Noticias

EL CAMPO NO EXISTE

Peonza acaba de publicar un especial dedicado al Mundo Rural y el Universo Urbano.

Me pidieron un artículo sobre el tema. Que me interesa, o más bien me obsesiona. Comparto el este nº91 de Peonza con José Luis Polanco, Jesús Marchamalo, Julio Mateos, Aurelio González Ovies, Mercè Lloret, Mariano Coronas, Juan Martínez-Conde, Ainara Bezanilla, Carmen Segovia. Y es un honor, tanto como un placer.

Aquí os dejo mi obsesión, más bien pesimista. Me gustaría conocer vuestra opinión.

Seré radical. Naturaleza (me) obliga.

Vivo en el campo. En el entorno en el que disfruté la parte más importante (y más hermosa) de mi infancia. Queda apenas un rincón, sin embargo, en el que puedo sentirme como entonces. Una esquina del espacio, y también del tiempo. El resto es desolación, ausencia, pérdida. Y ficción, una bonita y ya artificial ficción. Nunca podría pretender que aquel campo amoroso y dadivoso –tal vez nada más que un sueño infantil- sea lo mismo para un niño de hoy que para el niño que fui(mos). Para mí, niño de ciudad al fin y al cabo, fue así: romántico, aromático. “Et in Arcadia, ego”. Para los niños del propio campo era libre, salvaje, misterioso, un territorio ajeno al desorden y la destrucción del progreso. Ninguna de esas dos visiones es posible ya para la vida, y si la literatura es la reflexión de la vida, los niños, reales y ficticios, se han quedado huérfanos de campo. Sólo es posible ya la nostalgia. Pero la nostalgia no es presente.

Dicen algunos personajes de “El síndrome de Mozart” cosas tan duras del campo que casi me ofenden. En el corazón. Pero las entiendo con la mente más fría, siento que las comparto: Irene, adolescente en tránsito: “Hay algo en el campo que me atrae con morbosidad. Es algo relacionado con la putrefacción, con la muerte.” Y luego Tesa, ángel negro de corazón pétreo: “En la ciudad el hombre se siente a salvo. Sus edificios son horribles porque él lo es. Sus humos, sus olores, no son más que la máscara de la fealdad. Y por eso le resulta hermosa. Me gusta la ciudad. Odio el campo, con su falsa armonía, con sus hierbecitas y sus bosques olorosos. Porque en el campo sé lo espantosa que soy, lo espantosos que somos todos. El campo es hipócrita. Me da asco, sólo de oler la hierba.” Y de nuevo Irene: “Pero aquella muerte lenta de Cansares, del campo, de sus viudas, era el prólogo de la muerte del hombre.”

Yo, no sé si lo odio. Más bien lo compadezco. Porque sí, está herido de muerte. Es el escenario de una comedia en la que el hombre, que lo va destruyendo cada segundo desde el coche y las tiendas, comprando sus despojos y pagando por sus contaminantes, aún lo canta en sus poesías, y da once meses de trabajo por vivir uno en su ficción: el turismo rural, durmiendo en el mismo espacio en el que dormían las vacas, paseando por los caminos de bueyes convertidos en pistas de ruidosos quads o voraces (y disparatados) todoterreno. Por todo eso, nunca sería hipócrita. Otro de mis protagonistas, el Silvestre de “A la mierda la bicicleta”, se queda aislado del mundo en su postura de coherencia y defensa sin condiciones de un campo agonizante, pero que aún cree posible, habitable. Vive en su carne todo el drama de esta sociedad hipócrita: retratar la naturaleza con el patrocinio de una empresa cuya consecuencia es la destrucción de la propia naturaleza. Es el progreso, sí, pero para Silvestre permitirlo es traicionar todo lo que ama. Es un pequeño héroe, sí, un radical, pero el precio que paga es dejar de ser parte de la especia humana, la renuncia. Y por tanto no resulta ni siquiera creíble, salvo si aún creemos que la individualidad es todavía posible. Años más tarde Lucía, en “En un bosque de hoja caduca”, se queda sentada en su refugio, “con el culo pegado al asiento”, incapaz de levantarse y dar un paso compasivo para evitar lo que sabe que, por más que natural, es un crimen: traiciona lo que sabe que es su pertenencia a la naturaleza, porque ella no es una heroína como Silvestre, se convierte más bien en su antítesis, y durante el resto de su vida arrastra la culpa de ese instante, en el que “se hizo mayor”, en el que en realidad se hizo parte del mundo hipócrita de los adultos, los que consideran que no forman parte de la naturaleza, sino que están por encima de ella.

