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FERNANDA FURIOSA

Hoy hace 19 años que Kurt Cobain se quitó la vida. Escribí este relato breve, Fernanda furiosa, hace unos meses, pensando en este día, el del aniversario. Era para un libro colectivo que creo que ha naufragado en los escollos de la crisis, o algo así. Hoy me apetece compartirlo.

FERNANDA WALTZING MATILDA.

A Fernanda le ha despertado una mano. En su hombro. Y un chistido, dos. Aún así se ha resistido un rato a abrir los ojos.
¿Hola?
Ay, papáaaaa…
No soy tu padre.
Entonces, sí, los abre. Pero la luz está apagada y la las cortinas cerradas.
El corazón de Fernanda late mucho más fuerte de lo normal, y no se atreve a sacar la mano de debajo de la sábana para encender la luz. ¿Será posible?
¿Eres tú?
Sí, soy yo.
Pero no, no es “él”. Esa voz no es la suya. Entonces sí, Fernanda se asusta. Saca por fin la mano, encuentra a tientas el interruptor y enciende la luz de la lamparita.
La escena. Un joven de melena rubia, despeinado, de mirada y gesto doliente, de un tristeza difícil de medir, en cuclillas junto a una cama. En ella, una adolescente morena con los ojos muy abiertos y expresión aterrada. Solo la luz de la mesa de noche.
¿Quién eres?
Quiere gritar papá, mamá, pero no puede. El miedo se lo impide, le atenaza la garganta. Así que lo susurra tan solo: papá, mamá. Queda un poco ridículo, pero el joven no se burla.
No se van a despertar, aunque grites, dice.
Silencio. El joven de la melena rubia mira a su alrededor, un poco desconcertado, y dice:
¿No querías que viniera?
Fernanda sacude la cabeza. Negativamente.
El joven se deja caer hacia atrás, se sienta en el suelo, con las rodillas levantadas por delante, los codos en los muslos y las manos enlazadas.
Pero soy yo. Has pedido que viniera.
No, logra decir Fernanda.
¿No?
No. Quería que viniera él.
¿Y quién es él?
Justin.
¿Justin?
Bieber.
No le conozco. ¿Canta, toca la guitarra?
Sí, mejor que nadie en el mundo, en el universo.
Le conocería.
El joven apoya la mejilla en la mano y mira fijamente a Fernanda.
¿Cuándo murió?
¿Quién?
Justin. Ese Justin… ¿Beer?
Bieber. No ha muerto, ¡Dios, no!
Pero Fernanda se incorpora en la cama, sobresaltada.
¿Se ha muerto?
Eh, eh, eh. No lo sé. No sé quién es, y si canta y toca mejor que nadie en el universo debería conocerle. No, no creo que haya muerto.
Hace una pausa. Mira a su alrededor. La habitación de Fernanda es una habitación de adolescente. Colores pastel. Peluches, una estantería con libros infantiles y juveniles, enormes tomos de tapa plateada. Carteles. Hay varios muy parecidos, la misma cara, el mismo pelo relamido, saltitos en el escenario. Justin Bieber.
El joven se ríe, sin poder evitarlo, aunque parece que lo intenta, o lo finge.
¿Es ése?
Fernanda ni siquiera contesta. Echa una mirada rápida a los carteles, y luego vuelve a mirar al joven.
¿De qué te ríes?
Es un crío.
Fernanda despectiva:
Y tú un viejo.
Tienes razón.
El joven busca una silla. Tienes razón, vuelve a murmurar mientras se sienta en ella, cerca de la cama.
¿Me vas a violar?
El joven se ríe de nuevo, pero de un modo diferente. Agitando la melena rubia y lacia, sin asomo de maldad. Fernanda parece distinguir una risa malintencionada de una risa natural, sincera.
No.
Ahora, una sonrisa burlona.
¿Es lo que querías? ¿Qué te violara ese crío?
¡No!
Fernanda furiosa.
Ya, dice el joven. Que te acariciara la mano, un besito tal vez, que te cantara una balada. Supongo que canta baladas muy dulces.
¡No! Imbécil.
¿No, qué? ¿No canta baladas dulces, o no quieres un besito de tu Justin?
Sí, que eres imbécil.
El joven no replica. Fernanda piensa, se incorpora un poco. Ahueca la almohada detrás de su espalda.
¿Pero tú quién eres?
¿Yo?
Parece sorprendido de verdad. Una pequeña secuencia de gestos. De la extrañeza a la aceptación.
Claro, ni habías nacido.
¿Qué?
Cuando yo, en fin…
¿Cuándo qué?
El joven va a decir algo, pero no lo hace: se ríe, sacude la cabeza como si dijera no lo puedo creer. Ella le mira atentamente y dice:
