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Artículo publicado en Peonza, en el número extraordinario dedicado a la Literatura y el Compromiso, en julio de 2007:

 

 

Una norma nueva y terrible.

 

Una mujer negra camina sobre un lecho de pescados podridos y los cuelga en listones de madera. Un ojo lo tiene vacío, y sus pies desnudos, en primer plano, nadan en gusanos amarillentos. Una vez seco, ese mismo pescado, frito en aceite industrial, será lo que coman los pobladores de las orillas del Lago Victoria, mano de obra explotada para extraer del agua los filetes de perca que consumimos en el primer mundo. Menos afortunados, los niños, huérfanos de la generación del SIDA, devoran una pasta sospechosa, cocida en una lata. Como perrillos, pelean por arrebatar un puñado hirviente a la lata, se golpean, ruedan por el barro. Es la pesadilla de nuestras conciencias, “La Pesadilla de Darwin”, De Hubert Sauper, un largo documental que cambia la percepción de las cosas de quien lo ve. Alguien, al acabar el documental, me dice que debería haber una asignatura que mostrara esa realidad global a los chicos de nuestro ámbito. No la hay, y me temo que no la habrá. Los privilegiados cuidan a sus cachorros. ¿Es, pues, nuestro trabajo, llevar esos gusanos amarillos, ese puñado de masa hirviente a las manos de nuestros niños y jóvenes? ¿Es ese el compromiso del escritor? No lo sé, y si lo supiera no escribiría este artículo, escribiría ese libro, con o sin gusanos, con o sin realidad. La pesadilla de Darwin Porque es verdad, lo reconozco: la angustia cerca a mi capacidad de escribir, creo que hay mucha más sombras que luces en nuestra literatura, y por tanto en la mía, que es más cautiva que libre, porque no sé si al relacionarme, al relacionarnos con niños y jóvenes, no esperamos que vengan ellos a nosotros en lugar de ir nosotros hacia ellos. Y porque ese compromiso con el futuro se ve empañado por el miedo al mismo futuro, por la ansiedad, por la pérdida definitiva de la inocencia. Y es que creo que cuando pensamos que hacemos algo para mejorar en el fondo no hacemos sino conservar nuestros privilegios, sin riesgo, sin rabia, conformes, conformistas y conformadores. Ese es el riesgo de este tipo de monográficos o congresos: que aceptemos escribir aquí para acribillar al lector con citas eruditas o para manosear unos cuantos tópicos transversales y para tranquilizar a nuestro currículum; que acunemos a la literatura infantil y juvenil con una nana bienintencionada y dulce y la dejemos dormir en paz. Hagamos lo contrario, gritemos hasta que se despierte, señalemos sus defectos, esos kilos de más, esa blandura insoportable y a veces ridícula, y pongámosla a trabajar hasta que sea ella la que nos exija a nosotros. Y este es un mensaje para mí y mis colegas, privilegiados que publicamos sin problemas y por tanto no buscamos problemas. Un mensaje para los editores que venden sin problemas y por tanto no buscan problemas. Un mensaje para maestros, profesores y bibliotecarios que ya tienen formada una rutina sin problemas y por tanto no buscan problemas. El mensaje es: busquémonos problemas. Empezando por mí, por nosotros. En una sociedad que busca perpetuarse, seguir asentada en la injusticia global y en la anemia del pensamiento, nuestros libros tienen que ser inquietantes, puestos en tela de juicio por quienes vuelven la espalda al compromiso ético y estético de la literatura. Porque si no es así, si pasan a ser una pieza más de una sociedad ociosa que busca en los libros entretenimiento, estaremos entrando de lleno en la despensa para llevarnos algo al plato, y no para dejar algo en el estante. Nuestros libros, por el hecho de ser libros para niños y jóvenes, no pueden nacer condicionados por ese objetivo, ni por edad, ni por comercialidad. Nuestros libros no pueden ser educativos, en la misma medida en la que creo que no se educa en la norma, sino que se normativiza en la educación, en el crecimiento interior y social, en la elección. El fin de nuestra literatura no puede ser el de hacer niños quietos, callados y satisfechos, de alma gorda y bulímica, sino el de hacer hombres libres, sólidos y solidarios, de alma larga y flexible; niños y jóvenes que sepan que no hay odio en la diferencia, que el corazón del más lejano de los seres humanos, en el tiempo o en el espacio, es su propio corazón, sea europeo o árabe, blanco o negro, víctima o verdugo. Niños y jóvenes que entiendan que la literatura no es más, ni menos tampoco, que la combinación de las palabras para provocar emociones, unas emociones que nos acercan, nos consustancian con todos los humanos, con todas las criaturas. Ni la educación puede ser coacción, ni la literatura puede ser el Caballo de Troya de esa educación coactiva. Las normas más elevadas y sublimes, las que nos conducen hacia un hombre nuevo, se encuentran en la libertad, en el caos del pensamiento y el comportamiento humano, porque sólo así son base de una elección moral. Y eso es lo que debe reflejar nuestra literatura: libertad, caos, emoción, compasión. Y elección: que cada cual elija. No estoy pidiendo que nos abramos las venas, al contrario, estoy convencido de que a mayor calidad literaria más firme es todo el proceso. Como lo estoy de que la enseñanza más libre, más profunda, más sincera, más entregada, hace también más firmes las convicciones de los alumnos, y renueva en ellos, en progresión geométrica, su deseo de saber y su capacidad de elegir. Cuando se enuncia siquiera el tema del compromiso en la literatura, me sorprendo. Me sorprendo porque es una tautología: escribir es una responsabilidad moral, sea un libro de denuncia o sea un libro comprometido simplemente con la belleza y la misma literatura. No hay libros inocentes, todos conllevan una posición ética y moral, independientemente de la voluntad de su autor. Escribir cuando se sabe que se va a ser leído implica una responsabilidad moral. El problema reside en confundir compromiso con militancia, o con panfleto. Tomemos lo que considero la primera novela occidental, La Ilíada. ¿Comprometida con los pobres soldados que morían por causas que ni les eran explicadas, con las viudas y huérfanos por asuntos de dioses y semidioses que ni siquiera existían? No, y por tanto no inocente a ese respecto, pero comprometida, por ejemplo, con la belleza, o con el reconocimiento perplejo de la llegada del dualismo, del yo frente al mundo, frente a lo demás. No hay escritura sin responsabilidad moral. Y quiero hacer extensiva esta afirmación a los editores y profesores o maestros. Vaya por delante: estar leyendo estos artículos es ya una forma de compromiso moral, es una ruptura de la urna de cristal, confortable y cálida, para entrar en terreno difícil, arriesgado: significa reconocer el propio miedo. Hay una profesora asturiana a la que voy a robar un párrafo de una de sus cartas sobre lo que me obsesiona: la escritura y la lectura como “la emoción de ser otro”. Ese es el meollo auténtico, el diamante duro y puro de nuestro compromiso moral: darle la oportunidad al niño o el joven lector de emocionarse en el encuentro con el otro, porque ese es el camino para llegar a domar al dualismo, de vencer al individualismo feroz que nos impone nuestra sociedad de la abundancia. Dice en su carta que “Cuando el otro era un otro distante en el tiempo y en el espacio, se le veía como alguien exótico, como un personaje de novela legendaria, formaba parte de nuestra fantasía y por lo tanto era entrañable y próximo. Ahora que se ha convertido en nuestro vecino de puerta, que es de carne y hueso, y huele a pobreza, o trae consigo una cultura que no comprendo, o pretende competir conmigo… ahora que está tan cerca, es cuando verdaderamente se está alejando. Y sólo porque nos da miedo. Como nos da miedo crecer.” Por eso me asombro y me avergüenzo de leer en boca de un escritor de relumbrón, y es también una cita casi textual, que cuando oye hablar del compromiso moral del escritor siente pánico, que corre hasta su refugio; que le deja el compromiso a quienes tengan tiempo, y que cuánto les envidia, porque muchos de estos tienen tiempo, sencillamente, porque no escriben una línea. Qué fácil es emitir juicios desde el confort. El compromiso no es salir en las portadas clamando por la revolución social, es verdad; el compromiso es algo tan simple como asumir la responsabilidad que conlleva el enorme privilegio de publicar, de ser leído, de estar influyendo en generaciones enteras de niños y jóvenes con nuestros libros. En otras palabras: le guste o no le guste al escritor relumbrante y seráfico, el compromiso no se adquiere: se tiene. Allá cada cual con su responsabilidad por lo que escribe. Y si el conocimiento de la realidad que se le puede exigir a cualquiera que escriba le lleva a una tribuna, a un viaje solidario o a una lista de firmantes, allá cada cual también. No es eso lo sustancial, ni es eso lo que se debate. Es un lugar común decir que Celine, personalmente siniestro, escribía maravillosamente, y que sus reflexiones para justificar un genocidio refuerzan las tesis contrarias. Esa sería hoy, si aún viviera, su pesadilla o, tal vez, su definitiva paz: ver que de su obra sólo quedó la belleza que él quería destrozar, y el rechazo del infierno en tierra que ayudaba a construir. Porque su potencia literaria estaba más allá de sus propias intenciones, porque su ayuda para entender al otro, aunque ese otro fuera él mismo, era inestimable y valiente. Hay una legión de escritores de hondo calado en su obra, pero que personalmente son cobardes, malvados o depravados. Les necesito, les necesitamos todos, para comprendernos a nosotros mismos, porque ellos llegan a su propio corazón, donde se cocinan platos de maldad o cobardía que también duermen en el nuestro. Todos somos árboles de un mismo bosque con una sola raíz. Hay otra legión de gente maravillosamente comprometida que escribe libros inanes y perfectamente prescindibles. Nadie pide nada a nadie, salvo que trate de escribir bien: ese es el único camino que de verdad nos lleva a la belleza del amor o a la viscosidad de los gusanos. Pero si además se tiene el coraje y la generosidad de estar donde se debe estar, mejor, porque esa presencia es, además, consecuente con su literatura. No sólo escribir sobre el otro, pues, sino también estar junto al otro. Que nadie oculte su huída detrás de la nube cosmética de la pureza. pesadilla1.jpg Tiene razón la anónima profesora citada: el otro no es ya un personaje exótico y romántico, el otro huele a pobreza, el otro pisa gusanos para que nosotros comamos filetes, pero el otro huele también a poesía. Y la sociedad tiene tanto miedo del otro por la pobreza como por la poesía. Ese es el compromiso de no pocos escritores con la literatura, ese es el compromiso de algunos editores valientes, y el de muchos de los lectores por quienes estoy seguro de estar hablando en estos momentos: hacer perder el miedo de niños y jóvenes por la pobreza, por la poesía: por el corazón del otro. Sin obligaciones, claro, porque como he dicho el compromiso es estar allí donde la conciencia te pide estar en cada momento. Y como deberíamos estar en tantos sitios donde la conciencia nos lo pide. Libres. Abramos las compuertas, derribemos los muros, asomémonos a nosotros mismos primero y a los demás después. Al final del camino sólo quedará de nosotros lo que hayamos hecho, no lo que hayamos comido. El compromiso es escribir sin cojín, simplemente, dejarse llevar a donde el mar de la inspiración nos lleve, sin más remos que la belleza, la verdad y la libertad. Aunque naufraguemos. O para decirlo con palabras de la señora Curren, inolvidable personaje de J.M.Coetzee: “Así que no hay escritura sin dolor. Una norma nueva y terrible.” Asumamos que es así, y que entenderlo puede aliviar el dolor de los demás. Gonzalo Moure

