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LA SAL DE LA TIERRA

Una mujer. Una manifestación, hace ya muchos años. Los golpes, las vejaciones. Y una promesa: no me robaréis la dignidad. Golpearon a una mujer que tanteaba en la penumbra de una causa perdida, y esos golpes forjaron a una luchadora incansable.

Hoy no hace falta foto alguna, porque Aminetu no es una imagen: es una idea. La causa saharaui es mi causa también, pero esta noche no pienso en eso, porque Aminetu no ha luchado sólo por su pueblo. Cuando ella insistía en que había dejado su juventud y casi su vida por la dignidad de su pueblo, pero ahora luchaba por la suya propia, estaba dando un mensaje universal. “La sal de la tierra” es una película que dirigió en plena Caza de Brujas norteamericana Herbert Biberman, para contar cómo las mujeres de unos mineros en huelga formaron los piquetes que lograron el triunfo final. La huelga fue en 1951. Nadie recuerda qué mina era, ni dónde estaba, ni mucho menos el nombre del explotador, del tirano: lo importante fue el coraje de las mujeres. Y su victoria, frente a todo y frente a todos.

Ahora, Aminetu ha logrado, con sus manos vacías y el corazón lleno de fe, lo que nadie había logrado antes: un agujero en un muro de 2.600 kilómetros, erizado de fusiles y radares, poblado por miles de soldados. Y lo ha logrado poniendo de su parte a los mismos países que ayudaron a la construcción del muro: Estados Unidos de América y Francia. Ha derrotado a sus carceleros, a sus torturadores, a miles de policías secretos y de uniforme. A esta hora avanza seguramente bajo la mirada helada de esos mismos sicarios para abrazar a sus hijos, que van a vivir con Madre y con Dignidad, pero que habrían vivido sin madre, pero con dignidad.

Si Aminetu se hubiera rendido, habría muerto la esperanza. Si Aminetu hubiera muerto, la esperanza se habría rendido. Esta noche he escuchado a través del teléfono los ezgarit de las mujeres de los campamentos, las cubas convertidas en miles de tambores: es su primera victoria en la paz. No será la última. Todos los muros acaban por caer. Sólo hace falta que una mano arranque el primer adobe. Ahora quedan seis hombres y una mujer en una cárcel tenebrosa. Y tampoco necesitan imagen para ver la luz: sólo una idea. Aminetu. La sal de la tierra.