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EL NUEVO SIGLO DE LAS NUEVAS LUCES

Bogotá, 27 de agosto de 2016, en el marco del Encuentro entre libros y lectores organizado por SM Colombia.

“Hace tres años, aquí en Bogotá, en el CILELIJ, recordé la anécdota favorita del irlandés Samuel Beckett: el sastre que, recriminado por su cliente por haber tardado varios meses en confeccionarle unos pantalones, cuando Dios había hecho el mundo en tan solo siete días, le contestaba: Sí, pero mire usted el mundo… Y mire mis pantalones.

No he dejado de pensar en el sastre en estos tres años, y cada vez que leo una obra de ficción busco en ella el sueño de la razón, que no produce monstruos, sino personajes, monstruosos o hermosos, viejos o nuevos. Nuestras criaturas literarias son muchas veces vulgares reflejos de lo que somos, pero muchas otras son brillantes y complejos anuncios de lo que podemos ser. Porque la literatura no es otra cosa: investigación sobre el ser humano y sus infinitas combinaciones, buscando algo nuevo, aun sin saberlo. Buscando un ser humano que gane en la comparación con el mundo: es decir: que el hombre pueda hacer que el mundo sea mejor.

Shakespeare rebuscó en el basurero de lo humano: la ambición, la envidia, la traición o los celos, para ir descubriendo poco a poco lo contrario, o mejor: la síntesis entre los valores más negativos de la humanidad, contrapuestos a los más positivos, muchos de ellos aún ocultos entonces. Así por ejemplo, Romeo y Julieta se adelantan casi dos siglos al romanticismo, y más de tres al feminismo. En Julieta están los genes de la mujer capaz de decidir, de escoger el amor y el destino frente a cualquier imposición, y esos genes literarios están ahora en todos nosotros, y en cada una de las creaciones que siguen reflejando el amor capaz de saltar barreras: Cumbres Borrascosas, West Side Story, obras buenas o incluso otras tan dudosas como Crepúsculo, no serían posibles sin Julieta, y por tanto nosotros mismos tampoco seríamos tal como somos. Como Esquilo en la Orestiada, como Cervantes en el Quijote o Barrie en Peter Pan, Shakespeare fue conformando al hombre que somos. O más bien sus personajes. Porque si todos tenemos algo de Orestes o de Ulises, algo de quijotes, algo de Otelo y algo de Julieta, algo de Gregorio Samsa y algo de Madame Bovary, algo de Peter Pan y algo de Pipi Calzaslargas, algo de los que esperan a Godot y algo de los que buscan el anillo… ¿Cómo seríamos sin todos esos personajes? ¿Seríamos de verdad iguales? Creo que no. Creo que somos fruto de la evolución, de la combinación biológica de genes, pero somos también hijos de las criaturas literarias alumbradas por los que han escrito historias y han especulado con cualidades nuevas. Y de esa especulación hemos nacido como somos, como vamos siendo. Poco a poco, libro a libro.

Decía Mozart que él no componía, que veía, escuchaba, sentía la vida “ahí fuera”, y después se sentaba ante el piano a interpretar en el teclado la sonrisa de la muchacha que había visto en la calle, el paso vacilante de un anciano apoyado en su bastón, el rumor del viento en las copas de los árboles, o el sonido de la lluvia en los cristales. Y seguía diciendo que él no creaba nada, solamente lo recreaba, que lo que él tocaba en su teclado ya estaba antes en la vida. Pero a través de sus manos todo aquello que había sentido en la vida cobraba una nueva dimensión. Mozart también experimentaba sobre el alma humana cada vez que componía, quería, tal vez, que los oyentes de su sonata aprendieran a sonreír como la muchacha de la calle, y no como sonríe el usurero cuando una nueva víctima cae en sus redes.

