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8 MANERAS DE CONTAR. Nuevo libro colectivo, en SM

Desayunábamos en el hotel de Medellín, antes de salir cada uno hacia nuestro barrio, hacia nuestro Parque Biblioteca. Emocionados por lo que estábamos viviendo en aquellos días, invitados por la Fundación Sierra i Fabra, en la ciudad que había pasado de ser conocida como la de la violencia y los cárteles, a la de la lectura y las bibliotecas. Hablábamos de todo mientras devorábamos fruta tropical. Andreu Martín nos enseñó su libreta, en la que de modo paciente y metódico teje la trama y los detalles de sus novelas, antes de ponerse, ya con la mayor parte del trabajo hecho, a escribir. Y nació la idea repentinamente: qué método tan diferente el de cada uno, para al final ofrecer un producto semejante: Carlo Frabetti, Andreu, Jordi Sierra, Ricardo Gómez, Care Santos (que iba a ir unos días después), Anotnio García Teijeiro (que había estado en la semana de la poesía), Alfredo Gómez-Cerdá, yo mismo.

¿Por qué no un libro con un relato de cada uno, en el que contemos cómo escribimos cada cuál?

Y aquí está, un año después. Con él se realizarán algunas actividades más de los grupos de lectura de la Fundación, porque la editorial y los que lo escribimos queremos que sea una devolución de todo lo que aprendimos, de toda la emoción que se nos inyectó en vena escritora en Medellín.

Me sigue pareciendo un libro clave para todos los que leen viendo más allá de lo escrito, y estupendo para todos los que sueñan con escribir: muchos de nuestros lectores, por ejemplo. Es verdad: podrían estar otros magníficos escritores; pero estamos los que estamos unidos por el azar (o no), de la edición del 2007 del Juego Literario de Medellín. No sobraría tampoco la participación de algún escritor latinoamericano. Pero no había ninguno entre nosotros en esa ocasión. Muchas veces es el azar el que maneja el volante.

Por mi parte no ofrezco en este libro un relato sino una emoción. Es casi un vómito. Todo lo que cuento es real, salvo algunas gotas de ficción volcadas en el relato, Ahora que Piko ha muerto. No usé su verdadero nombre, Patri. Pero ahora lo uso, porque a medida que su muerte (tenía diez años, nadie debería de morir con 10 años) se aleja en el tiempo, crece en mi corazón su sombra, o su luz, o su aliento. Muchas veces su madre y yo tratamos de entender. Y seguramente tendremos que morir para entender. Da igual, de eso se compone la vida, de lo que entendemos demasiado bien, y de lo que no podremos entender nunca.

Quien quiera saber de Patri, de cómo se puede escribir, de lo que para mí significa “escrivivir”, lo puede leer ahí arriba, en la pestaña “comentarios”. Y quien quiera saber cómo ocho locos aquejados del mismo sueño pueden usar sistemas tan distintos, que corra a la librería, como corren por los pasillos de las bibliotecas de Medellín los pequeños “paisas”. Felices por ir a leer.

  • eldeyar

    “EN MOMENTOS NO ESTOY”

