Otras

EN RECUERDO DE LELIA

Estuve esta primavera en Quito. Aprendí más que enseñé. Invitado a participar en un congreso de escritores de habla hispana, se trataba de que cada uno diéramos nuestra visión de le literatura. Fue, como dije allí, presentando al alma del congreso, Leonor Bravo, un congreso de almas y no de nombres. Nos emocionamos unos a otros, entendimos que escribir es volver a vivir. Aprendimos que es bueno decir que cuando mentimos decimos la verdad, y no al revés.
He recibido no hace mucho los cuentos australes que Lelia Martínez leía en la radio, en las noches patagónicas. Ya escribí sobre su muerte, cuando esta llegó, tan de puntillas. Quiero, hoy, decir aquí lo que dije allí. E ir haciendo balance de un año en el que pasaron tantas cosas hermosas como espantosas. Apostemos por la belleza, por la verdad, por la libertad.

EL NIÑO QUE FUI, LA MUJER QUE SERÁ

Soy el niño que fui. Y también soy el hombre que fui, y el joven, y el adolescente. En mí están los recuerdos buenos, las incertidumbres. Las sonrisas, las risas y los llantos. Lo que hice bien cuando lo hice, y lo que hice menos bien. Cuando fui un verdadero amigo y cuando no lo fui. Cuando leí un cuento y me emocioné, cuando fue mi madre quien lo escribió y me lo leyó en la cama. Todo eso soy yo, el peso de mi tiempo, la espuma de mis días.
Y del mismo modo, cada niño es también el hombre, la mujer que será. Y el adolescente, y el joven, y hasta el hombre que un día se despedirá de la vida. En el niño que ahora deletrea en una escuela está el profesor que será, el poeta que atrapará a la mariposa en su vuelo fugaz para convertirlo en eterno entre las páginas de un libro.
No hay acto sin consecuencias. Si ahora cierro la tapa de este cuaderno, el futuro no será el mismo. Dicen los modernos sabios de la física cuántica que a cada instante se abren cientos, miles de futuros posibles, y que cada vez que elegimos tomar el vaso y beber o dejarlo y aguantar un poco más, transitamos uno de esos futuros posibles: solo uno. Y la vida es pues el tejido de tu futuro posible y el mío. Me lees o me escuchas, los dos dependemos del otro, y así hasta una combinación infinita.
Por todo eso, quiero hablar aquí, en Ecuador, de nuestros actos y sus consecuencias. De nuestras decisiones personales, que afectan a los que viven y a los que vivirán. Aquí, en este mismo foro, estuvo no hace mucho una buena amiga, Lelia Martínez. Ya no puede estar. Un triste día, sus hijos me escribieron para decirme que por desgracia, Lelia ya no podría seguir escribiéndome. Que esté hoy aquí, ha sido una consecuencia más de la vida y los actos de Lelia. Y esa es una buena paradoja: estoy aquí porque ella estuvo aquí, y estoy aquí porque ella ya no está. Entregó su vida a la literatura, convencida de que los niños de la Patagonia necesitaban a los libros, de que seguirán necesitándolos. De que son los niños que son, pero son también el hombre, la mujer que serán. Y por tanto, un libro más en sus vidas es una puerta abierta a un futuro que no es el mismo que con un libro menos. Como dijo Federico García Lorca en 1932 en la inauguración de la biblioteca pública de Fuentevaqueros, su pueblo, si un niño te pide pan, dale medio pan y un libro entero. La voz de Lelia se extendía desde San Carlos a Nauquén a través de la radio. Leía cuentos en las noches patagónicas, y esos cuentos enteros (y esa voz entera) cambiaban el futuro, el destino de los niños que escuchaban. Trabajaba en las escuelas de los barrios más humildes, llevaba la palabra hasta sus niños, y con ella les proporcionaba una linterna para alumbrar el camino más oscuro. No hay acto sin consecuencias, y si la vida de Lelia fue espléndida es porque sus actos generaron más hombres y mujeres liberados del yugo de la ignorancia, de la miseria intelectual, la peor de todas las pobrezas.
Y Lelia habría añadido en esta tribuna una simple, luminosa verdad, que digo yo en su nombre: cada niño que se incorpora a la cultura cambia su futuro personal, pero también cambia un poco el curso del río de la historia, altera el futuro. Es solo aparente la casualidad de que aquí, en Ecuador, quiera hablar de un nuevo ecuador. La raíz de la palabra me susurra su historia: el que hace iguales. A Lelia le gustaba esta idea, y así lo hablamos en nuestros correos: Tracemos un nuevo ecuador, démosle la vuelta al mundo, dibujemos una línea que no divida al mundo en Norte y Sur, sino que recorra todos los países por igual, sin arriba y abajo.
Cuando acaben estas jornadas, los bibliobuses, los burros con hombre y mochila cargada de libros volverán a salir a los caminos, a dotar a las escuelas rurales de cuentos para soñar el futuro de cada niño. Otras Lelia lo harán, seguirán sembrando. Si el bibliobús no logra salir al camino, un niño, diez, cien, no iniciarán su propio camino. Lelia ya no puede seguir sembrando, pero nosotros sí. Muchos de los presentes aquí cerrarán sus carpetas pronto y volverán a sus trincheras, donde las únicas armas que se pueden y se deben usar son las de la emoción, la ternura, el cariño.
