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Esporles se suma a la fiesta de la palabra

Oral o escrita, da igual. Alguien me preguntaba nada más regresar de Esporles para qué había servido. Para lo mismo que el Bubisher en el Sáhara, le respondí. Me habían llamado para hablar de literatura, y quise hacerlo sobre cómo la vida influye en lo que escribimos, y lo que escribimos en la vida. O lo que contamos. Esporles, una pequeña localidad de poco más de tres mil habitantes en el noroeste de Mallorca, es después de este fin de semana mucho más que un lugar en el que vivir, porque ya es un entramado de gente convencida del poder de cohesión que tiene la literatura. Hablaba con Pep Durán, con Miquel Rayó y con Xabier Docampo de lo bonito que sería hacer un mapa de los pueblos que dan la palabra a la palabra, que se movilizan para que la gente se implique en la lucha de resistencia de la cultura, de la suya propia y de la universal. Ballobar en Huesca, Fuenlabrada en el cinturón industrial de Madrid, Los cuentos del Ocejón en la sierra de Guadalajara, Allariz en el corazón de Ourense, Arenas de San Pedro, o ciudades de gentes tan cercanas e implicadas que parecen pueblos, como la Guadalajara que se nuclea en torno a su biblioteca y sus decenas de clubes de lectura… O tantos otros pueblos, que si hiciéramos un mapa del estado marcando en rojo esos pueblos parecería un acerico. Y cada uno se acordaba de otro, y de otro, y el mapa crecía…
Lo más importante de “Contesporles” ha sido, y eso es lo sustancial, la implicación de todo un pueblo. El trabajo de todo un año de decenas de voluntarios, el ambiente popular de todas las horas del día, las cuatro mil personas que han pagado entradas para asistir a las sesiones de pago, las “nisesabe” que han acudido a las gratuitas, la atención adulta, juvenil e infantil a todo lo que teníamos que decir los invitados. Que no era nunca tanto como ellos mismos nos estaban diciendo.
Me llevo tesoros en el corazón. Tesoros nuevos, con rostro y nombre, como Kate Corkery, como la Fada Gina, como tantos y tantas que a veces ni tenías tiempo para ver y escuchar, porque a cada hora había tres o cuatro actividades en las casas de la gente, en los jardines mediterráneos, incluso en excursiones de cuento… El tesoro de Albert Catalá, el de Jaume i Carme, el de poner rostro a esa energía desatada que se llama Mar Rayó. Y el de los reecuentros: Xabier, Miquel, Gabriel, Pep Durán, Domingo y Marga, Horacio…
Pude explicar mi itinerario personal por el Sáhara, la fertilidad de la vida, hice de Fatimetsu Abdesalam un personaje más de Esporles, hablé de la influencia de ella en Palabras de Caramelo, y de este en el camino que elegí, y cómo ese camino devuelve cuentos a los niños saharauis desde el Bubisher. Pude profundizar en el hilo de plata que une la tradición oral con la literatura escrita (“·la sombra de la palabra”, en frase Borges), la importancia de los huevos de pingüino emperador como objetivo inútil y tan útil en la vida, la bendición de una madre que cuenta cuentos desde su tabla de planchar, su costurero o su cocina a un niño que un día será escritor.
Y mucho más, porque de cada charla, de cada cuento, de cada merienda, comida o cena se desprendían mil caminos nuevos.
¿Para qué? Para que un pueblo más crea firmemente en el poder de la palabra, pero sobre todo para que crea en su propio poder para cambiar las cosas, su propia capacidad de unión en torno a una idea hermosa.

Y cuando ya todo acabado tuve el privilegio de contar con Albert i Amalia como guías para hacer una pequeña ascensión por el encinar, para ver el mar (como un muro, Albert), y el pueblo que me había acogido, apiñado y solidario.
Contesporles, primer capítulo. Será una novela larga, muy larga. Seguro. Gracias.