Y por eso, tampoco dejo de pensar en los pantalones de Beckett, o en la metamorfosis del arroz cuando pasa por la paella en la que cocina mi hermano, mientras escribo. Los pantalones de Beckett o los granos del arroz valenciano de mi hermano, gloriosamente cocinados, están siempre presentes en mis pensamientos. Las cosas son, como el mundo es, pero las cosas pueden ser cambiadas, cocinadas de una manera nueva: transmutadas.
Por ejemplo: la guerra es, pero la paz puede ser, y así ha sido siempre. En eso pensaba cuando escribía una novela breve en la que una niña decide que el mundo que vive en el libro que empieza a escribir es mejor que el mundo en guerra que la rodea, un mundo tenebroso que alberga horrores y muerte. Y ni siquiera estoy de acuerdo con ella, porque si lo que nos rodea es malo hay que pelear para cambiarlo. Porque ese cambio que vive en su libro solo existe para ella sola, y no para los demás. Pero la entiendo. Y me limito a acompañarla mientras se convierte en mujer sin dejar de escribir su obra inacabable, alienándose tanto a sí misma de la realidad que en esa vida ilusoria con la que logra escapar de la guerra que la rodea conoce el verdadero amor, e incluso llega a quedar embarazada. Y durante el largo proceso de edición del libro, que aún no ha acabado, pensaba en todas las guerras actuales, y también en la de Colombia, que ahora parece vivir el final, al menos en su forma más visceral y cruel.
El mundo cambia mientras vivimos, no después de que hayamos vivido: lo hacemos cambiar. Como el hombre evoluciona mientras vivimos, y no después de que hayamos vivido. Porque no somos fruto de la evolución: nacemos evolucionados, pero somos nosotros los que hacemos la evolución, cada día.

Pipi Carlzarlargas apareció en plena guerra mundial, cuando los niños eran poco menos que nada para un mundo adulto enloquecido y cruel. Pero Astrid Lindgren no se resignó, y fue construyendo un personaje lleno de luz y color, una niña heterodoxa e imprevisible, protagonista casi surrealista frente al mundo de los mayores, y ahora todos los niños, hayan leído o no a Astrid Lindgren, son un poco Pipi Calzaslargas: ese niño que es el niño de hoy nació también de la mano y la pluma de Astrid Lindgren, como antes había nacido Peter Pan, que renegaba de la Inglaterra de la Revolución Industrial como Pipi huía de la guerra, negaciones absolutas del mundo natural. Peter lleva el nombre del dios Pan, y representa a toda la naturaleza, e incluso se viste con ramas y hojas. Y de esa rebelión del autor de Peter Pan también nace, empieza a nacer, el niño de hoy que ama a la naturaleza, y que también quisiera que todos regresáramos a ella. No hay muchos más momentos más dramáticos en la historia de la literatura que aquel en que Wendy le dice a Peter que ya no puede salir con él volando por la ventana, porque se ha hecho mayor, se ha rendido al mundo de los adultos. Pipi y Peter, como antes la Alicia de Lewis, cada uno a su modo, destrozaron la visión del niño que debe temer al mundo que los cuentos anteriores habían tratado de fijar en nuestros genes: casi nada queda del niño que describían Andersen, los Perrault y las antiguas fábulas de niños y monstruos que habitaban el peligroso bosque de la vida, cuando irrumpen en el mundo Alicia, Peter, Pipi, Tom Sawyer, Guillermo el Travieso o Mafalda. Cada uno de nosotros, en esta sala, tenemos nuestros ancestros literarios, hemos heredado o incorporado sus genes, o al menos sus ideas. En nuestra visión del mundo están las visiones nuevas y reveladoras, y rebeldes, de todos esos seres imaginados; nuestra memoria es genética, pero también es literaria.

