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DOS MESES, DOS CALORES

Ya he vuelto. Han sido casi dos meses y otros cuatro kilos menos. En la tripa, porque en el corazón son muchos kilos más. El Sáhara es duro, y en dos meses se vive de todo: calor extremo (45 grados a la sombra, y sin sombra), frío, lluvia (y un arcoiris, “hatanet”, inolvidable), siroco y hasta una “tormenta roja”, la temible “guetma hamra”. Más duro aún cuando se está construyendo un edificio por la mañana. El Nido ya está casi listo. Más caro de lo que preveíamos, pero con la energía constante de ver por las rendijas que aquí, en España, se seguía trabajando en todos los frentes para que no falte dinero para acabarlo. Convivir con Clara y Roge, Hamida, Hassanna, Abdelahi, Bader, Skeirit, Mohammed, Zleima y Sidi ha sido una lección de vida. Vida muy temprano, cuando Clara y Roge se levantaban al amanecer, antes que nadie, para estar al pie del cañón, al pie de la carretilla, al pie del “volcán” en el que se templaba el cemento; trabajando como albañiles las más de las veces, vigilando cada línea recta siempre, inventando, innovando, mezclando sus conocimientos con la fuerza de la tradición, que no siempre es lo mejor.

Duro, sí, pero tierno también: así es el Sáhara. Con el calor del termómetro convive otro calor: el de los corazones. Los campamentos siguen en pie, y se lucha cada día por la dignidad, por la vida. Pero también es verdad que la educación (cada vez más niños y menos maestros) está en crisis. Por eso es aún más necesario el Bubisher, para contener la hemorragia, para que los niños que quieran leer y formar una verdadera cultura puedan hacerlo. Y cuando dejen la infancia atrás, tendrán el Nido, la red de bibliotecas que más pronto que tarde habrá en todos los campamentos. Las mañanas en las escuelas son una explosión de interés por lo libros, de deseo de saber. Y por las tardes, los clubes de lectura florecen llenos de fuerza. Lo hemos comprobado en este tiempo, casi incapaces de contener tanto deseo. Muchas tardes el Bubi tiene que cerrar las puertas, limitar el espacio a los mejores y sentarse a llorar por los que aún no pueden seguir el ritmo. Hacen falta más clubes, más monitoras, más voluntarios. Cuatro al mismo tiempo han sido muchos hasta ahora para que la convivencia sea fluida. Pero en las dos últimas semanas éramos ocho, y pese a todo se vivía, y sobre todo se luchaba por el futuro de cada niño.

Qué experiencias tan valiosas. No sé si estaba escribiendo, seguramente no, pero estaba “escriviviendo”. En la pasión de Zia por escribir una novela, de Tuttu susurrando sus soluciones para “El niño de luz de plata”, el cuento que editaremos este año con su firma y la de los demás niños del club de Farsía Barrio 1, entre los que me incluyo, socio, “seibani” de honor entre los niños de Enguíya. En la sed de poesía de los de Mahbés, Abdulláh al frente. En los cuentos en hassanía narrados con abrumadora profesionalidad por Niha, apenas una niña, pero con memoria digna de una anciana sabia. No hemos perdido el tiempo, no. Hemos sacado de la arena poesías, hemos afinado las gargantas para recomponer nuestro pequeño himno, el “Mano con mano (leid fi leid)”, hemos dado otra vuelta al “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo… Hemos visto las estrellas en una noche mágica con el telescopio de Juan Aldazoterena, hemos disfrutado de las poesías y los talleres de Luali, Chejdan, Mohamidi y Saleh.

La eterna duda, las dos maneras de ver la vida: dos meses menos, o dos meses más. Más, sin duda. Vividos entre dos calores, el del termómetro y el del corazón. Volveré. Qué digo: volveremos. No hay loco de ida sin loco de vuelta.