    Ahora que Piko ha muerto, la siento muy cerca de mí. La conocí cuando ya había desaparecido de este lado de la realidad, y sin embargo me parece que está aquí, a mi lado.
    Estoy en el bosque junto al valle en el que un día un duende me dijo que crecían los niños. Aquel duende era de verdad: era viejo ya, había vivido siempre en aquel valle y en aquel bosque, que no está lejos de mi casa. En aquella época yo era feliz. Montaba a caballo a diario, y quería a mis dos yeguas como sólo se puede querer a la inocencia, sin esperar nada a cambio. Eran dos yeguas que habían llegado a mí como herencia del hombre más hermoso y limpio que he conocido, mi mejor amigo, Antonio, casi tan puro como sus cabras, sus perros, sus ovejas y sus yeguas. En mi mente Antonio montaba conmigo, me acompañaba en mis paseos, pero la yegua madre, Marieta, le buscaba a mi alrededor cada mañana: no me quería del todo, porque no era Antonio, o tal vez porque yo no era inocente. Luego, cuando supe bastante de caballos, llegaron los niños y Marieta se conformó un poco. Los niños montaban en mis yeguas, aprendíamos juntos. El premio, cuando ya no tenían que decirle a la yegua ni so ni arre, ni a la derecha ni a la izquierda, cuando montar era un gozo de pájaro en la brisa, era ir cabalgando hasta aquel valle, cruzando prados y caminos y la vía del tren para “conocer al duende”.
    Llamémosle Floreal. No era un duende: pero lo parecía. Pequeño, casi como un niño, con una larga y suave barba blanca, ojos chiquitos, curiosos y brillantes, vestido con un jersey verde y gastado, un pantalón de chándal cubierto por un saco de pienso que ataba a su cintura con una cuerda de atar las pacas de paja. Parecía un gnomo, y con eso está todo dicho. Y se portaba con el valle y el bosque como dicen que se portan los gnomos: lo cuidaba tanto que no he conocido un lugar más bello, casi de sueño: una minúscula casa de piedra y pizarra en la que había un molino movido por el agua, el arroyo hendiendo la pradera en curvas graciosas… Floreal conocía a cada hierba por su nombre, lo mismo a la vincapervinca que a la ortiga, al tojo que al romero, al azafrán loco y a las setas, a los árboles con bisabuelos y a los árboles invasores: a todos los mimaba, y hasta a las hierbas malas y a las zarzas les pedía perdón cuando las arrancaba.
    Un día estaba hablando con Floreal, o más bien él con mi yegua, cuando pareció escuchar algún sonido que venía del bosque. Se puso inquieto, y dijo, no sé si a la yegua o a mí, que se iba, porque “creo que ha nacido un niño en el bosque”. Y se fue. Y se murió, no mucho después. Echo de menos a Floreal, pero aún más le añora el valle. Ahora está lleno de árboles invasores y de zarzas y los árboles con bisabuelos no tendrán bisnietos y ha perdido la gracia, y visitarlo es ahogarse en nostalgia y en rabia.
    Me acordé de Floreal cuando recibí una carta de Granada. Piko.
    No conocí a Piko en vida, ya lo he dicho. Lo primero que leí fue que Piko había muerto, pero en esa carta se hablaba de la muerte de Herminio, y ambas muertes se unieron en mi corazón. Mi hermano Herminio murió hace menos de un año, un jueves en el que yo estaba en Las Palmas. Cuando me llamaron para darme la noticia me di cuenta de que Herminio renacía en mí. Ahora miro su fotografía y siento que está dentro de mí, que una fotografía de alguien es sólo el reflejo de nosotros mismos. Herminio era mi hermano mayor y de niños dormíamos en el mismo cuarto. Él estudiaba de noche con un gorro de lana, velaba mi sueño a su manera. En aquellas noches de estudio Herminio también escribía cuentos de duendes del bosque. Qué curioso, es verdad: tenía muchas cosas en común con Floreal, aunque era alto y su barba era roja, como la de los piratas. Herminio Floreal, pero no inocente. Pobres nosotros, los que no somos inocentes. La pérdida de la inocencia fue nuestro divorcio del bosque, del monte, del mar: de los árboles con abuelos.
    Cuando me anunciaron la muerte de Herminio suspendí mis visitas a los colegios previstas para el día siguiente, viernes: qué otra cosa podía hacer. Nunca he fallado a una cita con los chicos, con los que crezco, salvo aquella mañana de viernes. Me fui a llorar con los que dejaba Herminio en el bosque de antenas, en este lado de la vida. No sabía, no lo podía siquiera suponer, que había una niña que esperaba mi visita como si le fuera la vida en ello.
    Fue dos meses después cuando recibí la carta de la hermana de la madre de Piko. Me mandaba con la carta una foto suya: sonríes, Piko; más aún: ríes. Tienes el pelo largo y una cara encantadora, un poco de duende, sí.
    Su tía me contaba en la carta que Piko había leído un libro mío en el que una niña saharaui, durante toda la novela, camina hacia el final. La niña refugiada no llega a morir en el libro, pero todos, lectores y escritor, pensamos que sí, que va a morir. Tal vez por eso Piko estaba obsesionada con el libro, creo que quería saber si al final la niña moría. Y más, cuando supo que el escritor iba a ir a su colegio. No sé si era eso lo que quería preguntarme, no lo sabré nunca. Pero lo sé, lo sabré siempre. No puedo explicarlo, porque hay preguntas que no se hacen con palabras. Esas son las más importantes. Tengo la sensación de que Piko era una niña capaz de formular esas preguntas que no se formulan con palabras: ella sí. Porque ella lo logró. Y por eso este relato es ya muy importante para mí.
    Cuando Piko supo que yo no iba a acudir al colegio, seguía diciendo en la carta su tía, porque había muerto mi hermano, entró en una desconcertante depresión. Lloraba, desconsolada. Su madre la recogió a la salida del colegio y trató de consolarla. ¿Por qué lloras, porque el escritor no ha venido al colegio, o por la muerte de su hermano? Piko respondió que por la muerte del hermano del escritor. Su madre trató de consolarla, diciéndole a Piko que no tenía que tomarlo así, que todos los días, todos, los minutos, muere gente en el mundo, que ella no conocía de nada ni al escritor ni a su hermano. Pero no dejaba de llorar. Por qué. En la vida real, no lo puedo saber, en la vida del otro lado de la vida, sí. Por eso lleno estas páginas.
    Aquella misma tarde, Piko empezó a escribir un cuento. No lo voy a copiar textualmente, aunque lo tengo doblado en mi cuaderno y lo he leído docenas de veces. Hablaba en su cuento de sueños, los que había tenido por la noche. Cinco sueños. En uno de ellos había unos duendes que la llamaban, que le decían que fuera con ellos a su bosque, le tendían la mano; pero Piko tenía miedo y no les daba la suya.
    El sábado, al día siguiente, Piko acabó de escribir “En momentos no estoy”. Su último cuento. Decía que había vuelto a soñar uno de los cinco sueños, el de los duendes, y que en él le volvieron a ofrecer su mano para ir a su mundo. Y que esta vez sí que la aceptó. Y desapareció. Y acaba diciendo: “Aún no se lo he dicho a mi madre, ya se lo contaré.”
    No se lo pudo contar. Esa misma tarde se sintió indispuesta, le dolía la cabeza. Luego se desmayó. No volvió a despertar. Nada hacía temer algo así, que estuviera enferma siquiera. Su padre recordó más tarde que Piko le habría preguntado, apenas una semana antes, qué harían si ella muriera. Tonterías, dijo él. No lo eran. ¿Cómo podía saber lo que iba a suceder? Es un misterio. También le había dicho que estaba teniendo sueños muy extraños. Pero no temía dormir, volver a tener esos sueños.
    Piko no sufrió. Se la llevó un aneurisma cerebral. Herminio había sufrido también un aneurisma. Murieron sin aviso alguno. O tal vez sí: los duendes de sus sueños le decían a Piko: ven a nuestro bosque, ven a nuestro mundo. Sí, ella, al menos, recibió ese aviso. Murió en paz y dejó en su cama un océano de lágrimas: la muerte de quien tiene todo el futuro por delante muerde en el alma de cualquiera. Yo no sabía siquiera que Piko existía, la niña de cara de duende alegre. Sólo lo supe al leer la carta de su tía y la copia del cuento. Pero su muerte me duele, por ese futuro roto, por todas las preguntas que murieron con ella. La muerte de Piko es una pregunta sin respuesta. Aún.
    Un día, no mucho después de recibir la carta de la hermana de la madre de Piko, alguien me preguntó por Floreal. Estuve hablando de él un buen rato, y de pronto recordé aquello tan extraño, cuando pareció escuchar algo en el bosque y se fue hacia la espesura diciendo que parecía que un niño había nacido por allí. Entonces no lo había entendido, pero la carta de la tía de Piko, su cuento, su desaparición de la mano de un duende, me hizo pensar. Y pensar me hizo caminar. Para tratar de entender qué extraña relación hay entre las palabras de Floro, “parece que un niño ha crecido en el bosque”, los cuentos sobre duendes y bosques que Herminio escribía mientras yo dormía en mi infancia, la enfermedad que conduce a Naísma hacia la muerte, la de Herminio, la de la misma Piko.

