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FERNANDO LLORENTE Y LA ZANCADA DEL DEYAR

Fernando Llorente, saharaui de honor desde que fuera profesor en la antigua provincia española, autor de Bálsamos y heridas, de Encuentros en la badía, fue el encargado de presentar La zancada en la Librería Gil, de Santander (cuyos clientes fueron parte de la construcción del Nido, la Biblioteca Pública de Smara). El texto es precioso e intenso, un auténtico lujo, que se une a todas las maravillosas deudas que tengo con Fernando.

Este es el texto completo:

Cartel zancada 22 de febrero de 2013, 19:30 horas.
Librería GIL. Santander

No hace muchas semanas presentábamos en este mismo lugar el libro “Ritos de jaima”, del poeta saharaui, que escribe en español, Limam Boisha. Fue inevitable referirme entonces a Gonzalo Moure, autor del libro que presentamos hoy, “La zancada de deyar”. Y fue inevitable por cuanto Limam, en calidad de traductor e intérprete, enseguida y hasta hoy amigo, acompañó a Gonzalo durante el tiempo que les trasladó a otro tiempo, no porque no sea de este mundo, sino porque tiene sus propios, y que es el que marca los trabajos y los días, los trabajos de los días, en un espacio que es también otro espacio, no porque no sea de este mundo, sino porque tiene sus propias unidades de medida. Espacio y tiempo otros, que se ajustan a patrones propios de vida, que Gonzalo va aprendiendo mientras los atraviesa y le atraviesan. Tiempo y espacio otros, en los que los ritmos vitales de sus gentes se compadecen con los latidos profundos de la tierra, o al revés, porque es su tierra. Tiempo y espacio otros en los que la intromisión de algunos productos del progreso no han corrompido la relación identitaria entre una naturaleza, la del desierto, y una cultura, la de los beduinos saharauis. Espacio y tiempo otros en los que se funden la ética y la estética del modo de ser y de estar en el mundo un pueblo nómada, el pueblo saharaui. “Ritos de jaima” y “La zancada del deyar” son dos productos espirituales de ese espacio y ese tiempo, como las taljas y los lagartos a rayas amarillas y negras son dos productos naturales. Limam es un producto humano de ese espacio. En él nació, y hacia él dirige a Gonzalo, y con Gonzalo nos dirige a nosotros en busca de sus entrañas, pasando por sus rostros y sus corazones, es decir en busca de una elevación del espíritu hacia dentro. Rostros de sus gentes, que miran confiados a lo alto; rostros de la tierra, tan duros como acogedores. Corazones de sus gentes, depósitos de tradiciones vivas, sueños esperanzadores y esperanzas necesarias; corazones de la tierra, los galabba, negras y altas montañas, que preservan los secretos de los que se nutren esperanzas y sueños. Entrañas de sus gentes, en las que bullen impulsos de libertad y justicia; entrañas de la tierra, en las que el fuego se libera en aire sanador y resistente, que respiran los rostros, aspiran los corazones y mantiene ardiente el fuego de las entrañas de sus gentes, en especial de los que habitan permanentemente ese espacio misterioso, místico, mítico, que es la badía saharaui, ya está dicho, el territorio liberado del Sahara Occidental, en guerra, aún no concluida, contra el invasor y ocupante reino de Marruecos a lo largo de 15 años, desde 1976 hasta 1991, en cuyo setiembre se firmó un lamentable alto el fuego, lamentado por los saharauis, por casi todos los saharuis. Tierra separada de su tierra, gentes separadas de sus gentes por un muro de más de 2700 kms. que parte el país de los saharauis de norte a sur. Pero son también los rostros, los corazones y las entrañas de los saharauis que estacionalmente, atraídos por la lluvia o en su seguimiento, salen de los campamentos de refugiados para alimentar sus rebaños de camellos y cabras, que a ellos alimentan con su carne y su leche. Y también son los rostros, los corazones y las entrañas de los saharauis que padecen persecución, encarcelamiento, tortura, desaparición y muerte en sus ciudades ocupadas, y que en la medida de sus posibilidades se acogen temporalmente a los beneficios del aire sanador de una tierra, la suya, que, por más que seca, o quizá por eso, fortalece sus corazones y endurece sus entrañas, que el poderoso espíritu del desierto, por libre, engrandece el de sus habitantes,
