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LOS CHICOS DE ROSA SERDIO: EL MOVIMIENTO CONTINUO

El viernes recibí uno de esos premios que no tienen precio: el de los lectores. Eso sí, no el de unos lectores cualquiera, sino el de los lectores de una mujer que merece también un premio: el de la mejor labradora de sueños: Rosa Serdio, la maestra de Pola de Laviana. 6ºB. Mi clase. No sé decir cuántas veces he estado ya esa escuela, ni sé cuántas estaré todavía: las que mi cuerpo aguante.

Pues bien, los chavales de Rosa se volvieron locos del todo, y eligieron “El movimiento continuo” como el libro que más les había gustado de los (muchos) que han leído este año. Me sorprende, y al mismo tiempo me hace pensar. En si no nos estaremos equivocando al hablar de los gustos de los niños. Porque frente a tantos libros en los que pasan cosas y cosas, a un ritmo que aturde, El M.C. es un libro en el que apenas pasa nada. Y lo que pasa no es para entusiasmar a nadie: un niño que es capaz de sentarse junto a un viejo, que le enseña a estar quieto, a dejar pasar el tiempo hasta ser capaz de ver crecer los helechos. Sin mensaje ni masaje. Sin espadas mágicas ni ejércitos oscuros. Sin malos ni buenos. Sin dragones, sino ratones que se lanzan por un tobogán. Sin colorinches pero con auroras boreales (que nadie llega a ver).

Es la segunda vez que un libro tan raro y tan sin importancia recibe un premio de este tipo: también me sorprendieron los niños de la librería Gil de Santander, para quienes fue el año pasado el libro que más les gustó. Pienso y pienso. Y repienso.

Seguramente mucha culpa la tiene Pablo Amargo, que ya ha hecho dos veces las ilustraciones de este libro, cada vez mejor. Y mi tío José, el Santos real, que hizo una ciudad para los periquitos y un tobogán para los ratones, que vio crecer los “Captus” toda una vida. Y Rosa Serdio, que vacuna a sus chicos contra los virus de la moda. Y sobre todo ellos, que tienen la clase más bonita del mundo, que escriben poemas, que quieren a sus amigos, que valoran tanto el cariño como la lectura.

A todos ellos, gracias. Por ser capaces de ver crecer los helechos.

m-continuo