    Ahora escribo en mi cuaderno estas páginas, sentado en un tronco de castaño caído del bosque de Floreal. Hay un silencio de musgo y niebla de desolación. El bosque sigue existiendo, pero el valle que cuidaba Floreal se ha perdido. Lo han llenado de árboles invasores, plantados en tristes hileras, como tumbas. Han crecido las zarzas y ahogan a los helechos, el agua se ha estancado y llora barro porque está presa. Cada hierba echa de menos a Floreal. Hace frío y la neblina lo difumina todo. Ya no crece por aquí la vincapervinca.
    Dicen todos los sabios de todos los pueblos que cuando muere un anciano muere una biblioteca. Floreal se llevó mucho más que eso con él. Pero, ¿y cuándo muere un niño? ¿qué muere entonces? Floreal lo sabía, estoy seguro. O lo sabe. Ahora, mientras un pájaro gris y marrón me observa tenso desde una rama desnuda, me digo que nadie muere del todo, que heredamos sus inquietudes, sus alegrías y sus angustias. Que yo dejaré las mías también en forma de libros y de cuentos. Que no hay libro más estúpido que el libro de quien cree tener las respuestas, cuando lo único importante que puede tener un libro es una pregunta, preguntas. Sin respuesta.

    Hace un rato ha estado aquí una niña. Una niña de carne y hueso. He escuchado un siseo entre los tojos y las zarzas, el pájaro gris y marrón ha levantado un vuelo irregular, piando, y cuando la he entrevisto el corazón me ha dado un vuelco: he pensado en Piko, lo reconozco, al distinguir su silueta infantil viniendo hacia mí. Pero no era ella, claro. Más gruesa, con cara redonda y mejillas encendidas, pelo enmarañado. Al levantar la vista hacia ella se ha quedado quieta, sosteniendo mi mirada como si fuera un animal del bosque. Me ha hecho pensar en el pájaro, que le ha dejado su lugar en el devastado bosque de Floro. Luego la he saludado y ella se ha acercado, con precaución. Hemos hablado un buen rato. Se llama Adela. Dice que es de por aquí cerca, de una casa que hay junto a la vía del tren. Una casa con una higuera y un arce rojo, ha subrayado. Sí, conozco la casa, la he visto muchas veces.
    No se ha sentado, pero tampoco parecía desconfiar ya de mí. Me ha preguntado qué hacía y le he dicho que escribir. Ha meditado sobre eso. Luego hemos hablado de pan. Llegaba hasta nosotros el aroma de la harina en el horno, muy tenue entre el olor del musgo y el romero. De repente Adela se ha quedado en silencio y ha levantado su mano para que también yo me callara. Y ha dicho:
    -Me parece que es Floreal.
    No me ha dado tiempo a despedirme siquiera, se ha ido deprisa, sin hacer ruido, hacia el bosque, con la cabeza alta y atenta a los sonidos más leves.
    Creo que ha nacido un duende en el bosque. Como Floreal aquel lejano día, cuándo aún vivía; como la niña de la casa del arce y el pozo, tengo esa absurda certeza. Volveré para hablar con Adela, vendré de nuevo a caballo. Y entonces, tal vez pueda saber por fin y ya no me parezca tan absurdo todo. Y podré acabar de escribir estas páginas sin final. Sin respuesta. Aún.
    La corteza de este castaño parece una cara con una sonrisa. La acaricio.
    Ahora que Piko ha muerto, me siento muy cerca de ella.

    Gonzalo Moure

    INTUICIÓN, BUSCA, PASIÓN. UN MÉTODO SIN MÉTODO.

    “Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.” (Rainer Maria Rilke. Cartas a un joven poeta).

