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Ponencia de Bogotá. La poesía de Frederick y los pantalones de Beckett

Como tardará un tiempo en publicarse la memoria completa del CILELIJ de Colombia (magníficamente organizado por SM y El Banco de la República Colombiana), y por los muchos que en el congreso me han pedido el texto completo, cuelgo aquí mi breve ponencia. No es complaciente.

La poesía de Frederick y los pantalones de Beckett

La Literatura Infantil no es infantil nunca, y la Juvenil pocas veces es juvenil.
Es decir: somos los adultos, normalmente muy bien formados, poseedores de valores humanos y humanísticos firmes, quienes escribimos “para” ellos. Y ese “para” es el pecado original de la LIJ, el que nos hace casi invisibles a los ojos de buena parte de la sociedad y a los canonizadores de la literatura. ¿Inevitable? Posiblemente sí, porque en nuestra vida cotidiana pocas veces somos capaces de dirigirnos a los niños y los jóvenes desde una posición horizontal, sin intentar enseñar, dar lecciones, guiar. Con la mejor voluntad, por supuesto. Y si en nuestro trato diario, con palabras que se borran al instante, lo hacemos así, ¿cómo evitarlo al escribir “para” ellos?
Para decirlo con claridad: cuando nos quejamos de la invisibilidad de la LIJ, cuando vemos que sistemáticamente es considerada una literatura de segunda clase, un subgénero, o directamente se piensa que no es ni siquiera literatura, tenemos que reconocer que hay razones para ignorarla o marginalizarla.
Dividiría pues en dos grandes grupos a los escritores de LIJ: los que escriben con más voluntad de formar y enseñar que de hacer literatura, con textos cargados de tics moralizantes, y los que hacen lo mismo, pero involuntariamente. Sin duda, las últimas tres o cuatro décadas han sido muy buenas, y el primer grupo de escritores abiertamente moralizantes va extinguiéndose. Casi ninguno se atreve ya a escribir con la intención puramente educativa del siglo XIX. Pero muchos aún lo hacen con la intención “criptomoralizante” del siglo XXI. Porque han cambiado las formas, pero no el fondo. Ya no tratamos de infundir al niño miedo al mundo exterior, ni tratamos de convertirlos en “personitas” educadas. Pero queriendo o sin querer, tratamos de conformarlos a nuestra manera, o a la manera que consideramos correcta, como así lo consideraban nuestros “ancestros” del XIX. Solidarios, tolerantes, no sexistas, positivos, conscientes. Chicos con sensibilidad y cultura, y chicas feministas Así los queremos, y así son nuestros héroes de papel. Y si alguna vez escribimos sin conciencia de esas intenciones, pronto llegan los pedagogos y los mediadores, y se esfuerzan para encontrar transversalidad en nuestros libros, de manera que no hay uno que escape a su clasificación por conveniencia y pedagogía. No se pide pues un libro de tal autor, sino un libro receta para curar la insolidaridad, el racismo o el sexismo, o libros preventivos contra las drogadicciones, el machismo, la anorexia o el abuso escolar. El editor lo sabe, y de manera más o menos disfrazada o más o menos consciente publica libros que tengan esas “cualidades”, antes de buscar calidades. Y el escritor, que busca desesperadamente la manera de vivir de lo que escribe, más o menos conscientemente, se somete a esa tendencia, o más bien a ese dictado. Y la rueda sigue, y quién sabe ya qué es antes o después.
Voy a defender el caos. El caos de la creación, lo que creo que es la verdadera literatura.
La clave es lo que ya sabemos, y lo que aún no sabemos. Sirve para hablar de la educación. La enseñanza es eso: enseñar lo que ya sabemos. Y si enseñamos lo que ya sabemos conseguimos clones de nosotros mismos. La anécdota favorita de Samuel Beckett era aquella del sastre que recibía una queja furibunda por haber tardado meses en hacer unos pantalones, cuando Dios había creado el mundo en siete días tan solo. Y el sastre le replicaba al cliente: “Sí, pero mire el mundo… y mire mis pantalones.” Y si ese principio, enseñar a saber lo que aún no sabemos, debería servir para la educación, aún más debería de ser el principio de la literatura: los pantalones frente al mundo, es decir, la recreación de la vida frente a la vida misma.
