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EL ÁNGEL DE LA HAMMADA

Y mientras nosotros nos deslizamos por esta vida cómoda, o la vida por nosotros, mientras nos quejamos de la conexión, del precio del gasóleo, de la lluvia que no nos deja caminar fuera de las aceras, el Sáhara se hace lejano, cada vez más lejano.

Allí, aún es verano. Un horno para cada uno, que lo rodea y lo asfixia. Hemos estado en otoño, pero las horas del mediodía, desde las 12 hasta las 6, son insoportables. Pensar en el verano, cuando el termómetro no baja durante el día de los 50, ni de noche de los 30, duele, se hace aún más duro.

Insoportable también pensar que a la escuela Brahim el siroco se le llevó el techo, que los niños de la escuela Brahim beben agua cuando la hay, que la ayuda internacional apenas llega para darles un trozo pequeño de pan a media mañana.

Insoportable pensar que escriben en pizarras de letras ya invisibles. Sin libros de texto, a veces sin esperanza. Que el Bubisher es una gota de agua en un desierto sediento.

Los saharauis, antes de la invasión, cuando vivían junto al mar, cuando su tierra era suya, tenían una maldición: ojalá te destierren a la hammada. Tierra tan estéril, dura, ausente de belleza ni de caridad, no he visto nunca. Las caravanas que iban de Smara a Tombuctú ni siquiera se detenían en aquella hammada maldita. Dormían en sus monturas, los camelleros: ni poner el pie en su suelo de víboras y escorpiones, les gustaba.

Y allí están. Alguien en su despacho confía en que un día mueran abrasados, o que huyan hartos. Pero allí la vida. No se sabe por qué, allí la esperanza, allí la paciencia. Que se agota. Y nos ofendemos si les oímos hablar de guerra. Cuánta hipocresía, cuánta ignorancia del verdadero sufrimiento.

Escribí este mes de octubre en una tarde de hierro. Nada se movía en el campamento. Hacerlo era peligroso. Mover la mano con el bolígrafo cansaba. 

El ángel de la hammada. Casi una blasfemia.

El ángel de la hammada

descansa a esta hora larga.

Nada se mueve en el laberinto 

de adobe, duermen los niños

en los pliegues de la mehlfa,

hierven las piedras 

entre la arena.

 

El ángel de la hammada

afloja la garra de la condena,

contempla a sus presos

y siente pena.

Por el niño que hierve

bajo las moscas.

Por la mujer que llora

la fiebre de la carne

de su carne.

Por el soldado que carga

su fusil con balas vacías.

Por el maestro que enseña

con lápices rotos.

 

El ángel de la hammada

ya se despereza, aleja

la compasión como a las moscas.

Afila el cuchillo,

aviva los hornos bajo la arena,

seca los pozos con aliento de fuego.

 

Termina la siesta,

el anciano mumura

una plegaria, ruega a los cielos

que venga pronto y les ayude…

El ángel de la hammada.

cuba