    ¿Cómo hablar de método cuando no hay método alguno? Reflexionando, recordando, haciendo recuento: al final creo que se podrá deducir una especie de método del no-método. Este libro colectivo nació en Medellín, al darnos cuenta de que cada uno de los que participábamos en el Juego Literario del 2007 escribíamos de una manera distinta (para al final hacer algo no tan distinto). Por suerte, no existe la carrera de escritor: mataría lo que considero más importante del hecho de escribir: la espontaneidad. Y la busca. Esas son las claves de mi no-método: espontaneidad, intuición, búsqueda y pasión.
    Vivo (y escribo) buscando, tengo la sensación, desde niño, de que desde el mundo colectivo hay más preguntas que respuestas, pero de que, al mismo tiempo, desde el yo más profundo hay más respuestas que preguntas. Porque las primeras están en el fondo de nuestro cerebro, esperando a las segundas. El universo es una respuesta casi infinita, y el camino para llegar a entenderlo es lograr hacer las preguntas adecuadas.
    Cuando nos planteamos el libro pensé como ejemplo en varios cuentos que tengo guardados en el cajón, o duermen su lenta gestación en las muchas libretas de notas que acumulo. Los estuve repasando, y me di cuenta de que todos ellos, sin apenas excepción, nacieron de algo que encontré en el camino, en la vida. Como mis libros: varios de ellos tienen como protagonistas a niños con los que me di de bruces en su colegio, o en su casa, en su vida natural; todos han sido frutos del hallazgo, nunca de la imaginación, o con muy poco espacio para ésta. La imaginación, creo, es apenas la argamasa que usamos los escritores para describir alguna realidad que hemos conocido, para que el edificio no se caiga. Muchos de mis libros tienen un denominador común: la comunicación no verbal: ya en el primer libro había un chico africano que lograba comunicarse con su padre muerto sosteniendo en su mano el tallo de un geranio plantado por el segundo; después, un pequeño sordo que “escucha” a un camello cuando este en realidad rumia, o tal vez no; un niño gitano que se “escribe” con dibujos con su padre analfabeto, preso en un penal; una niña ciega que “lee” con la yema de sus dedos en el rostro de un escritor mientras le escucha; un muchacho que piensa en música y tiene que traducir ese misterioso lenguaje a palabras, al lenguaje de los humanos “normales”; unos pastores que cantan a sus caballos para “hablar” con ellos y con la naturaleza… Pero todos esos casos son reales, aunque luego la novela o el cuento sea ya una reescritura de la vida, una ficción con base real: ladrillos reales, argamasa creativa. El escritor, tal como yo lo veo, no es tanto un creador como un descubridor.
    Hay más rasgos comunes en mis libros. Por ejemplo, empezar a escribir partiendo de ese principio, de ese hallazgo, pero sin conocer el final. No es muy práctico, porque una historia no está completa sin final (aunque por qué no: tal vez sí), pero me permite que la misma escritura, y todo el proceso mental que conlleva, sea una búsqueda, una indagación. A veces esta costumbre me ha llevado a que el final fuera radicalmente distinto al que, consciente o inconsciente, creía que iba a llegar.
    Por todos esos “denominadores comunes” decidí escribir un relato nuevo para este libro. He elegido un suceso (iba a escribir anécdota, pero es mucho más que eso) de mi vida real para escribir este cuento, “En momentos no estoy”: la carta que me escribió la hermana de una niña repentinamente muerta. En ella me hablaba de lo que había hecho sufrir a su pequeña hermana que no pudiera ir a su colegio a tener un encuentro con ella y sus compañeros, para hablar de “Los Gigantes de la Luna”, un libro sobre el Sáhara. No pude acudir porque mi hermano Yago murió repentinamente. En la carta y comunicaciones posteriores, la hermana me hizo llegar el extraño relato escrito por la niña, en el que de una manera inexplicable ella parecía estar recibiendo avisos de “enanitos” o duendes de que iba a desaparecer del mundo. Poco después, la niña murió como mi hermano, víctima de un aneurisma, sin enfermedad previa alguna. Tomando ese desconcertante suceso como base, sin respuesta posible desde nuestro nivel de confusión intelectual, decidí dejar que mi mente (y su prolongación, los dedos) fuera haciendo conexiones con otros sucesos de mi vida. Así, se ha convertido en un anticipo de algo que querría escribir algún día: el libro de mis muertos. Una visión de la muerte no exenta de dolor, pero plena de misterio, aceptando la convivencia con ella y la vigencia, si no vivencia, de los muertos.
    Estoy de acuerdo con lo que se suele decir sobre el relato: tiene que ser como un iceberg: como mucho, mostrar una décima parte de lo que hay debajo. Pienso que lo que se admite para el relato, al menos en mi caso, es aplicable a la novela. Así pues, esa parte visible del iceberg es el cuento, o el libro, tal como se publica: una historia, una anécdota. Pero si debajo no hubiera nada, no dejaría huella: las huellas más perdurables son las no visibles, las sensaciones. Creo que esta parte de la literatura es la más importante y que, para desgracia de las “escuelas de escritores”, es en gran medida inconsciente, como un don: se tiene o no se tiene. Es la que hace que dos músicos técnicamente idénticos generen sensaciones y emociones distintas en quien los escucha. Es inconsciente, sí, pero cuando escribo trato de lograrlo, pensando más en el espacio en blanco que hay entre las líneas que en las misma líneas. Intento escribir, siempre, generando esas sensaciones intraducibles, dejando tantos espacios en blanco que a veces, en posteriores correcciones, tengo que llenarlos, a riesgo de que no se acabe de entender lo que queda escrito.
