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FUELABRADA ES EL ASTEROIDE DEL PRINCIPITO

Hace ya tres años, Ricardo Gómez y yo propusimos a las bibliotecas de Fuenlabrada que, además de pedir la visita de escritores vivos, los centros escolares de Fuenlabrada pudieran invitar también a los clásicos. La experiencia se inauguró el año pasado, con resultados esperanzadores. Este año han sido ocho los históricos que han visitado los centros. Elegí a Saint-Exupéry. Por qué, me preguntó algún chaval. Porque no estoy seguro de que me guste, contesté. O también, porque algunas cosas del libro no me gustan, como tampoco me gustan algunas de los míos.
Y es que en los numerosos encuentros en los que he “sido” Saint-Exupéry, siempre ha funcionado el juego apasionante: todos -menos uno que aún no sé si se quedaba conmigo y con sus compañeros- aceptaban que pese a llevar el casco de piloto y la cazadora, y hasta la bufanda más clásica, era él y era yo al mismo tiempo. Y rizando el rizo, entre preguntas dirigidas a “Saint-Ex” y a Gonzalo, alguno incluso preguntaba la relación que había entre El Principito y Palabras de Caramelo, por ejemplo. Y la hay, como la hay entre todos los libros que se han escrito en la historia d la humanidad, porque, de acuerdo con la metáfora que ha ido creciendo en esta inolvidable semana en Fuenlabrada, todos los libros son hojas de un árbol cada vez más grande, más umbroso, más armónico, hojas que han alimentado y alimentan el grueso tronco de nuestro pensamiento común, nuestra ética, nuestra capacidad de soñar otro mundo posible. Así nos hemos ido haciendo, formando, y en cada uno de nosotros hay rastros de Ulises, de Sancho Panza y del Quijote, del capitán Achab y de Gregorio Samsa, de Peter Pan, de Romeo y Julieta, de Robinson y de Alicia, de Gulliver y de Huckelberry, de Long John Silver y de Shanti Andía, y así hasta hoy, hasta esta tarde, cuando un chico de México experimente con la realidad como base y sus sueños como reactivo.
El Principito es un libro escrito cuando la humanidad se mataba con saña, hasta 60 millones de muertos como mínimo. No le debe extrañar a nadie que sea un libro tan ausente de esperanza, que fuera el testamento de alguien que prefirió enfilar con el morro de su Lightning hacia el asteroide en el que le esperaba el niño que fue. Pero aún así, han sido los propios niños de Fuenlabrada los que han ido descubriendo que no hay ninguna mujer en el libro/testamento de Saint-Ex, y que si la rosa del pequeño príncipe es Consuelo, su mujer, duele leer que la mantiene en una ampolla de cristal, que prefiere una caja con agujeros a un cordero libre para que no se coma la rosa. Y otros chavales me han preguntado por qué no hay un solo personaje que simbolice la esperanza, salvo la narcisista dupla del escritor y su reflejo infantil.
Tienen razón. ¿Y podemos culpar al autor? Sí, porque la del Principito es también una hoja del árbol de pensamiento que somos. Hubiera preferido que hubiera mujeres en el libro, que hubiera personajes con esperanza, porque así no se habría equivocado tanto. Todos los niños que he conocido estos días, todos los adolescentes a los que he vuelto a encontrar en el Carpe Diem o en La Serna, son la prueba de que hay lugar en este mundo para la esperanza: ellos mismos eran la prueba de que Saint-Ex tenía que haber apostado por la vida, y no por la serpiente y su veneno.
Acepto el libro por el capítulo del zorro, uno de los más hermosos de la literatura. Me quedo con el capítulo siete, el suyo. Es el zorro (y no el príncipe, como normalmente se dice) quien afirma que lo esencial es invisible a los ojos, como un camellito y una niña dorda me dijeron un día en los corrales de Smara que lo esencial es inaudible a los oídos. Redime al libro el capítulo del zorro, y sobre todo por “el color del trigo”: Llorarás cuando me vaya, no ganas nada, le dice el Principito al zorro después de domesticarlo. Pero el zorro dice algo precioso: Gano por el color del trigo. Porque sí, cada vez que el zorro vea el trigo mecido por la brisa, evocará al amigo que lo domesticó, sentirá nostalgia y dolor, sí, pero también amistad.
Algo así me pasa con Fuenlabrada. Cada vez que durante el resto del año visito un colegio en el que los maestros han dimitido, echo de menos el color del trigo. Y al revés: cada vez que llego a un centro lleno de lazos de emociones, sentimientos, deseo de saber y de aprender simétrico con el deseo de compartir y enseñar, siento el color del trigo. Porque esta ciudad me recuerda también al desierto, que no es bonito pero es hermoso, porque en sus seres humanos hay mucha belleza. Al desierto real en el que Susy Alvarado reencontró al niño de los cabellos dorados convertido en carbonero (“El Principito ha vuelto”). Fuenlabrada, que lleva más de treinta años ofreciendo gratuitamente a todos sus centros escolares la experiencia de la visita del autor que ellos quieren, que ha regalado la oportunidad de hacer la vivisección de un libro y un autor a casi trescientos mil chavales a lo largo de estos años, que en la práctica ha hecho posible que nos conozcamos, nos respetemos y nos queramos cientos de autores, que ahora incluso hace posible que “venga” Emilio Salgari, Julio Verne, Mark Twain o Jack London, es el auténtico asteroide en el que sobrevive, diga lo que diga Saint-Exupéry, la esperanza. Con un enorme baobab que simboliza el pensamiento de la humanidad, en perpetuo crecimiento.

  • Viento

    ¿Y si la ausencia de lo femenino en el libro es, precisamente, una forma de decir que las mujeres son la esperanza?
    ¿Y si ese cordero inmaterial es un canto a la fuerza poderosa de la imaginación?
    Cada libro se disocia en tantos libros como lectores lleguen a interiorizar su mensaje. Y es distinto, porque distintas son las miradas.