 

 

CONFERENCIA (EXTRACTO) SOBRE EL SÍNDROME DE MOZART. BUENOS AIRES, 2005, CONGRESO INTERNACIONAL DE PSIQUIATRÍA.

 

TRAS LAS HUELLAS DEL SINDROME DE MOZART

 

En el principio fue la música. Antes de que el hombre hablara, ya entendía el significado de la música, probablemente mejor que el hombre moderno. Hay quien sostiene que la Ilíada es la última creación de un hombre que aún no había caído en la trampa del dualismo, o la primera del hombre dualista. La frontera entre el reino de la música y el reino de la palabra. Por eso, porque las profundidades del inconsciente colectivo son opacas a la comprensión moderna, tan visual, la música es un enigma. El síndrome de Mozart quiere ser un camino hacia el reencuentro con la música. Durante siglos, desde la aparición del hombre en la prehistoria, el oído fue el sentido fundamental, el que daba sentido a la existencia. El descubrimiento de la imprenta, sin embargo, apartó al hombre del sonido y le dio la primacía social al sentido de la vista. Sin embargo, el hombre es contradictorio, y sabemos que el sistema neurovegetativo depende en casi un 90% de los estímulos basados en el sentido del oído. Una contradicción que seguramente está en la base de un conflicto vital, fuente de incomprensión: la música es aire, algo que parece perfectamente prescinddible, pero sin embargo resulta imprescindible. En esta comunicación voy a vincular literatura y música, porque la literatura es la que me ha llevado a bucear, entre deslumbrado y sorprendido, en la música. Un alivio para los oyentes: no les voy a cansar con citas ni erudiciones, sobre todo porque no soy un erudito, ni tengo la memoria necesaria para trasladar a esta sala todo lo leído en los últimos años acerca de la música, el cerebro, el lenguaje, la psicología y la naturaleza humana. Baste decir que mis principales consejeros han sido, y seguro que olvido a muchos, el propio Mozart, su padre Lepold, Antohny Storr, Freud, Nietzsche, Carl Gustav Jung, Manuel Lafarga, Ursula Bellugui, Francisco Rubia, Daniel Barenboim, Robbins Landon, Balcells Comas, John Rosselli, Howard Lenhoff, Sthendal, Oliver Sacks, Tomatis, Marcel Proust, Nicholas Harncourt, Leonard Meyer y un intuitivo médico madrileño, Manuel Medem, que me puso en la primera pista de este prodigio al que he bautizado con el nombre de “el síndrome de Mozart”. Todos los autores que he citado, de memoria y con lagunas y olvidos, han metido sus catas analíticas en la música, sin llegar a ninguna conclusión clara. O sí: que no sabemos casi nada acerca de la música. Algo que se repite siempre, con un tono incomprensiblemente no exento de orgullo. No sabemos nada de la música que no sea superficial, y que se puede resumir en algo muy simple: la música nos emociona, es un lenguaje universal, casi imprescindible, pero no sabemos con certeza qué nos comunica, qué nos dice. Más incertezas: la música puede ser reducida a matemáticas, por lo que contiene fórmulas. Y, sin embargo, no sabemos a qué problemas responden esas fórmulas. Hay escuelas de pensamiento musical que analizan los ritmos matemáticos de, por ejemplo, Mozart, como la del francés Tomatis, un otorrinolaringólogo que, sin decirlo, emparenta la música del salsburgués con la de los monjes tibetanos, en la busca de ritmos neurovegetativos que nos comunican con lo más profundo de nuestro ser, y por tanto con lo más profundo del universo. Pero Tomatis, y sus seguidores, como el chileno Fernando Núñez, acaban diciendo siempre: probablemente, así sea. Incerteza nacida de la propia incapacidad de Mozart para explicar, o siquiera para entender, el origen de su propia música. Que, sin embargo, era exacta: Mozart, sin saberlo, componía con una frecuencia de 120 impulsos por minuto: es decir acordes tocados a la negra sobre un compás de 4 tiempos. Un espacio de 0.5 segundos equivalente a 2 segundos por compás, es decir 120 negras por minuto, o sea un tempo de 120. Algo que nos remite a la música mística, tibetana u occidental: el canto gregoriano más puro ofrece un tempo de 1 segundo por compás: Mozart dividido por dos, o al revés. Aclaro algo: no entiendo una palabra de música, y debo creer lo que me dice Fernando Núñez. Pero sí que entiendo lo que acaban por decir él mismo y el francés Tomatis, porque lo comparto intuitivamente: “Doscientos años han pasado después de la desaparición de este gigante de la música, sin embargo su presencia crece como una realidad profética que se confirma con el tiempo. Mozart, el iniciador de las generaciones del futuro, permanecerá sin duda vigente por largos decenios mas”. Cuando el doctor Medem me mandó una carta breve y un recorte de una publicación médica en la que se hablaba del síndrome de Williams, empezaba para mí una aventura del conocimiento y la emoción que no podré saber dónde acaba. Lo sabrán otros, si el camino que quiero emprender con los afectados por el Síndrome de Mozart es el adecuado. Medem y el recorte no me hablaban de la música, en realidad. Hablaban sólo de los rasgos físicos que hacían pensar que, en la antigüedad, el mito de los gnomos y los elfos se originó en pequeños niños de rasgos exagerados, simpatía extrema y obsesión por el orden y la limpieza. Yo había descrito a uno de ellos en un libro para niños, Los Caballos de mi tío, y cuando Medem supo que no era fruto de mi imaginación, sino un ser real, me preguntó si sabía que se trataba, probablemente, de un hombre con el “Síndrome de Williams”, y si sabía lo que era dicho síndrome. No lo sabía, claro, como no lo sabe el 99 por ciento de la población, algo que extrañamente incluye a psicólogos y psiquiatras. floro.jpg El recorte hacía una breve descripción del síndrome, y así supe que los afectados tienen un coeficiente intelectual bajo, determinadas enfermedades, como falta de elastina, estrechamiento de la aorta y cierta torpeza motriz, pero que, en efecto, poseen una gran simpatía y una alegría contagiosa. Al principio sentí curiosidad, o más bien interés profesional, como escritor de libros para niños, por todo el floklore desvelado: los gnomos no eran fruto de la imaginación: existían. Y me puse a buscarlos, porque aquel al que yo describía en mi libro, Floro, habitante mágico del Valle de Cotapos, en medio de las fragas medio asturianas medio gallegas de Castropol, había muerto un año antes. Pero no había nada escrito, ningún libro que hablara de prodigio tal. Y fue internet, la moderna lámpara mágica de los deseos, la que me dio la primera información acerca de lo que nos tiene hoy en esta sala: los afectados por el síndrome de Williams, según el profesor Howard Lenhoff, no sólo tenían aquellos ragos élficos, sino que, casi sin excepción, tenían un sorprendente capacidad musical, y lo que él llamaba “perfect pitch” y nosotros “oído absoluto”. Lenhoff desgranaba casos concretos de niños y jóvenes con el síndrome capaces de reproducir exactamente, y aún años después, una canción en un idioma extranjero, desconocido para ellos, o de aprender a tocar instrumentos con una rapidez inusitada. Trabajé en un proyecto de novela, o de cuento, en el que un niño, en la noche de los tiempos… Naturalmente, aquella habilidad musical era parte del cuento. Y, no sé exactamente cuándo, un día pensé que tal vez Mozart, de cuya extraña, bufonesca, infantil y sorprendente personalidad sabía tanto como cualquiera, entre otras cosas por la magnífica película de Milos Forman, podía haber padecido el síndrome de Williams. Volví a internet con una idea: saber si un niño de aquellos podía componer música, escribir y leer en el pentagrama. El resultado de esa segunda inmersión en las numerosas páginas web que albergan información sobre el S de W, no pudo ser más descorazonador: leí, textualmente, que los afectados no eran capaces de leer ni escribir música. Y por un tiempo, desanimado, abandoné el tema. Fue una profesora de matemáticas, Marta de Castro, quien me alentó a seguir, no dando por completamente cerrada aquella posibilidad. Y a través de internet se puso en contacto con el norteamericano Howard Lenhoff, autor del artículo en el que descartaba la lectura de música por parte de los afectados. La respuesta de Lenhoff fue rápida, sincera, autocrítica y excitante: lo había escrito un par de años antes, pero recientemente había encontrado al menos a dos afectados capaces de leer música, y de escribirla. Y, lo más sorprendente: los había encontrado en España. Y más concretamente en Valencia y Soria. De inmediato nos pusimos en marcha hacia sus casas para conocerles. Y conocerles fue conocer un mundo nuevo. Dejaré aparte las implicaciones humanas, así como las sociales, derivadas de su condición, tenidos como “subnormales” por la sociedad, rechazados y olvidados, porque no es ese el tema que nos ocupa. Pero hablaré de lo que nos ocupa: la música. Conozco ya a una docena de afectados por el síndrome, cifra que aumenta día a día, desde la publicación de “El síndrome de Mozart”. Y Marta de Castro viajó hasta los Estados Unidos de América para conocer a cincuenta de ellos, reunidos en un campus musical. No diré que todos ellos son genios de la música, ni mucho menos, pero sí que todos ellos comparten la pasión por la música, muchas veces de una manera incómoda para sus familiares, que al no saber nada de las maravillosas implicaciones vitales de esa obsesión, apartan de ellos cualquier instrumento musical. Como básicamente soy un novelista, daré algunos ejemplos positivos: images.jpg Tomi, 22 años, vive en Valencia. Cuando le conocí, su madre, que nada sabía de mi busca del eco de Mozart en las mentes de los niños Williams, me dijo, textualmente: desde muy pequeño, Tomi estaba obsesionado por la música clásica, y por Mozart. Ponía una y otra vez sus discos. Una mañana me dijo: “mamá, soy Mozart”. Tomi toca ahora el piano de la mano de una profesora de piano, psicólga y musicoterapeuta, Ana Alegre, pero no desde el camino tradicional del aprendizaje, sino desde la intuición y la improvisación. En su primera clase, su primer contacto, Ana le pidió a Tomi que repitiera un pasaje. Al tocarlo ella, para que él lo repitiera, él dijo: mal. Mal, ¿qué?, preguntó la profesora. Esa nota. ¿Cual? Y, haciéndose cargo del teclado, le hizo ver dónde había fallado… en un pasaje que no conocía de nada. Y era verdad. Mozart, por cierto, se desmayó algunas veces al escuchar una nota fallada. Iván, 16 años. No lee música, al menos no lo hacía cuando le conocí, hace un año. Toca la caja, de memoria, sin partitura, en una banda de pueblo de Valencia. Su director dice de él que es el único que jamás falla un compás,y cuando alguna banda de otro pueblo tiene que acudir a una gran cita, su director le pide al de Iván la cesión temporal del infalible cajista. Raquel, en Almería. La visité en su colegio. La pequeña parecía ausente y deprimida, en clase de plástica. No había contacto, hasta que le sugerí que su caja de ceras era un piano. La niña apoyó los dedos en las ceras, sonrió, e imaginó una escala en voz alta. Luego tocó una melodía imaginaria pero que a mí me pareción sin fallos. Marina, 18 años. Diagnosticada hace un año. Su madre dice que guarda cientos de CD’s con un orden, o clasificación, imposible de entender: ni por orden alfabético, ni cronológico. Marina mira a su madre con infnita paciencia y dice: están ordenados por música. ¿Qué orden es ese? No lo sé, sólo lo sabe ella, pero es exacto, preciso, nunca falla a la hora de buscar tal o cual tema. César, once años. Toca la batería en Soria como un profesional. Y lo suele hacer, pidiendo a las orquestas de las verbenas que le dejen tocarla en una canción. Nunca se equivoca, jamás. Un día hace la misma petición, pero el batería de la orquesta le dice que es zurdo, y que la batería está al revés. Como un piano al revés. César insiste, el batería dice que le será imposible, pero ante su insistencia cede. César sube, la canción comienza, y César no falla una sola vez. Como el propio Mozart, cuando jugaba en