No, aunque creí hace veinte años en Silvestre, ya no es posible, como antes dejaron de serlo Heidi, ni el chaval fascinado de “El gran Meaulnes”, ni ninguno de los niños que vivieron el campo infinito en las páginas de libros escritos por hombres y mujeres que aún no sospechaban el exterminio, la solución final para el campo: arrasarlo y regarlo con lágrimas de cocodrilo. Con falsas lágrimas de diseño. Cuando una niña decide ir a pasear por el campo con sus padres lo hace por un territorio falsificado y ya vacío de significado real. Viajé a lo más profundo del Sáhara, aparentemente idéntico al de siglos atrás, para constatar que hasta ese campo remoto, de cuevas prehistóricas y dromedarios estólidos, es ya una mentira: el Land Rover ha acabado con su esencia y se va “a la badía”, al campo, para reponerse y poder seguir viviendo después en la ciudad: buscan el eco de lo que fue esencial, han convertido lo esencial en folklore.

Y el niño de lo que aún llamamos “el campo” vive sin vivir ni en él ni en el campo, envidiando la ciudad, evadiéndose de la desolación a través del móvil e Internet, perplejo y trasplantado, convirtiendo los caminos de antaño en pistas de carreras o simplemente en nada.

Soy terco, y sigo queriendo mirar al campo, llevarlo hasta el dormitorio de los jóvenes y los niños, pero me cuesta cada vez más, porque ellos no lo quieren: como a Tesa, les parece algo tan ajeno como el programa escolar, empeños de los adultos en mantener una ficción vacía de significado dentro su mundo, que es el real. Y así ando enredado desde hace años en una novela que seguramente nunca acabaré, y de la que sólo siento como auténtico el título: “En tan oscura tierra”. Es la historia de un muchacho real que, siendo niño, se convirtió durante unos años en el último habitante del campo. Hasta que descubrió lo cerca que está ya, siempre, la otra vida, la de la ciudad. La única. En este muchacho lucharían Silvestre y Lucía para imponer cada uno su verdad, pero me duele pensar en escribir la derrota de la autenticidad, o más bien pensar en qué es en realidad “lo auténtico”. Como el Billy derrotado de “En la frontera”, de Cormac McCarthy, llevando a caballo hasta la carretera asfaltada el cuerpo sin vida de Boyd. Ya sin vida. “Se quitó el sombrero, lo dejó delante de él sobre el asfalto, inclinó la cabeza, se llevó las manos a la cara y lloró”. Todas las derrotas del mundo.

Tal vez sea verdad que todo son ciclos. Tal vez acabe el tiempo de la reglamentación y la prohibición. Tal vez vuelva el campo a cobrar sentido, algún sentido. Será de otra forma, pero en ese tal vez está el embrión de un niño que vuelva a sentir algo parecido a lo que sintieron otros niños que ya son polvo, o memoria. Y entonces, sí, tendrá sentido de nuevo escribir sobre ese idilio entre el cachorro y su cueva. Pero, hoy, 2009, fin del verano, sólo cabe decir que no hay agonía ninguna. Que ya no la hay. No, no está herido de muerte. Ese titular nunca se escribió, y ya es tarde: ahora, el campo no existe. Billy llora sobre el asfalto.