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Elsa Aguiar, mucho más que una referencia.

31Su blog se llamaba (se llama y se llamará) “Editar en voz alta”. Y si hubiera Facultad de Ciencias de la Edición, debería estar en el programa como materia obligatoria. En él, Elsa se enfrentó a ella misma, como editora de SM, y por tanto de muchos de los títulos fundamentales de la literatura infantil y juvenil de nuestro país. Digo que se enfrentó a ella misma, porque las propias etiquetas de El Barco de Vapor y Gran Angular obligaban, y con una apabullante sinceridad decía de cierto libro que se lo daría a leer a sus hijos adolescentes, pero que no lo editaría en su colección. Coherencia, realismo, y fortaleza.
Por fortuna, Elsa ha creado escuela en su propia editorial, e igual que siempre intuiré lo que me diría Elsa si le pudiera volver a enviar un nuevo libro, creo que sus compañeros de mesa sabrán siempre lo que ella habría opinado. Y mucho más, porque Elsa Aguiar ha sido (al menos para mí) lo más opuesto al editor que no responde nunca, y al que se limita a decir que sí o que no. Elsa leía desde mis propios ojos, me los abría, me los limpiaba, me despojaba de pretensiones y soberbias, me orientaba, y hasta me devolvía a mi propio camino, a mi propia voz. Ágil, resolutiva, eso era. Y clarividente, aunque esa facultad de ver de antemano el camino de un libro no la desviaba de su propio juicio: aunque no creyera que se fuera a vender mucho, juzgaba por la calidad, decidía con el corazón, muchas veces a despecho de los números. Nunca, nunca me sentí injustamente tratado. Me dijo que sí varias veces, y me dijo que no otras varias, y en este último caso siempre supe que ella lo veía mejor que yo mismo. Y eso debe ser un editor, alguien que ayuda a comprender que es mejor que un libro no vea la luz, o a que sea mejor, porque como hablamos alguna vez en largas conversaciones, todo libro es un fracaso, un intento humano (y por tanto imperfecto) de reflejar la vida y profundizar en ella. Por decirlo así, ella hacía que el fracaso (como deseaba Samuel Beckett) “fuera mejor”.
Elsa veía más allá del libro tal y como lo concebimos. Muchas veces no estuve de acuerdo con ella, pero su empeño en encontrar nuevos caminos para la literatura, vinculada a las nuevas tecnologías, era emocionante. Siempre estuvo atenta a las innovaciones en cualquier rincón del planeta. Sabía que el libro resistiría tal y como lo amamos, pero también que había que lograr conectarlo con las nuevas generaciones digitales. De momento aún creo que el libro de siempre sigue siendo superior a todo intento de sustitución, pero si algún día se encuentra el camino (y si ese “nuevo libro” logra ser mejor que el viejo), Elsa estará en los cimientos de ese cambio. Recuerdo con nostalgia infinita cómo se entusiasmó con “El arenque rojo”, precisamente por todo lo contrario: porque era una enmienda a las tabletas y las nuevas tecnologías, porque ganaba desde el eterno soporte del papel que se puede acariciar y oler, doblar y sobar, a cualquier novedad, y al mismo tiempo tenía algo de la interacción con la que ella solía fantasear. Y esa era su grandeza intelectual, la capacidad para dudar de todo, hasta de sus propias certezas.
Y después de releer lo escrito me doy cuenta de que nunca he tenido una relación igual con ningún otro editor. Los he conocido muy buenos, buenos, regulares y decepcionantes, pero con ninguno he reflexionado tanto, ninguno me ha enseñado tanto.
Ya lo sé, su muerte es injusta, personal y profesionalmente. Le quedaba lo mejor, estaba destinada a ser cada día más grande y determinante. Pero a pesar de su juventud, marcó un camino. Sé que es insustituible, pero espero que sea un ejemplo para las nuevas generaciones (las viejas no tienen remedio) de editores, los que tienen que ser los parteros de una nueva generación de escritores, todos esos jóvenes que necesitan eso mismo, lo que fue y es Elsa. Por eso, y aquí cierro por hoy, (pero no cierro para siempre), esta reflexión: en su blog están todas las claves. Con tan desarmante sinceridad, con tanta honestidad. La edición está hoy huérfana, pero sé que habrá nuevas elsas, como a ella le hubiera gustado, estoy seguro de que le gusta. Su blog debería ser editado en papel, aunque no sé qué opinaría ella. Dudar, a eso me enseñó Elsa Aguiar, me sigue enseñando.

  • Antonio

    Tuve el infinito placer de trabajar con ella y que me diera su confianza, cariño y amistad. Nunca se lo devolví como se merecía, y ya nunca podré hacerlo. Esto se suma a su irreparable pérdida.
    Echaré de menos su sonrisa permanente, sus tics cuando te regañaba con cariño, su pluma que le manchaba los dedos y tantas otras cosas.
    Hasta siempre, Elsa.