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“¿Cómo se le puede decir a una niña que el caballo sufre?”

Un buen librero (y por tanto un buen amigo) me lo acaba de contar en Cercedilla. 

Un padre llegó a la librería para buscar un libro para una niña de diez años que monta a caballo, que ama a los caballos. El librero le recomendó “Soy un caballo”. Se lo llevó.

caballo

 

 

 

 

 

Al cabo de un par de días llegó una señora. La abuela de la niña. Con el libro. Indignada.

Lo que dijo:

“¿Cómo se puede recomendar a una niña un libro para adultos?”

Por la mente del librero debieron de pasar ráfagas de pánico. ¿Habría algo que?

“No es para adultos, ni tampoco para niños, creo que es para unos u otros, sin distinción, pero no tiene nada que…”

“¿Pero cómo se le puede decir a una niña que el caballo sufre?”

No lo admitía. La niña no tenía por qué saber que el caballo sufre. Es verdad, qué crueldad para la niña. Saber que el caballo sufre estropea su mundo. Lo desmorona. 

Lo devolvió. 

Acabo de comprar “El niño de los caballos” en la misma librería. El caso real de un padre que viajó con su hijo autista a Mongolia porque el niño había comenzado a relacionarse con el mundo a través de un caballo. Como en Ecugaia. 

Menos mal que nadie le prohibió al caballo que supiera que el niño autista sufría. Sólo así pudo ayudarle.