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RECÓNDITA ARMONÍA

El pasado mes de Mayo, Carlo Frabetti, escritor ahora, matemático desde su nacimiento, publicó en el diario Público una columna en su sección, “El Juego de la Ciencia”. Su título, “Recóndita Armonía”: una reflexión sobre las pautas físicas y su correspondencia con las pautas artísticas, conscientes o inconscientes. Partía de un cuadro de Rubens particularmente notable, pero podía haber partido de muchos otros ejemplos, la mayoría cotidianos y por tanto casi invisibles. Por ejemplo, un día viajas en coche y en la radio escuchas una pieza de música clásica que nunca antes has oído; conduces, tienes tu atención en otras cosas, pero sin querer tarareas, y de pronto te das cuenta de que, pese a ignorar qué pieza es la que escuchas y tarareas, te adelantas a las notas, que caen desde tu mente y desde la radio prácticamente idénticas: ta has convertido en compositor, sigues el mismo camino que muchos antes recorrió, por ejemplo, Antonio Vivaldi.

Lo delicioso es que esta columna, aparentemente intrascendente, suscitó… ¡720 comentarios! Y qué comentarios, qué riqueza, qué derivaciones magníficas de lectores anónimos. Suficiente para llenar un libro apasionante, lleno de variaciones sorprendentes, a cuál más rica.

Toda una lección para los pretenciosos, para los que buscan el éxito halagando al lector, buscando desesperadamente golpes de efecto y fórmulas mil veces usadas. Carlo no buscó nada de eso, sino la reflexión fértil, y consiguió que el rocío se convirtiera en arroyo, el arroyo en río y el río en océano.

Este fue el origen:

“En 1630, Rubens, que a la sazón era un viudo de 53 años, se casó en segundas nupcias con una jovencita de 16. Poco después pintó El Jardín del Amor, un imponente lienzo de unos dos metros de alto por tres de ancho en el que un grupo de damas y caballeros lujosamente ataviados, rodeados de sonrosados angelotes, componen una bucólica escena de felicidad conyugal. Hay algo turbador en el cuadro, pues todos los caballeros se parecen al propio Rubens y todas las damas tienen las facciones de su joven esposa, como si de una fiesta de clones se tratara. Y hay otro detalle que en su día me llamó poderosamente la atención (hasta el punto de dedicarle una novela) y que nunca ha dejado de intrigarme: las cabezas de las siete damas parecen dispuestas como notas en una partitura. Y no solo lo parecen, como comprobé a partir de una reproducción del cuadro, sino que encajan perfectamente en un pentagrama y forman una armoniosa secuencia de notas (si-fa fa-si-si si-la) que, al tocarla en un teclado, me recordó inmediatamente a Vivaldi.

No he podido comprobar si esa secuencia aparece en alguna de las obras de Vivaldi (compuso más de 500 conciertos, así que sería como buscar una aguja en un pajar). ¿Pudo el maestro veneciano inspirarse en la melodía oculta en el cuadro de Rubens? ¿Pueden los músicos, de forma consciente o inconsciente, reproducir en sus composiciones pautas pictóricas? ¿O existen pautas previas que tanto los músicos como los pintores adoptan y adaptan sin darse cuenta?

En la antigua China llamaban ‘li’ al estudio de los diseños recurrentes que la naturaleza repite en los lugares más insospechados, y que a pesar de su aparente desconexión responden a mecanismos estructurantes similares. A primera vista puede sorprendernos que la disposición de los nervios de una hoja se parezca al diagrama de nuestro aparato circulatorio, pero la semejanza no es nada misteriosa, puesto que ambos sistemas optimizan la distribución de fluidos en el interior de sendos organismos simétricos.

¿Es trasplantable el concepto de ‘li’ al terreno del arte? Peter Rubens y Antonio Vivaldi fueron casi contemporáneos, y entre ellos se dieron notables coincidencias: ambos murieron a los 63 años, fueron sumamente prolíficos y vitales hasta el final, y los dos se enamoraron de sendas jovencitas que podrían haber sido sus nietas. A Vivaldi lo llamaban il Prete Rosso. Una simple metátesis convierte Peter en Prete, y Rubens significa rojo. In nomen omen (el nombre marca el destino), dice un antiguo proverbio latino.”

Y ahora, si quieres pasar una hora apasionante, o cuantas quieras, visita el blog para leer los 720 comentarios en http://blogs.publico.es/ciencias/

  • ¡Hermoso regalo de fiestas! Gracias, Gonzalo

  • Sole

    Me regalaron hace un año (o tal vez dos) La Amistad Desnuda, y desde entonces busco los libros de Carlo Fabretti por todos lados. Unos (los adultos) me gustan más que otros (los infantiles), pero La Amistad Desnuda y el Jardín Cifrado me entusiasmaron. Ahora estoy con la serie Infierno, Paraíso, Purgatorio. Ya diré.
    Y no conocía el blog de Publico, pero me haré adicta.
    Sole.

  • Adri

    Sí. Un bonito regalo y un interesante tema.
    Tienes razón, los comentarios son dignos de leer, enriquecen y entretienen.Comparto muchas de las opiniones. Otras, me dejan meditando…

  • Lec

    “No hay más certeza que la de la duda
    ni más amor que la amistad desnuda”
    Carlo Frabetti en su libro “La amistad desnuda”.
    Todo un tratado de filosofía encerrado en dos líneas. Para pensar en profundidad.
    De este mismo autor, leed “La ciudad rosa y roja”. “Calvina” es también una magnífica opción.
    Carlo Frabetti siempre deja en sus libros la estela de la inteligencia compartida con los lectores.