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ACERCA DE PALABRAS DE CARAMELO

Escribí Palabras de Caramelo hace (ya) dieciocho años. En realidad improvisé la historia, tratando de responder a la pregunta de una niña saharaui sorda: “¿Los camellos hablan?”. Lo preguntaba porque estábamos viendo un camellito de pocos días de vida, que movía los labios después de mamar de su madre. Para sus ojos, sin el sentido del oído, aquel movimiento era como el de las personas al hablar. Mi primera respuesta fue que no, pero ella insistió. Y me di cuenta de que su pregunta era hermosa. Como ella imaginaba lo que decían las personas al mover los labios, también debía imaginar lo que decía el camellito. Qué. Mi cuento fue una respuesta, contada en su rudimentario lenguaje de señas.
Me impresionaba de su pregunta el nacimiento de una pequeña llama de conciencia animalista. El camellito para ella no era ya, como lo era para cualquier niño saharaui, una fuente de proteínas, sino una conciencia. Alguien digno de ser amado. Imaginé entonces una historia de amistad, en la que un niño sordo saharaui, Kori, establece un diálogo imaginario con un camellito. Tan dulce que en su mente le llama Caramelo. ¿Y qué podía creer que le decía Caramelo? Ideas simples, luminosas, sobre la vida: poesía.
Me interesó sobre todo que la niña real no quería aprender a leer y escribir. En la escuela básica en la que era educada no había capacidad para enseñarle, es verdad, pero sobre todo se trataba de lo que ella quería y lo que no necesitaba. Por eso le conté que el niño creía escuchar poesía de los labios del camellito, y que por tanto sentía la necesidad, por fin, de aprender a escribir, para poder contarle al mundo las palabras de Caramelo. Quería que a ella le pasara lo mismo.
Cuando iniciaba la historia ni siquiera imaginaba que fuera a llegar el momento en el que los adultos dispusieran del camello como carne. Pero era obvio. Por eso me enfrenté a ese momento con sinceridad: su carne era necesaria para que la vida continuara, porque se trata de una sociedad profundamente carnívora, por pura necesidad. Y ante eso, el niño se rebelaría. Y cuando ya fuera inevitable sublimaría su dolor en una poesía más, la última, las últimas palabras de Caramelo.
Los lectores de Palabras de Caramelo se identifican con Kori, viven su amistad con el camellito como propia. Y por primera vez sienten en su corazón la duda: ¿es lícito matar para comer? No se lo preguntan cada día, cuando comen pollo o ternera, pero al leer el libro lo hacen. Y muchos me han dicho que se lo planteaban para su vida: no matar para comer. Incluso los niños saharauis. Al principio pensé que el libro no tendría sentido para ellos, que se alegran cuando saben que un camellito va a ser sacrificado, porque eso significa que van a comer. Mi sorpresa fue grande cuando vi que, leyendo el libro, también ellos lloraban la muerte de Caramelo. Algo había cambiado en su interior.
Soy humano, y estoy tan lleno de contradicciones como cualquiera. Los humanos comemos carne, y fue hacerlo lo que nos convirtió en lo que somos. No es ni siquiera cultural, es nuestra naturaleza, somos así. Pero en el caso del pueblo saharaui, habitante de una tierra en la que los vegetales apenas pueden medrar, la ingesta de carne es aún más necesaria. Los más débiles, ancianos y niños, necesitan de la carne como algo imprescindible, sin alternativas. Sin carne, el pueblo saharaui no existiría. Es fácil decir desde nuestra sociedad que no hay que matar para comer. El supermercado tiene muchas alternativas. Pero escandalizarse porque los saharauis, que no tienen apenas nada, coman carne, es hipócrita. ¿Nos rebelamos, protestamos contra la carnicería de nuestro supermercado?
La historia nació en un campamento de refugiados musulmanes. En su cultura, el sacrifico es un acto casi religioso. De alguna manera se le pide perdón a la víctima por su muerte, necesaria para la vida. Esa ofrenda es, al menos, un intento de dignificar la muerte.
Creo que en un futuro, por desgracia lejano, el hombre dejará de matar para comer. Pero hacen falta generaciones y generaciones para llegar a esa conclusión. Es sabido que con el grano usado para alimentar a las terneras de la cultura de la hamburguesa, solo con ese, se podría alimentar el mundo entero. Solo hace falta cultura, porque las costumbres de los pueblos son culturales. Tiempo al tiempo.
Con Palabras de Caramelo he querido contribuir, más que modestamente, a esa nueva conciencia. Pero sobre todo he querido apelar a lo más hermoso del hombre: la palabra, la poesía. Caramelo muere, pero de su sacrificio no sale solo carne, sino también poesía. Bienvenida sea, porque su destino era morir, lo quisiera un niño o no, de una manera anónima, como millones de reses que son sacrificadas cada día en el mundo. Caramelo, al menos, dejó tras él unos pocos versos.
A quien tenga dudas le pido que deje que su hijo lea el libro. Y que después le pregunte. Ese profundo dolor que sentirá ante la muerte de Caramelo es el nacimiento de una nueva conciencia.