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¿Y PARA CUÁNDO EL RECONOCIMIENTO DEL SÁHARA?

El mapa del mundo está cambiando. El fin del bloqueo a Cuba, el proceso de paz en Colombia, la consolidación y éxito de modelos populares en América Latina como Ecuador, Bolivia, Chile, Brasil, y, por supuesto, el reconocimiento diplomático europeo de Palestina como estado independiente. Queda mucho para un mapa justo y pacífico del mundo, por supuesto, pero algo parece estar cambiando, con la proa puesta en el rumbo adecuado. Y en ese contexto, ¿qué pasa con el Sáhara? No hace falta siquiera verlo como (y como realmente es) un problema de derechos humanos, de represión y de juicios militares por presuntos delitos políticos, de exilio y separación forzosa de familias; el problema del Sáhara afecta al mundo entero tanto como el de Palestina, porque es el último resto del peor colonialismo del siglo XIX. Es, por tanto, una asignatura pendiente para el mundo, con dos siglos ya dejándolo para el septiembre: un septiembre que nunca llega. El Sáhara está partido por el muro más largo del mundo, que de estar en Europa dividiría en dos el continente, con 2.700 kilómetros que, para hacernos una idea, son la distancia que hay entre Coruña y Copenhague.
Resulta patético ver a nuestro ministro de Exteriores queriendo adjudicarse algo del proceso que lleva al final del bloqueo de Cuba, cuando si la historia le exige auténtico protagonismo es en el fin del bloqueo del Sáhara. España es la potencia colonial del Sáhara, según la ONU, y recae sobre ella la responsabilidad (compartida con la ONU y el Comité de Descolonización) de convocar el referéndum de autodeterminación que durante dos siglos han podido realizar todos los demás países africanos.
Sabido (y comprobado) es que sea cual sea el tono del gobierno democrático de turno, las buenas promesas de oposición se convierten en palabras huecas cuando asume la responsabilidad. Personalmente estuve en el Congreso de los Diputados cuando votó unánimemente una resolución unívoca y clarísima en favor de ese derecho de autodeterminación y el fin de la ocupación marroquí. Pero hay un cajón secreto en La Moncloa (y mucho más en La Zarzuela) que después hace inviable esa “buena voluntad”. Dinero, seguramente, que se suma a los chantajes más evidentes de nuestro vecino del sur: las vallas, las pateras, los intereses empresariales, el hachís y, por qué no, el terrorismo.
Por eso, cualquier programa electoral que repita lo que ya el congreso aprobó por unanimidad es papel mojado.
SOLO HAY UNA FÓRMULA capaz de desbloquear esa situación: EL RECONOCIMIENTO DIPLOMÁTICO DE LA RASD. Sería el inicio de un proceso que sería imparable, y que concluiría, seguro, en el deseado y deseable referéndum.
Ningún partido lleva ese punto en su programa, y hay una ventana de esperanza en Podemos, cuyo “Círculo saharaui Podemos” está sometiendo estos días a los 280.000 registrados en la formación un programa encabezado por dicho punto. No basta. Izquierda Unida debe incluir también ese punto en su programa, y así debe empezar un proceso en el que todos los partidos se definan, de modo que el que no lo lleve como llave para enfrentarse al problema del Sáhara quedará expuesto a la opinión pública. Lo ideal, por supuesto, sería que todos los partidos lo llevaran, pero no hay que hacerse ilusiones: PP y PSOE han demostrado sobradas veces su sumisión a los dictados de Rabat, París y Washington. El resto no ha gobernado, y por tanto puede decir que su conciencia está limpia.
¿Cómo conseguirlo? La RASD tiene diplomáticos buenos, malos, regulares y extraordinarios. Que dedique a los mejores a reunirse con los parlamentarios y dirigentes de todos los partidos. Y que haga un mapa que nos orientará a todos los que amamos al Sáhara, y nos sentimos corresponsables de una tremenda injusticia que ya dura casi cuarenta años, cuarenta, la cifra tope para nuestra memoria histórica.