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TRANCOS

No me gusta la palabra perro. La hemos destrozado, como hacemos tantas veces con aquello a lo que más deberíamos querer. ¿Por qué tiene una connotación negativa la palabra que designa a alguien tan sincero, tan limpio en sus afectos, tan entregado? La primera vez que leí La Odisea me quedé una noche destrozado porque se había acabado, y porque en el último capítulo aparecía Argos, echado en un montón de estiércol, con nada menos que veinte años y todos los achaques de la vejez, pero recociendo a su amo, Ulises, como si no hubiera pasado un día desde su partida. El único que le reconocía, y el único que no se ponía a calcular lo que supondría su regreso. Después, cumplido su sueño de volver a oler a Ulises, moría.

Por aquel entonces mi Argos era Fango, el primero de mis perros. Lo habíamos sacado Antonio y yo de la madriguera que la madre había excavado en el inmenso estercolero municipal de Valencia, entre el parque de los Viveros y las Alquería de Palmereta. Antonio me enseñó todo lo que sé de perros. Él se llevó a Barro, y yo a Fango. Eran feos como demonios, pero Fango fue el mejor perro que he conocido. Algún día contaré sus historias, la de Fango y la de Antonio. He dicho que fue el mejor de los perros que he conocido, y lo mantengo. Y lo mantendría si hablara de los otros siete con los que he convivido: Tom, Kazan, Trompo, Woody, Buller, Granny… Y, por supuesto, también de Trancos. Al que dejamos descansar hace dos días, evitándole el dolor y la perplejidad de no poder moverse, él, que fue un auténtico atleta.

Vi nacer a Trancos. Junto a Pulga, Tristán, Osa, Oso, Crazy y otra de la que no recuerdo el nombre. Hijos de Granny, que quedó embarazada por poderes (veterinarios) de Truc, el espléndido gos d’atura de nuestro amigo Feliciano.

Le bautizamos con el nombre del montaraz, no el del rey secreto de Tolkien. Era como imaginábamos a Trancos: oscuro, misterioso, fuerte y rápido, sigiloso y amable. Por aquel entonces Tina y yo escribíamos La Puerta de Mayo, y su nacimiento quedó reflejado en un capítulo de extraña angustia e intranquilidad por la responsabilidad del alumbramiento. Ese capítulo era el envés de la hoja de la vida, porque no hubo en la suya, salvo cuando hace tres años murió su madre, una gota de angustia.

Fue un cachorro delicioso, y vivió siempre junto a su madre, y dormían enroscados de tal modo que no sabías donde empezaba uno y donde la otra. Ella le enseñó los misterios de la vida en los prados de Figueras: Arnela y su playa de piedras, el prao de Romanón, el camino del Covo, Las Torres, el camino de la Viuda…  Ese, y nuestra casa, fue su mundo. Granny, como él descendiente de pastores de ovejas, necesitaba un trabajo. Me ayudaba con las yeguas cuando las sacaba al pasto, pese a las frecuentes malas pulgas de estas. Y buscaba las bolas que le lanzaba tan lejos como podía con un palo de golf a las zarzas y los artos. Lo hacía con dedicación minuciosa, profesional, y gozosa. A ella le había enseñado Trompo, así que ella hizo lo mismo con Trancos. Y cuando este aprendió a encontrarla y traerla, ella dejó de intervenir, salvo cuando Trancos no lo lograba. Era prodigioso cómo le mostraba lo que había que hacer: sé sistemático, le decía, no des carreras en vano. Calcula la dirección y la distancia de la bola por la postura de Gonzalo. Ve eliminando, delimitando, déjate guiar por el olor, y cuando la tengas localizada sin lugar a error, horada la sebe, poco a poco, hasta llegar a la bola.

Todavía hace quince días, Trancos lo hacía así. Con 16 años, con cataratas en ambos ojos, casi sordo del todo, pero con las lecciones de su madre bien aprendidas y un olfato que muchas veces me ha hecho pensar en el prodigioso sentido que es para ellos, tan distinto del nuestro. Trazan las bolas, o los pies, o lo que sea, auténticos senderos en el aire.

En los buenos tiempos jamás se perdieron tampoco, ni Trancos ni su madre, un rato con las yeguas. Nos acompañaban a Tina y a mí, por lejos que fuéramos, a veces jornadas de varias leguas cruzando riachuelos y carreteras. Siempre entre las patas de las yeguas, sin molestar ni ser molestadas. Cada paso, cada tranco, un prodigio de cálculo y efectividad.

Otra de las satisfacciones profundas de Trancos era acompañarme por las mañanas mientras escribía. Esperaba gozoso y sonriente el final de las rutinas, al pie de la escalera. Subía conmigo con jadeos de felicidad, y cuando ya estaba sentado ante el ordenador se enroscaba entre mis pies. Mucho de lo que he escrito ha sido con su ayuda y su consejo. Cómo me miraba, cuando yo dudaba. Y, de verdad, muchas veces, el modo tan sencillo que tenía de comprender la vida, era una pista, o directamente la solución a mi problema: en línea recta, diciendo lo que se siente, como él hacía lo que sentía.

Estos últimos diez años Trancos ha sido el mejor amigo y compañero de Tina. En sus paseos, escribiendo con ella, leyendo, viendo una película en la tele. Amando, con la misma felicidad que Argos sintió cuando bajo los harapos olió, sin lugar a dudas, a su añorado Ulises, pero renovada la felicidad mañana tras mañana, tarde tras tarde, velada tras velada.

Ha llegado a su final y descansa ya en la huerta, su territorio sagrado, al lado de donde yace su madre, justo donde solía caer la bola que le lanzaba con el palo por encima del tejo y los sanjuanines. Junto al lugar también en el que hace tres semanas escuchaba, como nosotros, a Limam leyendo los poemas de su nuevo libro, cerca de una hoguera hecha con ramas de enebro. Tina va a plantar a su vera una mata de lavanda. Nos regalará su aroma, desde la tierra.

Estoy escribiendo un libro que comenzó a crecer este invierno, cuando los primeros achaques de Trancos llegaron, hice cálculos, y supe que apenas le quedaban unos meses de vida, como así ha sido. Estará dedicado a él, que sabía lo que no había que saber, y por eso era tan sabio: ni futuro, ni pasado, ni preocupación alguna: sólo ahora. Sólo sol en su piel, caricia en su cuello, cerca de los pies de aquellos a los que quiso. Yo lloraba porque intuía su muerte, pero él se limitaba a gozar de los primeros calorcillos del sol de primavera. En ese momento quise ser como él. Incluso ahora también. Quien no sabe lo que es la vejez ni la muerte, no muere, ni siquiera envejece: es.

Hace dos días, en los pocos minutos que tardaron sus músculos en aceptar la quietud, había reflejos en sus pezuñas y en sus patas de lo que sin duda era su último sueño: buscaba la bola, la encontraba, la devolvía y esperaba el ciclo, tan pequeño, tan inmenso: eterno.

Gracias Trancos, por tanto, por siempre, por cada segundo de tu vida sin principio ni final. Por tu lección de vida.

Una de las últimas fotos, tomada por Limam.