educación y bibliotecas son pura desproporción en la geografía del subdesarrollo. Pero lo importante de todo país no es su paisaje, sino sus paisanos. He conocido a muchos en este viaje, he tenido la suerte de compartir mesa con Carlos Rubio y Mabel Morvillo, ambos excelentes escritores de LIJ y de conocer a maravillosa gente, como Ani Brenes, Sandy, Gloria Macaya, Luis Enrique Arce y otros a los que seguramente olvido y pido perdón. Y la enorme suerte de haber compartido más de un acto y más de una conversación con Minor Arias, un poeta. Un poeta de cuerpo entero. Algún día leeré su propia historia, que arranca de la vida de su abuela, un personaje desmesurado y magnífico, digno de la mejor literatura latinoamericana, que se prolonga en la infancia en la pura selva, aprendiendo a matar serpientes con el machete, y que después se alarga en una peripecia vital apasionante. Con una extraña paradoja que guardo para mí y para su libro, que algún día llegará.

De momento nos basta su poesía. “Mi abuelo volaba sobre robles amarillos”, “Canción de lunas para un duende”, son algunos de sus poemarios. Y estos algunos de sus versos:

 

“Ahora duerma, abuelo,


condúzcame en su viaje hacia las mariposas.

Mire el río, me dijo usted,
ahí nace toda la música.


Después cayó la hoja amarilla como un hilo.

Somos padres y madres de nuestro regreso.

Habremos de tejer las bondades del agua
para reencontrarnos.


Eso hablamos aquella tarde de inciensos

cuando pasó la iguana verde.

Los congos aullaron al escuchar nuestro canto,


y chocamos manos en el aire


entre anchas carcajadas.

Huele a selva baja,
se escucha, leve, el silbido del trópico,


 

Avíseme cuando llegue una danta, abuelo.”

 En la foto, dos poetas: Marcos Ana y Minor Arias

 

Toda América despierta. En menos de un año he tenido la suerte de conocer parte de Ecuador, Colombia y Costa Rica. En América el corazón bombea sangre nueva. Mucha se desborda y llega hasta nuestras falaces fronteras, pero el mayor caudal fluye por los cauces de sus ríos, caminos y carreteras. E inunda escuelas y bibliotecas.

Como los niños de esta foto, el pasado viernes, en el edificio de la aduana. Yo les miraba con mis ojos. Minor les miró con su cámara. Quietud en movimiento. Costa Rica, futuro, gente pequeña y tica.


 

 

 

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