Así es como entiendo la literatura: como un laboratorio del ser humano, en el que éste cambia libro a libro de arquetipos, un inmenso matraz de la evolución del pensamiento humano, del alma del ser humano. Leer es por tanto la oportunidad de conocer el pasado de nuestro pensamiento, ir reconociendo poco a poco las huellas en el camino que nos han llevado a ser quien somos, a pensar como pensamos, a amar como amamos, a rebelarnos como nos rebelamos contra lo que nos rebelamos. Leer es heredar todos los códigos culturales y éticos de la humanidad. Y no solo para bien, sino también para mal. Las dentaduras de los habitantes de Pompeya, sorprendidos por la erupción del Vesubio, no tenían una sola caries. La explicación es sencilla: no tenían caries porque no conocían el azúcar. ¿Cuántas caries hay en la mente de nuestros niños, lectores de los más azucarados cuentos escritos para ellos?
Como decía Chimamanda Adichie en su canónica pieza “El peligro de una sola historia”, una contundente conferencia de solo 18 minutos, ella misma empezó a escribir a los 7 años cuentos en los que las protagonistas eran niñas rubias y de ojos azules, que se alegraban porque hacía sol y bebían cerveza de jengibre, aunque ella no supiera qué era el jengibre y el sol de su país estuviera siempre en el cielo. Porque Chimamanda es nigeriana, pero todo lo que había encontrado para leer en Nigeria a principios de los ochenta hablaba de niñas rubias que se alegraban el día que hacía sol y solían llevar botas de agua e impermeable. Y así, cuando se dio cuenta de aquel despropósito, decidió ponerse a buscar literatura africana, por mucho que le costara encontrarla, para empezar a escribir historias de niñas de piel de chocolate y pelo rizado, y a escuchar y sentir la vida a su alrededor, como hacía Mozart, para poder ir construyendo su propio mundo, su propio espacio. Ahora la literatura rebelde de Chimamanda se ha unido a ese río de creación genuinamente africana, y sus personajes van derrotando a las niñas rubias que bebían cerveza de jengibre y se alegraban de que saliera el sol. Ahora las niñas nigerianas ya no tienen el peligro de leer una sola historia, tan peligrosa como mentirosa. Las niñas nigerianas por fin son libres, y pueden elegir entre la niña de cabellos rubios y añoranza del sol, o la niña negra de pelo rizado y añoranza de la lluvia. La libertad ha triunfado.

Hoy ha nacido en algún rincón de la selva colombiana, o tal vez en un tugurio de Perdomo, la nueva Chimamanda o el nuevo García Márquez. No le buscarán los Reyes Magos, sino los reyes malos, para ofrecerle falsas joyas: entretenimientos vacíos y drogas fáciles, legales o ilegales, para que olvide lo que duerme en su interior: la capacidad de cambiar el mundo con la palabra. Le ofrecerán arquetipos de niños bien con padres bien, y con vidas muy bien. Niños que buscarán tesoros, resolverán misterios, y se prepararán para ser insustanciales, conformistas, conformados por los que, a lo sumo, quieren que algo pequeño cambie para que todo siga igual. Espero que el nuevo escritor que hoy nace crezca y madure, que resista todas esas tentaciones, y que con sus combinaciones de palabras derribe al gigante, porque la palabra es la honda de David en su lucha cotidiana contra Goliat.

Y no estará solo. Si el siglo XX fue el siglo de la democratización de la lectura, éste en el que ha nacido el nuevo escritor colombiano va a ver otras transformaciones. Desde el siglo de las luces hasta el siglo pasado se vio cómo los índices de alfabetización se disparaban en prácticamente todo el mundo; la escolarización universal se imponía, y la lectura se extendía a todas las capas sociales. Cuando alboreaba el siglo XX, la palabra “letrado” aún tenía sentido en muchos pueblos, en los que apenas sabían leer tres o cuatro privilegiados, pero al acabar ya carecía de significado real: ser letrado, ser lector, ya no era nada extraordinario. Nunca se ha leído tanto en las escuelas. La proliferación de bibliotecas públicas y escolares ha sido espectacular, y fenómenos como los clubes de lectura, en todos los tramos de edad sin excepción, han alcanzado cifras asombrosas. Alguien calculaba que si todos los miembros de clubes de lectura de España se juntaran un día, rebosarían no uno, sino los más grandes estadios de fútbol del país. Algo que seguramente sucedería en la mayoría de países desarrollados, y que aquí en Colombia tiene uno de sus grandes referentes mundiales en Medellín. En Medellín se condensa el gran descubrimiento: una biblioteca puede cambiar la vida a su alrededor. La lectura ya no es un privilegio, y el trabajo de la mayoría de países latinoamericanos para su difusión en bibliotecas y centros escolares es ejemplar. No quiero decir que esté todo hecho, por supuesto que hay muchísimo que mejorar, pero se puede afirmar que la lectura ya ha sido socializada, democratizada. Y allí donde todavía no lo está, surgen iniciativas y proyectos para conseguirlo. Los bibliobuses, bibliobicis, mochilas, y hasta biblioburros y bibliocamellos, proliferan allí donde la estructura social no alcanza, porque se ha reconocido mundialmente que ningún derecho humano está completo si no existe el derecho a la lectura. Leer es un derecho básico, casi primordial, porque sin conocimiento no hay libertad. No hay libertad para juzgar el pasado, ni para analizar el presente, ni, por tanto, para elegir el futuro. Y no se trata de leer pesados tratados ni ensayos eruditos, sino algo tan simple, y tan apasionante, como leer novelas, cuentos, poesía, cómics, álbumes ilustrados. Un inacabable mural en el que no solo están el pasado y el presente, sino también el futuro, todos los futuros posibles. Ese campo de pruebas de las emociones nos pone bajo el microscopio a nosotros mismos. Y de esa dialéctica entre el personaje que vivimos en la novela y nuestro propio yo, nace un yo distinto: plural, rico en emociones y vivencias. El que lee, es mucho más rico en vida que el que se limita a su propia existencia, restringida y mezquina.

