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CEIBES NO MONTE

Que un instituto de enseñanza media dedique el curso a hablar de caballos, libres en el monte, de libros sobre caballos, de la relación del hombre con los caballos, es poco convencional. Tan poco convencional como sorprendente y estimulante. Galicia tiene una relación telúrica con sus caballos, que en número próximo a 50.000, aún pueblan (y desbrozan, y cuidan, casi miman) buena parte de sus brañas. Allí puedes caminar entre caballos salvajes, vestigio y resistencia de una naturaleza que agoniza. Puedes observar los comportamientos sociales de la manada, sus relaciones de poder, sus lazos de sangre. En un lugar muy distante, pero no muy distinto, Tuva, asistí una noche a un suceso emocionante: había nacido un potrillo, y aunque para no dejar a los caballos al alcance de los lobos se los mete en un cercado de noche, allí se ofició una ceremonia misteriosa y reveladora: el potrillo iba a pasar la noche acostado y, por tanto, objetivo fácil para cualquier depredador. La lógica maternal nos indicaba que la madre velaría su sueño, y así fue. Pero al situarse a su lado, con la cabeza casi encima de su aún débil hijo, reclamó algo con un relincho largo, dirigido a la manada. Y a su llamada respondieron cinco o seis yeguas, que se colocaron también con la cabeza sobre el potro, formando con sus cuerpos una compacta estrella de siete  puntas. O de siete grupas, con un pie apenas apoyado en el suelo, listo para repeler de una coz a cualquier invasor hambriento. Pero más sorprendente aún fue que Ular Ool (Hombre Pájaro), el guardián de la manada, nos dijera que las seis yeguas que habían respondido a la llamada de la madre tenían lazos directos de sangre con ella: hermanas o hijas, todas. Le pregunté si alguna vez venía otra que no fuera familiar de la madre. Negó con la cabeza, con una sonrisa orgullosa: nunca.

Que un instituto dedicara el año a los caballos, a los “ceibes no monte”, es algo insólito, salvo que la mayoría de sus alumnos vengan precisamente de esas brañas en las que la complicidad entre hombre y caballo tiene miles de años. Y allí estuve esta semana, en compañía de Eva Moreda, una joven escritora astur-gallega, autora de un precioso libro: O país das bestas. En él, a través de la memoria y un oscuro presente, Eva habla de esa relación tan antigua como el fuego.

El Instituto es el “Terra de Turonio”. Y no sólo ha hecho posibles lecturas y encuentros, sino que se ha esforzado para montar una exposición en el Museo do Pobo Galego de Gondomar (qué hermoso nombre) titulada así: Ceibes no monte.

Ni que decir tiene que los encuentros con los chicos de Turonio (es el nombre clásico de la comarca cuya capital es Gondomar, al sur de la provincia de Pontevedra), fueron apasionantes, porque sabían mucho más que yo de caballos. Habían leído mis contribuciones a la “literatura de caballos”, y, como es lógico, desconfiaban (algunos) un poco de mi visión romántica del caballo. El intermediario entre el hombre y la naturaleza, como me dijo aquel chamán en Tuva.

Ya por la tarde, en una sala ocupada por hombres curtidos por el viento de las brañas y el roce cotidiano con los caballos, Eva y yo compartimos mesa con Santi Veloso, el profesor entusiasta que siempre hace falta para hacer algo extraordinario e inolvidable, y nada menos que Xosé Luis Méndez Ferrín. Un hombre a caballo. Y un hombre de cuerpo entero, comprometido y valiente: irredento galleguista, preso político, poeta, narrador, pensador. Propuesto alguna vez para el Nobel de Literatura, director de A Trabe de Ouro. Pocos como él conocen la geografía de Turonio, y no sólo su geografía física, sino también su geografía humana y equina. Fue una charla inolvidable, trufada de reivindicaciones de los besteiros que llenaban la sala, y fruncían el ceño ante el retroceso inequívoco de sus tradiciones caballares. De equinofobia habló Ferrín. Y de olvido: del que han practicado los intelectuales gallegos, puesto que la novela de Eva Moreda es la primera en su historia que ha tocado el tema tan de frente.

Qué privilegio, compartir mesa con todos ellos. Y qué aroma a monte, a estiércol, a vida, llegaba hasta aquella sala. No había caballos: había caballistas. Viva la vida.

ceibesFoto de Juan Carlos Asorey. Flickr