Viena a tocar desde el aire, con la cabeza mirando al techo y las manos al revés. César ya sabe cual será su profesión: batería. ¿Qué más sorpresas encierran los doscientos casos diagnosticados en España? ¿Y en el mundo? Y los miles sin diagnosticar, aún más, porque muchos de ellos ni siquiera han sido detectados, de modo que están entre la población normal, dicho entre comillas y entre interrogaciones. Tal vez algunos estén en orquestas, en bandas, allí donde su mente musical les haya llevado. Ese es mi próximo trabajo, encontrar a los diagnosticados y tratar de encontrar a los no diagnosticados, entrevistarme con ellos, dejarme sorprender, pero no dejarme sorprender. Pero conocer a los primeros fue bastante para relanzar la investigación, para dar cuerpo a la primera busca: el rastro de Mozart. ¿Fue Mozart uno de ellos? Junto a mí tenía algunos casos, ninguno genial, pero todos con las características marcadas. Sólo necesitaba saber si el genio salsburgués compartía con ellos esas características. Veamos: Mozart nació en una familia obsesionada por la música, condicionada por ella, entregada a ella. Leopold era profesor, músico profesional, y autor de un método de violín que al parecer mantiene parte de su vigencia. La hermana de Wolfgang, Nannerl, había comenzado antes una carrera como niña prodigio. De éste modo, el pequeño Mozart se encontró con un ambiente propicio, una inesperada educación precoz que lo cambió todo. Wolfgang tenía, en efecto, muchos rasgos peculiares, tanto físicos como psíquicos, idénticos a los clásicos de los afectados por el síndrome. De pequeñísima estatura, no llegó a medir ni siquiera metro y medio. Más similitudes: Mozart fue bizco, según varios de sus biógrafos, y tenía los dientes irregulares. Hay constancia de que padecía hiperacusia, que le llevaba incluso a desmayarse ante el sonido en solitario de una trompeta, uno de las características más clásicas de los Williams, que es la base de su oído absoluto. En cuanto a la memoria auditiva, también nacida de su oído extraordinariamente sensible, también son coincidentes: los afectados suelen recordar canciones completas, sin fallos, incluso en idioma extranjero, hasta muchs después de oírla por primera vez. No hay ninguna referencia clara al rostro de Mozart, salvo que en varios casos fue calificado de bufón, algo que a él le irritaba especialmente. El arzobispo Colloredo, su jefe, le llamó “fex”, una palabra que se puede traducir por bufón, pero también por idiota. ¿Había en ello una referencia también a sus rasgos físicos? No lo podemos saber. Pero si en su físico había rasgos típicamente Williams, más coincidencias hay en su personalidad. La primera, desde luego, la afirmación de Colloredo, pero también, y antes que ninguno, los reproches de su padre Leopold, por su falta absoluta de sentido práctico, por su infantilismo y su desconexión con la realidad. Hay tantos ejemplos de ello que no los repetiré aquí, como tampoco haré más que una referencia a su coprolalia, su obsesión por los temas escatológicos, el culo, los besos en él, incluso cuando escribía a su madre, los pedos… Y tampoco a sus dificultades motrices, tan sorprendentes en él como en los Williams que conozco: hábil como nadie ante un teclado, Mozart era incapaz de atarse los zapatos o de cortar un filete. Obsesivo con todo, hay mucho escrito sobre su manía de tocar constantemente a quien estuviera con él, o la de golpear con algún objeto el suelo o la mesa. De niño, antes de dedicarse por entero a la música, tuvo una época en la que llenaba mesas, paredes y el suelo con cifras incomprensibles, escritas con tiza. Hasta que encontró la música: el milagro mozartiano: ¿Cómo componía? Como nadie lo ha hecho jamás, al menos en la élite: sin meditación alguna, salvo en las óperas, cuando tenía que adaptar su música a los libretos. Su composición era un torrente, surgía de sus entrañas, y llegaba al papel sin mácula, sin correcciones, lo que ya es notable, pero más si se tiene en cuenta que nunca escribía antes la línea del instrumento solista para orquestar después, sino que anotaba todo al mismo tiempo. Y a un ritmo inhumano: si alguien de ustedes quisiera copiar todo lo que él escribió, ocuparía treinta años de su vida, en una jornada laboral de ocho horas. Y Mozart vivió treinta y cuatro años, de los que hay que descontar los siete primeros. ¿Cómo lo hizo? No hay explicación. Hay testimonios de que, para mayor sorpresa, Mozart pedía ruido a su alrededor, músicos ensayando, risas, juerga, y de que participaba en todo ello al mismo tiempo que escribía la música, pura, limpia y excelsa. Ya me he diculpado diciendo que no soy un investigador. Soy un novelista, un iluminado, o más exactamente, alguien que necesita la iluminación, un punto de locura, para escribir. Y así, en ese momento caótico de la investigación, comencé a escribir “El síndrome de Mozart”. En la novela había tres personajes de hoy, que vivían la música desde tres puntos de vista y de sentimiento distintos. La protagonista, Irene, estudia violín desde el imperativo de sus padres, obsesionados con el triunfo, con el genio, que ella ya sabe que no posee. Yárchik, un joven ucraniano, de padres músicos, estudia viola con pasión y con constancia, casi profesionalmente. Y Tesa es el ruido de fondo que trata de distraer a Irene con la música pop y la vida peligrosa. El padre de Irene, un neurólogo que, como yo en su día, trata de demostrar que Mozart padeció el síndrome de Williams, encarga a su hija que conozca a un joven con el síndrome, Tomi, que vive aislado, en la montaña, y que tiene oído absoluto y una sorprendente facilidad para la música. Irene, a regañadientes, obedece. En el bosque, a ciegas, entabla contacto con Tomia través de la música. Ella con el violín, y él con una armónica. Y de ese diálogo nace, poco a poco, palmo a palmo, la pasión: Tomi es aparentemente un retrasado, pero tiene en su cerebro el genio, con una naturalidad que imita a la propia naturaleza. Ahí arranca realmente la novela, en medio de las dudas, y en medio de la música. Nunca he sentido tanto la música, nunca me he acercado tanto a su sentido profundo y misterioso, dejando que Tomi con su intuición, Irene con su sentimiento de culpa y el crecimiento del amor, y Yárchik con su preciso análisis, dialoguen dentro y sobre la música. Y de pronto, se fue abriendo esa iluminaciòn que tanto buscaba: es Irene la que descubre que a nadie le importa ya si Mozart padeció o no el síndrome de Williams, algo que jamás se podrá demostrar ni tampoco rechazar, y que lo importante es que Tomi, y con él sus iguales, padecen el síndrome de Mozart. Oir la voz de Irene diciendo eso dentro de la novela fue una sorpresa, antes que para nadie, para mí mismo. Una especie de intuición, también. El síndrome de Mozart. Ahí, dejando aparte todo el trasunto novelesco, acaba la novela y empieza algo distinto: saber qué es, qué significa y, sobre todo, qué puede significar el síndrome de Mozart. Dejaré de lado también las implicaciones sociales para un colectivo tan exiguo y disperso que no cuenta con ninguna ayuda, que se encuentra solo, abandonado por la sociedad, en un estado de depresión familiar. Solo diré que la idea de que sus hijos no padezcan el síndrome de Williams, sino el síndrome de Mozart, es un cambio cualitativo. Pero lo realmente importante es lo que puede proporcionar a la música, algo que resumiré en una idea: el entendimiento de la música desde dentro. Para ello hace falta que los afectados por el síndrome puedan explicar lo que sienten, lo que significa para ellos la música. Y no es fácil, porque si bien sienten la música de una manera, profunda, que hace que muchos de ellos digan que no piensan con palabras, sino con música, es cierto que su nivel intelectual es bajo, y en la actualidad no parece que puedan explicarse. Sabemos que la música contiene información, y todos sentimos intuitivamente que recibimos flujos de esa información, pero no somos capaces de descodificarla, como si hubiéramos perdido la capacidad para hacerlo. ¿Pueden hacerlo ellos, los afectados por el síndrome de Mozart? ¿Hubiera podido Mozart, de haber contado con apoyo para hacerlo? Seguramente sí, pero Mozart sólo nos dejó su música, y ellos, en cambio, tienen el futuro. Sólo necesitan un colegio en el que recibir una educación musical temprana, dirigida por psicólogos y profesores que compartan con ellos su especial vivencia de la música, para que crezcan nuevas generaciones que vayan profundizando en métodos de enseñanza y, en definitiva, en comprensión interior de la música. Diré, entre paréntesis, que sus propios padres pueden ser ayudados y ayudantes para comprender lo que significa el síndrome. En efecto, en muchos de los casos que he conocido, hay una especie de antecedente musical: o el padre o la madre tienen también una marcada inclinación hacia la música. En la actualidad, diversas universidades norteamericanas y de otros países llevan a cabo investigaciones parciales sobre el síndrome, desde el punto de vista de la genética, la neurología, la psicología, la habilidad lingüística y la habilidad musical, por resumir. Para empezar, diré que desde el punto de vista del conocimiento del cerebro, hay contradicciones y confusiones. En efecto, el cerebro de los afectados presenta una asimetría notable, y el plano temporal está normalmente más extendido en el hemisferio izquierdo que el derecho, pero en algunos pacientes con SW la región izquierda es inusualmente grande, en alguna medida característica de los músicos profesionales. Es decir: ellos nacen con el cerebro que el trabajo constante de los músicos profesionales llega a conformar. Pero la neurología convencional diría que en ellos debería haber un sentido rítmico mayor que en el resto de la población, en detrimento de la intuición general de la música, y eso es obviamente incierto, a poco que se estudie a los chicos afectados. De hecho, se inclinan más hacia el juego, la globalidad de la música, que hacia la música más pautada, más mecánica. Eso no significa que no sean buenos con los instrumentos de percusión, al contrario, como hemos visto en los ajemplos anteriores. Y, por cierto, el que Mozart tuviera el síndrome, y por tanto ese mayor tamaño del hemisferio izquierdo, podría aportar alguna luz a los estudios de Tomatis y Núñez sobre la misteriosa cadencia de las composiciones mozartianas. Por último, una aclaración necesaria: Mozart fue un genio, sin duda, padeciera el síndrome de Williams o no. Si lo padeció, fue un genio entre ellos. Si no lo padeció, fue un genio entre nosotros. Pero es lícito pensar que un colegio especial para ellos, una educación musical precoz, facilitaría la aparición, a medio o largo plazo, de un nuevo Mozart entre ellos. Es algo semejante a lo que sucede con Newton y Einstein, de los que hay muchos motivos para suponer que padecieron el síndrome de Asperger, una forma moderada de autismo que favorece, por estructura cerebral, el pensamiento matemático abstracto. Es igual de lícito suponer que una educación matemática adecuada de los nuevos casos de dicho síndrome puedan generar un nuevo genio matemático, por más que la mayoría de los afectados no sean genios. Uno de cada 20.000 nacimientos en el mundo, es un nuevo caso de sóndrome de Mozart. El último en nacer está esperando una nueva actitud de la sociedad, el apoyo necesario paraque ese niño sea educado en la música, anticipándose a lo que va a ser su mundo, su pensamiento. El síndrome de Mozart parece un fallo genético, una anomalía. Yo me pregunto si no es una manera distinta de entender el mundo, el acceso a un lenguaje en el que no hay dualismo, se difumina el yo y el ello en beneficio del nosotros, del todo. Acaso ese es el escondido mensaje de la música, aún sin descifrar, del genio que fue Wolfgang Amadeus Mozart. Demos a ese niño, y a todos los que vengan, de explicarnos cuyal es el camino. Muchas gracias. mozarts-argentina.jpg