Pero eso es algo que ya sabemos todos los que estamos reunidos en esta sala, espero que sin excepción. De los enseñantes depende que los niños encuentren en la lectura toda esa fuente de vida, de engrandecimiento del yo. Y no solo hay niños que necesitan que un bibliobús o un biblioburro llegue a su aldea o a su campo de refugiados, también los hay en nuestras aulas, en nuestros hogares. El enseñante también tiene que colgarse la mochila repleta de libros a la espalda para ir a la busca de ese niño perdido entre la multitud de su aula, ese niño que aún no ha descubierto el libro como tabla de salvación, como vitamina del yo. Con cariño, con dedicación. Y, antes que nada, leyendo para que él llegue a amar la lectura. No recomienden nunca un libro sin haberlo leído, por favor. Serán descubiertos, desenmascarados. No le digan al niño “lee” si antes no han leído. Lean, disfruten la lectura en privado, y después compartan ese gozo con ellos.

¿Eso es todo? No. Les voy a poner, o al menos a proponer, una nueva tarea.

Para eso tengo que volver a los pantalones de Beckett y al arroz valenciano de mi hermano. Tenemos el mundo por una parte. Y en el mundo hay tela, hilo, tijeras y agujas, como en el mercado hay arroz, pollo, verdura de temporada, aceite y azafrán. Todo eso ya está en el mundo, desde que nacemos. Como en la vida del niño hay padre y madre, hermanos y hermanas, casa, barrio, ciudad, país y continente: el mundo. Diría mi hermano con cara de desprecio: “Pero mire usted el mundo…” Y su rostro cambiaría para concluir: “Y mire mi paella”. Por supuesto, es más cómodo esperar a que nos sirvan la comida hecha. O recurrir a la comida precocinada o enlatada, con potenciadores de los sabores más fáciles y agradables, lista para consumir. Le dejamos el trabajo a otros.
Lo que quiero proponer es que pongan el mandil y el gorro de cocinero a sus alumnos, y que lo hagan ya, porque el siglo XXI, como el siglo XX fue el de la lectura, va a ser el siglo de la escritura. No se queden atrás.

Alejo Carpentier escribió en su libro, El siglo de las luces: “No hay más tierra prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo.” El trabajo que les encomiendo, por tanto, es poner a sus alumnos a buscar la tierra prometida que, en efecto, solo encontrarán en sí mismos. Ya leen, ya tienen en sus ojos y en su memoria a Peter Pan, a Colmillo Blanco, a Harry Potter, a Pipi Calzarlargas. Ahora tienen que descubrir sus propios personajes. Un siglo nuevo, una actitud nueva.