Porque la verdadera literatura es el caos, y no responde a nada ni a nadie. El caos no es la creación, sino la recreación. Nadie crea de la nada, sino que tomando de aquí y de allá, tomando la conciencia humana como alma del relato, recrea el mundo, y entonces ya no importa si el resultado es correcto o incorrecto, si enseña o subvierte, o si solo divierte, asusta o entretiene. El hilo estaba, la tela estaba, las tijeras estaban, pero las manos del sastre hicieron unos pantalones nuevos: y mire mis pantalones.
En la literatura que nace del caos está la semilla de lo nuevo, mientras que en la literatura nacida del orden establecido, de lo que se cree correcto o conveniente está la semilla del conformismo. La literatura Infantil y Juvenil seguirá siendo un subgénero marginalizado y minusvalorado mientras en su inmensa mayoría mantenga las riendas de la corrección y la conveniencia, la transversalidad y el subsidio a la enseñanza. Lo seguirá siendo mientras mantenga la vigencia de tabúes, sean cuales sean, aunque resulte fácil decir por ejemplo el sexo o la religión. Y lo será para siempre si no se desprende del maniqueísmo imperante, la división del mundo entre buenos y malos que es la base de la justificación de todas las guerras, económicas o religiosas. El mundo de los orcos inmundos y los hobbits angelicales es el mundo que quieren hacernos aceptar los poderosos, los señores de la guerra de uno y otro lado. ¿Alguien duda de que “El señor de los anillos” es una obra maestra? Lo es, sin duda, pero quienes repetimos la fórmula una y otra vez, hasta la náusea, le estamos diciendo al niño y al adolescente que el mundo es así, y que lo que hemos hecho así es mejor que cualquier pantalón nuevo. Y no es verdad. La imaginación no es lo mismo que la fantasía. No basta con crear un mundo fantástico y exótico si lo que estamos describiendo por debajo de las formas es lo mismo de siempre, el mundo polarizado, el héroe frente al mal, el hombre frente a la naturaleza personalizada en el dragón. No tengo ni pretendo tener ninguna fórmula, porque creo que no la hay, salvo la fórmula sin fórmulas, sin objetivos ni intenciones: el caos creativo. Ni un modelo, ni un ejemplo, ni un principio ni un final: sin lectores siquiera, sin pautas. Nunca he creído que Kafka quisiera hacer ninguna parábola con “La metamorfosis”, ni tampoco que con el Michael Fury del relato “Los muertos”, helándose de frío hasta morir por amor, James Joyce quisiera enseñarnos nada. Pero de esa tormenta que ambos despiertan en nuestra mente/corazón nace un estado superior, creativo, altamente inflamable: la posibilidad de otro mundo. Simplemente paralelo, o posiblemente superior.
No, no creo que la LIJ tenga ninguna obligación distinta a la de cualquier otro género. Ni reflejar la realidad ni la irrealidad. Debe ser buena literatura, o al menos debe intentarlo. Mostrando respeto hacia los lectores, sean niños o adultos. Siempre que reflexiono sobre este tema me viene a la cabeza el poema de Frederick frente a sus laboriosos hermanos, “¿Quién hace brotar en junio la cuarta hoja de trébol?”. Lionni pulveriza todas las convenciones educativas de La Cigarra y la Hormiga, y tampoco enseña nada. “Tú eres un poeta, Frederick”. Y él se sonroja un poco y dice: “Ya lo sé”. Y solo le falta añadir: ¿Y qué?
Eso es literatura. La poesía inútil de Frederick frente a los granos nutricios de sus hermanos, Frederick frente a la hormiga, los pantalones de Beckett frente al mundo. El día que podamos decir que la LIJ es sobre todo eso, literatura, no tendremos que seguir debatiendo en foros y congresos por qué nos ignoran.