Cuando presentamos “Ritos de jaima” escribí: “la badía es el santuario de la cultura saharaui; la jaima es el cofre en el que se atesoran los ritos, tan familiares, que la componen; los beduinos saharauis son sus centinelas”. En otro lugar describí la badía como un lugar de bellezas, soledades y silencios, con toda la carga de bondades, también de inquietudes, para el espíritu que tal combinación de acompañantes íntimos comporta. Hace justamente 14 años, en febrero de 1999, Gonzalo emprendió un viaje a la badía, a sus profundidades, de las que manan, como de pozos desbordados, silencios, soledades y bellezas, y también voces y palabras, compañías y miradas, zozobras y espejismos, de cuyos hallazgos, ensoñaciones y enseñanzas nos hace partícipes en “La zancada del Deyar”, libro del que hoy celebramos su tercera edición, tras haberse agotado la otras dos hace ya años. Una aventura de ascendencia quijotesca, de la que no voy a apurar sus paralelismos, ya lo harán otros lectores, si así lo ven también. En cualquier caso, un quijote que se va a encontrar, no con gigantes que son molinos, sino con gigantes que son gigantes, por más que desaparecidos, a los que el viajero llega cuerdo para experimentar fugaces e inquietantes desvaríos oníricos, quizá premonitorios. Gigantes que ocuparán sus sueños y le mostrarán que todo en la badía es fantástico a fuerza de ser real, o al revés. Dos son sus escuderos: uno, Habub, el conductor, práctico y vitalista, sanchopancesco, práctico, con la lucidez de quien sabe el terreno que pisa, y con buena mano al volante para orientarse en caminos sin camino, y para sortear baches evitando saltos desorientadores a los viajeros en el interior del vehículo, tales son las honduras de los, a veces socavones, zanjas, a veces. Y también con la misma buena mano para elaborar en los fogones de la arena, al fuego de ramas de talja o tallos de askef, gustosos guisos, sin ingredientes casi. Conocedor de su tierra, en la que permaneció durante los años de guerra, quizá no deba ser considerado Habub como “hombre del fusil”, pero sí como hombre de decisión y de acción, que ve en la poesía de los “hombres del libro” enseñanza de habilidades para sobrevivir con las mejores garantías en el desierto, cómplice, pero también adversario. Poesía, la del desierto, que, junto a los componentes épico, combativos, y líricos, bucólicos y amorosos, contiene también componentes enciclopédicos, como una Ilíada de las dunas, que aporta modos de actuación ante situaciones, tanto de paz como de guerra. El otro escudero, ya está dicho, fue Limam, escudero también quijote, si bien menos expuesto a encantamientos, ya nació encantado. Nacido en la badía, se alejó de ella, más bien le alejaron, a temprana edad, casi niño, y sin haber visto nunca sus propias costas, se vio en las las del Caribe, para en Cuba, tras largos años de estudios secundarios y superiores licenciarse en periodismo, y regresar para, superada la extrañeza, sumergirse en las honduras de una cultura en la que se asientan sus señas de identidad, personal y nacional, y mostrarlas al mundo a través de su depurada poesía, situándose así en la estela de los hombres del libro, hombre del libro él, depositario de las raíces espirituales de un pueblo, el suyo, en la tierra que le vio nacer. Con escuderos así, al caballero solo le faltaban las aventuras, por más que aventuradas para su cuerpo y para su espíritu. Y las tuvo. Y las vivió intensamente. Y nos las cuenta con tanto apasionamiento como ternura.
Lo que Gonzalo quiere rastrear, y así lo declara, es lo que al modo ontológico llama la saharauidad del pueblo saharaui, lo que le hace ser el pueblo que es y no otro, las raíces, mejor la madre de todas las raíces, de las que crecen y permanecen en el mundo y en la historia los saharauis, un pueblo al que se le ha querido, y se le quiere, expulsar de espacio y del tiempo. “La zancada del deyar” da por supuesto que se puede hablar de una naturaleza saharaui, que subyace e impulsa la condición de los saharauis, a través de las vicisitudes, muy pocas felices, por las que ha transcurrido su historia. Esa naturaleza permanente, ese ser saharaui es lo que quiso conocer Gonzalo, después de saber de su estar, sea en el refugio, en la ocupación, en la diáspora. Para lograr ese objetivo no podía sino dirigirse allí donde ese ser tiene su voz, y hacerse eco de ella; allí donde se instalaron “los hombres del libro”, tras ser desplazados por los “hombres del fusil”, al sur, que como todos los sures es reserva espiritual; a Tiris, donde resuena eterna la voz poética, la palabra hablada que, generación a generación, ha mantenido vivo el ser saharaui, y que habría degenerado en mera palabra si no se hubiera encarnado en la existencia de todos y cada uno de los saharauis.