    En este relato, “En momentos no estoy”, hay muchos elementos de mi vida: algunos de hace años, otros muy recientes. Además del desencadenante, el pequeño cuento premonitorio de la niña fallecida y la carta de su hermana, algo especialmente doloroso, porque la muerte de mi propio hermano afectó a la pequeña mucho, aunque nunca podremos saber de qué manera. Murieron con apenas dos días de intervalo. Durante meses, esos sucesos, azarosamente unidos, durmieron en mi interior. Y ahí es donde entra otro factor que en mi manera de trabajar tiene mucha importancia: mis visitas a los colegios. No puedo recordar en qué colegio, ni siquiera en qué ciudad fue, pero en uno de los encuentros con los lectores uno de los niños volvió a poner en funcionamiento a mi mente. En mi juventud trabajé como creativo de publicidad en una pequeña agencia. En ella aprendí la técnica del “brain storming”, la tormenta de ideas, en la que los creativos, y otras personas de la agencia, dejan que fluyan a sus labios las ideas más peregrinas. En un momento dado, una de esas ideas disparatadas conecta con el pensamiento profundo del creativo, y surge la idea, reluciente como una pepita de oro. Con los niños este sentimiento es especialmente fuerte para mí: poseen una intuición mucho más poderosa que la de los adultos, porque apenas está mediatizada por elementos culturales, y menos aún por convenciones sociales. Tengo un montón de anécdotas de niños que en los encuentros en sus colegios han adivinado cosas aparentemente ocultas en mis libros, pero que algunos de ellos han logrado extraer, quién sabe cómo, muchas veces sorprendiéndome a mí mismo. Detalles o aspectos de los que no me había dado cuenta. En este caso no fue exactamente un descubrimiento del niño, sino una de esas preguntas intuitivas, aunque él no pudiera saber a qué recónditos lugares de mi memoria y mi asociación de ideas se dirigía. Hablábamos del libro “Los caballos de mi tío”, en el que aparece “el gnomo” (se llamaba realmente Floro) del valle de Cotapos, cerca de mi casa de Figueras. El niño me preguntó por qué el gnomo decía que se tenía que ir, alegando que “había crecido un niño en el bosque”. Yo ni siquiera recordaba aquello porque era algo que había sucedido 15 años atrás, así que le pedí el libro. Me lo tendió, y en efecto, allí estaba. Pero al leerlo leí que Floro no hablaba de niño alguno: decía que “alguien” había crecido en el bosque. Se lo señalé, pero de inmediato la bruma se fue deshaciendo, y recordé algo sorprendente: en efecto, Floro, en la vida real, dijo “un niño”, no “alguien”. Por alguna razón, seguramente mala memoria, yo había cometido aquel error al escribir el libro. Pero ¿Y el niño de la pregunta, cómo lo había podido saber? ¿Había sido un error suyo, o había leído más allá de lo que estaba escrito? Lo dije en voz alta, pero con voz interior mi mente se puso a trabajar. ¿Qué extraña relación había entre el sueño que la niña fallecida relataba en su cuento y lo que me había dicho entonces Floro? ¿Y con el aparente error del niño, que no era un error? En el mundo real, ninguna, sin duda. Pero siempre he sentido lo que señalaba al principio: que todavía hay más respuestas que preguntas, y que escribir tiene que ser parte de esa busca.
    Como he señalado antes, durante algunos meses se produjo otro fenómeno habitual en mi producción literaria: el recuerdo de lo que había sucedido y la idea de escribir una novela convivieron. Ese tiempo puede ser larguísimo (trabajo ahora en algo parecido que ocurrió hace 20 años), o relativamente breve. Posiblemente esta historia estaba destinada a ser una de las largas, entre otras cosas porque tenía que repetir algo que ya había escrito en “Los caballos…” y buscaba otra manera de contarlo. Pero la necesidad de escribir dentro de un plazo un relato para este libro me hizo recordar todo, y se abrió paso la posibilidad de ponerme a escribir sin saber muy bien hacia dónde iba. Escribir iba a ser cumplir un compromiso, sí, pero también iba a ser la posibilidad de indagar en mi propio interior. Y estaba en casa, cerca del lugar en el había vivido Floro y en el que se había desencadenado parte de la historia.
    Otra de mis convicciones personales, aunque no sea una regla estricta: prefiero escribir de lugares que conozco, no logro imaginar un lugar ni con la ayuda de todas las enciclopedias del mundo, de papel o virtuales. Así, para escribir algunos libros he viajado al Sáhara Occidental y he llegado a conocerlo bastante bien, y así viajé hasta el corazón de Asia, en busca de un auténtico sueño. En ocasiones es un lugar geográfico, pero en otras ocasiones es un lugar abstracto: el del conocimiento. No soy ni he sido nunca un gran estudiante, y mi erudición es muy escasa, sobre todo al lado de la de algunos de mi compañeros en este libro. Pero cuando se trata de investigar algo me convierto, durante un tiempo, en un auténtico estudioso, y devoro libro tras libro en busca de pistas, preguntas y respuestas, hasta que me siento en disposición de empezar a escribir, a veces incluso mientras escribo. Pero en esta ocasión, en “En momentos no estoy”, no hay dónde acudir en busca de conocimiento, salvo a los lares del budismo más místico, donde la muerte, la reencarnación y la inmanencia, se mueven en un terreno poco físico y nada demostrable: ritos, creencias y hasta supersticiones. Si había alguna respuesta estaba en mi interior, como en el interior de cualquiera, en estancias recónditas que casi nunca somos capaces de iluminar. Y así, con ese equipaje, me fui al valle de Cotapos, el lugar que cuidaba Floro en vida y que fue, sin duda, uno de los lugares más bellos que he conocido. Verlo, ya abandonado, fue terrible, porque no hay fealdad mayor que la belleza destruida. Sus nuevos (o antiguos) dueños, han prostituido aquel rincón de ensueño entregándolo al cultivo de eucaliptos, árboles foráneos y clónicos, que me dieron la idea de su diferencia con los árboles autóctonos, “con bisabuelos”. Allí, entre zarzas y ortigas, a la sombra rectilínea de los eucaliptos, acabé de escribir. Con un añadido, casi el ingrediente imprescindible en todo guiso literario, la argamasa del edificio: un poco de fantasía.