En una de esas trincheras, la del Sáhara, donde estaba hace menos de un mes, encontré en el suelo de una tienda del mercado, un papel doblado, tan escaso allí. Lo recogí por si aún se podía usar, y al desdoblarlo leí unas letras infantiles que decían: “Ayer, Mariam y yo jugamos con las estrellas”. Todo acto, hasta el más nimio, tiene consecuencias. Si la niña no hubiera perdido su papel yo no lo habría encontrado. Y si vamos un poco más allá, como es obvio, si no lo hubiera escrito no lo habría podido perder. Pero es aún más allá donde quiero llevarles: al acto inicial, al que propició ese brevísimo pero bellísimo texto. Sin duda, antes de que la niña lo escribiera, hubo una Lelia, que se llamaría tal vez Enguía, o Kabara, o Daryalha, o Meimuna, o Adala. Alguien que trabajó con esa niña y con su amiga Mariam las emociones, la belleza de las cosas sencillas, como las estrellas, en medio de aquella vida durísima. Un poeta saharaui, Luali Lehsan, que escribe en castellano y pertenece a la Generación de la Amistad, dirigió allí un pequeño taller de poesía con niños de dos clubes de lectura. Y les dijo algo tan sencillo y tan fértil que merece la pena traerlo hasta aquí:
“Poesía –le dijo mirando a sus ojos- no es decir lo que ves ahí fuera. Poesía es contar lo que siente tu corazón cuando ves lo que hay ahí fuera”. Si no fuera por lecciones como esa, si no fuera por la ternura y la emoción, aquella niña no habría escrito que ella y Mariam, anoche, jugaron con las estrellas. Y yo no estaría, como lo estoy desde entonces, tan convencido de que merece la pena el esfuerzo de escribir para ellos con esa misma intención: decirles lo que siento cuando veo lo que hay ahí fuera, tenderles la mano para ayudarles a comprender los infinitos caminos que abre la palabra escrita hacia el futuro. Porque en esas dos niñas que jugaron con las estrellas están las mujeres que serán. Ojalá que plenas, libres y felices. Yo, apostaría por ello.
¿Y qué nos hace libres y felices, qué hace libres y felices a nuestros lectores? Hablo ya desde el complejo entramado que formamos escritores, ilustradores, editores y mediadores. No sé cómo nos recordarán a todos nosotros, en conjunto, dentro de treinta años. Sé muy bien cómo recordamos nosotros la década de los 80, en la que comenzó a existir este movimiento. Porque antes había solo el silencio, apenas roto por voces aisladas, auténticos precursores. Veníamos de un desierto, y al abrirse la puerta a mediados o finales de los 70, explotó la creatividad. No hablaré de nombres, porque siempre es injusto, pero en los 80 se vivieron dos fenómenos paralelos que se apoyaron el uno al otro: la libertad de escritura con busca de nuevos mundos para explorar, de nuevas verdades que gritar, tanto en texto como en ilustración, y la aparición de editoriales dispuestas a tomar un mercado naciente y potente. Y de esa conjunción nació una década prodigiosa, la más potente y fértil del último medio siglo.
Sin embargo, en los 90, poco a poco, sin ningún acontecimiento puntual, sin hacer ruido apenas, todo empezó a cambiar, sutilmente primero, y luego en forma torrencial. Y el resultado de ese torrente es una oferta cada vez más edulcorada, con menos mordiente, despojada casi del todo de cualquier carga subversiva: nada que pueda hacer pensar en un movimiento renovador, sino al contrario: tan conservador que incluso se revisan los clásicos limando sus aristas. Como me dijo un maestro que había montado con sus alumnos “El soldadito de plomo” de Andersen: “naturalmente”, había cambiado su final, evitando que el soldadito y la bailarina se fundieran en el fuego, algo demasiado crudo para sus pobres alumnos, a los que quería proteger, sin duda, de toda idea de sufrimiento y muerte como parte consustancial del gozo y de la vida. Pensé entonces, y por desgracia puede que tuviera razón, que Andersen no ganaría hoy el premio Andersen. Demasiado crudo, demasiado complejo, intranquilizador, raro y peligroso. O loco.
¿Qué pasó, qué ha pasado, qué nos está pasando? ¿Por qué, si hace poco más de veinte años se arriesgaba y se buscaba, de pronto se teme al riesgo y a la busca?
Es fácil aventurar razones en desorden, como si fueran un conjunto desarticulado: la corrección política, la busca de mercados seguros, la influencia de mediadores medrosos, la inercia de los autores, la decadencia de su potencia creadora y la falta de relevo, el oportunismo generalizado, el ambiente general de desánimo de la sociedad, la transversalidad de los temas, la avalancha de best-sellers infantiles y juveniles, pocos de ellos sinceros, la mayoría de ellos precocinados; y las modas, la carencia de un auténtica vanguardia en la literatura y el arte mundial, los mensajes tópicos y falsamente progresistas, la repetición, el hastío.
Sí, enumerar causas así es fácil, pero ¿qué fue antes, y que fue después? ¿En qué orden ponemos todo eso?