La literatura es femenina. Como también la novela y la poesía. Porque son fecundas. La literatura solo tiene dos hijos varones: el cuento, también llamado relato, y el ensayo. El cuento, como su nombre indica, cuenta lo que ya existe, el mundo como es. El ensayo también es masculino: positivo y positivista, se basa en hechos probados. Apenas puede ir un poco más allá de donde acaban los hechos. Sin embargo, la poesía y la novela son femeninas, como la literatura. La literatura es femenina porque da a luz, porque concibe sin importarle la magnitud de la empresa. La poesía es madre y matraz de palabras o combinaciones nuevas de palabras, la novela es madre y matraz de personas o combinaciones de personas nuevas.
El cuento, o el relato, es masculino, porque cuenta lo que ya ha sucedido, lo maximaliza, lo impone, frente a los géneros femeninos que proponen mundos nuevos, emociones distintas, combinaciones de genes diversas; es decir: un mundo nuevo. Todos los escritores de novela y poesía somos, por tanto, femeninos, en el más hermoso sentido de la idea: damos a luz, y después vivimos cuidando de nuestras palabras o nuestros personajes, que no son sino propuestas de un ser humano nuevo, distinto, aunque sea en pequeños detalles que, acumulados, dan lugar a cambios cualitativos.
Antes, el escritor necesitaba saltar muchas vallas para que sus libros fueran leídos antes del último y más escabroso obstáculo: encontrar un editor. Ahora, todo lo que cualquiera escriba, está a un solo click de todos los lectores del mundo. Y si con ese click encuentra a unos cuantos miles, ya vendrá el editor a ofrecerse para imprimirlo en papel. La idea de la democratización se abre paso: ya no se depende del criterio de una sola persona, que se puede equivocar como tantas veces se han equivocado con los primeros manuscritos de muchos de los mejores escritores del mundo, sino de cientos de personas: los lectores, directamente y sin intermediarios, sin que les importe demasiado el nombre del autor. Las editoriales seguirán existiendo, claro está, pero esta noche, en el hotel, ya no necesitaré de los libros editados, como hasta hace poco necesitaba. Pondré en el buscador de mi ordenador, por ejemplo, “Blog literario, Margarita”, y me encontraré con un relato magnífico de una Margarita anónima: “Cara cortada”.
En estos momentos puede que no solo es que esté naciendo la nueva Astrid Lindgren, sino que se esté escribiendo una novela que cambiará nuestra manera de ver el mundo tanto como la cambió Pipi Calzaslargas. O quizás ese cambio venga por la interacción de miles de escritos repartidos por todo el mundo, porque si algo bueno ha traído la globalización es la interconexión instantánea de los seres humanos más alejados.
Si así fuera, igual que en los siglos XIX y XX el lector dejó de ser algo o alguien especial, un privilegiado, tal vez en este siglo el escritor deje de serlo también. Y sería una gran noticia que así fuera, porque la figura del escritor también es para el lector masculina, impositiva. Y así, muchas veces, cuando quieres que el niño o el joven escriba, te encuentras ante una imitación, más o menos consciente. Sin querer, sin darse cuenta, obedecen a quien primero les ha seducido y después les ha convertido en apéndices, en meros reproductores de lo que sus libros les han mostrado. En los talleres literarios empiezo siempre por proponer la mirada, porque detrás de la mirada de cada ser humano hay algo distinto, único. Como Mozart: buscar una emoción que solo uno es capaz de sentir de ese modo, para proclamar ese sentimiento después. Y para eso bastan unas pocas palabras. En uno de esos talleres, una mujer quería contar tantas cosas que, depurando, solo escribió veintitrés palabras. En ellas fue capaz de contar la historia de alguien a quien toda su vida había querido y admirado, de comunicarnos el dolor por la pena por la vejez, y también la ternura que sentía por todo lo que le había dado. Se tarda más en explicarlo que en leer su pequeño e inmenso relato de veintitrés palabras:

“Quizás no recuerde lo que hizo ayer, pero sus pies nunca olvidan el camino al puerto, y con una sonrisa sale a pescar”.

Casi nadie podría competir con Borges, con Carpentier, con Rulfo o con García Márquez en escribir una novela, y menos entre los participantes en un taller de escritura. Pero en ese terreno de pocas palabras que dicen mucho, la anónima Conchi es tan creativa como cualquiera de ellos, con un relato hiperbreve que está a la altura de Augusto Monterroso y su célebre dinosaurio. Hacerle pasar después de 23 palabras a 23 páginas, y de 23 páginas a 23 capítulos, es un largo camino que, sin embargo, merece la pena.

