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ÉRASE UNA VEZ UN PARQUE


Ésta es una extraña historia, y su mejor final es que no lo tenga, que genere una catarata de historias. Y que éstas se conozcan, o que queden en la penumbra de una habitación, o debajo de las sábanas, a medias entre la linterna y la imaginación de un niño.
“El arenque rojo” es una imagen oriental que equivale a lo que Hitchcock inventó para sus películas: un elemento de distracción que logra que lo que de verdad importa en la historia te sorprenda.
Hace ya tres años me metí en el coche para conocer a Alicia Varela, una estupenda ilustradora y diseñadora que me había escrito para ver la posibilidad de hacer algo juntos. Vi sus dibujos en su blog, me gustaron, y decidí encargarle la ilustración de una vieja idea muy visual. Pero poco antes de salir hacia Gijón sucedió una de esas cosas que podían figurar en aquella vieja historia, “Mala suerte, buena suerte… quién lo sabe”: me quedé sin historia que ofrecerle, por una razón larga de contar. Iba de malhumor, pensando en lo que le diría a Alicia. Pero de pronto, en la carretera, recordé que acababa de leer en un largo viaje de avión una novela de Murakami en la que explicaba lo del arenque rojo, el viejo McGuffin oriental.
Bien, ya tenía al arenque. Lo imaginé. Supongo que por encima de las vacas, en algún prado. Distraería, claro que sí: cualquiera se fijaría en él, y no en lo que hicieran las vacas, un perro y el vaquero, por ejemplo.
Mmm, ¿y por qué no un parque? ¡Sí, en un parque de ciudad suceden mil pequeñas historias simultáneamente, pero no las vemos!
Cuando llegué al sitio en el que nos habíamos citado me senté y le dije: Verás, el álbum se llamaría “El arenque rojo”, y… Le hablé de algunas historias que ya se me iban ocurriendo, y ya de vuelta empecé a mandarle todas, hasta seis o siete.
Muy poco después, en un encuentro casual, se lo conté a Elsa, la estupenda editora de SM, que sin dejar que el balón cayera al suelo me dijo “·adelante”.
Lo demás es ya libro, álbum. Éste.
Y en esa intrahistoria de trabajo, Alicia me dijo que le gustaría que hubiera algunas otras cosas en el parque, pequeñas historias. También le dije adelante, y de la mayoría no he sabido nada hasta que hace una semana y poco abrí el álbum por primera vez. Y se ha enriquecido tanto que ahora el resultado es un laberinto inacabable, fecundo. Como lo demuestra la página que SM ha abierto en internet, http://www.literaturasm.com/El_arenque_rojo.html
En ella los lectores pueden ir contando lo que ellos ven en el parque. Y así es un álbum de muchísimos álbumes, tantos como lectores. Algunos, como María de Álvaro (por citar la última), han hecho una aportación realmente buena, casi increíblemente buena. Y Alicia y yo no nos podemos sentir más orgullosos.
Al final del álbum, hay un sobre. En él están las historias originales. Uno puede acudir a ellas, o no. Porque lo que se descubre enseguida es que lo importante no es lo que pasa en el parque, sino en el que todos llevamos dentro. Todos somos, siempre, en una ciudad, el arenque rojo.