 

Periodismo de Ciencia y Tecnología. Abril 1999 Ciencia recreativa / 14 – POR JAVIER SAMPEDRO EL PAÍS – 14-08-2003:

 

 Fallos hacia arriba

 

El novelista valenciano Gonzalo Moure ha propuesto llamar síndrome de Mozart a lo que los médicos venían denominando desde los años sesenta síndrome de Williams, una anomalía genética que afecta a una de cada 20.000 personas y suele ir asociada a un estrechamiento de las arterias, un retraso mental moderado y un excepcional talento musical. En mayo pasado, cuando ganó el premio de literatura juvenil Gran Angular por su novela El síndrome de Mozart, Moure declaró: “He querido dar difusión a algo que no estoy seguro de que sea una degeneración genética hacia abajo, y que tal vez debería ser tratado más bien como un fallo hacia arriba, debido a las capacidades de sus afectados”. Bella idea ésta del fallo hacia arriba. ¿Puede sujetarse? El síndrome de Williams es muy complicado. Aparte de los problemas arteriales y otros del tejido conectivo, los afectados tienen una cara y una voz peculiares, que a menudo bastan para que un especialista diagnostique su condición, y tienden a padecer hernias inguinales y umbilicales, complicaciones rectales y vesiculares, estrabismo, fragilidad en la piel y debilidad en las articulaciones. Su mente también es especial. Muestran un grado variable de retraso mental, suelen padecer ansiedad y déficit de atención y sacan muy bajas puntuaciones en las pruebas de percepción espacial, pero tienen una personalidad extremadamente amigable, son buenos con el lenguaje y la memoria auditiva y están a menudo superdotados para la música. Muchos de ellos poseen lo que los músicos llaman oído perfecto: escuchan una nota aislada y saben que es re bemol, del mismo modo que el lector ve un color aislado y sabe que es violeta. Pero esa complejidad no debe despistarnos, porque es un reflejo directo de la complejidad genética subyacente. No se trata de una alteración en un único gen, como la inmensa mayoría de las enfermedades hereditarias, sino de un gran agujero en el cromosoma 7. El agujero (deleción, en la jerga) mide un millón y medio de letras en el ADN y se lleva por delante 16 genes enteros. Los problemas arteriales se deben a sólo uno de esos genes, llamado ELN. Es posible, por tanto, que el talento musical excepcional se deba a otro gen, y que pueda disociarse de los demás aspectos del síndrome. Si fuera así, Moure tendría un punto. Les hablaba ayer de Michael Gazzaniga, el influyente director del programa de Neurociencia Cognitiva del Darmouth College. En cierta ocasión recibió en su despacho a un joven científico francés que le dijo: -Buenas tardes, doctor Gazzaniga. Me llamo Jean-Christophe Marchand y quería discutir con usted sobre la lesión cerebral de Immanuel Kant. -Perdón, ¿la qué? -fue lo único que atinó a decir Gazzaniga. Según le explicó Marchand, los escritos de Kant eran un ejemplo de claridad conceptual y transparencia expositiva hasta que su autor cumplió 47 años. Fue entonces cuando Kant empezó a escribir sus grandes obras filosóficas, mucho más opacas y centradas en la idea de que el conocimiento humano se basa en estructuras innatas e independientes de las emociones. Fue también a los 47 años cuando Kant empezó a quejarse de dolores de cabeza y a perder la vista con el ojo izquierdo. -De todo lo cual -concluyó Marchand- puede inferirse que Kant desarrolló a los 47 años un tumor en el lóbulo prefrontal izquierdo de su cerebro, en el que reside la capacidad del lenguaje y la interacción de la razón con las emociones. ¿Tendrán razón Moure y Marchand? Tendría gracia. Uno de los mayores tesoros musicales de Occidente sería el efecto secundario de un error genético, y un pilar de la filosofía contemporánea estaría cimentado en un tumor, es decir, en otro error genético ocurrido en las neuronas del cerebro que lo concibió. No lo sabemos, pero ninguna de las dos ideas es absurda a priori. Al fin y al cabo, ¿qué es la evolución sino una paciente colección de fallos hacia arriba?  

