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¿Y CUÁNDO FUE EL GOLPE DE ESTADO?

No escribo desde la necesidad o voluntad política. Creo que la mejor política de cada uno es hacer lo que uno sabe y puede hacer lo mejor que sabe y puede. En mi caso, escribir. Un hermoso oficio que recrea la vida, que le da la oportunidad a los hombres y a la naturaleza de ser mejores, o peores, o simplemente distintas. Creo firmemente que la novela, como el cine, la música, la pintura, el arte en suma, es el lugar en el que el ser humano va conformando, línea a línea, palabra a palabra, su identidad del futuro. El matraz de la evolución moral y ética.
Por eso escribo hoy de política, porque la política amenaza al libro, al pensamiento. Y lo hace atacando la raíz. La educación, la cultura, la universidad, la investigación. Reduce al mínimo la educación pública para las masas y fortalece la educación elitista de las élites (rizando el rizo). O no, más bien retrocediendo, borrando lo mejor del estado del bienestar: la igualdad en la educación, la socialización y democratización del futuro.
Miente el presidente del gobierno cuando dice que el final de la crisis está cerca, y que al otro lado del túnel estaremos por fin a salvo. No es verdad. O es mentira, que parece lo mismo pero no lo es. No verdad puede ser error, mentira es voluntad de engañar. No, al final del túnel hay otro mundo distinto al que habitábamos, al que queríamos habitar. Al final del túnel hay trabajo, sí, pero trabajo en condiciones mínimas, de subsistencia. Al final del túnel no hay solidaridad posible, hay una piscina llena de tiburones: supervivientes. Al final del túnel hay una sanidad envilecida para las masas, y una sanidad privada para las élites. Al final del túnel el talento de nuestros jóvenes se agota y se agosta en la lucha por pagar la matrícula, el piso, la vida. En ese retorno no hay retorno, hay una nueva realidad. Una realidad devastada y devastadora.
He estado en Chile recientemente. Chile sabe, los chilenos saben. Viven cada día sabiendo lo que perdieron en el golpe de estado: libertad, muchos vida, la mayoría futuro, los pobres refugio, los hambrientos ayuda. Todo, o casi todo. Pero no todos. El golpe fue bueno para unos pocos. Las élites. Para sus negocios, para su vida, para sus hijos. La Universidad de Chile se volvió inaccesible para los hijos de los demás. La enseñanza pública se redujo al mínimo, la cultura fue proscrita, y para ejemplificarlo cortaron las manos de Víctor Jara antes de quitarle la vida. Pero Chile, en un referéndum insólito, supo decir NO, se desembarazó de los golpistas de la manera más hermosa: con la voz, con la palabra. Con el voto. Pero el país aún no logra desembarazarse de los restos del naufragio, vive en su particular mar de los Sargazos, y los libros son caros, la enseñanza pobre, la universidad casi inalcanzable, la investigación anquilosada. Y la sanidad, la salud. Bolsas de pobreza. Desigualdad en el hoy y en las oportunidades. Por eso piensan, por eso dialogan y debaten, por eso avanzan, por eso votan, por eso eligen: porque todos, todos, quieren ver de verdad el final del túnel.
Allá, en Chile, escuchaba a los chilenos, tan conscientes de lo que habían perdido en los años de plomo, y de pronto me dije: ¿Y cuándo fue nuestro golpe de estado? Más allá de los símbolos y los uniformes, ¿no son los mismos objetivos? ¿Los mismos resultados, las mismas amputaciones, la misma discriminación, la misma e injusta desigualdad?
Somos afortunados, a nosotros no nos han fusilado. Pero España está llena de cadáveres simbólicos. Maestros, bibliotecarios y profesores en paro, investigadores acudiendo a concursos de televisión ramplones para seguir investigando, comedores sociales repletos, cincuentones rebuscando en los cubos de basura aún vestidos con sus viejas corbatas, jubilados reduciendo su medicación o renunciando a ella, parejas jóvenes enquistadas en casa de los padres o los abuelos, estudiantes resignados a dejar la universidad por no poder pagarla. Cadáveres simbólicos, si se quiere, pero auténticos muertos vivientes. Han fusilado a la esperanza, a la ilusión, eso es. Le han cortado las manos al futuro.
¿Cuándo ha sido el golpe de estado?
Más. Los chilenos van a votar, llenos de dudas humanas, pero van a votar. Nosotros no, qué dignos, qué desilusionados, qué indiferentes, mientras repetimos como loros un mantra importado, impuesto, implantado: son todos iguales, sontodosiguales, sontodoslomismo, daigualunoqueotro. Y no, no da igual. Quieren eso, quieren que lo creamos, que repitamos el mantra, que nos abstengamos. Y lo quieren porque ellos no lo harán, porque ellos sí que irán a votar, para poder seguir cortando las manos del futuro, de la esperanza, de la ilusión.
Esta vez no caeré en su juego. Esta vez, la que sea, voy a votar. Y todas las veces. Buscaré, leeré programas, escucharé, miraré a sus ojos. Y puede que me engañen, porque el ser humano está especialmente dotado para la mentira, pero si me equivoco seguiré leyendo, escuchando, mirándoles a los ojos. Y votaré por el que crea mejor, pero no recitaré nunca más su mantra, porque no es verdad y además es mentira. Porque sé muy bien cuándo se produjo el golpe de estado que masacra la cultura, a la educación, a la investigación, a los libros, maestros, profesores, enfermeras y doctores: el día en el que creí que eran todos iguales.

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  • Begoña

    Es cierto, no son todos iguales, hay que votar al que de verdad quiera la igualdad para todos. A quien esté dispuesto a darnos las mismas oportunidades de avanzar y no nos llene de piedras el camino.
    Debemos buscarlo y salir a votarlo todos en masa. Después cruzar los dedos y esperar que durante el mandato no cambie el programa y si lo hace, en la vez siguiente volver a votar; otro vendrá.
    Me ha gustado este artículo y lo comparto para que llegue más lejos, para que haga pensar.
    Saludos