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UNA OSEZNA, TODOS LOS NIÑOS



La osezna no hiberna. Se mantiene despierta ante el desconcierto de los naturalistas que la siguen y la fotografían. Así, rodeada de nieve y hielo, perpleja y sola, me hace pensar en todos los niños: los palestinos, los saharauis, los niños soldado de las guerras africanas, y hasta en nuestros niños, igual de solos entre la superabundancia de cosas y la escasez de sentimientos. Hoy Gaza nos duele hasta el alma, y los niños de Gaza aún más, pero nada hacemos. ¿Y qué hacer? Quienes escribimos para niños, quienes creemos en el futuro y por eso escribimos para niños, nos sentimos inútiles. No entiendo esta atonía, esta afonía. ¿Nadie es capaz de levantar una bandera filosófica, ética, nadie es capaz de marcar un camino distinto para esta humanidad que a pesar del paso de los siglos sigue bombardeando escuelas y hospitales? Me abruma el silencio blanco, como a la osezna asturiana. Nunca he sentido a la humanidad tan huérfana de pensamiento, tan ayuna de un camino que seguir, un camino en el que creer. Nada, silencio. ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar ser cómplices con el silencio? Firmar manifiestos, clamar desde webs y blogs, protestar, ¿es bastante? Claro que no. Pienso y pienso, y no veo qué hacer, y cada minuto que pasa hay una bomba arrojada por una mano humana que es la mía. Los libros, el Bubisher, ¿son bastante? No, claro que no. Es verdad: el Sáhara es nuestra Palestina, nuestra responsabilidad. Nuestros gobiernos perpetúan allí su traición y su abandono; España es una mala madre para el Sáhara, y los que intentan hacer algo por ellos son sus hermanos, pero no salimos de las buenas intenciones, del agua oxigenada para curar las terribles amputaciones de los derechos de los niños. Y la ONU es nuestra ONU. Una voz, por favor, una voz que empiece a exigir que se disuelva esa ONU que no es capaz de emitir siquiera una resolución que detenga la barbarie. El mundo es el mundo, merece algo mejor, merece pensadores, filósofos, líderes de un futuro de la humanidad. Pero como al esbardo de la fotografía nos rodea un silencio blando y blanco. Sólo nuestra voz, pero dónde, cómo. No lo sé, me declaro impotente y frustrado, asqueado de mi propia condición humana. Esa osezna es una niña bajo las bombas, esa nieve son escombros de casa y cocinas derruídas, esa nieve es nuestro silencio. Esa osezna es una niña, todos los niños, todo el futuro sin futuro, incapaz de cerrar los ojos, con los ojos abiertos de par en par ante tanto abandono, ante tanto egoísmo mezquino.