No os quiero hablar ahora de ningún dinosaurio, sino de una perra. Mi perra. Se llama Lea, y la recogimos en un refugio de perros abandonados. Paseamos con Lea todos los días por el campo, al borde del mar. Lea vive cada instante con una intensidad que no podemos imaginar, porque ella no reflexiona sobre el paso del tiempo, para ella no hay ayer ni mañana, solo ahora. Y en eso es sin duda superior a mí, a todos nosotros. Lea disfruta de todos los olores, recibe mensajes ocultos en los rastros de otros perros, de los zorros que abundan en aquel paisaje, y deja los suyos. Pero yo no los puedo leer, y ella no me puede hablar de ellos, son un misterio cerrado para mí. Lea se sienta todos los días a contemplar el paisaje, el vuelo de una gaviota. Escucha a los petirrojos y a los mirlos, levanta la cabeza al cielo cuando nos sobrevuela una oropéndola. A veces pienso que Lea imagina historias, que ve cosas que yo no puedo imaginar, en el mar, en el aire o en el bosque. No sé qué imagina, qué siente, porque ella no me lo puede contar. No me puede hablar del paisaje, ni de los olores, ni del canto de los pájaros y sus mensajes arcanos. Somos esclavos del tiempo, del pasado y del futuro, del recuento y del cálculo, pero tenemos la palabra. Y la palabra nos convierte en seres reflexivos. Podemos hablar de lo que sucede a nuestro alrededor y del eco en nuestro interior; la escritura no es copia de lo que otros han escrito ya, ni simple pasatiempo: la literatura es el reflejo de nuestra mirada en nuestra mente. A ese apasionante experimento me gustaría que invitarais a vuestros alumnos, como la niña del desierto de la guajira que escribió hace un par de años en un improvisado taller celebrado en la biblioteca de Riohacha: “La mariposa vivió un día, pero gozó toda una vida”. Diez palabras de una niña de diez años que era capaz de mirar como mira Lea, pero que era capaz de contarnos lo que había visto, y al hacerlo removía nuestras conciencias, nuestro pensamiento más profundo, al mismo tiempo que se hacía preguntas que la llevaban, y a nosotros, a replantearse la vida.

Porque escribir cura. Escribir sana. Escribir es examinarse a uno mismo en relación con la vida, con el mundo. Con una sola condición: no copiar, sino escribir a partir de la raíz única de cada ser humano. Hasta ahora hemos necesitado de los grandes escritores para entendernos, lo que os propongo hoy es que llevéis de la mano a vuestros alumnos a ser cada uno su propio escritor. Por eso mantengo que en este siglo podemos hacer que toda una generación abra el cuaderno de su propia literatura, para que puedan seleccionar los mejores hilos que les ligan a la memoria de la humanidad, cortar los malos, tejer una nueva realidad, una nueva conciencia.
Ojalá yo fuera el último escritor de torre de marfil.
Ojalá al acabar el siglo se recordara con extrañeza que antes los escritores eran apenas un puñado de aristócratas de la cultura que desde su posición en una especie de cumbre conformaban el alma colectiva de la humanidad. Ojalá este siglo nuevo sea el siglo de la nuevas luces, horizontales, solidarias, un enorme laboratorio humano en busca de lo mejor de lo humano. El fin de la aristocracia intelectual, pero esta vez, a diferencia de aquel siglo de las luces, sin guillotina. Los escritores aristócratas se irán extinguiendo, anegados por la marea de la escritura universal.

En definitiva: trabajo cada día, en España o en los campos de refugiados del Sáhara Occidental, en el norte de África, como trabajáis muchos de vosotros, para llevar la lectura a todos los rincones del mundo. Trabajemos también para que un día, dentro de un siglo, nadie entienda ya la anécdota de Samuel Beckett, el mundo, dios, el sastre y sus pantalones: para que cada uno, en la medida de sus posibilidades, sin deseos de fama ni de trascendencia, cosa con la tela de la vida y el hilo de sus emociones, sus propios pantalones. A eso les invito, a no conformarse con el mundo tal como es, a rebelarse como hicieron Astrid Lindgren o Chimamanda Adichie, a soñar fuerte y a mirar a la vida de frente. Y para eso les tiendo mi mano.

Muchas gracias.”