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CUANDO TENÍAMOS MIEDO Y ÉRAMOS FELICES

Este viernes viajé al pasado.

Al de mi corazón, al de otros 35 corazones.

Llegué hace casi 40 años a la Facultad de Ciencias Políticas, la única carrera que no había en Valencia y que me iba a permitir echar a volar. Pero la facultad, una escalera de cubículos junto al Palacio de la Moncloa, estaba ocupada por policías de gris que patrullaban por su interior con casco, pistola y porra. No traía más ideas en la cabeza que el deseo de un mundo en color, en el que el gris no cabía. Y me dije que vería la salida de aquellos uniformes de la facultad, de toda la universidad. Y lo conseguimos.

Para hacerlo me acerqué a los que más y más organizadamente luchaban. Tan jóvenes como yo, pero nimbados por un raro aire de santidad, de una seguridad en sí mismos que nunca había visto. Y de valentía. Santiago, Domingo, Fernando, Juan, Lorenzo, Chema… Los comunistas. La imagen que me ha acompañado siempre en mi vida es la de Santiago, puño en alto frente a los caballos, los cascos y las porras. Sin retroceder un metro. Nos citábamos antes del alba para ir a la puerta de las fábricas a decirles a los obreros que cabía la esperanza. Y llegábamos después a la facultad con la fe bailando en nuestros ojos. Nosotros veíamos la luz al final del túnel.

Esta noche de mayo miraba a mis camaradas de célula. Llegamos a ser 68, pero entonces éramos un puñado tan solo: Tina, Rafa Julia, Isabel, Marcel, Luis Miguel, Custodia, Javier, Matilde… Algunos, tan inolvidables como Custodia, han muerto en el camino, y de los vivos tampoco estábamos todos, pero estaba allí reunido un todo inconcreto y único al mismo tiempo. La biología nos ha trabajado a fondo, el tiempo ha pasado. Y durante unos minutos, mientras nos escuchábamos unos a otros, viajé en el tiempo, sí. Estábamos en la misma facultad en la que teníamos 20 años eternos, inacabables. Amábamos, queríamos, luchábamos, teníamos miedo, nos lo sacudíamos de encima. Y de pronto me di cuenta: cada uno de aquellos seres humanos por cuyo futuro en libertad habría dado entonces mi vida, sin pestañear, eran 36 futuros míos, era yo multiplicado por 36: en un futuro era periodista, en otro funcionario, en otro poeta. En uno había echado barriga, en otro había muerto, en uno resplandecía, en otro languidecía. Eran ellos, pero era yo también.

Y ninguno hablaba de sus éxitos o sus triunfos, al estilo de las reuniones de antiguos alumnos y nuevos ricos. No, cada uno hablaba de sus sueños de entonces y de los momentos compartidos, del miedo y la esperanza: eran recuerdos de cada uno, pero cada uno era el futuro de todos quienes fuimos.

Quise que se detuviera el tiempo. En el bar, en el aula 3, o abrazado a Santiago, el Capitán Carballo, como si acabara de salir de la cárcel, como si le abrazara aún ensangrentado al salir de sus 24 días de torturas en la DGS. No quiero que se acabe ese abrazo nunca, por tanto como le quise, por tanto como quiero a cada uno de ellos. Que no se acabe nunca, que cuando muramos el abrazo aún dure, el que nos dimos hace 40 años al confiar los unos en los otros, el que nos dimos esta noche de mayo, el abrazo que hacía que mágicamente hubiera desaparecido el miedo. Nadie miraba hacia la puerta, nadie temía el repiquetear de las botas por el pasillo. Juan Trías Bejarano, el valiente joven profesor que sabíamos que también era comunista, sonreía inacabablemente desde su asiento, y en sus ojos claros estaba el presente y el pasado: estaba yo, un joven barbudo que gritaba amnistía.

Les he pedido (os pido, si me leéis), que me mandéis vuestros recuerdos del miedo, porque quiero contarles a nuestros hijos que pagamos el precio del miedo a cambio de la libertad, en una novela que se llamará “Una verdadera historia de miedo”. Que será nuestra también.

Conté para acabar mi intervención algo de hoy, porque en el hoy de esos jóvenes está nuestro hoy de entonces, porque aunque sea de otra forma hay miles y miles de jóvenes que siguen sabiendo, como entonces, que el miedo se vence como lo vencía Santiago, que la libertad no cae del cielo, que se conquista aguantando día tras día en una oscura celda: que no, camaradas, que hace 40 años, que ahora y siempre, “por favor no dan”.

Gracias, Rafael y Agustín, por inventar esta maravillosa máquina del tiempo que nos ha permitido ser estos y ser aquellos en el mismo instante, que hará eterno el abrazo y que hará que muramos abrazando pasado, aquel futuro, al capitán Carballo, mi más valiente yo, capitán, mi capitán.

Todos hablamos, y nadie estaba arrepentido. En este 2010 era 1970, 71, 72, 73. Y todos volvíamos a “pedir la entrada”. Para alumbrar la libertad, para volver a pagar con el billete del miedo la luz de la libertad. Para ser eternamente felices.