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LOS BITS ARDEN MEJOR (DEFENSA DE LA BIBLIOTECA)

Una vez más, El Roto nos invita a pensar. No hace falta escribir mucho, es verdad. Basta con su viñeta. Pero no me resisto a dejar que mi mente se meta en ella y pasee. Una buena amiga me decía hace un par de días que hay que buscar un trocito de tierra cerca de un río limpio, plantar patatas y leer. Es hora de ir desempolvando las bibliotecas particulares, sí. Tal vez dentro de poco nos veamos así, leyendo al sol o junto al fuego, con la ayuda de una vela. Vivimos pendientes de un hilo. De 220. Y ese hilo sale de las cavernas del poder económico, donde no se sabe qué nos están cocinando: tal vez a nosotros mismos. Pero esa es solo una parte de la reflexión a la que nos lleva El Roto. La otra es tal vez más importante, y es que nos dejamos llevar. Por eso que tengo bajo mis dedos, por esta pantalla que, cuando se apaga la luz, está vacía. Se habla y no se para del libro electrónico. Los colegios privados ya invitan a sus alumnos a prescindir del libro impreso, (salvo en los de pago, claro, que algo queda siempre en sus bolsillos), les educan en la nada electrónica. Y hay escuelas públicas que siguen a ese flautista hacia el abismo. La inmediatez, la impermanencia, la ingravidez. ¿Y dónde está esa información, esa tantas veces bautizada como Moderna Biblioteca de Alejandría? Es verdad, aquella ardió, pero esta no existe, nos hacen creer que existe. Y hacia allí van todos los libros, una hilera de libros que sin sentirlo apenas se van convirtiendo en fantasmas de sí mismos, representaciones momentáneas de toda la sabiduría. Bradbury soñó (o “pesadilló”) un mundo de libros prohibidos, en el que la llama de la esperanza estaba en el bosque de los “Hombres Libro”, que aprendían de memoria a Cortázar, a Beckett, a Shakespeare. Ahora tal vez Bradbury volvería a escribir Farenheit, y en su bosque, en el corazón del bosque, habría una biblioteca. Porque el día en el que todo esté en los servidores (qué ironía, los servidores somos en realidad nosotros), bastará con un gesto para hurtar al hombre todo su conocimiento. Ahora que aprieta la industria para que nos conectemos, es tiempo de apostar por la biblioteca. La del olor a libro, la del roce de las páginas, la de la intimidad, la del amor por las palabras y el pensamiento, por la memoria y la especulación. Los bits no arden: los bits se extinguen. Los ratones de siempre roen los libros trabajosamente. Los modernos ratones nos pueden dejar aislados de toda la sabiduría con un click. No abandonéis las bibliotecas nunca. Si eso es lo que quieren, no se lo pongamos fácil. Hagamos de cada biblioteca un fuerte de palabras.