Me gustaría estar seguro de que no fuimos nosotros, los escritores, los que nos fuimos acomodando, los que dejamos de buscar y por tanto de arriesgar, los que encontramos lo lucrativo que era seguir y potenciar las modas, y que después las editoriales encontraron en ese cansancio y en ese oportunismo la excusa perfecta para pensar que ya no valía la pena apostar por cosas nuevas y dejaron de buscar entonces entre los jóvenes nuevas formas de escribir, nuevos mundos que explorar. Pero no estoy seguro de que ese no fuera el proceso. Y tampoco querría estar seguro de lo contrario, de que los culpables fueron los editores, de que empezaron a preferir los libros poco arriesgados, conformados al gusto ya existente, y no exploradores de nuevos caminos y alternativas. Y no querría porque tal vez decir eso fuera injusto. Y si dijera que fue el mercado el que a través de gustos edulcorados impuso reglas a los editores y estos a los escritores e ilustradores, y que estos dos obedecieron, puede que también lo fuera. Y aún podemos tratar de echarles la culpa a los mediadores, dispuestos a extraer el tema y el mensaje de cada libro, que tal vez exigieron a las editoriales que solo editaran libros clasificables y que “gustaran a todos”, esa imposibilidad tan extendida, y que fueron ellos quienes a su vez empezaron a exigir a los escritores que primero pensaran en el mensaje, después en el gusto general, luego en que no hubiera demasiado sufrimiento ni dolor, y solo después, en la historia.
No lo sé, y no creo que nadie pueda decir quién fue el primer culpable. Porque tal vez no lo hay, porque la especie humana vive en ciclos y se mueve en dualidades, y a una época de vanguardia siempre sucede otra de conservadurismo. Si fuera así, bastaría con sentarse a esperar a que el ciclo vuelva a cambiar.
Pero no basta. La historia no elige por sí misma su camino. Su avance o su retroceso depende de las fuerzas que se oponen. Dos fuerzas iguales, según me enseñaron en el bachillerato, producen la inmovilidad si se oponen en línea recta, o provocan un movimiento en círculos, si tiene direcciones distintas. Cada foro como este es una oportunidad para desequilibrar, para intentar cambiar la historia. Si en ocasiones así nos limitamos a mirarnos el ombligo con autocomplacencia, a decirnos lo guapos que éramos y lo lindos que son nuestros últimos libros, dejaremos el campo libre para los que quieren una literatura domesticada e inane. O aún peor: seremos parte de ellos. Movamos el árbol al menos. Nunca se sabe dónde se produce el pequeño suceso que puede llegar a provocar un gran cambio. Lelia lucharía por ello, y por eso hoy lo he querido decir con tanta crudeza.
Estos años de trabajo en el Sáhara he hecho descubrimientos personales que pueden parecer demasiado sutiles o aislados, pero que tal vez no lo sean. Creo que el mundo ya se ha comprimido casi del todo, y que nada de lo que sucede en un rincón del mundo es ajeno a lo que sucede aquí. Cuando decidimos llevar hasta el Sáhara Occidental una red de bibliobuses que den a los niños de los campos de refugiados libros para acceder a la cultura, pensamos que puesto que ellos viven una durísima realidad, llena de escasez y necesidades, los libros que teníamos que llevarles tenían que ser de fantasía, de evasión. Y nada hay más fácil hoy que buscar libros de fantasía sin compromiso con la realidad en los catálogos de las grandes editoriales. Aún así, en el cargamento de libros que llevábamos, se nuestras bibliotecarias embarcaron algunos que no tratan al niño como a un ser frágil al que hay que proteger del sufrimiento. Libros empapados de vida, de placer y gozo, pero en la misma humana medida también empapados de dolor. Flores raras tal vez, pero todavía no extinguidas. Pues bien, la sorpresa fue que aquellos niños que viven la vida dura, y que disfrutan de las lecturas más ligeras y fantásticas, también leen, e incluso prefieren, los libros duros que describen la dureza de otra vida dura, a veces lejana, y otras veces ni siquiera: su propia vida. Sin saberlo, sin poder saberlo siquiera, esos niños forman parte de una vanguardia silenciosa y casi invisible.
Lelia conocía a esos niños, y no había estado nunca en el Sáhara Occidental. Tantas veces me habló de ellos, sin embargo. Y es que en realidad son los mismos niños con los que ella trabajaba en La Patagonia, con los que se trabaja en los pueblos más alejados de Ecuador, de Bolivia, de Perú, de cualquier rincón del mundo donde alguien lucha por la palabra, para que no muera, para que muramos nosotros así como morimos, dejando huecos llenos de memoria y cariño, pero que no muera nunca aquello por lo que luchamos, aquello en lo que creemos. Casi voy a acabar con una cita de un escritor al que admiro, pero con el que en esta ocasión no estoy de acuerdo: dice en “De qué hablo cuando hablo de correr”: “Así es la escuela: lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí”. Maestras como Leli,a como Yolanda, como, seguro, muchas de ustedes, lo desmienten: la escuela puede ser la de la emoción, la de la busca, la del amor.
Y ahora sí. Si les he convencido de que no hay acto sin consecuencias, si creen que son los adultos que son pero que también son los niños que fueron, si aceptan con la misma lógica que los niños son también los adultos que serán, si comparten conmigo la paradoja de que Lelia Martínez no esté aquí pero al mismo tiempo esté en tantos de ustedes que luchan para que la palabra los convierta en adultos libres, este tiempo que les he hecho gastar no habrá sido en vano. Muchas gracias.
Gonzalo Moure