    La mayoría de los escritores usan el esquema para sus obras. Es el método más práctico, y es sin duda el camino habitual de las personas más analíticas y cerebrales. Tienen estos la capacidad envidiable de visualizar toda la novela en su mente, con ayuda de las notas y el esquema final. Como mucho, algunos dejan que sobre la marcha “sucedan cosas”, que entren en acción personajes insospechados que vienen a alterar levemente la trama prefijada. Desde un punto de vista práctico les envidio, porque si bien un relato que se atasca es una pérdida pequeña de tiempo, en el caso de una novela el esfuerzo, al final tal vez baldío, puede significar la evaporación de un año o más de la vida creativa. Pero, aún así, prefiero mi sistema, tan asistemático. Parto de una idea, claro, e incluso vislumbro una aproximación a lo que será el final, pero dejo que la historia se desarrolle a medida que voy escribiendo. A veces ese desarrollo me sorprende, me afecta o incluso me indigna, y entonces trato de luchar contra ello; pero al final me rindo a la vida: no lo escribo: se escribe, como si realmente sucediera y yo no fuera sino el notario. Lo llamo “escrivivir”, y es parte esencial de prácticamente todo lo que he hecho hasta ahora: confundir adrede escritura y vida, vivir la novela desde dentro, en ocasiones en primera persona, como algo que duele o exalta, y en otras ocasiones en tercera persona, como un espectador un poco más alejado, aunque siempre apasionado. Tanto es así, en tan gran medida “escrivivo”, que en ocasiones pierdo el norte, y no sé si es antes vida que escritura, o al revés: mi “escrivida”.
    No sabría decir si recomiendo o no mi método. Desde luego, es poco práctico. Aún así, al más analítico le diría que trate de no hacer un esquema tan rígido, y al más intuitivo… No: al más intuitivo le diría que lo siga siendo, que confíe en su instinto y en el azar.
    Un método con tan poco método como el que confieso y asumo, desembocaría casi siempre en un texto poco ajustado, lleno de incorrecciones de todo tipo, y también de “excursiones”: capítulos o caminos inútiles o simplemente equivocados. Por eso le doy una enorme importancia a la corrección. Pero no una corrección final, sino una permanente corrección, teniendo en cuenta el consejo (o la exigencia) de mi madre, mi primera y mejor maestra de escritura: lo que no hace falta, quítalo: huye de las muletas, de los adjetivos y sobre todo de las comparaciones. Como escribió un campesino a un escritor: “perdone que la carta sea tan larga, pero no he tenido tiempo para hacerla más corta”.
    Cada día puedo escribir, en días completos, cuatro o cinco horas, en los que produzco de cinco a diez folios. Al día siguiente, sin embargo, empiezo por el principio, tenga los folios que tenga escritos anteriormente, y voy corrigiendo y ajustando sobre la marcha, eliminando lo superfluo. Tanto que en ocasiones cuando acaba la jornada no he llegado siquiera al final. Especialmente cuando la novela avanza, porque aunque vaya troceando el texto, ese repaso puede ser sobre cincuenta o sesenta páginas. En este repaso me sumerjo por completo en la historia, y si bien conservo un cierto punto de vista objetivo, es el momento en el que más cuidado tengo que tener con uno de los mayores problemas de la literatura: no pensar en el lector.
    Este es un capítulo muy importante en esta reflexión. Parece un contrasentido, así dicho, pero para mí es también esencial. Hay muchos diablos tentando al escritor, siempre. Por propia naturaleza los escritores somos buenos lectores, y sabemos muy bien cuáles son los libros más efectivos, tanto para ganar dinero o premios, como para ganar prestigio. Por tanto, siempre acecha la idea de emular, o de buscar el efecto, de conseguir una u otra forma de éxito. Al libro le esperan algunos lectores decisivos: si se va a presentar a un premio, los miembros del jurado. En ese caso la tentación es lograr un texto brillante, que deslumbre a los jurados. Si no, al editor, al que hay que convencer de la comercialidad del libro. Y, por último, a los lectores anónimos e hipotéticos. Cuantos más, mejor, al menos eso se supone. Vivo de lo que escribo, y cuantos más premios gane y más libros logre vender, más dinero ganaré. Es posible, pero para mí ese es un camino hacia ninguna parte. No hay que escribir “para”, sino escribir “por”. Por la emoción de un hallazgo, de un asalto de la vida, por las preguntas sin respuesta, por las respuestas sin preguntas todavía. Por la belleza, por la verdad, por profundizar en la esencia humana, tanto en lo bueno como en lo malo. Escribir por el dinero, por el éxito o por el prestigio es algo que puede hacer cualquiera, y de hecho se hace: las editoriales rebosan de manuscritos llenos de deseos. En una ocasión debatí con un colega sobre esto, porque yo había dicho que había que escribir sin deseos. Me referiría a los deseos más materiales, los que, en definitiva, nos alejan de la literatura por más que nos acerquen al éxito o el dinero.
