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EL SAHARA Y LA FANTASÍA

Vuelvo de Smara, mi pueblo. En un mes he adelgazado nueve kilos: son los kilos que aún nos sobran, la esencia lípida que separa, como en “El beso “de Limam, la boca hambrienta de África de los labios siliconados de Europa. He adelgazado y he sido feliz. Hemos comenzado a levantar la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Clara y Roge, nuestros arquitectos, siguen allí aplicando la imaginación  a la construcción de un complejo abierto y espacioso: humilde como todos los efímeros edificios de los campamentos, pero atractivo: será biblioteca, aula, cine, salón de lectura, jaima de los panes y los peces de la lectura. Hecho con adobe y entrega.

Pero estos días han sido mucho más. Nos hemos movido a bordo del Bubisher y en los escondidos puertos de los barrios de Smara hemos encontrado un silencioso ejército de niños que sueñan con el camino infinito de la cultura: Abdulláh, que nos sorprendió recitando los últimos versos del “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo, y que luego nos pedía “más poesía” en la fiesta de aniversario del Bubisher. Mahyuba, de once años apenas, con quien mantuve la más maravillosa conversación sobre literatura en la que he participado nunca. Alia, que en la escalera del Bubi entendió como nadie lo que significa leer, más allá de juntar sílabas, y que después lo demostró ante los niños de Farsía leyendo la primera página de Elmer desde el sentimiento más profundo. Zia, que devora libros en su jaima bajo la manta, con la linterna encendida alumbrando su futuro. Cheguali, el niño melancólico de Hausa que guarda como un tesoro las razones de su tristeza. Batah, el chaval del colegio de Abda que dibuja como un alumno de bellas artes sin que nadie le haya enseñado nada y sueña con ilustrar un libro. Kori, el niño que estuvo en verano en Asturias y que ha hecho suyo Palabras de Caramelo. Fatimetsu, la mujer que fue niña e inspiró hace 11 años ese mismo libro, y que ahora quiere ser, a pesar de su sordera, voluntaria del Bubi. Y Karkaza, y Hussein, y Rhim y Menina y el pequeño Hassana (al que podéis ver ahí arriba, pico en mano, bajo la protección de Hamida). Y todos los niños y niñas que han recibido como tesoros las cartas de los alumnos del Julio Caro Baroja de Málaga, y que han contestado inflamados de sueños. Y Tuttu, que marcó el camino para escribir en el aire “El niño de luz de plata”, que será uno de los primeros libros del Bubisher.

“El niño de luz de plata” es un cuento colectivo. A menudo, aquí en España, defendemos los libros y cuentos que hablen de la realidad, que digan a los niños de la meliflua Europa que debajo de la fantasía hay un suelo. “El niño de luz de plata”, que firmaremos todos los asistentes a esa inolvidable “Tarde del Bubisher” en el barrio 1 de Farsía (Memona, Enguía, y casi veinte niños del vecindario) es todo lo contrario: por encima del suelo de polvo y piedras de la Hammada, nos sobrevuela la fantasía. Y la luna, de la que Neshé es confidente nocturno. Y de la que una tarde empezó a bajar una escalera de plata.

Más que nunca, mientras luego contaba el cuento a chicos de otros colegios y barrios y Clara Bailo lo hacía aparecer como por arte de magia en un papel traslúcido instalado en el Kamishibai de Jóse, he comprendido el sentido de lo que unos cuantos locos estamos haciendo allí: enseñar que para soñar hay que elevar los pies del suelo, y que eso requiere un esfuerzo. Viajamos a los campamentos para enseñar, pero sobre todo aprendemos. Y ofrecemos el Bubisher, y ahora su Nido, a todos los que quieran aprender enseñando, a tener dando. Tanto, que debería ser obligatorio pasar allí unos meses (o en Guatemala, o en El Salvador) antes de dedicarse aquí a la enseñanza.

Vengo, he venido, pero aún estoy allí: aquella es mi patria, la de la fantasía, la que me hace libre entre el dolor del exilio y el polvo del siroco. Ese “Niño de luz de plata” será libro bilingüe, para que se pueda soñar desde los dos extremos, ricos y complementarios, para que sea de ellos pero también nuestro, lección viva para las clases de hassanía de Bachir, nuestro profesor. Lo ilustrará Batah y será su sueño de tinta y plata. Lo abriremos con orgullo, ni de izquierda a derecha, ni de derecha a izquierda: como el mundo inclinando su eje hasta ser igual, de todos, para todos.

He perdido nueve mil gramos. Quiero merecer nueve mil amigos.