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SI NO LEES, NO PASA NADA.


Hace unos días un chico me decía (fonéticamente): “¿Sabes que estoy leyendo?”. Contesté que no, que qué. Él replicó que no, que no decía qué, sino que. Cuestión de acentos. Lo que me quería anunciar es que ¡por fin! ¡milagro! estaba leyendo.
Hace más, unos meses ya, en la efervescente Comarca de la Sidra, en Nava, todo un colegio, padres y maestros incluidos, tuvo a bien vestir una camiseta con el título de una charla que di, no sé ya dónde: “Si no lees, no pasa nada”. La solución estaba en la espalda: “Pero si lees pasan muchas cosas”. He vestido la camiseta este verano, y muchos que han leído la leyenda del pecho se han sorprendido. ¿De qué? La respuesta estaba en la espalda, sí, pero no hacía falta: es así de simple: si no lees no pasa nada. Punto. En tiempos de crisis, tan profunda y tal vez histórica, más que nunca, la única respuesta está en la cultura. Ahora que las esperancitas (y los esperancitos) escalan la pirámide del poder (más aún), se recorta por dónde les interesa, por todo lo contrario: por la cultura, por la enseñanza. Se despide, se cierra, se cerca. Se busca.
La gente mayor que acudía a Sol en la ola del 15-M, se sorprendía, sobre todo, del nivel cultural de quienes allí tomaban la palabra: confundían las rastas con la ignorancia y la vagancia, y se encontraban con que habían leído mucho más que ellos, que creían que pertenecían a una generación culta y lectora. Pues no. Allí pasaban cosas precisamente porque la gente leía.
El colegio de Nava es el ejemplo, como lo son muchos otros que he tenido la suerte de sentir como cómplices en este curso pasado. Gente que educa en todo lo que pasa si lees, en las muchas cosas que suceden, empezando por el sujeto lector, y así en círculos concéntricos, en ese alrededor que llamamos sociedad.
Empieza un año nuevo, y por ejemplo quince centros de O Ferrol se han sumado al Bubisher y van a emprender una campaña de intercambio de investigación con los niños del Sáhara que sueñan con que pasen cosas, muchas cosas, a través de la lectura. En otro colegio (que sin embargo callaré), no quieren lecturas complicadas (y menos de pobreza y “esas cosas”) ni visitas de escritores que puedan escribir en la espalda de sus niños cosas tan peligrosas y perturbadoras. Ni leer, ni siquiera hablar.
Pedía Carlos Taibo en una asamblea indignada que estemos atentos al otoño del 15-M, en el que en vez de caer las hojas brotarán. Si seguimos leyendo, invitando a leer. Gracias, Nava.