 

 

 

Este es el texto de la conferencia que leí en Sanxenxo, en los III Encontros de Mellora de Bibliotecas Escolares, que organizaba, y muy bien, la Xunta de Galicia.

EL CEMENTERIO DE LOS “LEEFANTES” 

Estoy en una escuela de la remota comarca de la Axarquía. Remota 

para mí: para ellos, con razón, es el centro del mundo. Los niños y yo 

jugamos con las palabras y las emociones. Traigo una experiencia de un 

pueblo de Huesca, en el que los niños tuvieron que salir de su estrecho 

círculo de cosas y aparatos para imaginar regalos que no se pueden tocar. 

Allí, tal vez porque apenas habían cumplido los seis años, fue difícil que 

pensaran en regalos como el amor, la amistad, la generosidad, una sonrisa o 

el silencio. Aquí, en la Axarquía, no resulta tan trabajoso. Surgen las 

mismas ideas, más o menos, aunque a la primera. Un torrente de 

emociones. Hay un niño, sin embargo, que guarda silencio. Tiene 8 años, es 

pequeño, moreno, se llama Antonio. Desde mi posición está un poco lejos, 

pero en su mirada hay esa extraña profundidad que tanto me conmueve y 

que tanto busco en colegios de todo el país. Sé que quiere decir algo, pero 

también sé que no se atreve. Los demás no dejan de inventar regalos que no 

se pueden tocar. Agotados el amor y la amistad, el cariño y el respeto, aún 

siguen encontrando cosas nuevas que pueden regalar sin tener que 

comprarlas. Pero me interesa más lo que piensa, lo que rumia Antonio. Al 

final se lo pregunto. ¿Y tú? Tarda un poco en contestar, y al final dice una 

sola palabra: Dolor. 

Se hace un silencio terso y ardiente. Los maestros no saben qué decir, 

y por un momento yo tampoco. ¿Dolor? ¿Puede ser el dolor un regalo? Voy 

a decir que no, pero de pronto me doy cuenta de que eso es lo que hago en 

muchos de mis libros: regalo dolor, porque el dolor puede ser fértil, puede 

ser la semilla de la rebeldía, del inconformismo. Como el regalo de la 

fealdad puede ser la semilla de la busca de la belleza, y la mentira el 

reactivo para llegar a la verdad. Antonio, el pequeño malagueño de la

Axarquía había dado con la clave, con la palabra que cambiaba todo el 

sentido de lo que estaba haciendo. 

Hace poco he dado una charla en Gijón: “Contra los chupadores de 

ojos”. El pretexto era un texto terrible de Cormac McCarthy en el que un 

capitán sanguinario perdona la vida de un cautivo mexicano, pero 

inclinándose sobre su rostro, como si lo fuera a besar, le succiona los ojos y 

los deja colgando de sus cordones, en una confusión de botas y nubes para 

el soldado. En la charla hablaba de los modernos chupadores de ojos, que 

no somos otros que todos nosotros: los que editan buscando la enésima 

repetición del mismo librito inane, los que escribimos dejándonos 

condicionar por esas preferencias y melindres editoriales, y los que 

prescriben lecturas buscando el mínimo común denominador, muchas 

veces sin leer siquiera lo que consideran, tal vez con razón, una mera 

literatura de suma de letras, y que muchas veces (demasiadas) ni siquiera 

leen lo que ordenan leer. Hasta ahí tenía todo muy claro, pero necesitaba 

encontrarme con el pequeño Antonio, de ocho años, para comprender algo 

tan sustancial. Puede que siempre haya estado en mi mente, pero nunca lo 

habría enunciado con tanta claridad como él: dolor. 

No quiero decir que la literatura tenga que contener siempre dolor. La 

literatura infantil, como la literatura en general, tiene que contener vida. Y 

la vida contiene alegría, gozo, aventura, melancolía, angustia y dolor. Lo 

que se resume en una palabra que Antonio no dijo, pero que estaba debajo 

de su “regalo que no se puede tocar”. Y la palabra es la más sencilla, la más 

cerrada y la más abierta, la más necesaria y la menos frecuente: verdad. 

Mi oficio es escribir, y por eso hoy quiero hablar antes que nada lo 

mismo que le he dicho esta misma mañana a una chica que quiere escribir, 

que comparte conmigo el “gen escritor”, el del contador de historias. Ella 

está tan angustiada como muchos, como yo lo estuve a su edad, sintiendo el 

deseo de contar, pero sin poder hacerlo. Ha usado la expresión más clásica:

“estoy bloqueada”. Lo sé. Cuando empezamos, todos caemos en una 

trampa tendida sutilmente por el sistema: el éxito. No necesitaba ver lo que 

estaba escribiendo para saber lo que le pasaba: pensaba en el éxito. En el 

pequeño éxito, si se quiere, pero en el fondo en el gran éxito. Sin querer, 

sin poder evitarlo, abducida por el sistema, no escribía buscando en su 

interior, sino fuera. No quería saber más de sí misma, ni de los demás, sino 

que los demás supieran de ella. Así que le digo que haga lo contrario, que 

escriba para sí misma, olvidando a su maestra, a sus padres, a sus amigos 

incluso, y que no espere nada a cambio. Debatí no hace mucho con un 

colega, porque él no entendía que yo dijera que había que escribir sin 

deseo. Sin deseo de trascendencia, sin deseo de premio, sin deseo de 

notoriedad, sin deseo de soluciones, sin deseo de mensaje. O dicho al 

contrario: escribir con la misma sencillez y complejidad del ser humano, 

escribir buscando en el interior, escribir para recibir sólo un premio: saber 

más de uno mismo y aprender a ver al otro reflejado en nosotros mismos. 

Escribir sin más mensaje que la verdad y la belleza, sin falsificaciones, sin 

mentir. Un profesor de filosofía lo definiría mejor: por ética y por estética. 

Pero me parece más simple decir que hay que escribir por eso tan 

reconocible: la verdad y la belleza. 

No hace mucho una niña de Palencia hizo una perfecta definición de 

lo que tiene que ser un libro. Yo lo había comparado con un río y pregunté 

dónde desembocaría ese libro, si fuera un río. Ella levantó la mano y dijo: 

“en la biblioteca”. Eso es. Tan simple y sencillo como eso: en la biblioteca. 

¿Pero cuántos libros desembocan realmente en la biblioteca, qué quería 

decir la niña de Palencia? En una primera interpretación, seguramente la 

suya, en otros libros. Un libro que no invita a leer otros más, no funciona, 

no ha servido de nada. Con más profundidad podríamos decir que un libro 

que pretende dar todas las respuestas, que se agota en sí mismo, que está 

escrito desde la soberbia y la intolerancia, tampoco desemboca en la

biblioteca. En ella desembocan los libros abiertos y humildes, porque 

humilde tiene que ser cualquiera que escriba un libro, intentando asomarse 

a la esencia humana, a la duda, a la angustia, al gozo, al amor, al vértigo de 

la existencia y su sentido. Sin osar encontrar soluciones, sino más 

preguntas. El que tenga la solución, que levante la mano. El que no la 

tenga, que baje la mano y coja un libro. O que lo escriba: el río de las 

preguntas de un libro desemboca en el mar de las preguntas de la 

biblioteca. 

Hace dos años una profesora de lengua de Asturias tuvo una feliz idea: 

darle a cada alumno, profesor o conserje, la silueta de un pie en el que 

debía escribir el título y el autor del libro que más huella le había dejado. 

