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ESCRIBIR AL TROTE, ESCRIBIR AL GALOPE

Cuando tratas de galopar sin haber aprendido a trotar con un absoluto dominio del caballo, te caes. Irremediable. Algunos de los jinetes primerizos no son capaces de volver a montar: el miedo se lo impide. Otros vuelven a subir, empiezan de cero: esos son los auténticos caballistas.

Me escribe hoy un joven ya viejo amigo, desde un país remoto, en el que le conocí hace un par de años. Quiere ser escritor, y su voluntad es más fuerte que él mismo.

Durante este tiempo he querido que fueras más despacio. Pero seguramente no he sido capaz de dedicarte el tiempo necesario, y me siento culpable. Me dices que lo que has escrito le ha parecido torpe a alguien. Puede que tenga razón, pero también puede que no. Escribir y leer no son actos simétricos. Es posible, sí, que en lo que has escrito haya un galope, y que quien lo ha leído esperara un trote. No lo sé. Pero da igual.

Trotar bien no es llevar la espalda recta y hacer las flexiones correctas con las piernas. Ni llevar las riendas en el espacio exacto que hay entre el pomo de la silla y tu ombligo. Ni los pies en perfecto plano paralelo al suelo. Trotar bien es sentirte uno con el caballo, no tener que escindirse para tomar decisiones, no pensar en que vas a girar hacia la derecha, como tampoco lo piensas cuando caminas por la calle: giras, sin dar órdenes a tus pies, ni a tu cuerpo. Es más: para trotar bien es preciso haber tenido esa sensación antes, cuando cabalgas al paso. Sentirte uno con el caballo, aceptar su fuerza y conseguir que el caballo acepte tu voluntad.

Es decir: para escribir una novela es imprescindible ser capaz de dominar un relato breve. No importan las páginas, importa el valor de cada palabra, como en un conjuro cuenta cada una de sus partes: si la receta dice que hay que añadir patas de saltamontes, no se pueden sustituir por patas de escarabajo: entonces no convertirás a la niña en princesa, sino en rana.

La mejor poesía que conozco (lo he contado muchas veces) la escribió Miguel, un chaval de 10 años:

“Una campana que no suena,

Toca el silencio.”

Dos versos tan solo, pero en los que no se puede añadir nada, ni un artículo, ni un verbo, ni un adjetivo: ni siquiera una coma o un acento. Y que, precisamente por eso, por su precisión y su concisión, dice muchísimo, como pedía Gloria Fuertes: “Decir poco para que nos diga mucho”.

Hace poco le pedí a una amiga muy joven también (pero tremendamente enamoradiza) que escribiera una página en la que se sintiera el amor, pero sin usar la misma palabra Amor, ni Beso, ni ninguna de las que comúnmente se asocian a él. Y lo hizo. Y cómo lo hizo. Y qué inolvidable relato en el que tampoco faltaba ni sobraba nada, pero que hablaba de amor.

Escribir un libro no es acumular páginas. Es muy frecuente que alguien de diez o doce años me diga: estoy escribiendo, ya llevo… Tantas páginas. Y yo le replico: no eres capaz. A escribir un libro no me puedes ganar, pero sí que me puedes ganar escribiendo algo de quince, veinte palabras como máximo. Porque así tendrás que escoger cada una, y redondearás la frase, y nada sobrará, y nada faltará. A eso sí que me puedes ganar. Ya conté (creo) el relato que escribió una niña canadiense de once años, sólo con ocho palabras. Ocho.

“Reina quería a matar a Rico, pero le amaba”.

Ni la alianza de los últimos diez premios Nobel de Literatura podría superar a la niña canadiense. Igualarla, tal vez, seguramente. Pero superarla, imposible. Porque su relato de ocho palabras no puede tener menos, pero tampoco necesita tener más. En él hay misterio, amor, peligro, tensión. Y deja en quien lo lee sensaciones difíciles de explicar. Hablo de esto a menudo en los colegios a los que voy a dar charlas. Pero seguramente después el maestro les pide a los niños que hagan una redacción de dos páginas: galopar, antes de saber trotar.

He recibido estos días dos cartas de dos amigas a un personaje de uno de mis libros, Kori. Pensé incluso en colgarlas aquí, porque son cartas de nueve líneas. Pero nueve líneas certeras, directas al corazón de Kori y también al mío: cartas de cariño, de amistad. Bellamente escritas. Claudia y Cristina, amigas de Kori. Ya llegará para ellas el tiempo de galopar: de momento han probado ya la delicia de un trote sencillo, y han dicho tanto en sus nueve líneas como yo en las 100 del libro. Me han ganado, también.

Por eso, amigo remoto. Vuelve a subirte al caballo. Y empieza otra vez. No lo fuerces. Hazle sentir con el lenguaje imperceptible de tu cuerpo que quieres ir a la derecha, y él irá. Y cuando quieras frenar no le hagas daño con el bocado en la boca: detente tú, y se detendrá él. Seréis uno. Y una mañana sin viento, cuando todo invite a ello, ponte a galopar: con él, no a costa de él.

gota

Preciosa foto de Andoni Canela, aportada por Alex: lo grande en lo pequeño, el todo en lo más humilde…