¿Eres un ángel?
El joven suelta una carcajada, se lleva las manos a la cabeza. ¡Un ángel!, exclama.
¿Un demonio?
¡Tampoco!
Ella se impacienta y vuelve a preguntar pues quién eres entonces.
El joven se mesa un poco los cabellos, luego pasa el dedo índice entre el labio y la nariz, afirma con la barbilla y por fin dice:
Kurt Cobain.
¿Quién?, pregunta ella, sincera en su ignorancia.
Él vuelve a reír, otra carcajada incrédula, y prueba:
¿Nirvana?
¿Qué?
¡Nirvana! ¿Ni siquiera te suena?
Ah-ah, niega ella.
Kurt se derrumba teatralmente en la silla.
Ya, dice. Hace demasiado tiempo para ti. ¿Cuántos años tienes?
Quince.
Kurt ladea la cabeza, levantando una ceja y frunciendo la otra.
Catorce, concede ella.
¿Y te llamas?
Fernanda.
Fernanda. Así que no sabes nada de mí, ni tampoco de Nirvana.
No, lo siento.
Ya. Nada, tranquila. Me morí hace diecinueve años. Hoy, exactamente.
¿Estás muerto?
Es una manera de decirlo. Sí. Me quité la vida.
¿Te quitaste la vida?
Por primera vez ella no parece tener miedo ni sentirse furiosa. Tal vez apenada. De la sorpresa a la pena. Se nota porque se inclina ligerísimamente hacia él, aún apoyada en la almohada. Su mano inicia un movimiento en dirección a Kurt, pero cae sobre la cama.
¿Por qué?
¿Por qué no?
Ya.
Piensas en tu Justin.
Ella sonríe, baja la cabeza.
En si él se quitaría la vida, insiste Kurt.
No, imposible. Justin ama la vida.
¿Y yo no?
Te suicidaste, ¿no?
Kurt mira hacia el techo, luego hacia la ventana cegada, luego a sus manos, por fin a los ojos de Fernanda. Pero no dice nada, se nota que no es capaz, o que no sabe qué decir, o si merece la pena, porque deja caer los hombros.
¿Y por qué has venido?
Kurt se incorpora un poco.
Debe de ser un error. ¿Has pedido que viniera Justin a verte?
Ella no contesta.
Ya. Supongo que lo pides cada noche. Yo qué sé. Un error. En todas partes hay burocracia y funcionarios incapaces. Pero no insistas. Hasta que no se muera no vendrá a verte. Y, por cierto, reza para que no se quite la vida.
No lo hará.
Fernanda niega con vehemencia. Después mira con curiosidad hacia Kurt y pregunta por qué.
Porque no le verías por aquí en años, dice Kurt. Los que mueren pueden visitar de noche a quien lo pida. Una vez a la semana. Los que son asesinados lo pueden hacer cada noche. John Lennon, por ejemplo. Me cae bien, pero no hace más que presumir. Cada noche, ¡es que no te crees!
¿Y los que…?
Kurt levanta la mano, como si dijera no hace falta que lo digas.
Los que nos quitamos la vida, solo cuando se nos permite. Esta es mi primera visita, y ya hace diecinueve años que… Una especie de regalo de aniversario, supongo. Cuando vuelva reclamaré. Es indignante, tantos años sin una visita, y cuando por fin se me deja venir tú no quieres saber nada de mí.
Pero yo no había pedido que vinieras.
Ya, dice Kurt.
Habrá gente que pida que vayas, dice Fernanda.
O no. Igual es por eso.
Parece cansado, dolorido por algo que le llega desde muy dentro.
Fernanda se incorpora un poco más, ya está prácticamente sentada en la cama, con la almohada detrás de la espalda.
Sonríe.
Sí, hombre.
¿Sí, qué?
Que sí que quiero. No pareces mala persona.
Bah, pero no sabes nada de mí. Ni lo que era, ni lo que cantaba, ni lo que decía en mis canciones.
Fernanda duda, se mira las manos, un vistazo furtivo a Justin en la pared.
¿Por qué no me cantas una?
Kurt sacude la cabeza con desgana, la deja caer por delante de sus hombros, mirando al suelo. La melena queda en el aire, a pocos centímetros de la cama. Fernanda levanta la mano derecha, la extiende, roza el pelo. Cuando Kurt se mueve, ella retira la mano a toda velocidad.
Hace mucho que no canto. Toda una muerte. Y ríe su propia gracia.
Pero yo te lo pido.
No, imposible.
Por favor.
Kurt mira a su alrededor, entre los muebles.
¿No tienes una guitarra?
Ah-ah. Soy muy torpe.
Ya, pues no sé…
Venga, por favor.
Kurt mira a Fernanda, sonríe. Carraspea.
Comienza a cantar. I need an easy friend.
Se interrumpe, levanta la mano.
He empezado muy alto, no puedo.
Estaba bien.