 

  • Minor Arias Uva

    Mi querido Gonzalo, un fuerte abrazo desde Costa Rica. Usted es y será una gran inspiración para mis letras. He regresado a escribir la historia que me invitaste a escribir, ahora con más pistas y mejores alternativas para decirla.
    Me ha sacado lágrimas este texto sobre Lelia. Una renovación para ir por ese camino sin claudicar. Que hermosa señora, que brillo.
    Va entonces este abrazo lleno fe y mucho agradecimiento. Usted es y será mi hermano de siglos.

  • eldeyar

    Hola, mi amigo! Es un gusto saberte, y también saber que reemprendes esa historia, tan llena de luz y de belleza como de vida y sufrimiento: eso es la novela, al fin y al cabo. Un abrazo enorme para ti, y muchos besos para tus chicas.

  • Me lo llevo amigo…es hermoso tierno y de una gran verdad.. el amor y la amistad.
    Un abrazo muy grande

  • Yolanda Claros

    Sigamos trabajando, compartiendo emociones y sueños…!!!

  • Mónica Chávez González

    Gonzalo querido:
    El alma se te desborda cada vez que escribes, ya te lo he dicho. Gracias por este regalo, me hiciste rememorar aquellos instantes en los que te escuhé en Quito, sentada, mientras me estremecías con tus palbras; leerte es volver a soñar, es volver a nacer, es la mejor medicina cuando estoy abatida.
    Tu presencia fue un regalo para nosotros, fue reconfortarnos y saber que las letras sí sirven para cambiar vidas; te lo digo porque cambiaste la mía.
    Eres, realmente, maravilloso; gracias por exponernos siempre tu alma, por hablar desde ella; por demostrarnos que todo lo que se hace con el corazón, vale la pena.
    Espero muy pronto tenerte en mi país, de nuevo, compartiendo mis proyectos.
    Te envío un abrazo fuerte e intenso, con mis deseos de sentirlo yo más que tú.

  • eldeyar

    Gracias, Mónica. A mí también me cambió la vida, o al menos el prisma por el que la veo, la estancia en Quito, el congreso de almas. Ojalá vaya pronto,sí. Hay una posibilidad de volver a Guayaquil…