Con esas siluetas recortadas hizo caminos de libros-huella que llevaban 

desde las aulas a la biblioteca. Caminos de dos pies que al llegar al pasillo 

de la biblioteca se transformaban en una riada de huellas. Hasta ahí, la idea 

parece sólo decorativa, y sólo por eso sería buena. Tuvo otra consecuencia: 

haciendo el listado de libros-huella, se descubría que la mayoría de estos no 

tenían nada que ver con las lecturas sencillitas y simplemente divertidas 

que se suelen recomendar, sino libros de calado hondo. Una estadística 

muy valiosa para cualquiera. Pero para mí lo más hermoso de la 

experiencia vino por dónde nadie podía esperar, casi por pura serendipia: 

muchos chicos y chicas buscaron con ansiedad los libros-huella de otros a 

los que admiraban, muchas veces en la distancia: un chico de un curso 

superior, una profesora fascinante… Y en la biblioteca se produjo una 

auténtica revolución: nunca antes se habían pedido tantos libros en 

préstamo, y nunca de una manera más aparentemente caótica, fuera de 

modas y de edades recomendadas. 

Una maravilla que nos debe servir para reflexionar: nos estamos 

equivocando. No podemos enviar a los libros a luchar contra los 

videojuegos ni contra ninguna “diversión”. No podemos tratar de

engatusarlos diciéndoles eso tan socorrido de que leer es una gran 

diversión. No hace mucho, en un colegio de Canarias, les hice la pregunta a 

los mismos niños: ¿qué es más divertido, leer, o la Play-Station? Ni 

siquiera me contestaron: prorrumpieron en una carcajada que nos debería 

sacar los colores a todos. Volví a preguntarles: entonces, ¿no os gusta leer? 

Se pusieron serios, y dijeron que sí. Y juntos reflexionamos. Y ¿cómo 

puede ser que os guste leer pero que no sea una diversión? Uno de ellos 

levantó la mano y la voz, casi irritado por este pobre tonto que no les 

entendía: ¡Porque no es una diversión! No, ellos lo tenían mucho más claro 

que todos nosotros: leer es una extraña emoción. 

No les engañemos tampoco diciéndoles que serán peores si no leen. Si 

no lees, no pasa nada. Eso es lo que yo les digo, y muchos profesores se 

inquietan ante semejante afirmación. Luego se tranquilizan cuando me 

oyen decir: pero si lees, sí que pasa. Y lo que pasa es que eres más libre. 

Pero los profesores se muestran nuevamente inquietos cuando sigo: eres 

libre, sí, para ser mejor, o para ser peor. Es peor el que leyendo hace el mal, 

porque sabe que hace mal. Es menos malvado el que lo hace desde la 

ignorancia. Muchos personajes históricos de consecuencias nefastas han 

sido grandes lectores. No, el lector es simplemente más libre para escoger 

su camino en la vida, porque sabe mucho más que si se limita a vivir su 

vida por el camino que la misma vida le ha marcado. 

Y no quiero esconderme y evitar lo más espinoso de todo: de la 

experiencia de los libros-huella aprendí algo sustancial: que se lee 

buscando, como antes dije que se debe escribir; que los libros no se pueden 

imponer. Que no te puedo decir “lee”, de la misma manera que no te puedo 

decir “enamórate”. Ni leer ni enamorarse admiten imperativo alguno. Es 

más: igual que el amor a la fuerza es violación, también la lectura a la 

fuerza lo es. Es más aún: como la persona obligada a hacer el amor acaba 

detestando el amor, los que son obligados a leer llegan a aborrecer la

lectura. En muchas ocasiones, y con la mejor intención del mundo, he 

encontrado a chicos que casi me odiaban, porque alguien iba a examinarles 

sobre un libro mío, como si fuera un libro de texto. Y en eso lo habían 

convertido, mi pobre sueño, mi historia de amor con la vida, convertida en 

un cuestionario. Y ellos recurriendo al Rincón del Vago, a cualquier atajo. 

A veces siento la tentación de decir: prohibámosles leer, alejémosles 

de los libros. Porque están en la edad de la necesaria rebeldía, y todo lo que 

viene desde nuestro mundo adulto les produce un auténtico rechazo. Un 

rechazo que hay que atravesar con pasión, como un espeso Mar de los 

Sargazos. Los chicos y chicas que buscaban en las paredes el libro que 

había dejado tanta huella en su amado o en su amada, se acercaban mucho 

más así a la verdadera esencia de la literatura: su propio corazón, su 

felicidad y su angustia, el amor y el desamor, la existencia y la muerte. La 

vida. No despeguemos al libro de la vida. Ofrezcámosles la biblioteca. Mi 

madre nunca me dijo: ese libro no lo puedes leer. Me dijo algo mucho más 

sencillo: abre el libro, inténtalo, si puedes sigue, y si no puedes déjalo. Me 

sedujo con su propio placer, me dijo que tal o cual libro le había gustado. 

Me contagió, me hizo buscar. En primaria se puede recomendar un libro: 

leen ávidamente, es un buen momento para que aprendan a decidir por sí 

mismos, para debatir, para elegir desde el grupo. Pero en la secundaria, 

alejemos al libro de la pompa, de la obligatoriedad. Sugiramos, pongamos a 

su disposición. Ofrezcámosles lo que sabemos. Para empezar: leamos. Pero 

después, dejémosles elegir. Incluso no leer. 

Ahí están los “leefantes”, ese es su cementerio: en el libro como 

materia impuesta, en la pomposidad, en la magnificación, en la 

desconexión de libro que viene de arriba con la vida que les viene y abruma 

desde dentro. Sepamos decirles que los libros no son algo sobrevenido, sino 

algo vivido: como ellos, nadando en la angustia. Y se despertarán de su

sueño. Y leerán. O tal vez no. Pero no se sentirán engañados, ni 

manipulados. 

Voy a acabar citando los versos de un gran poeta: 

“Una campana que no suena 

Toca el silencio”. 

Es mi koán particular, un pensamiento casi inabarcable, circular, 

eterno. Un problema que sólo la física cuántica podría resolver: sonar y no 

sonar en el mismo instante, ser y no ser, la materia y el vacío. No 

encontraré jamás la solución al poema, al koán que me dio el poeta, como 

hacen los maestros del budismo zen con sus alumnos. No la encontraré, 

pero la seguiré buscando. En el atasco de circulación, en la soledad de un 

pico, ante el abismo del atardecer, en cualquier sitio. Un poema que 

desemboca en el mar de la poesía, dos versos que desembocan en el océano 

de la biblioteca. Su autor debe estar ya estudiando en algún instituto, o tal 

vez ya en la facultad. Ni siquiera debe de ser consciente de lo hondo que 

cavó en mi mente y en mi corazón. Seguramente por azar. Porque cuando 

lo escribió tenía diez años. Se llamaba Miguel, estudiaba quinto de primaria 

en un pequeño colegio asturiano. Muchas gracias, Miguel. 

 

Artículo de Luis Daniel González en su web. Más que interesante para profundizar en el tema, que está en portada, “Compromiso contra el compromiso”. El propio LUis Daniel me ha autorizado su inclusión aquí. Gracias.

 

Libertades de ficción, ficciones de libertad

Las ficciones que llegan a los niños aumentan sus experiencias cotidianas, amplían sus horizontes interiores, moldean sus sentimientos, influyen en la formación de sus opiniones y en su futura conducta. En este sentido, un análisis global de la LIJ debe prestar atención a cómo presenta y cómo promueve el aprendizaje de la libertad. Primero, en los libros que se han dado en llamar clásicos, los que han merecido la aprobación mayoritaria de chicos, críticos y educadores de distintas generaciones y lugares. Y, segundo, con todas las reservas que siempre merece cualquier generalización así, en los libros actuales, de los que si está más o menos claro cuáles resultan atractivos y cuáles están bien escritos, no lo está tanto cuáles hacen un planteamiento adecuado.

Los clásicos

Escritos en tiempos que no daban culto a la juventud, los mejores libros infantiles y juveniles del pasado rompieron barreras y ayudaron a redefinir los modos de impartir una verdadera educación. Sus autores supieron dirigirse a los chicos como siempre lo han hecho los buenos educadores: tratándolos como seres humanos completos y no como adultos en miniatura, con afecto sin ser pueriles, fueron cuidadosos con los conceptos que manejaban y con los mensajes que transmitían.

Algunos los escribieron autores que, recuperando en buena parte sus recuerdos de infancia, quisieron dar voz a los niños cuando nadie los escuchaba: para denunciar injusticias y abusos, como Dickens; para poner de manifiesto la inconsistencia de la formación moral que recibían, como Twain. Otros se dirigieron a unos niños concretos a los que se sentían particularmente unidos: Lewis Carroll lo hizo para Alicia Liddell y sus hermanas, arremetiendo contra los errores pedagógicos de los adultos, Beatrix Potter escribió sus cuentos para los hijos de su institutriz, ejemplificando conductas infantiles en animales humanizados.