Parece conmovida.
Sigue, sigue.
Kurt vuelve a carraspear. Golpea con las palmas en sus rodillas, como si tocara la batería, cierra los ojos, empieza más bajo, casi susurrando. I need an easy friend, I do, with an ear to lend, I do, think you fit this shoe, I do…
Fernanda lo entiende. Necesita una amiga que le escuche, que piense que es el indicado, pero no puede verla todas las noches libremente, lo sabe…
Su voz suena misteriosa y quebradiza en la noche. Tanto que Fernanda llora cuando la canción acaba.
No llores, dice Kurt.
No estoy llorando, dice Fernanda.
Pero se enjuga una lágrima indiscreta.
¿Te ha gustado?
Un niño. Es lo que parece ahora Kurt. Más pequeño que Fernanda, más pequeño que todas las cosas pequeñas. Casi suplicando: ¿te ha gustado?
Sí, mucho.
Silencio. Aún resuena su voz en la memoria de Fernanda.
Ven.
Da una palmada en la cama, se aparta un poco.
Kurt la mira, frunce el ceño. Fernanda se ha convertido en mujer. Sin un salto, sin una conmoción. Kurt duda, pero se levanta de la silla y se acuesta a su lado, encima de la colcha. Cierra los ojos.
Es distinto, susurra.
¿Qué?
Es distinto.
¿El qué?
Kurt apoya la cabeza en sus manos enlazadas, sobre la almohada. Tan cansado, dice.
Cántame otra, dice Fernanda.
Kurt abre los ojos, mira al techo. Habla de “allí”. Están muchos. Dice sus nombres con admiración.
Ellos cantan.
¿Y tú no?
No, me quité la vida. Es la primera vez que canto, desde aquel día.
¿Por qué no?
Creo que está prohibido.
¿Crees?
Supongo, no lo sé. Les escucho a ellos. John Lennon, Janis, Woody Guthrie, Jim Morrison, Edith Piaf, Django Reinhardt, Billie Holiday, Mississipi John Hurt… Y espero.
Fernanda no lo dice, pero solo le suena John Lennon. De los Beatles, sí.
¿A qué esperas?
A que vengan otros. Nick Cave, Tom Waits, Patti Smith, John Cale, Leonard Cohen, Mick.
Fernanda va a preguntar ¿Y Justin? Pero no lo hace. Frunce los labios. Mira a los posters de la pared.
Se vuelve hacia Kurt.
I need an easy friend, murmura. Vuélvela a cantar.
No, dice Kurt. Te voy a cantar “Waltzing Matilda”.
¿Matilda?
Eso parece sonarle. Lo ha leído.
¿El libro?
No. Matilda es un capote, un abrigo calentito. Como esta cama, pero en abrigo. Y “Waltzing Matilda” es vagabundear, andar por ahí con un Matilda. Es una vieja canción australiana. Sobre un vagabundo que robó una oveja y prefirió echarse al río y ahogarse que devolverle la oveja al terrateniente y sus policías. Es una historia de dignidad. Y de indignación. Se la escuché a Tom Waits una vez. En directo.
Silencio.
Cierra los ojos.
Ella obedece. Los cierra. Y al hacerlo siente que está más allá de su cama, de su habitación, de su ciudad, de la vida y la muerte. Mientras escucha.
Waltzing Matilda.
La voz de Kurt se ha vuelto ronca, parece que arrastra un millón de piedrecitas, waltzing matilda, waltzing matilda…
Se mece en la música, un dulce y melancólico vals.
Fernanda saca un brazo de debajo de las sábanas. Mira de nuevo los posters. Los ojos de Justin son ahora agujeros negros, vacíos. Cierra los suyos. Quiere abrazar a Kurt, mientras le escucha cantar, estira el brazo tímidamente.
Pero su brazo encuentra la cama vacía. Se incorpora, mira a su alrededor.
La voz aún se escucha, cada vez más lejos, un eco que se va desvaneciendo: 
You’ll come a-Waltzing Matilda, with me?
Fernanda casi grita, manda su voz tras él antes de que ya no se escuche nada:
¿Volverás?
Silencio.

  • Paloma

    Un relato precioso. Gracias por compartir ese recuerdo de Kurt Cobain (su pureza, su fuerza, su vulnerabilidad… )

    • viejo verda

      me ha sorprendido este surrealismo mouriano! me encanta bastante pero…. kurt cobain en mi jaima…. ¡no me gustaría!

  • CHEIKH

    hola gonzalo hoy has estado en nuestro instituto y me ha parecido estupenda la charla tambien me ha gustado lo que haces por los niños del sahara. un saludo CHEIKH

  • zabbat

    ¡es que no te crees!

  • viejo verda

    …me ha sorprendido este surrealismo mouriano! me encanta bastante pero…. kurt cobain en mi jaima…. ¡no me gustaría!