    Y con humildad. Una de mis peores tentaciones proviene de mí mismo. Cuando se escribe, y eso lo experimenta todo aquel que lo intenta, profesional o no, se experimenta el vértigo de la ambición. Uno no puede dejar de pensar que está escribiendo “algo importante”. Es una trampa. Trato de escribir con la mayor sencillez, sin esperar alcanzar ninguna cumbre, por el gozo de escribir y la excitación de la busca. Y cuanto más humilde sea lo que escribo, más auténtico será. No sé si más leído, o más vendido, pero sí más auténtico: lo único que realmente me debe importar. Sé que si algún día escribo algo de verdad importante, será algo escrito con absoluta modestia, sin esperar nada.
    Pero aún queda otra vuelta de tuerca antes de dar por acabado el libro, o el relato: la lectura ajena. No creo haber publicado nunca algo que no hayan leído al menos tres o cuatro personas, algunas veces hasta seis o siete. Algunos de ellos escritores, otros simplemente buenos lectores. Siempre escucho sus opiniones, pero siempre les pido también que lo juzguen con mis propias intenciones de autenticidad y, en todo caso, fluidez narrativa. Después de esas lecturas, y a menudo simultáneamente, corrijo sin parar, hasta lograr acercarme lo más posible a mis intenciones. Y, finalmente, un último lector, fundamental: el editor. No me gustan los editores de “sí” o “no”. Me gustan los editores que se sumergen en mi propia historia, en mi propio proceso, que me ayudan a mejorar el texto. El editor es, por lo general, un lector excepcional. Si detecto que sus observaciones son comerciales o de “corrección política”, escucho educadamente, pero no me dejo influir. El buen editor es, para mí, el que se pone en la piel y el corazón del escritor, el que hace posible una última zambullida en el texto, hasta quitar todo lo superfluo o añadir algo que el escritor daba equivocadamente por supuesto.
    Sé que aún debo satisfacer algunas curiosidades: si escribo por la noche o por la mañana, si a pluma o con ayuda del ordenador, si con música o en silencio. He de reconocer que al principio fui metódico en todo eso. Escribía por la mañana, entre nueve de la mañana y dos de la tarde; lo hacía en un ambiente perfecto, preferentemente con música clásica suave, y siempre con ordenador. Pero el tiempo, y la necesidad de acudir a colegios e institutos a buscar la vida, me han obligado a una especie de caos del que no me quejo: escribo a la hora que puedo, a veces en períodos cortos, otras veces un día entero. Escribo tanto en la tranquilidad de mi cuarto de trabajo como en una cafetería, en un avión o en la sala de espera de una estación. He publicado hace poco un libro en el que algunas conversaciones que escuchaba a mi alrededor mientras escribía se metieron en la historia. Todo vale. En semejante improvisación no me es dado elegir siempre, y así escribo mucho más que nunca a mano. A veces, con determinados textos, necesito escribir así, a mano: una manera de economizar, de someterme al principio aprendido de mi madre de quitar, o más bien de ni siquiera poner, lo que no hace falta. Escribir a mano es necesario, al menos de vez en cuando, para acariciar las palabras, y así sentirlas, valorarlas una a una.
    Decía Coetzee: “Una norma nueva y terrible: no hay escritura sin dolor”. Yo añado: ni sin pasión. La pasión es siempre dolorosa, porque nunca se puede poseer nada del todo, y eso genera dolor. Así que si digo que no se puede escribir por simple oficio o por interés, estoy hablando de pasión y de dolor. Necesito la pasión para escribir, es mi combustible. Sin ella, me pierdo, me invade la abulia, no escribo. Porque nadie debe engañarse: escribir es un gozo, sí, pero un gozo que exige esfuerzo, horas, decepción a veces, impotencia casi siempre. Toda esa lucha es imposible de soportar sin pasión. Y, para mí, la pasión nace de la necesidad de saber. Escribo para saber un poco más: de mí, de todos. Del bien y del mal, de la hondura laberíntica del ser humano. Decía Baudelaire: “Yo estudio el mal en mi corazón”. Buceando en el mal, a veces encontramos el bien. El libro de Agota Kristof “Claus y Lucas” es un excelente ejemplo, casi paradigmático.
    Y eso es todo. ¿Se puede deducir algo de todo esto, un sistema, una pauta? Sí y no. No, porque creo que en toda manifestación artística lo más importante no está previamente determinado. Sí, porque todo lo que he escrito ha seguido esa pauta sin pauta, ese método sin método, esa búsqueda sin esperanza, pero sin desesperanza.
    Y por fin, fin. No creo mucho en los finales. Como apuntaba hablando de la necesidad de crear sensaciones, de escribir más entre líneas que en las líneas, los finales cerrados me parecen cómodos para el lector, pero en el fondo estériles. Quiero dejar siempre en el aire una cierta incertidumbre, como en este mismo cuento, “En momentos no estoy”, como lo hizo la propia Patri, la auténtica protagonista del cuento, misteriosa y, por desgracia, ya incomprensible del todo. Tampoco tiene final mi relato. Prefiero que la historia siga en cada lector, hasta donde cada lector quiera llevarla. Como en el resto de mi no-método: empiezo cada día, rompo las normas con fruición, siento que aún no he llegado al final, y sentirme inseguro me hace sentir vivo, dispuesto a seguir buscando. No quiero dar respuestas ni soy nadie para darlas. Prefiero generar preguntas, una cierta inquietud, como he elegido sentirla siempre. Por ejemplo, leyendo a todos mis compañeros de libro, buscando semejanzas, sí, pero sobre todo diferencias: aprendiendo.