Pero el número más importante, con mucha diferencia, de los libros que permanecen vigentes como clásicos fueron compuestos por un padre para sus hijos. Por citar sólo algunos muy destacados: Stevenson escribió La isla del tesoro a petición de su hijastro; Kenneth Grahamecontó primero y escribió después El viento en los sauces para su hijo; lo mismo hizo A. A. Milnecon Winnie the Pooh; Hugh Lofting redactó y dibujó Doctor Dolittle en cartas a sus hijos desde las trincheras de la primera Guerra Mundial; estando enfermo, Jean de Brunhoff ilustró y escribió Babar basándose en los cuentos que su mujer contaba a los niños; Astrid Lindgreninventó Pippi cuando su hija de siete años estaba enferma…

La única ideología válida

Ninguno de tales ejemplos indiscutibles nació de intereses comerciales ni escolares, sin que al decir esto quiera descalificar tales motivos por sí mismos. Pero si leemos libros del XIX que sí tuvieron raíces de esa clase como Pinocho o Corazón, vemos cómo el deseo de Collodi por contentar a los padres le hacePinocho (Collodi). Ilust. de C. Chiostri. colocar una excesiva carga moralizante a Pinocho; y cómo el afán de Amicis por inculcar el naciente patriotismo italiano a colegiales, hace que algunos pasajes de Corazón suenen ridículos hoy. Dicho de otro modo: las mejores obras infantiles y juveniles del pasado fueron escritas pensando en sus destinatarios uno a uno: sin perder de vista la finalidad de gustar y ayudar al lector concreto, lo que implica renunciar a cualquier corsé ideológico; sin el prejuicio de considerar a los niños como público consumidor, que ciertamente no existía del mismo modo que ahora, lo que significa no necesitar el visto bueno de nadie para escribir y publicar.

Cuando Astrid Lindgren afirma de sí misma «no soy una escritora ideológica. Soy una escritora que cree en el amor al prójimo como única ideología válida», está señalando una razón básica de por qué sus obras, como los mejores clásicos, gustan a una mayoría de niños y agradan a la vez a una mayoría de adultos. Y es que, con talento literario y criterios educativos sensatos, escribir desde una fuerte y recta vinculación afectiva cierra el paso a cualquier interés distinto de buscar lo mejor para el lector. Deja de tener relevancia lo que piense nadie y el afán por entretener y divertir no conduce al halago cómplice. Por eso los mejores relatos para chicos pueden llegar más o menos lejos, pero siempre apuntan en una dirección correcta: dan alas a sus lectores pero no temen recordarles sus responsabilidades, fomentan una libertad interna que si es independencia también es compromiso.

Ingredientes triviales

Lo mismo hacen, sin duda, las mejores obras de las últimas décadas. Pero, sin duda también, los cambios sociales y la conversión de la LIJ en una industria de la que vive gran número de personas, han provocado que hoy sean muchísimos los relatos que se confeccionan con objetivos distintos, en el mejor de los casos paralelos, al de llegar a la cabeza y al corazón de los lectores niños o jóvenes. Por ejemplo, pasar los filtros mentales o comerciales de quienes deciden si el libro se publica o no, acertar con el tema o el enfoque del momento, sida o anorexia, ecologismo o feminismo.

En Tintín en el Congo (Hergé).Como consecuencia, en multitud de relatos de la tendencia que se ha llamado antiautoritaria los padres y profesores despóticos se han convertido en clichés manidos, en muñecos prefabricados para embestir contra ellos sin temor y sin riesgo. También son penosas caricaturas, enemigos como el político con rasgos nazis o racistas, el empresario sin escrúpulos al que no importan para nada las ballenas, o los clones del ejecutivo eficiente y gris que creó Michael Ende para Momo. Del mismo modo, los editores velan para que sus pulcras colecciones no contengan cazadores despiadados como los de las novelas decimonónicas o simplemente irresponsables como el primer Tintín en el Congo; y evitan cuidadosamente que los pequeños protagonistas caigan en la tentación de maltratar a cualquier clase de animal.

Tengo presente que también en el pasado se intentaba uniformar la mente de los pequeños lectores, en muchos casos quizá de modo más férreo que ahora. Precisamente por eso, si podemos ver con claridad que los libros que perduran como mejores son los que nacieron libremente y evitaron lo falso y lo circunstancial, hay fundamento para suponer que tampoco sobrevivirán los libros oportunistas que usan los mensajes multiculturales o ecologistas como ingredientes triviales.

Penosas confusiones

La LIJ de hoy no tiene ningún problema en concluir que algunas conductas son condenables: maltratar a los niños o matar judíos está mal en cualquier lugar y época. Por eso hay tantas ficciones que no propugnan un modo de actuar determinado como correcto pero sí dejan claro que algunas conductas son siempre rechazables. Son raros los equívocos en este punto: no he visto ni un sólo relato de LIJ actual donde lo nazi sea elogiado.

Pero si cualquiera puede ver que hay modos de actuar que, siempre y en todas partes, son malos, no se puede decir lo mismo tan fácilmente respecto a los comportamientos buenos. Por eso, cuando se postulan como apropiados o convenientes algunos comportamientos que, cuando menos, son discutibles, procede recordar el sabio consejo de Stevenson: el escritor «debe guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente». Es terrible que un escritor para niños sea como aquél personaje felliniano, un director de cine que interpretaba Mastroiani, que no sabía qué quería decir pero quería decirlo pese a todo.

El talento literario y las buenas intenciones son compatibles con un concepto falso o incompleto de libertad. Esto se daba en el pasado, cuando la línea dominante consistía en educar niños formalitos, y se da hoy cuando se pretenden formar chicos desinhibidos. Si entonces hubo penosas confusiones entre autoridad y autoritarismo, entre respeto y formalismo, hoy las hay entre libertad y permisivismo, entre autenticidad y espontaneidad. Y cualquiera que conozca la LIJ actual sabe con cuánta frecuencia se habla de la felicidad como un objetivo y no como un resultado, con qué ligereza se sugiere que de un comportamiento espontáneo surgirá una personalidad bien desarrollada, con qué frivolidad se proponen como igualmente buenas distintas opciones de comportamiento.

Experiméntalo todo

Robert Anson Heinlein, el más popular de los autores de ciencia-ficción de los cincuenta, fue un ardiente defensor de una libertad absolutizada, entendida como un fin en sí misma. Su editor se negó a publicar Tropas del espacio como novela juvenil por su contundente justificación de la violencia en defensa de la libertad: «La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad», sostiene un brillante profesor de historia y filosofía moral. Eran vísperas del Vietnam, pero también de la revolución estudiantil en los campus norteamericanos de los sesenta… a los que Heinlein, conForastero en tierra extraña, suministró una novela de referencia: «Experiméntalo todo», era su grito.

Las mismas premisas que llevan a transformar la libertad en un abuso, dan origen a la libertad entendida como pura espontaneidad tan propia del «prohibido prohibir» de los sesenta. Podemos encontrar sus rastros en un relato sobre un planeta en el que «no se sabe qué prohibir, porque la gente no hace nada malo, sobre todo desde que nada está prohibido», se afirma en El Planeta de los Árboles de Navidad, de Gianni Rodari; o en una historia sobre una encantadora chiquilla a la que su simpática abuela le dice que «no hay que hacer caso de prohibiciones. No suelen tener fundamento», como sucede en Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite. Son comentarios al paso, pero significativos por lo que revelan e importantes porque proceden de dos autores de gran calidad e influencia.

Y donde lo espontáneo es elogiable sólo por serlo y la libertad es ausencia de prohibiciones, es lógico que la culpa desaparezca. En Plain City, de la norteamericana Virginia Hamilton leemos que una jovencita cuyo padre se fue de casa hace mucho y cuya madre no le dedica tiempo, está enfadada pero, nos dice la narración, «sabía que su madre no tenía la culpa, nadie la tenía. Tampoco era culpa de su padre». Dejemos estar la cuestión de si tal argumento no pretende absolver al adulto ante sus hijos, frecuentísima sospecha con tanta ficcioncita juvenil de problemas familiares. Pero si los padres no tienen ninguna culpa, la inevitable conclusión es la del protagonista-narrador de un relato de Martín Casariego, que comprenderá, «en fin, que no había culpables, que sólo había errores».

Diluir la culpa en una difusa responsabilidad colectiva, tiene las palpables y destructivas consecuencias sociales de las que Pascal Bruckner y Richard Hughes hablan en La tentación de la inocencia y en La cultura de la queja. Pero, además, termina también anulando al hombre, como se ilustra muy bien en la interesante novela futurista del danés Henrik Stangerup, El hombre que quería ser culpable: un escritor de nombre Torben, funcionario en el Instituto Estatal de Racionalización del Idioma, desea hacer frente a la responsabilidad del asesinato de su mujer, a pesar de que todas las instancias sociales le intentan convencer de su inocencia. La historia, que aclaro que no es nada infantil ni juvenil, se desarrolla en una Dinamarca que no acepta los finales duros de los cuentos de Andersen: un síntoma más de que algo huele a podrido.

