Otras

Escrito con pasión

Hace unos meses, Isabel Sánchez, de la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca, me pidió un artículo para la revista Biblioteca. Un honor, al que no podía responder tibiamente. Escribí esto entonces, con verdadera pasión. Ahora ya está publicado, que es lo mismo que confesado. Gracias por tu invitación, Isabel, que me permitido bucear en la memoria.

EL HOMBRE DE MUCHOS SENDEROS

Me he sentado a escribir frente a la vitrina en la que reposa la colección de bosques de mi madre. De libros de bosques. He hablado de su colección varias veces, en otros tantos libros, pero nunca como ahora ha sido tan necesario hacerlo, porque en esa vitrina no reposa solo un montón de libros con la palabra bosque en su título, sino también, y sobre todo, el alma de mi madre. Que fue lectora hasta la médula, o desde la médula, y que vivió en una permanente melancolía, en la añoranza de un bosque que solo había habitado en sus sueños. Estos libros un poco ajados perfuman también mi memoria, porque a su sombra crecí y en sus claroscuros me entendí, primero, y me fui haciendo, después. He abierto uno de ellos, ya perdido en el inmenso río de los libros de la humanidad, y he encontrado una foto pequeña y en blanco y negro, de bordes ondulados. Tan pequeña que he creído que el niño de dos o tres años, sentado en una escalera de piedra, era yo. Y seguramente no, era mi hermano mayor, y da igual, porque las fotos son más la mirada (en este caso la de mi madre) que lo mirado (puede que yo, puede que él, no importa). Como los libros, que también venían de pasar por su mirada.
Muchos de los bosques de mi madre los leí yo también, porque en su lisa sabiduría me decía “el que puedas” cuando le preguntaba qué libro podía leer. No los recuerdo todos, pero todos están en algún rincón de mi ser, forman parte de mi camino, como todos los libros están en la memoria colectiva de ese inmenso bosque de una sola raíz al que llamamos ser humano. Somos lo que somos en cuerpo por pura herencia genética y en alma por herencia de quienes han pensado y repensado al ser humano a lo largo de todas las generaciones, desde la primera historia en la cueva ante una hoguera. Somos un poco quijotes y un poco Peter Pan, un poco Romeos y Julietas, un poco Hamlet y Macbeth, un poco Sandokán, un poco Gregorio Samsa, un poco coroneles Buendía, un poco Sherlock Holmes, un poco Robinson y un poco capitán Achab. Y no seríamos lo(s) mismo(s) sin esos libros y muchísimos más, los hayamos leído o no, vivamos en un continente u otro, como también somos mitos y leyendas africanas o asiáticas, y cuando cantamos late en nosotros el mapa de una canción de un remoto australiano en la noche de los tiempos o una cuarteta beduína de rima consonante. Solemos repetir una y otra vez que leer es conocer al otro, y hay que ir un paso más allá: leer es conocerse a sí mismo. Porque si es cierto que en lo que el ser humano ha escrito a lo largo de la historia están las claves de su desarrollo ético, leer es entonces el acto de entender lo que somos. Leer es, así, un acto de psicoanálisis, porque cuanto más leemos, más instantes de la historia de la formación de ese yo colectivo reconocemos. Y al hacerlo nos enfrentamos a nuestras propias contradicciones. Así, leer cura.
Y así también mi vida, desde aquellos primeros libros a la sombra de la biblioteca de mi madre, ha transcurrido y transcurre por un mapa escrito por otros a los que debo gran parte de lo que siento, lo que amo, lo que me rebela y lo que me serena. Yo la imitaba cuando ella leía, y antes de saber leer me sentaba en una sillita con un libro entre las manos imaginando que (y lo que) leía, como después empecé a fingir que escribía como ella, y ya otorgaba a los pequeños símbolos que alineaba en la página en blanco el mismo valor mágico que de verdad la palabra posee. Mi madre es ya solo recuerdo, pero un recuerdo con aroma propio, y su memoria está disuelta en los libros que ella leía y en los que yo encallaba mis primeros intentos. Y en cuanto se soltó la barca con la marea de los años, empecé a frecuentar las librerías de lance de la calle de la Nave, rebuscando entre los restos del naufragio de otros, comprando por una peseta los libros que me llamaban entre el polvo de piel muerta, y no recuerdo muchas cosas con más misterio que el nombre autógrafo de aquél a quien había pertenecido el ejemplar recién adquirido, y su aroma dulce, y los laberintos de taraza que se enredaban con las palabras impresas. Añoro mi caza de libros de James Oliver Curwood, como si sus osos y lobos conocieran las claves de mi breve vida y la solución final estuviera en el siguiente, y cuando un día descubrí que ya no había más, salté a otra rama del bosque, y de ésta a otra, y así hasta hoy, buscando siempre la explicación de algo inexplicable. Y cada vez que empleo un adjetivo de más tengo en mi mente el marco azul o rosa de la colección Austral desde el que el maestro Azorín me decía en aquel lejano entonces que adjetivar es apoyar en bastones a las palabras, que hay que dejarlas caminar solas y rectas.
Puede haber, y los hay, pasajes borrosos de mi propia vida, pero aquí estoy, y habré elegido en las encrucijadas, y sé que en esa elección he consultado siempre el mapa del bosque: he caminado con la ayuda de ese mapa. Leí en las ramas amorosas de un magnolio libros como “El barón rampante” y “El vizconde demediado”. Leí en un bote de madera pintada de blanco y con careles rojos, echando su pequeño ancla en la ensenada de La Linera, todos los libros de aroma marinero de Pío Baroja. Leí “Farenheit 451” en el aula de un profesor visionario que en los 60 enseñaba cine a sus alumnos, fascinado por los hombres-libro, temiendo en el futuro la repetición del pasado, un mapa de ida y vuelta. Y, sobre todo, leí al pie de la biblioteca de mi madre el primer verso de La Odisea, ese que pide a Musa que nos hable a todos, que me hablara a mí del hombre de muchos senderos. Ese quise ser yo. Y confieso que los he recorrido, confieso que he leído.

Gonzalo Moure

  • Rafa Codes

    Hh

  • Rafa Codes

    Tras ese “Hh” que deja en evidencia mi poca habilidad en esto de escribir en Internet, sólo felicitarte por este texto, tan lleno de amor a los libros. En el esta presente, como tantas veces que cuando hablas de literatura, Carmen, tu madre. Puedes estar contento de la herencia que te dejó, que no sólo fue genética; cuando hablas de ella, siempre pienso que sin tu madre no podrías entenderte a ti mismo.¿Cierto?

  • eldeyar

    Jaja, ahora entiendo el Hh, que tanto me había desconcertado… Gracias, Rafa. Y sí, claro que sí. Todos (o casi todos) conservamos un recuerdo dulce y amoroso de nuestra madre, pero en mi caso puede que lo haya embellecido con la memoria de sus libros. Quién sabe. Sé, eso sí, que mis primeros pasos por la vida están ligados a sus libros, casi puedo reproducir en mi mente cada una de las estanterías de su biblioteca personal, con Lajos Zilahy, Mika Waltari, Stefan Zweig, los folletines de Rafael Pérez y Pérez, Vicky Baum, y otros que nunca leí. Y su diccionario, el “Ocrán Sanabú” de Espasa, era el océano al que iba a parar en cada duda, en cada nueva encrucijada de palabras. Sin sus libros, seguro, no sería el que soy.