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DÉJAME ENTRAR

Estoy conmovido. He visto dos veces en las últimas semanas una película distinta, basada en una novela distinta, con un punto de vista distinto. Conmovido y conturbado. Déjame Entrar es una historia de vampiros, pero no es una historia más de vampiros. Es una historia de niños, o sobre niños, pero no es literatura ni cine infantil. Ni siquiera es recomendable, así en plural general, para niños. Pero está al alcance de cualquier chico o chica de doce años bien armado por lecturas anteriores, acostumbrado a pensar y a tomar opciones.

Déjame Entrar es probablemente la mejor historia de amor (y de amistad desnuda) adolescente que he visto en mucho tiempo, tal vez nunca. Poco o nada tiene de importante que sea una nueva visita al mundo de los vampiros, y hasta molesta un poco para que sea más diáfana que trate un tema tan de moda. En realidad es el amor de dos inadaptados. Uno muy común, hijo de un matrimonio separado en una sociedad gélida (la sueca, en ambos sentidos), y otra extraordinaria, puesto que es vampira y  tiene doce años desde hace muchos más, detenida eternamente en esa edad, con mucho vivido pero con el sentimiento adolescente intacto, pese a su horrible necesidad de sangre humana. Me pregunto cómo sería la historia sin el recurso al vampirismo, pero sospecho que sería igual de tierna y conmovedora, de terrible e inquietante, de “removedora”.

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La película se basa en la novela, ya traducida, del mismo título, del sueco John Ajvide Lindqvist. La ha dirigido muy muy bien Tomas Alfredson, y cuenta con la extraordinaria interpretación de Lina Leanderson en el papel de Eli, la pequeña vampira. Con todo, me asombra la capacidad de introspección del director, ayudado por la interpretación de los dos niños (Kare Hedebrant, como Oskar, tampoco está nada mal). El punto de vista narrativo es el de Oskar hasta mediada la película. Pero en una escena particularmente impresionante, la niña se apodera de la narración, y comienza a desgranarnos sus pensamientos sobre la culpa (la que siente, como un peso), el horror por su condición, y la necesidad de seguir viviendo a costa de la vida de los demás. Un salto en el punto de vista pocas veces realizado con tanta suavidad y maestría en la historia del cine.

No quiero desvelar nada, porque quiero que quien pueda acuda a verla, o que lea la novela (cosa que aún no he hecho, pero en la red se encuentra el primer capítulo gratis, y me parece que es tan buen libro como película), pero quiero dar una clave de ternura: hay una última palabra, la que sustituye a FIN. Está en morse, pero lo aclara todo: BESO. Sólo que no lo aclara, hay que armarse para captarla. Da igual, es algo implícito. Y terrible, porque abre de nuevo un círculo que, para nuestra desgracia, hemos visto hasta su terrible final un poco antes.  

Dos cosas: ¿es una novela, y una película, “infantil”? No lo sé, y me gustaría conocer opiniones desde nuestro punto de vista, de gente preocupada por la LIJ. Creo personalmente que si un adolescente bien formado accede a ella, en novela o en película, estará dando un salto hacia arriba, porque no hay una respuesta, porque no es literatura ni cine de buenos y malos, porque entra de lleno en la más compleja profundidad de la vida. La he recomendado en una charla de terceros de la ESO, y creo que con esa edad, en la que se coquetea con una visión insensible de la violencia y el sexo, es indudable que sí. Puede suscitar un debate muy enriquecedior. Pero, ¿antes? Mi madre decía: puedes leer lo que puedas. ¿Hubiera podido con doce años? Me habría perturbado más que ahora, claro. Pero creo que me hubiera conducido hacia la verdadera literatura por atajos y trochas. La segunda “cosa”: id a verla, antes de que Hollywood decida que ya que no la ha visto casi nadie, haga su propia versión y, como siempre, la destroce.