Libre de qué, libre para qué

Dentro de la LIJ nos acercamos, creo yo, a un concepto más ajustado de libertad a través de unos excelentes diálogos que se contienen en El hombre sin rostro, una novela de Isabelle Holland que hace unos años llevó Mel Gibson al cine. El joven Chuck, que tiene varias hermanas que son hijas de padres diferentes, charla con su extraño profesor Justin McLeod, que un día le pregunta:
«—¿Qué es lo que más deseas? Rápido, sin pensar.
—Ser libre.
—¿Libre de qué?
—De que me atosiguen. Para hacer lo que quiera.
—No está mal. Pero cuando estés haciendo lo que quieras, no esperes ser libre de las consecuencias de tus actos.»
Con todas sus limitaciones, esta clase de libertad es el instrumento que tenemos para ir construyendo la propia vida y el que los chicos tienen que aprender a manejar. Educar, enseñar a usar la libertad, empieza por hacer notar que cada elección condiciona el futuro y que no se pueden ignorar las consecuencias de las elecciones previas. Por tanto, lo que más interesa es elegir bien.
Pocos días después, alumno y profesor prosiguen la conversación:
«—Me siento libre» —dice Chuck mientras se baña.
«—Que es lo que siempre has querido ser. ¿Nunca has pensado que la palabra “libre” no significa nada por sí misma?
—¿Cómo?
—¿Libre para qué? ¿Libre de qué?»
Entonces, Chuck comenta para sí: «Una de las preguntas era fácil y ya la había respondido: libre para hacer lo que quería. La otra había que pararse a pensarla. ¿Libre de qué? De agobios. De mamá. De (mi hermana) Gloria. De casa.»
McLeod intenta que Chuck reflexione sobre sus vínculos afectivos, pero a Chuck, por su peculiar historia familiar, le desagrada la palabra “querer”. Por esa razón, no le queda claro que la pregunta difícil es el para qué de la libertad, que hay algo más allá de la libertad que le marca su sentido: elegir bien es elegir lo bueno y por eso la libertad no es simplemente hacer lo que quiera.

Cimientos sólidos

En Rebeldes, la novela que Susan Hinton escribió con sólo 17 años, se cuenta que, cuando muere un joven pandillero, un compañero se lamenta de que sus padres «lo habían mimado hasta pudrirlo. (…) Siempre cedieron ante él», cuando lo que él quería era «que alguien le dijese “No”. Conseguir que alguien dispusiera la ley, fijase los límites, le diera algo sólido en qué apoyarse». Al fin, la vida misma termina imponiendo algunas conclusiones: la libertad real puede ser destruida en nombre de libertades ficticias; son las normas justas las que hacen posible la libertad; donde no hay corrección sobra cobardía y falta verdadero cariño.

Obviamente, son lecciones que difícilmente se aprenden en las novelas si no se ven en la vida. Por eso es interesante observar cómo muchos de los libros clásicos para chicos no proceden de un esfuerzo intelectual desencarnado sino del empeño humano e intelectual por entregar lo mejor de uno mismo a las personas que más quiere. Tal vez más que otra clase de literatura, la fuerza de la LIJ depende mucho del corazón, entendido también como el sacrificio que supone ponerse a la altura del chico sin bajar el nivel, del olvido de uno mismo que significa orillar otros intereses aparentemente más altos. Entre los clásicos citados más arriba hay ejemplos evidentes, algunos conmovedores, de autores que compusieron sus obras en medio de grandes dificultades personales y que, igual que tantos padres, al sacrificarse por sus hijos han dejado claro el para qué de la libertad. Es el caso de un catedrático de Oxford como Tolkien, que afirmaba seriamente no escribir para niños… pero que no hubiera escrito sus libros si no hubiera sido un padre cuya principal ocupación fueron sus hijos. También una pista para tantos intelectuales que sueñan con que su obra perviva… y ponen sus ambiciones en otros objetivos.

NOTAS

Este artículo fue publicado en NUEVA REVISTA n. 69, mayo-junio del 2000, y ha sido revisado en junio de 2007.

La cita de Astrid Lindgren está tomada de una entrevista publicada en la revista Literatura infantil y juvenil n. 122, XII.1994.

Los libros de no ficción citados son:
—Pascal Bruckner. La tentación de la inocencia (La tentation de l´innocence, 1995). Barcelona: Anagrama, 1996; 293 pp.; col. Argumentos; trad. de Thomas Kauf; ISBN: 84-339-0528-7.
—Richard Hughes. La cultura de la queja: Trifulcas norteamericanas (Culture of Complaint. The Fraying of America, 1993). Barcelona: Anagrama, 1994; 224 pp.; col. Argumentos; trad. de Ramón de España; ISBN: 84-339-1381-6.
—Robert Louis Stevenson. Ensayos literarios. Madrid: Hiperión, 1988, 2ª ed.; 211 pp.; trad. de Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laiglesia; ISBN: 84-7517-587-2.

Los datos de las novelas que no aparecen o aparecerán en www.bienvenidosalafiesta son:
—Henryk Stangerup. El hombre que quería ser culpable (Mander der ville vaere skyldig, 1973); Barcelona: Tusquets, 1991; 168 pp.; col. Andanzas; trad. de Jesús Pardo Santayana; ISBN: 84-7223-371-5.
—Martín Casariego. El chico que imitaba a Roberto Carlos (1996). Madrid: Anaya, 1996; 186 pp.; col. Espacio Abierto; ISBN: 84-207-7514-2.
—Robert A. Heinlein. Tropas del espacio (Starship Troopers, 1959); Madrid: MR ediciones, 1989; 242 pp.; col. Super-ficción; trad. de Amparo García Burgos; ISBN: 84-270-1375-2.
—Robert A. Heinlein. Forastero en tierra extraña (Stranger in a Strange Land, 1961). Barcelona: Plaza & Janés, 1999; 880 pp.; col. Los Jet; trad. de Domingo Santos; ISBN: 84-01-46315-7.


  • “yegua azul”

    hola,Gonzalo soy Marina del colegio M.B.Cossio “yegua azul” te quería hacer 2 preguntas pero no me ha dado tiempo… bueno, estas son:¿por qué llamaste a uno de tus libros “A la mierda bicicleta”? y ¿por qué decidiste que en “Palabras de Caramelo” mataran al camello?
    Bueno yo también he escrito una historia, nos la mandaron para el cole pero todavía no la he leido, seguramente tenga muchas faltas, pero espero que te guste, porque ya que eres un amante de los caballos como yo, te la dedico:

    Era por la noche, mis primos, mi hermano y yo comíamos espaguetis con queso.
    Luna,mi perra nos miraba atenta por si se nos caía algo de comida.
    Después de cenar fuimos a la cama, aunque cuando mis abuelos se durmieron fuimos a ver a Lluvia, una preciosa yegua manchada, mi prima y yo fuimos a por los arreos, estaban en el garaje, encima de la vieja caja de herramientas del abuelo.
    Yo cogí las riendas y mi prima la silla.
    Enseguida nos metimos en su corral, y acto seguido le pusimos los arreos, con cuidado, con mucho cuidado para no dañar ni asustar a Lluvia.
    Pero Luna ladró y Lluvia salió corriendo, saltó la valla y se adentró en el bosque.
    Mis primos y mi hermano, perplejos, no sabían que hacer, yo cogí una linterna y salí corriendo, sin pensarlo dos veces.Mi hermano salió detrás de mi y seguidos de él mis primos.
    Anduvimos por el bosque y decidimos separarnos, mis primos por un lado y nosotros por otro.
    Después de mucho deambular, encontramos a Lluvia, pero… cogeaba de una pata.
    Mi hermano creía que se la había roto.
    Cuando estábamos a mitad de camino, mi hermano tropezó, se dió con una piedra y se quedó inconsciente.
    Derrepente, una niebla intensa apareció por todo el bosque.Cómo por arte de mágia un bello y misterioso caballo negro, tan negro como el azhabache, pero,tan radiante como la arena del Sahara se tumbó en el suelo como si dijese “monta” subí a mi hermano como pude y luego subí yo.
    Yo no sabía volver y no tenía ni idea de como orientarme, pero al parecer el caballo sí.
    Llegamos a casa, allí estaban mis primos con cara de preocupación, no solo por Lluvia, si no, también por nosotros.
    Me ayudaron a llevar a mi hermano a la habitación,después de unos minutos se despertó.
    Yo, mientras, guardaba a Lluvia y al caballo en los establos.
    Cuando terminé de cepillarlos y darles de comer, me fui a la cama, pero no dormí, pensaba en porqué ese caballo me ayudó,pero después de un rato me entró sueño y acabé durmiendome.
    A la mañana siguiente creí saber porqué me ayudó, cuando era pequeña me perdí en ese bosque, me puse a llorar, entonces ese caballo me cogió con la boca, agarrandome de la camisa y me subió a sus lomos.Me llevó a casa, pero él, volvió al bosque.
    Por eso me ayudó.
    Cuando fui a los establos, me encontré a mi abuelo, me preguntó qué había pasado,¿Por qué cogeaba de la pata Lluvia?¿Por qué había otro caballo?Eran preguntas sin respuesta, al final tuve que contarle la verdad.
    No nos quería castigar, pero llamó a nuestros padres para ver que decían, unos decían que si, pero otros decían que no.Asique nos pusieron un pequeño castigo, limpiar las cuadras, para mi y mi prima no era nada, lo hacíamos siempre, acabamos enseguida.
    Hiban pasando los días, y cada vez queríamos menos volver.
    Justo el día de irnos fuimos todos a los establos para despedirnos de los caballos, me estaba despidiendo de Diablo cuando descubrí que Lluvia había tenido una preciosa potrita gris a la que llamamos: Lady Grey.

    No sabía como titular esta historia, pero gracias a ti ya lo se, se va a llamar:”YEGUA AZUL”

  • Hola Gonzalo me llamo Joselyn hace poco estuviste en mi colegio en guitiriz. El caso es que yo soy muy buena escribiendo poemas y redactando textos. Pero es que no me puedo decidir en si segir escribiendo poemas o intentar hacer un cuento. ¿Tu, que me recomendarías?

  • xabi

    Hola:

    Te escribo desde Cangas del Narcea, nos conocimos en la visita al CRA Rio Cibea y quería preguntarte cómo hacer para enviar unos libros y juguetes al Sahara. Gracias.