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Prólogo de “La zancada del deyar”

Lo de los prólogos es inacabable: siempre escribirías un prólogo del prólogo. Y esta edición necesitará una nueva el día que los saharauis vuelvan a su tierra en libertad. Pero de momento, puede valer. Aunque, como siempre, dudo. Sobre todo, por el papel que juega tanto en el libro como en este texto Amehdu Sueilem, que de manera incomprensible, es el actual embajador de Marruecos en España. Es verdad que su papel se ha desvanecido, lo que indica que algo fue mal en los cálculos iniciales. Pero su presencia en el libro duele, y seguramente a él más que a nadie. Si es que su conciencia no tiene una vacuna milagrosa.

Prólogo
Viajé al Tiris en febrero de 1999. Escribí este libro con la inestimable ayuda de Limam Boicha durante el verano del mismo año, siguiendo fielmente las notas tomadas durante el viaje, desechando muchas de ellas, aunque algunas sobre los camellos las llevé a otro libro, Palabras de Caramelo.
Para esta edición, toda vez que las dos anteriores se agotaron y la colección en la que fue editado entonces desapareció, he optado por dejar el original intacto. Contiene por tanto alguna ingenuidad sobre el futuro, y sobre alguno de los personajes que aparecen en el libro. Especialmente Amehdu Sueilem, de quien había guardado estos años un buen recuerdo. Ahora, es parte de la corte del rey marroquí. Naturalmente, sopesé la posibilidad de suprimir su aparición en el libro, o la de darle un nombre ficticio. Las deseché ambas, en aras de la verdad. Incluso es posible que lo que entonces vi y escribí sirva para entender y valorar de manera más exacta la magnitud de su acción. Una acción que no quiero calificar. Alguien dirá que se califica por sí sola, y no le voy a llevar la contraria. Pero tal vez sea el mismo Amehdu el que mejor pueda juzgarse a sí mismo. Dejó atrás, abandonado y condenado a un cruel exilio que él mismo vivió, a su pueblo. Y dio cobertura a la situación, bastante más desesperada, de los saharauis que residen en su tierra y no abandonan sus señas de identidad, pese a la represión sufrida por parte del invasor al que ahora sirve. Una seña de identidad cultural que en este libro representa él mismo. Tiene que ser el propio Sueilem quien valore esta contradicción. Como, por ejemplo, que fuera él quien me hablara con admiración reverente de los poemas de Chej el Maami en los que se refería a Marruecos como «el mal», que vendría para los saharauis del Norte. Él representa ahora a ese «mal» en España. Lo siento.
Que yo sepa, solo ha fallecido en estos trece años Buni, el hermano de mi compañero imprescindible en este viaje, Habub. Por casualidad he encontrado este año pasado a Minettu, hija de Buni, en un club de lectura de Farsía, en Smara. Ella tiene la luz de su padre en la mirada, y ha sido una de las que más han aportado a un libro que hemos escrito juntos, «El niño de luz de plata», que espero ver publicado próximamente.
He querido respetar también la narración de dos sueños premonitorios que tuve en el enclave mágico de Leyuad. Uno se cumplió, el otro no. Los hubiera intercambiado muy gustosamente, porque se cumplió el más personal, sin trascendencia, y no se cumplió el que sin duda mi corazón deseaba: que el 2000 fuera el último año del martirio. Y van doce más.
Por lo demás, creo que el libro conserva su frescura de entonces, incluso cierta ingenuidad. Lo que quería era averiguar en qué punto se encontraban las seculares tradiciones del desierto. Saber, por un lado, cuáles eran los cimientos de la personalidad saharaui, tan honesta y limpia como generosa y hospitalaria, y evaluar su grado de supervivencia ante la presión de la tecnología y el transporte y el acortamiento sin preceden- tes de las distancias del desierto. No creo que haya habido en este decenio un cambio cualitativo, aunque por desgracia sí que se han producido cambios cuantitativos. La vida tradicional del desierto, el nomadismo, fue condenada a muerte por la aparición de los vehículos a motor. Es, también por desgracia, cuestión de tiempo. Pero perdura. Con su magia y su misterio casi intactos.
Quería entonces que los miles de personas que viajan a los campamentos como cooperantes o reciben en sus casas a los niños de Vacaciones en Paz, pudieran viajar conmigo, a través de estas páginas, al Tiris del que tanto oyen hablar, a la badía fértil que está debajo de la raíz de cada sonrisa y cada mirada suya.
Conozco ahora mucho mejor el Sáhara, su realidad y su gente. En este libro hay una conversación con Limam Boicha que me emociona, en la que hablamos de la necesidad de preservar la cultura mestiza saharaui, en la que el castellano es tan importante. Esa fue una de las semillas del Bubisher, la que va siendo y va a ser una pequeña flotilla de bibliobuses, cada una con su «nido», una red de bibliotecas fijas que hagan posible que niños, jóvenes y adultos saharauis tengan acceso a la lectura en pie de igualdad con los españoles. Me siento orgu- lloso de haber contribuido con tanta gente a que aquella utopía se fuera convirtiendo en realidad. El primero, Ricardo Gómez, con quien compartí utopía y ahora comparto trabajo, y del duro. Pero sobre todo, gracias a todos los saharauis que están colaborando activamente en el vuelo del «pájaro de la buena suerte», y en especial a Daryalha, Memona, Larossi, Hamida, Fanna, Kabara, Alghailani, Bachir, Salka, Mariam, Zahra y Limam. Me gustaría que todos ellos comprendieran cuánto les quiero, cuánto les queremos todos los «bubisheros» españoles, cuán necesarios eran para encarnar un sueño, aunque alguno de ellos ya no esté en el equipo.
Todos quienes me han pedido que reedite este libro me han dado la misma razón: que les ayudé a comprender muchas cosas, que les sirvió para soñar al menos un viaje casi imposible en la realidad. Otros incluso lo han logrado seguir por la badía, lo que me llena de orgullo y placer. A todos ellos, en especial a Fernando Llorente, que tan generosamente cita este libro en «Encuentros en la badía», y a todo el que esté empezando a leer el libro por primera vez en este instante, gracias.

Febrero de 2012

  • Ángela

    Desde luego, leyendo esto dan ganas de viajar…
    Hola, viejo amigo. Por lo que veo sigues adelante con tus autobuses de lectura. De veras que me alegro.
    No he sabido encontrarte en estos años, pero me emociona ver que continúas con tu energía, tan única como tus palabras.
    Espero que esta vez te llegue mi mensaje y podamos ponernos en contacto.
    Un abrazo,
    Ángela: la niña que te perseguía en busca de un cuento.