    Gonzalo Moure

    Una biografía propia y breve.

    Nací para escribir. Mal o bien, es mi única “gracia”. Lo supe viendo a mi madre haciendo magia con un bolígrafo o con su vieja Underwood, sacando de su tinta bosques y nieblas, leñadores y hombres y mujeres misteriosos, niños y niñas que amaban la vida o la perdían: amor, miedo, belleza, vida y muerte. Siempre quise ser “mago”, crear historias.
    No me atreví a atreverme cuando nací al mundo adulto, y por no alejarme demasiado me hice periodista. Escribí en el aire, tratando de hacer magia con el micrófono en lugar del bolígrafo. Hice de todo en la radio, desde abajo hasta arriba, desde deportes hasta discos dedicados, informativos, magazines, publicidad grande y publicidad pequeña.
    Pero no era mi sueño. Y vale la pena luchar por un sueño. Si no lo intentas mueres en tu propio olvido. Lo intenté, me atreví a atreverme, hace ya diecinueve años. Publiqué mi primer libro hace ya diecisiete. Me la jugué con mi segundo libro, “A la mierda la bicicleta”, y me cabe desde entonces el dudoso récord de peor título de novela del mundo. Pero en ese slogan estaba mi decisión de no dejarme comprar nunca, por apetitoso que fuera el soborno. Y ahí sigo. Más de veinticinco libros en esos años no es mucho, ni tampoco es poco. Es suficiente, al menos de momento. Espero tener tiempo para acabar, al menos, los más de quince proyectos que acumulo en mi mesa.
    Vivo de lo que escribo, pero sólo escribo de lo que vivo. Me gusta viajar, por la geografía y por el pensamiento. Y buscar, y encontrar. Y escribir no para dar respuestas, que no las tengo, sino para generar más preguntas: en mí, y en quien me quiera leer. En ti, por ejemplo.

  • Enrique

    Una vez más, gracias por tus palabras. Me hacen alejarme de esta caja de zapatos en la que paso 10 horas al día y que aborrezco profundamente. Me hacen acercarme a los bosques asturianos que tanto amo y que tanto echo de menos.

  • Adri

    Gracias por esta grata sorpresa y por mostrar y compartir este relato con los demás.Tú generosidad es infinita. Por eso, y por mucho más, te quiero tanto.

  • eldeyar

    Gracias, Enrique, y gracias Adri. Adri comprende mejor que nadie este relato, toda la emoción que contiene. Tanta que ahora me desborda a mí. En fin, lo que pretendía era compartir esas emociones, escrutar los rincones oscuros y luminosos de la vida, los que están vedados a la razón pura.

  • Viento

    Pensar. Escribir. Leer. Hablar. No en ese orden. O sí. Da igual. Canalizar nuestra condición de seres humanos, nuestra consciencia del gran misterio de la existencia a través de la búsqueda de respuestas. Y descubrir que cada respuesta no es más que una suma de nuevos interrogantes. Hablar. Leer. Escribir. Pensar. No encontraremos dentro del universo encerrado en ese cuadrilátero el porqué del dolor, del miedo, de la injusticia, del sinsentido que es a veces la vida, pero, al menos, sabremos que no estamos solos frente a los monstruos.
    Un abrazo

  • De madrugada, antes de ir a dar la primera comida a mis caballos, he leído la primera parte de tu aportación al libro compartido. ¡Me ha hecho estremecer!
    Casi todos tus libros lo han logrado, pero este relato sobre Floreal, Piko y sus interconexiones con la naturaleza y el universo… es inolvidable.
    Sí, tu escribes con el corazón. El lápiz y papel son puros comparsas.
    No tengo mas palabras ahora… estoy emocionada.

  • Enrique

    Hola Gonzalo
    Estoy en La Casa del Libro y ni les suena este nuevo libro. Sniff. Ha salido ya? Abrazos!

  • Palma

    El libro acaba de salir de la editorial. Estará en las librerías dentro de una semana aproximadamente.
    Gonzalo vuela en estos momentos hacia el Sahara.
    Un saludo
    Palma

  • eldeyar

    Hola a todos, de regreso del Sáhara, agotado pero feliz con la buena baraka del Bubisher. El libro debe estar ya en las librerías, o ¡eso espero!

  • Ya lo tengo y lo he empezado a leer. Mi crítica, dentro de unos dias. Pero veo que promete. Veo en él una ayuda a los que queremos escribir cada dia mejor… o intentarlo.

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