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Marianne y Leonard, al galope

img_2697Esta mañana me he despertado con la áspera noticia de la muerte de Leonard Cohen. Tan anunciada en su último disco, You want it darker. Y sin embargo, tan desoladora. Mi alma creció con sus canciones, con sus ecos de Lorca, con Suzanne, con Marianne. Una hora después, en el camino de hierba de todas las mañanas, he visto galopar a mis vecinos: una yegua torda, su hijo, un tierno potrillo alazán anegrado con un lucero en la frente, y un caballo fiero alazán-castaña, que ejerce de padre. El padrastro enseñaba a su hijastro a galopar, y disfrutaban tanto los dos como Leonard Cohen en un escenario. La rueda de la vida, Leonard se iba y el Lucerito galopaba celebrando la sangre, los tendones, los músculos que le llevan a aspirar el viento. En nuestro jardín ayer murió por el viento una hierbaluisa casi centenaria, pero cerca crece un espino albar joven con un galope hacia el cielo. En el mismo prado en el que galopaban mis vecinos creció Melania, aprendió a galopar con su madre, Marieta. Mis caballos vecinos galopan por el mismo prado asomado al norte, cruzan por los mismos claros entre los laureles y los cedros del Himalaya, tal vez clavan sus cascos en un viejo hueco abierto por los de Marieta y Melania. La vida se renueva, podas y los ligustres vuelven a brotar con fuerza. A la vida, no la para nadie, se abre paso cada mañana y se yergue frente a la muerte.