Y Gonzalo va y nos lleva hasta esa palabra fundacional, dicha más que escrita, pero que no se la lleva el viento, pues está, no escrita, pero sí inscrita en el código genético saharaui. Pero hasta llegar a ella y escucharla, indirectamente, pero como si estuviera dicha solo para él, pues es palabra que se deja encontrar por quien la busca, tiene que cubrir un recorrido con estancias en jaimas, jiam –minicampamento de dos jaimas-, fergam –agrupaciones de más de tres jaimas, donde están organizados los trabajos cotidianos, que giran en torno a los camellos, a los que el Land Rover, a pesar de las reticencias que suscita, solo ha sustituido para acortar distancias, pero nada más. De igual modo, también están organizados los descansos, que giran en torno a la elaboración y degustación del té, de los tés, que perderían su sustancia si no los animara la conversación, en la que cabe lo trivial, lo profundo, lo ritual, lo material, lo espiritual, lo proverbial, lo legendario, lo fantástico…alimentos de los que se nutre “La zancada del deyar”, donde Gonzalo nos hace partícipes del festín. En su recorrido Gonzalo se encuentra con más de un centinela de las esencias saharauis, de su saharauidad, pero solo a uno reconoce como “el guardián del desierto”, así distingue a Muhammad Bujari, en el que la naturaleza se humaniza y la humanidad se naturaliza, guardián celoso que vela por la integridad de un espíritu, cuya savia corre por costumbres, creencias, ritos, supersticiones, que alimentan y son alimentadas por leyendas, proverbios, poesía, relatos, que a su paso, reciben, acogen y confían al viajero, y que el viajero acepta y en ellas se sumerge sin condiciones, asumiendo la dignidad del transmisor, de lo que es prueba el libro que nos ha reunido hoy aquí. En él Gonzalo nos traslada los temores del “guardián del desierto” de que, si es verdad que es mucho lo que se conserva vivo de la cultura ancestral saharaui, que conlleva un modo de vivir intransferibles, también lo es que los avatares históricos recientes, que han dividido al pueblo saharaui en espacios ajenos a la badía, unido al uso de los avances del progreso, que se simbolizan en la parabólica y el Land Rover, han contribuido a que lo que quedan son restos. Incluso un falso guardián del desierto, por traidor a su cultura, llega a entonar ante Gonzalo un réquiem por una cultura desaparecida.
Pero, no, no son restos, mucho menos cultura desaparecida. Que del refugio y las zonas ocupadas los saharauis acudan, porque lo necesitan, a la badía, es prueba de que en ella se encuentran consigo mismos, con lo suyo, con lo que son. En el refugio, con parabólicas, que les abren al mundo, y con vehículos, que les llevan a la badía, ¿a dónde, si no?, la saharauidad está vigente, ese componente esencial que Gonzalo buscaba, y encontró. En el designado “guardián del desierto” se encarna y personifica el nervio de una cultura inasequible al desfallecimiento, por más que se la quiera menoscabar. Los elementos están con ella, para bien y para mal. Es tanta la fuerza del espíritu cultural saharaui que una saharauiya de avanzada edad, Mamia Amrabih Labed, ante mi sospecha sobre la suerte del espíritu de la badía, me dijo en su jaima de Mheiriz, ocho días después del desmantelamiento del campamento de protesta de Gdeim Izik: “si el mar es inmenso es porque siempre admite una gota de agua más”, aunque la gota sea a veces amargo aguacero como el de la sentencia, al margen de toda legalidad y justicia, que por la que hace cuatro días se han impuesto condenas criminales a 24 saharauis que, pacíficamente protestaron en aquel campamento contra la ocupación marroquí y la constante violenta violación de los derechos humanos del pueblo saharaui. Las novedades, incluso las dolorosas, son gotas de agua en la arena de un desierto que la necesita y toma sin dar nada a cambio, pues la cultura de la badía es libre y está libre de complejos, por más que pretendan humillarla los enemigos o seducirla el progreso. “La zancada del deyar” deja constancia de que el saharaui es el que es esté donde esté, más si está donde Gonzalo le encuentra, en esa parte del mundo que le corresponde, cuya profundidad tiene su fondo en la enseñanza transmitida por “los hombres del libro”, sus enseñanza inaugurales, cuya palabra, bajo las estrellas, al cobijo de la jaima y al calor de las brasas sobre las que hierve el té, se dicen en las voces de los nómadas, y que Gonzalo ha escuchado para compartirlas con nosotros en su libro.
