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Molestia aparte, un molesto y necesario libro.

14585835585_341763bee8_mCon permiso, y “Molestia aparte” (Ignacio Carrión, Reino de Cordelia, 2014).

O sin permiso. Y no de Carrión, sino de todos aquellos que querrían que este libro no estuviera en ninguna librería, y menos en ninguna biblioteca. Que serán, que son muchos.
Por delante: nunca he leído un libro semejante.
Por detrás: sería una pena no haberlo leído.
“Molestia aparte” (título sugerido por el editor) tiene ya dos tomos. Desconozco si le seguirá otro. El primero abarca una selección de notas diarias que van de 2001 hasta 2005, y el segundo hasta 2010. No es que quiera, es que necesito el siguiente, el que llegue hasta nuestros días, estos días de comedia bufa que parece haber escrito alguien que se burla de nosotros, más aún de lo que Ignacio Carrión se burla de ellos. Ellos, los muñidores, los que se arrogan el protagonismo de todo lo público.
Ya antes, Carrión publicó sus fragmentos diarios en “La hierba crece despacio”, 1961-2001, nada menos. No leí ese primer volumen (lo haré), así que hablaré de “Molestia aparte”.
Y molesta, y eso lo convierte en hipnótico, una especie de ducha escocesa, pasando del calor al frío (helador), y te hace sentir tan incómodo en una nota como confortable en otra. Conforta por su audacia, por su insobornable independencia, molesta por su sinceridad rayana en la impudicia (o sin rayar, en plena impudicia). Y duele pensar lo que puede doler a sus más cercanos, a los suyos y a los exsuyos, a los que retrata sin maquillaje, y quién sabe si justa o injustamente, porque la realidad no existe, que solo existe la realidad que imaginamos o inventamos o creemos o nos creemos. Y duele por el mismo escritor, que de pronto te golpea con confesiones de cosas que, piensas, nunca confesarías en público, tan en público. Y te das cuenta de que se trata de un libro esquizofrénico (gloriosamente esquizofrénico), porque si bien está escrito para uno (él) mismo, sabe de antemano que hará lo posible (y lo imposible) por publicarlo. Narciso y Calígula y Nerón en armonía.
Se puede leer, molestia aparte, por morbo, para ver cómo pone (de hoja de perejil es poco) a políticos, escritores, y hasta “amigos” (ay) o conocidos, pero para eso ya está el Hola, que por cierto gusta y descojona al propio autor. Pero más bien se debe leer por la radicalidad del alma humana, o por la radicalidad que debe guiar al alma humana. Y por amor, el amor de (y a) Chus, su compañera, tan fuera de toda duda que resiste incluso sus confesiones de jardín de los infieles.
Confieso que lo he leído con sed, siempre con el deseo de más: casi en cada nota, siempre en cada página. Notas breves, unas, y menos breves otras, pero que tienen ese efecto de ducha escocesa: leo una más porque esta me ha dejado el paladar amargo, leo otra más porque esta me lo ha dejado con sabor a anís y rosquilleta, o a mistela. Y así, sin parar, hasta el final. Y en medio, en medio de cada medio, te preguntas por tí mismo sin cesar: ¿me atrevería, acaso yo no, qué haría yo, lo escribiría así de desnudo y brutal? Yo, él. O acaso no es esa la esencia misma de la literatura: alguien que presta su yo para que te cuestiones el tuyo; hay que doler de la vida hasta creer, como cantaba Pablo Guerrero, que tiene que llover a cántaros. No hay lluvia para tanta caspa. Tanta como describe el cirujano Carrión.
Quiero más, pero me conformaré de momento con viajar hasta el instante en el que la hierba crece. Y le pido al autor, si me lee (qué se yo, puede que sí), que escriba ya la nota de su muerte (ojalá que muy tarde) para que no quede incompleto su dueto de trapecistas sin red, Eros y Tanatos al alimón.

Para más, una buena entrevista: http://www.fronterad.com/?q=bitacoras/carlossantacecilia/ignacio-carrion-“ellos-ladran-y-yo-escribo”