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Musiki

Musiki ya está en las estanterías, espero que en las de muchas bibliotecas. Editado tan primorosamente como siempre por SM.
Decía Ana María Matute que sus palabras mágicas eran “Érase una vez”.
Cuando escuchamos eso, sabemos que estamos en el inicio de un cuento, de una historia. Sabemos que es inventada, pero no nos importa, lo aceptamos, deseamos que nos “mientan”, y si nos emociona reiremos, lloraremos o temblaremos, aún sabiendo que lo que escuchamos no sucedió.
Ese es el reto que quise asumir. Toda novela es eso, pero no siempre esta presente en la acción. En “El árbol de las campanas azules”, de Tina Blanco (lo siento, inencontrable ya), había el mismo reto: es una historia imaginada, lo sabemos, pero la creemos.
Musiki surgió así, como relato en el arranque, y ese principio es lo único real del libro. ¿Y lo demás? Lo que decía hace poco: el laboratorio del hombre, lo posible.
Os dejo el arranque. Y el que quiera saber más…

La ciudad

no quería tragar más coches. O no podía. La ciudad padecía una monstruosa indigestión de coches. Llovía. Mi coche estaba parado y a mi alrededor veía rostros descompuestos por las gotas de lluvia y por la espera. Perfiles borrosos enmarcados en sus ventanillas. Se escuchaban bocinas impacientes, gritos. Miré el reloj y llegué a la conclusión de que no llegaba al ensayo. Me imaginé a mis compañeros afinando y tocando algunas piezas, pero mirando de reojo mi piano vacío.
Una de dos: o me sumaba a los gritos y los bocinazos, o me olvidaba del ensayo hasta que no hubiera más remedio que llamar y decir que no llegaba, cultivaba la paciencia, y aprovechaba el tiempo; o lo desaprovechaba, según quien lo juzgue. Elegí la segunda, o puede que la tercera opción. No lo sabía, aún no lo sabía.
Minutos después la gente comenzó a salir de los coches al asfalto mojado. Hablaban entre ellos, miraban hacia delante. Bajé la ventanilla, pregunté a un chico que volvía a su coche con el pelo revuelto. Me dijo que nadie sabía nada. Por hacer una broma, le pregunté si no habría caído un meteorito en el centro. Sonrió, entre perplejo e inocente, y no me atreví a decirle que era una broma. Cuando se iba se volvió y dijo que habría sido un accidente o una manifestación, nada más.
Puse la radio. Fui rastreando las emisoras, pero ninguna hablaba de accidentes ni de manifestaciones, ni mucho menos del atasco. Busqué entonces algo de música. Suelo huir de la música clásica de la radio: o demasiado sabida, o demasiado experimental. Pero oí un piano y detuve la búsqueda. No conocía lo que tocaba, pero me gustaba. Ni idea de quién sería el pianista. Mejor, los pianistas somos demasiado celosos del talento de los demás. La música era extraña. No era clásica, ni tampoco demasiado moderna. Sonaba bien, y en ella había rastros de todas las músicas, desde el romanticismo hasta las músicas africanas, pasando por el blues y el jazz.
Escuchaba el piano con placer cuando alguien se acercó a mi coche con un paquete de pañuelos en la mano.
Primero, el paquete en el cristal. Luego él. Su piel negra, su sonrisa blanca. Era joven, muy joven, y aún así parecía muy bajo para su edad: apenas sobrepasaba con sus ojos la ventanilla. Su sonrisa estaba a la altura de mis ojos. Tan blanca que al verla parecía que hubieran encendido una luz. Sus dientes sugerían las teclas de un piano, como si fueran las del que estaba escuchando en la radio. Qué extraña sugestión, en un segundo largo: miraba sus dientes y su sonrisa y escuchaba la música, el sonido que parecía surgir de aquellas teclas vivas.
Quité la radio unos segundos para bajar ventanilla, le compré el paquete al muchacho negro, pero no me atreví a decirle nada, salvo gracias, a lo que él contestó con la misma palabra y otra sonrisa. Y me hubiera gustado decirle, al menos, que sus dientes parecían las teclas de un piano. También hubiera querido preguntarle cómo se llamaba. Pero no hice nada de eso. Me quedé quieto, mirándole y volví a la música.
El chico se alejaba, de coche en coche, ofreciendo sus pañuelos. Y seguía lloviendo, sobre el asfalto, sobre los coches y… sobre él. Las gotas formaban pequeñas perlas en su pelo de rizos muy apretados y en la espalda de su chubasquero azul. Se movía entre los coches con agilidad. Como si bailara, como si la música le llevara en volandas, pese al atasco, al humo y a la lluvia.
Yo lo sentía, me dolía. Qué lejos de su tierra, de sus colores, de su aire, de su sol… aquí, envuelto en humo y en frío y en grisura. Sin sol, sin árboles, en la ciudad inhóspita y cerrada sobre sí misma, intentando entreabrir la celda de cada coche con sus pañuelos. Expulsado de su aldea, de su ciudad, de su país y de su continente por el hambre, la guerra o las plagas y las mentiras sobre lo que les aguardaba aquí, al otro lado del Estrecho.
Cerré los ojos, esperé. Los abrí. El chico seguía flotando de coche en coche, pero nadie más bajaba la ventanilla. Y así, mientras escuchaba la música y veía al muchacho negro que parecía bailar a su ritmo entre los coches del atasco, nació esta historia. Que existe en la extraña dimensión de un atasco, en ningún lugar y en todos. Puede que irreal, pero real al mismo tiempo. Al menos en mi mente. Allí estaba el chico negro, de pronto convertido en protagonista de una historia que crecía en mi cabeza, tan lejos, en África, y tan cerca, en la ciudad lluviosa y fría. ¿Cómo sería su vida de niño, habría crecido entre el detritus de una gran ciudad, o en una aldea? Su paso tan ágil me convenció: viene de la selva, me dije. Pensé en ella. ¿Cómo es en realidad? Árboles muy verdes, tierra roja. He viajado a África, pero solo a sus ciudades, para tocar en algún concierto. No conozco la selva. Conozco su música pero no su imagen, como un ciego. Un ciego capaz de imaginar.
Me recliné en el asiento. Cerré los ojos, hice fuerza con ellos, apretándolos hasta que del fondo de mi cerebro surgió un telón rojo. Rojo sangre, oscuro, en el que brotaban chispas luminosas. Y así empecé a entrever aquella selva, su luz, su sol, sus hombres y mujeres, sus niños…

Había una vez, entre aquellos niños, uno con el pelo rizado, de rizos muy
apretados y dientes blancos, que se llamaba…

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