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EL CORAZÓN SIGUE LATIENDO

Hace un par de semanas, Santiago García, director pedagógico del Colegio La Salle, de Ciaño, me pidió un texto sobre la lectura para la revista del centro, Despertar. Ante el folio en blanco recordé algo que había -y que estoy- contando en algunos encuentros con lectores. Sucedió este mismo verano, y aún me emociona recordarlo. Cuando me preguntan qué es la literatura, suelo enfrentarme a la pregunta con la mente en blanco. Porque la literatura es tantas cosas, que se puede contestar de un millón de formas distintas, aunque todas sean coincidentes. Pero últimamente recurro a este momento, vivido y compartido con un libro en la mano.

Este es el texto que mandé para Despertar, y que ahora me apetece reflejar aquí, por mi deuda con la vida.

EL CORAZÓN SIGUE LATIENDO

Este verano pasado, nos reunimos en mi casa para comer. Un domingo de agosto, la brisa en el mantel, el reflejo del sol en nuestros rostros. Hablábamos del abuelo Leopoldo. Meses antes había muerto nuestro tío José, el último de los hijos del abuelo. Que fue poeta. La generación de nuestros padres se había extinguido,ninguno de los que estábamos en torno a aquella mesa habíamos llegado a conocer al abuelo Leopoldo. Recordé a Lamina, la niña saharaui que decía que los cuentos duermen en los abuelos y que, a veces, cuando los abuelos mueren, los cuentos vuelan hasta los libros. De pronto un pensamiento vino a mi mente. Me levanté sin que nadie se diera cuenta. Subí a la biblioteca, busqué entre los viejos libros escritos por el abuelo. “Para nosotros solos”. Poemas.

Bajé con el libro en la mano. Pedí silencio. Lo abrí por una página cualquiera, al azar. Leí. Mi voz apenas era un susurro. Pero en la mesa se había hecho el silencio. Un mar de silencio por el que navegaban los versos del abuelo Leopoldo. Para nosotros solos. El sol sale cada día, para nosotros solos. El mar brilla bajo la luna. Para nosotros solos.

Cuando acabé de leer, una lágrima emocionada se deslizaba por mi rostro. Levanté la vista. Mi hermano, mis primos, todos teníamos los ojos empañados, el rostro transportado, transformado. Leí la fecha del poema. No había acabado el siglo XIX. El abuelo murió en 1937. Pero su corazón había estado allí, sobre la mesa. Latiendo. Latiendo enamorado. Aquel poema era su declaración de amor. De aquel amor y de aquel latido, habían nacido nuestros padres, y después nosotros. El tiempo se había plegado. No era 2008, ni 1937, ni 1890. Era siempre. El corazón de Leopoldo Trenor latiendo enamorado, en la mesa de la casa de Figueras.

Eso es la literatura: corazones que no dejan de latir, pensamiento sin la barrera del tiempo. El corazón del abuelo latiendo en nuestro pecho. El aliento de Homero en nuestros oídos.

Leer es vencer al tiempo, tener mil corazones.

abuelo-leopoldo2leopoldo trenor palavicino, en figueras