Una noche llegó al frig en el que pernoctaba Gonzalo un deyar, un buscador de camellos perdidos, al que Gonzalo no pone nombre, pero que sí nos presenta en la portada y contraportada del libro, fotografiado por él mismo. Un deyar del que importa su paso, su zancada como unidad de medida de la inmensidad del desierto, superando en su tenacidad en la búsqueda a la tozudez de los camellos en perderse, pues sin ellos el desierto sería otro, y el beduino saharaui quizá no sería. Un deyar es el símbolo de carne y sangre de la saharauidad del pueblo saharaui, que lejos de ser una entidad metafísica, tiene el color de la arena, la hondura de los pozos, la altura de las estrellas, la dureza de las taljas, el calor de la jaima, el aroma del té….una saharauidad modelada con el barro de su tierra mojada cuando llueve, y secada al sol
Antes de terminar, y contraviniendo mi costumbre de no contar nada de lo que el libro cuenta, limitándome a señalar, como lector, las coordenadas en las que se sitúa lo contado, sin embargo ahora quiero resaltar uno de los momentos vividos por Gonzalo en su viaje hasta las inmediaciones del espíritu de la badía, hasta los ámbitos de la saharauidad de los saharauis. Un momento de tristeza, en el que se añadió emoción a la emoción. Una noche Gonzalo acertó a conectar el transistor y se enteró de que el poeta José Agustín Goytisolo acababa de morir. Al contrario de su hermano Juan, novelista acomodado en Marrakesh, favorecido y favoreciendo al rey de Marruecos, José Agustín fue amigo del pueblo saharaui y abogó por su justa causa, habiendo visitado los campos de refugiados, casi en sus albores, y colaborando en su resistencia con lo que mejor sabía hacer, escribir. En el frig el ambiente era festivo entre los más jóvenes. Gonzalo se apartó de la música y los bailes para, como se dice, rumiar su tristeza, al tiempo que seguía escuchando palabras emocionadas de recuerdo y cercanía por parte de amigos de Goytisolo, el poeta. Un joven soldado se acercó y, callado, supo que a Gonzalo le embargaba un pesar, enseguida supo también el motivo. Se acercaron más personas y en silencio permanecieron al lado de Gonzalo, compadecidos con su tristeza. Después la fiesta continuó. Si lo resalto es por mostrar que la generosidad, la solidaridad, la compasión, son actitudes de las que el lector encontrará más muestras siguiendo el relato de Gonzalo. Actitudes forjadas en la badía y que han configurado la saharauidad, a la vez que son garantía de resistencia y supervivencia frente a las adversidades del desierto y las agresiones de los hombres. Entreviendo las honduras de la saharauidad del pueblo saharaui, Gonzalo supo algo más de su mismidad, y me pongo yo también ontológico, dicho sea igualmente en el buen sentido. La tristeza se tornó consuelo: “Todas las noches muere un poeta, pero nace otro”, pensó y escribió Gonzalo. Pensaba en Limam Boisha, tan cercano, que en aquellos días compuso algunos de los versos que después formarían parte del poemario “Los versos de la madera”, y que hoy tenemos el privilegio de que también nos acompañe.
Termino, si bien Gonzalo y Limam lo dirán con más fundamento: esta tercera edición de “La zancada del deyar” está íntimamente ligada al hermoso proyecto Bubisher, que se va extendiendo por los campamentos de refugiados, proyecto de lectura y otras actividades en torno al libro, y que cuenta con bibliobuses y una biblioteca estable en el campamento de Smara, logro al que no es ajena esta librería. Los derechos de esta edición están destinados al mantenimiento y ampliación del proyecto, como al mismo fin están destinados los derechos de “Ritos de jaima”, de Limam Boisha.
Ambos libros dan fe de que la cultura saharaui está a salvo, no solo porque la cuentan, sino porque la cuentan con la emoción que palpita en los corazones de los beduinos saharauis, fuertes y hospitalarios, y en los corazones de la badía, las gabbala, por más que de piedra, también palpitantes. GRACIAS